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El ronroneo
Por Gatitos Contra la Desigualdad
Gatitos Contra la Desigualdad es uno de los diversos proyectos del INDESIG (Instituto de Estudios... Gatitos Contra la Desigualdad es uno de los diversos proyectos del INDESIG (Instituto de Estudios Sobre Desigualdad, A.C.). La iniciativa tiene por objetivo modificar las representaciones sociales que existen sobre las desigualdades y la justicia, comúnmente sustentadas en premisas erróneas, mediante comunicación de datos sencillos, verificables y de una manera divertida: Con muchas fotos de Gatitos. Miau. (Leer más)
El virus no discrimina, el capitalismo sí
El COVID-19 está exponiendo las debilidades del sistema capitalista, en el cual la cuestión de quién vivirá y quién morirá parece un problema que decidirán los mercados. Si bien el virus por sí solo no discrimina, el sistema económico y social que predomina sí lo hace, poniendo en mayor riesgo de morir a las personas más vulnerables.
Por Gatitos Contra la Desigualdad
17 de abril, 2020
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La rápida expansión del nuevo coronavirus alrededor del mundo ha obligado a los distintos gobiernos a adoptar medidas urgentes. Hasta ahora, el COVID-19 ha infectado a más de 1,9 millones de personas a nivel global y más de 125 mil personas han muerto por esta causa. Sin embargo, la pandemia ha tenido otro efecto imprevisto, pues está llevando la atención a los sistemas económicos y sociales de todo mundo, exponiendo, especialmente, los defectos del sistema capitalista.

La década de los 80 se caracterizó por la transición de diversas economías planificadas, entre ellas la mexicana, hacia el capitalismo laissez-faire. En éste, los gobiernos pasaron a segundo plano, interviniendo únicamente con el fin de solucionar las “fallas del mercado” cuando éstas surgieran. A esto se ha sumado un apoyo total por parte de los gobiernos a la austeridad. El resultado ha sido un sistema que persigue los beneficios privados a expensa de necesidades sociales más urgentes, además de un sistema público erosionado sin capacidad para hacer frente a crisis como la del COVID-19.

No es por menos que en nuestro país, el porcentaje del PIB destinado al gasto público en salud ha disminuido progresivamente desde el 2012, llegando únicamente al 2.8% en 2018. Esto coloca a México como el país en la OCDE que menos invierte en este sector, a lado de países como Suecia y Japón donde el mismo porcentaje representa más del 9% del PIB. Incluso dentro de América Latina, el gasto en salud de nuestro país, es menor al observado en países como El Salvador, Colombia y por supuesto Cuba, país donde más del 10% del PIB se destina a salud. Además, aún en frente de la crisis, la austeridad sigue siendo una de las promesas del gobierno actual, lo que deja a un Estado debilitado y con capacidad limitada para dar una respuesta eficaz.

Por otro lado, el capitalismo prometió que la globalización reduciría las diferencias entre personas ricas y pobres. Por el contrario, en casi todos los países ricos y en la mayoría de los países en desarrollo, los trabajadores están captando cada vez, un porcentaje menor del crecimiento económico, lo cual se refleja directamente en los salarios. De hecho, aún con los incrementos observados en esta administración, el salario mínimo real en México sigue siendo menor al observado en 1969. En otras palabras, la cantidad de bienes y servicios que un trabajador ganando el salario mínimo puede comprar hoy, es menor de la que podía comprar en los años sesenta. Mientras los salarios reales se reducen, propietarios del capital han visto crecer sus ganancias más rápido que la tasa de crecimiento de la economía.

Esto, además la decreciente capacidad de negociación de los trabajadores, ha desembocado en un sistema donde la falta de una red de seguridad y protección para los trabajadores es común. Así, en México el 57% de la población (casi 72 millones de personas) no tiene acceso a la seguridad social, lo que implica que no cuentan con el conjunto de mecanismos diseñados para garantizar sus medios de subsistencia y los de sus familias ante eventualidades como la que vivimos actualmente. A esto se suma que en muchos hogares en México, la mayor parte de sus gastos se van en los más esencial para apenas subsistir y, por lo tanto, permanecer en casa perdiendo aunque sea sólo una parte del ingreso, es una posibilidad lejana.

Lo anterior, aunado a un sistema de salud fragmentado que no garantiza el acceso de todas las personas mexicanas por igual (el 20% de las personas mexicanas no cuenta con acceso a servicios de salud), muestra que el capitalismo ha creado un sistema en el que existe una jerarquía brutal entre ciudadanos y donde la cuestión de quién vivirá y quién morirá parece un problema que decidirán los mercados. Sin intervención, todo apunta a que morirán las personas más vulnerables: los no asegurados, las personas de la tercera edad, las personas migrantes, las personas en situación de calle y las personas con condiciones subyacentes (las cuales también están asociadas a menores ingresos debido a diferencias en el acceso a servicios de salud, la alimentación, entre otros).

De hecho, datos publicados por el gobierno de Nueva York, ya muestran que la tasa de mortalidad a raíz del COVID-19 para personas afroamericanas y latinas es del doble que la que se encuentra en las personas blancas. Además, datos preliminares publicados por la Secretaría de Salud muestran una tendencia similar en nuestro país. Si bien los datos aún son limitados y harán falta un análisis más profundo, hasta ahora se observa que la tasa de mortalidad para personas hablantes de lengua indígena es más del doble (14%) que la observada para la población en general (6.4%). El virus por sí solo no discrimina, pero el sistema económico y social que predomina, sí lo hace.

El panorama puede parecer desalentador, pero es también una oportunidad de crear un sistema diferente. No cometamos el mismo error del 2008, donde las medidas adoptadas permitieron que las empresas recuperaran sus beneficios al finalizar la crisis, sin sentar las bases para una recuperación que incluyera al resto de la población. Necesitamos que los gobiernos intervengan de manera inmediata, pero con las necesidades sociales al centro. De otra forma, conservamos las debilidades de las economías capitalistas.

En esta ocasión fue un virus el que reveló estas debilidades. Sin embargo, el regresar al status quo presenta el riesgo de que el sistema colapse ante cualquier otro desencadenante. No olvidemos que hasta hace poco, quienes se encontraban en pie de guerra eran los bomberos y no los médicos. Todo apunta a la misma realidad: a menos que transformemos el sistema, no tendremos oportunidad contra la siguiente gran crisis que parece cada vez más cercana, la emergencia climática.

@GatitosvsDesig

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