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El Dispensario. Diálogo sobre Drogas.
Por PPD CIDE
El Programa de Política de Drogas del CIDE es un espacio académico interdisciplinario cuyo obje... El Programa de Política de Drogas del CIDE es un espacio académico interdisciplinario cuyo objetivo es estudiar el fenómeno de las drogas, la política de drogas y sus consecuencias. Este es su blog. (Leer más)
Movimientos Sociales por una nueva Política de Drogas: Puntos de Resistencia y Poesía
Hacer resistencia política y confrontar el sistemadominante sólo es posible cuando una red de personas y grupos se crean.
Por PPD CIDE
10 de abril, 2019
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Por: Alina Queiroz Wallauer

 

Somos libres de inventarnos a nosotros mismos. Somos libres de ser lo que se nos ocurra ser. El destino es un espacio abierto y para llenarlo como se debe hay que pelear a brazo partido contra el quieto mundo de la muerte y la obediencia, y las putas prohibiciones.

(Galeano, 2016, p.167)

 

Los daños causados por la prohibición de las diversas sustancias psicoactivas en las últimas décadas han sido irreparables para la sociedad. Las evidencias están por todos lados: en las investigaciones académicas, en la corrupción de los gobiernos, en la mercantilización del miedo por los medios, en la violencia escalonada, en la sangre derramada, en los incontables daños relacionados con la salud, la criminalización de la pobreza y el encarcelamiento masivo de la población pobre y de baja educación. Y ahora, más que en todo, están en los resultados obtenidos por los países que se atrevieron a hacer cambios en sus políticas de drogas, admitiendo el fracaso del modelo prohibicionista. Sin embargo, durante este largo periodo de embrutecimiento de la seguridad pública y desasistencia de la salud por parte del Estado, que aún es la realidad de la mayoría, son muchos los que cuestionan las medidas o las decisiones adoptadas. Son muchos los que denuncian la violencia, que cuestionan el sistema punitivo, que extienden la mano unos a otros, allá, donde la mano del Estado no alcanza, o no quiere alcanzar.

“Hay un único lugar donde el ayer y el hoy se encuentran, y se reconocen, y se abrazan, y ese lugar es mañana.” (Galeano, 2015, p.121)

El movimiento social tiene como característica esencial una voluntad de cambio, es un fenómeno capaz de romper con un orden establecido y crear una nueva forma de comprenderse a sí mismo y al mundo circundante. En el campo de las drogas existen movimientos sociales diversos, colectivos de reducción de riesgos y daños, organizaciones no gubernamentales, reformistas, individuos soñadores componiendo grupos revolucionarios, investigadores, estudiantes y sociedades civiles articuladas; muchos son los valientes que se levantan contra las leyes injustas, contra esta política construida con base en propósitos racistas, sociales y económicos, y que dicen “no estoy de acuerdo, tenemos que cambiar”. Son muchos desobedientes, hijos ilegítimos del estadounidense Thoreau, que enseñó, así como enseñó a Gandhi y Martin Luther King, la desobediencia civil, cuando prefirió ir a la cárcel a pagar impuestos que financiaban la infame guerra contra México (1846-1848):

Creo que antes que súbditos, tenemos que ser hombres. No es deseable cultivar respeto por la ley más de por lo que es correcto. La única obligación a la que tengo derecho de asumir es la de hacer siempre lo que creo correcto.

Hacer resistencia política y confrontar el sistema dominante sólo es posible cuando una red de personas y grupos se crean. Estas rupturas subjetivas consecuentes de los movimientos sociales son fuerzas transformadoras una vez que actúan en el campo simbólico, o sea, en la construcción de nuevos sujetos sociales y nuevas identidades, nuevas formas de relacionarse dentro de una sociedad y nuevas pautas ideológicas (Guerrero Tapia, 2016). Esto solo es posible cuando la lucha por una nueva política de drogas, en cada uno de los puntos de la resistencia, se transforma en una gran fuerza ética-política que no se encierra en sí misma, sino que crea movimiento, permitiendo estructurar y consolidar espacios permanentes de construcción y intercambio, de cuidado, apoyo y afecto. Y así, como espejos opuestos e inversos de la violencia generada por el sistema dominante, es posible sumergir en la cultura de la sociedad formas alternativas de lidiar con la cuestión de las drogas. Son los pequeños movimientos los que nos llevan al cambio a gran escala. Son las redes políticas de afecto que hacen revolución, interna y externa. Sin duda, la actuación de cada una de esas personas, grupos y colectivos son puntos imprescindibles de la resistencia y la poesía. Pues, así como la poesía es una forma de resistencia, resistir es un acto constante de inspiración y creación.

“Yo no encontraba oposición entre la poesía y la revolución: las dos eran facetas del mismo movimiento, dos alas de la misma pasión” (Paz, 1994, p.19).

Los movimientos sociales son poesía en movimiento, después de todo, toda acción que apunte a cambiar el mundo es poética y revolucionaria en su esencia. La guerra contra las drogas no es más que una guerra contra personas, donde el número de muertos es más alto que el de cualquier otra guerra. En tiempos donde los muros son cada vez más altos y el miedo aprisiona y paraliza cada vez más cuerpos y más almas, diseminar conocimiento y construir redes de personas y colectivos, es construir puentes. La prohibición, o como Galeano bien dijo, las putas prohibiciones, no impiden que las personas hagan uso de sustancias psicoactivas y ejerzan su derecho a la libertad de elección. En este escenario, ¿quiénes son aquellos dispuestos a cuidar de la salud del otro, cuando el Estado insiste en hacerse ausente? Cuando el Estado dice “esas sustancias están prohibidas” y niega el acceso a la salud a aquellos desobedientes de sus órdenes, ¿quién construye puentes donde el Estado construyó un muro? Los Colectivos de Reducción de Riesgos y Daños son hermosos ejemplos de resistencia y poesía. En América Latina y en el mundo, hay diversos colectivos que actúan en múltiples escenarios donde existe el uso de sustancias psicoactivas, buscando disminuir los riesgos y daños generados por la prohibición y la desinformación, realizando acciones de educación y prevención para la salud. Colectivos que se organizan, con o sin apoyo, que se preocupan genuinamente por el otro, informan, cuidan, respetan, responsabilizan, transforman su acto en poesía y transforman la cultura del miedo en una cultura de afecto.

En la pared de una fonda de Madrid, hay un cartel que dice: Prohibido el cante.

En la pared del aeropuerto de Río de Janeiro, hay un cartel que dice: Prohibido jugar con los carritos portavalijas.

O sea: todavía hay gente que canta, todavía hay gente que juega. (Galeano, 2001)

Somos constantemente testigos de avances en lo que se refiere a la política de drogas, así como retrocesos. La constante lucha de grupos y movimientos sociales ha impulsado positivos y significativos cambios en diversos países mientras otros continúan resistiendo y sumando fuerzas para evitar, o deshacer, cambios irresponsables que caminan en la dirección opuesta. Sin embargo, aunque una realidad más favorable parezca lejana, especialmente en tiempos adversos, es en la fuerza colectiva que recae la posibilidad de cambio, entonces: sigamos. Sigamos cantando y jugando, aunque la prohibición nos golpee la puerta. Sigamos, con ética, siendo puntos de resistencia política que se conectan con otros puntos por medio de relaciones de afecto. Sigamos creando espacios permanentes y horizontales de intercambios, ya que el poder de cambio surge en la relación y en la unión de grupo. Sigamos presentando, con seriedad, datos científicos que desenmascaren la perversidad de la guerra a las drogas. Sigamos abrazando al colectivo, ocupando espacios públicos y multiplicando coraje. Sigamos haciendo poesía con nuestros actos de resistencia.

* Alina Queiroz Wallauer es psicóloga y reductora de daños.

 

@cideppd

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