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Las que sostienen a la industria regia: ser mujer obrera en Nuevo León
La escolaridad de las mujeres impacta en el tipo de violencia del que son víctimas en sus lugares de trabajo y también qué tan propensas son a denunciar. Las empresas con una gran cantidad de empleadas con baja escolaridad deben estar pendientes de las violencias que viven.
Por Karla Eugenia, Genny L. Estrada, Elena Torres O. e Isabel Pérez
15 de octubre, 2021
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El año pasado dimos una conferencia acerca de la violencia de género a una gran empresa que contrata muchas mujeres obreras. Durante la conferencia preguntamos a las mujeres profesionistas, presentes en el lugar, si habían parado durante el 9 de marzo, a lo que respondieron que ellas pararon, pero las obreras no. Las mujeres obreras de la empresa, quienes representan a una parte importante de la fuerza laboral, no pudieron parar, muchas por miedo a las represalias de la misma empresa. Este no es el único tema en el que las mujeres obreras temen alzar la voz; la ENDIREH 2016 indica que también tienen más dificultades que sus contrapartes profesionistas para denunciar actos de violencia. En este texto analizamos las violencias que sufren las mujeres obreras en sus lugares de trabajo, así como su propensión a denunciar lo que viven.

Las mujeres obreras viven más violencia física y sexual que el resto de las mujeres

Si vemos cómo se dividen las violencias que han vivido las mujeres obreras y no obreras en el espacio laboral, veremos que ambos grupos viven las violencias en el mismo orden, siendo la violencia psicológica la más reportada, después la física y en tercer lugar la sexual. Entre los actos de violencia reportados, la gran mayoría para ambos grupos es de tipo psicológica. Es decir, estas mujeres sufrieron insultos, amenazas, intimidaciones, humillaciones, indiferencia, omisiones, menosprecio, burlas, aislamiento, entre otras en su lugar de trabajo.  No obstante, si comparamos mujeres obreras y no obreras, veremos diferencias importantes en el resto de las violencias. Mientras que sólo el 5% de las violencias que reportan las mujeres no obreras son físicas, el 16.53% de las violencias que reportan las mujeres obreras lo son.

Otra manera de aproximarnos a las mujeres obreras, que es a quienes nos interesa observar, es ver cómo se distribuyen las violencias según el nivel de escolaridad; sabemos que las mujeres obreras suelen tener una escolaridad menor a la licenciatura. En Nuevo León, las mujeres con escolaridad de nivel preparatoria o menor, reportan una alta incidencia de violencia sexual es decir, actos de intimidación sexual, acoso, hostigamiento y abuso sexual y la violación o intento de violación, comparadas con mujeres con mayor nivel educativo. La violencia sexual representa sólo el 25% d las violencias que viven las mujeres universitarias, pero el 41% de las violencias que viven quienes sólo llegaron a preparatoria.

La violencia física también está más presente entre mujeres con escolaridad menor a licenciatura, al igual que sucede cuando dividimos a las mujeres según si son obreras. Si bien este tipo de violencia es menos frecuente, es alarmante ya que si una mujer vivido violencia física en el ámbito laboral contestó de manera afirmativa al menos una de las siguientes preguntas: ¿La han pateado o golpeado con el puño? ¿La han atacado o agredido con un cuchillo, navaja o arma de fuego? ¿La han pellizcado, jalado el cabello, empujado, jaloneado, abofeteado o aventado algún objeto?

Las mujeres obreras también piden menos ayuda que las mujeres no obreras

La tendencia general entre las mujeres que trabajan y han vivido violencia laboral, es que ante una situación violencia no piden ayuda a las autoridades de su trabajo, independientemente de si son obreras o no. No obstante, al dividir por niveles de escolaridad a la población de mujeres trabajadoras que han vivido violencia laboral se observa que a menor escolaridad, hay aún menor tendencia a pedir ayuda a autoridades de su trabajo; lo que implica que las obreras probablemente denuncian menos.

Acotando esta tendencia a las mujeres obreras, que son las que viven mayor violencia laboral sexual y física, estamos hablando de una enorme cantidad de casos de hostigamiento sexual, entre otros de índole sexual dentro de las empresas, que no se están denunciando.

Los lugares donde se denuncia la violencia también son distintos. Las mujeres obreras y no obreras que vivieron violencia laboral y se acercaron a pedir ayuda a autoridades del trabajo se acercan principalmente a sus supervisores(as), a otras autoridades y en última instancia al sindicato. No obstante, al observar si la escolaridad tiene un rol al decidir a quién pedir ayuda o de quien recibir apoyo, se aprecia que quienes tienen el menor nivel de escolaridad no se acercan a sindicatos, probablemente porque no tienen afiliación, aunque con los datos disponibles no es posible confirmar esta afirmación. Las mujeres que suelen pedir fuera de su lugar de trabajo se acercan principalmente a la Defensoría Pública, el Instituto Nacional de las Mujeres o a alguna línea de atención telefónica.

La brecha de la vergüenza y el desconocimiento al denunciar

Otro tema en el que las mujeres de menor escolaridad están en desventaja es en la vergüenza al denunciar; podemos ver que casi una tercera parte de las mujeres con escolaridad primaria que no denunciaron dijeron no hacerlo por vergüenza. Mientras sólo el 5% de las mujeres con licenciatura que no denunciaron mencionaron la misma razón. Nuestra experiencia indica que es importante ampliar lo que entendemos por vergüenza y cómo la atendemos, particularmente para las mujeres con menor escolaridad. Por ejemplo, cuando hemos hablado con mujeres obreras hemos notado que les avergüenza no saber escribir sin errores de ortografía. Muchas de ellas evitan a toda costa escribir, por lo que medidas como buzones de quejas o denuncias pueden no ser la mejor alternativa. En ocasiones, los buzones de quejas o denuncias se encuentran en lugares muy públicos, como el comedor, lo que también complica la denuncia y la posibilidad del anonimato.

Las mujeres de menor escolaridad también son las que más reportan no haber denunciado por desconocimiento. En este sentido, las empresas tienen la responsabilidad de llevar a cabo las políticas necesarias para facilitarle a ese grupo denunciar. Pueden crear canales de denuncia priorizando los canales de comunicación de mayor uso (por ejemplo WhatsApp o líneas telefónicas). Se pueden adaptar los materiales informativos sobre violencia contra las mujeres priorizando materiales pictográficos y el lenguaje literal que respondan a sus bajos niveles de alfabetización (capacidad de comprensión escrita y de lectura).

En diferentes ocasiones el personal de recursos humanos de diferentes empresas nos ha compartido que saben que sus empleadas viven violencia en distintos ámbitos. Con atención escuchamos sin fin de casos y anécdotas y en todas ellas prevalece un juicio: “están así porque quieren”. A partir de la información recaudada y reflexionando si verdaderamente las mujeres agredidas “están así porque quieren”, encontramos que los motivos por los que no piden ayuda son distintos y mucho más complejos. Es necesario que los empleadores hagan su parte para atender el desconocimiento y la vergüenza, especialmente entre mujeres de menor escolaridad. Cabe también mencionar que el principal motivo, en todos los niveles de escolaridad, es la normalización de la violencia: no buscan ayuda porque la violencia ha sido normalizada por ellas. Nuestra experiencia también indica que  sus empleadores y colegas de trabajo también han normalizado la violencia, por lo que no se da la atención necesaria a la problemática. Para atender esta normalización las empresas pueden acercarse a las instancias estatales y municipales de las mujeres y solicitar eventos de sensibilización y capacitación que permitan que su personal atienda y canalice de manera apropiada los casos de violencia laboral contra las mujeres obreras empleadas.

¿Cómo pueden las empresas aliarse para atender y prevenir la violencia contra las mujeres en el ámbito laboral?

Nuestros hallazgos apuntan que las mujeres obreras viven más violencia física y sexual que el resto de las mujeres. Saber que esto ocurre en los centros de trabajo señala la necesidad imperante de que las empresas cuenten con protocolos de atención y canalización y lo socialicen a su personal desde su proceso de inducción. Este dato también debe levantar alertas a las áreas de recursos humanos para mejorar sus procesos de reclutamiento, selección personal y monitoreo de asuntos internos, puesto que los datos de violencia contra las mujeres en el ámbito laboral indica que las empresas están contratando agresores de mujeres. Lo cual no solo tiene repercusiones negativas en la productividad y competitividad empresarial (ausentismos1, presentismos2, tardanzas), el clima laboral y la cultura organizacional, sino tiene costos economicos, ya que los agresores utilizan recursos de la empresa para cometer actos de violencia contra las mujeres3.

Los hallazgos de esta investigación también apuntan que si bien la violencia contra las mujeres una práctica generalizada, ésta no tiene el mismo comportamiento en todos los espacios (por ejemplo, familia y trabajo), ni en todos los perfiles de escolaridad. Por ello es importante generar datos, a través de investigación, que les revele cuál es la situación de la violencia contra las mujeres obreras en su empresa y así diseñar estrategias integrales para su prevención y atención. Los lugares de trabajo deben tener un compromiso que rebase el evento de sensibilización anual del 8 de marzo y deben ampliar sus actividades al personal obrero, no solo dirigirlas al personal profesionista.

Una forma de hacerlo sería atender las condiciones que hacen que las mujeres obreras no pidan ayuda. Con frecuencia hemos escuchado a las obreras decirnos que es el supervisor quien las ha violentado o que se cohíben ante personal de mayor jerarquía en la empresa, por lo que resulta imperante reconocer perfiles con quienes ellas sienten cercanía y una relación horizontal para pedir ayuda, como las y los líderes de línea. Estos perfiles deben estar capacitadas para proceder en caso de recibir solicitudes de ayuda.

Asimismo, las empresas pueden hacer los esfuerzos más intencionados para vincular a las empleadas víctimas de violencia con instituciones que les brinden asesoría. Por ejemplo pueden brindar flexibilidad de horario, permisos de ausencia, apoyo de transporte y firmar acuerdos de colaboración. La oferta de servicios de los institutos municipales y del Instituto Estatal de las Mujeres del estado son amplios y gratuitos y de acuerdo a los datos de la ENDIREH son pocas las mujeres que se acercan a estos organismos.

Los datos demuestran que las mujeres con mayor escolaridad tienden a pedir más ayuda, por tanto les recomendamos a las fundaciones empresariales y programas de responsabilidad social empresarial seguir apoyando programas que contribuyan a la permanencia escolar de las niñas hasta la universidad. Darles educación es darles herramientas para prevenir y salir de situaciones de violencia.

Nota metológica

Todos los códigos para replicar este análisis están en esta carpeta.

 

 

Este artículo fue asesorado por el Programa de Mentorías y Capacitación Periodística realizado por Data Cívica A. C. con el apoyo del Consulado General  de los Estados Unidos en Monterrey. Agradecemos la labor del Programa así como el apoyo brindado en esta investigación por Adrián Lara (@adrixlg), Alicia Franco (@aliciavfrancob6) y Georgina Jiménez (@GinaRivers90).

 

 

1 En un estudio sobre costos empresariales de la violencia contra las mujeres en Perú se encontró que  los agresores representan el 59,2 % de los días perdidos, seguido de las víctimas (33,4 %) y testigos/as (7,4 %). La pérdida de días laborales de los agresores, responde a quedarse en casa para vigilar a la agredida y evitar la denuncia y/o cubrir sus actos violentos.

2 Significa asistir al centro laboral pero sin trabajar a la real capacidad (Patel & Taylor, 2011). Situaciones donde las trabajadoras están presentes en el centro de trabajo pero que, por alguna razón ligada a la salud o a su vida personal, no rinden a su máximo nivel.

3 Esto de acuerdo a  diferentes estudios para calcular los costos economicos empresariales de la violencia contra las mujeres financiados por la Cooperación Alemana en varios países latinoamericanos (Ecuador, Bolivia, Paraguay, Perú).

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