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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Vamos a tragar, pero lentito
Por Jorge Hill
21 de septiembre, 2012
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Soy un puerco, lo sé, me gusta y me da orgullo. ¿Por qué? porque me encanta comer, probablemente sea mi placer favorito, incluso encima del viejo “in and out”, como diría el gran Alex de Naranja Mecánica. Entre un metabolismo bastante benevolente y que mi puerquez tiene una cierta estabilidad gracias a una dieta medianamente balanceada, comer tanto no es un problema y se lleva más o menos bien con la vanidad.


Ya he escrito extensamente en este congal acerca de lo que considero uno de los problemas básicos del mundo y uno que escapa a la mayoría de las conciencias: el consumo irresponsable e inconsciente, consumir por consumir, comprar por comprar, tirar – comprar – tirar. En este caso, la palabra “consumo” aparece con dos representaciones, provenientes del “consumismo” y de “consumir comida”, van de la mano.

Creo haber vivido un momento crucial en México, yo aún recuerdo cuando esta ciudad estaba repleta de mercados callejeros y tianguis, techados o al aire; acompañar a mi abuela a comprar ingredientes frescos, cultivados y crecidos en el país por independientes o por compañías locales. En ese entonces, la gente podía salir en las mañanas a comprar al mercado, ya que al esposo le iba lo suficientemente bien como para que la señora no tuviera que trabajar si no quería o tenía que andar cuidando a los chilpayates (no me lo tome por otro lado, apoyo enteramente la independencia de la mujer y de hecho me caen mal las mantenidas), o simplemente, las cosas tenían un ritmo más relajado que permitía que muchas personas se pudieran dar sus escapadas y darse algunos placeres cotidianos en vez de funcionar como una maquinita de trabajo para hacer rico al de arriba, lo que hoy se llama “ser trabajador” y que a tantas personas parece traerles un orgullo y una dignidad dignas de comercial de “valores” de televisora.

¿Y si compro un chingo de taquerías e invento a nivel nacional

un “día del taco”? no soy un genio, es que hay mucho pendejo, no es lo mismo.

Las cosas funcionaban de la mano de otras, un balance que se ha perdido. Hoy, entre “La Gualmar”, los Oxxos, los “Sevens” y otras grandes compañías, muchas de ellas extranjeras, se han encargado de que los mercados (y el mercado) mexicano se hayan ido al hoyo. Sí, todavía quedan algunos mercados, un par de los muy grandes, empequeñecidos o cambiando su día de posicionamiento únicamente a los domingos, día en el que al señor que lleva tragando toda la semana en el Macdonalds o el Burger King, se le antoja un taquito de cecina con longaniza o que la “señora” le cocine algo “acá, caserón”.

Me tocó que mi abuela, famosa por su cocina, nos hiciera de comer muy seguido. Frijoles de la olla con epazote y puerco acompañado de tortillas de harina caseras, longaniza en salsa de chile morita, puerco con habas y verdolagas en salsa verde, tortitas de carne o papa con caldillo, Huauzontles capeados en salsa de chile pasilla o sus famosísimos pulpos en su tinta, entre un centenar de otras delicias. Comprar en el “súper” era impensable ¿cómo se podía cocinar bien y darle un sazón correcto a la comida con esos ingredientes chafones e insípidos, que hoy son cosa de todos los días? no no, no mames, había que ir al mercado y escoger con la vista, el tacto y el olfato, ubicar todas esas yerbas que hoy son tan difíciles de conseguir en los grandes mercados corporativos y que sin ellas, el toque especial, ese “eso” que lograba el sazón único, no existe.

Crecí comiendo y probando de todo, gracias a la abuela y a mi padre, que en sus viajes de servicio social como médico, terminaría en selvas y otros lugares exóticos comiendo iguana, serpiente y otras melevolencias del paladar que nos llevaron a buscar, aquí en el DF y en otros estados, los platillos más extraños, simplemente por probar, por saber y conocer. Nunca tuve gran problema en probar y comer todas estas cosas que hoy a tanta gente se le hacen “vulgares” o “grotescas”, que miran con un gesto como si les hubieran colgado un pedacito de mierda en la nariz. Se sabe bien que el asco, aunque tiene un componente evolutivo, en gran parte es cultural, no por nada en ciertos lugares del mundo es muy normal comer cosas que en otro lugar dan “asco” o se consideran incluso tabú.

No me comas, amigo chino.

Nuestra cultura mexicana, plagada de platillos típicos, animales exóticos, insectos y hierbas, está quebrada por lo mismo, de la misma manera que tantas cosas están quebradas en México, el país de las divisiones. Nuestra cultura, con siglos de gastronomía, está bombardeada por ese “ascetismo” gringo de grandes compañías en las que se nos enseña que todas esas cosas raras no son limpias, son peligrosas, toman tiempo, destruyen a la naturaleza y aparte, claro, no son de “gente bien”, por eso, mejor comerse una hamburguesita mutante hecha en tres minutos. En el mejor de los casos, algunas personas averiguan, se dan cuenta de la barbaridad que se están metiendo a la boca, de los grotescos métodos de elaboración, de la explotación a los empleados, de la absoluta inconsciencia que estas compañías muestran ante la naturaleza y el daño que hacen a las economías locales. Algunos, dejan de apoyar a estas compañías, otros, en perfecta armonía con la gran maquinaria, prefieren olvidarlo y seguir siendo presas de la publicidad, de los discursos “oficiales” y de sentir que “está padre” comer esas ondas, es rápido, es rico (según esos paladares) y da la sensación de estar muy unido con el primer mundo y parecerse cada día un poquito más a los vecinos del norte, el gran sueño mexicano de la “gente bien”.

La incapacidad para poder relacionar una cosa con otra y mirar un esquema más grande es una de las armas perfectas de este tipo de compañías: en la vida cotidiana, gran parte de las personas simplemente no conectan que el hecho de que estén comiendo una porquería sintética hecha en tres minutos tiene todo que ver con que una economía local esté por los suelos, con la contaminación, con el tío o la tía que se murió por complicaciones de obesidad, con que a uno le vaya más o menos cuando le podría ir mejor. Esto de saberse responsable por ser un granito de arena de millones, es algo que evitamos a toda costa, “que se encarguen de eso los demás”, cuando todos los demás piensan lo mismo. Ponerse la soga al cuello mientras se chilla por lo terrible del “destino” que te obligó a ponértela. El consumo inconsciente e irresponsable es pan de todos los días.

Siempre pensaba “por qué alguien no hace algo al respecto”

hasta que entendí que yo era “alguien”

Sabía frase que vi quién sabe dónde.

Por otro lado, en el otro extremo, tenemos a estos vegetarianos y veganos abrazaárboles que te ven feo porque estás mordiendo un animal muerto, que evangelizan al mundo mientras compran en la Gualmar sus plantitas gourmet de precio inflado y que han sido cultivadas por otras grandes compañías que aprovechan ese mercado, con procesos de elaboración y transporte no sustentables, la misma gata se puede revolcar para darle gusto a quien sea, mientras no averigüen demasiado.

La realidad es, que si nos quitáramos un poco lo huevones y lo zombieconsumistas, uno podría comer muy bien, gastando menos y apoyando a la economía local, situación que a corto y largo plazo trae beneficios a todo y a todos, en la salud, en el placer, en el bolsillo, en el aire y el agua que consumimos para vivir. De platillos ricos, rápidos y fáciles, con pocos y baratos ingredientes, está hecho el mundo, pero nos da hueva aprender o simplemente averiguar.

El movimiento del “slow food” (comida lenta) ha tomado fuerza a través de los años y busca recuperar el buen comer, el comer sanamente, con calma y sin prisas, aprender y estar más conscientes de nuestro consumo y sus impactos en la economía y la ecología. Un movimiento que creo necesario para la vida de hoy, en la que hemos pasado de ser personas con talentos e individualidades a ser máquinas de hacer dinero para el de arriba, “targets” de publicidad engañosa, engranes involuntarios de una maquina sin sustentabilidad que premia y glorifica al que más consume, al que más caga en el mismo lugar en el que vive.

Para el que esté más interesado, les dejo algunas cosas:

Un video en TED del gran chef y tipazo Jamie Oliver ahondando en estos mismos temas y en su lucha por enseñarle a la gente el inmenso impacto de sus decisiones más cotidianas (subtítulos en español):

El videojuego de Mcdonalds, obviamente sin licencia ni apoyo “oficial”, que mientras juegas y te diviertes, te muestra la grotesca manera en la que la compañía, y tantas como ésta, funciona:

 

Un video mío en el que pendejeo mucho y enseño cómo hacer un pescadito a la veracruzana, fácil, rápido, rico, barato y mamón.

 

¿Quiere algo más exótico, más gurmé? pues acá otro video mío de cómo hacer pulpos a la gallega.

 

En fin, que la decisión está en uno, si quiere usté seguir comiendo chingaderas y volteando a ver al otro lado cuando se le muestran las consecuencias, pos “es tu perro y tú lo lavas”.

Les deseo un fin de semana lleno de rocks y rica comida… es más ¿por qué no, este fin de semana pruebas algún platillo que nunca has probado o le tienes como “asquito”? te podrías llevar una gran sorpresa. Si supieran a cuántos blasfemos a los que les daba “asco” la pancita se han convertido gracias a mi famosa pancita… uh, manos.

Ahí se ven.

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