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El Vaso Medio Vacío
Por Gerardo Esquivel
Economista. Profesor-Investigador de El Colegio de México. Síguelo en Twitter: @esquivelgerardo... Economista. Profesor-Investigador de El Colegio de México. Síguelo en Twitter: @esquivelgerardo (Leer más)
Colegiaturas deducibles: Pésima política pública
Por Gerardo Esquivel
16 de febrero, 2011
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El Presidente Felipe Calderón firmó el lunes pasado un decreto mediante el cual los pagos de colegiaturas en escuelas privadas, desde preescolar hasta preparatoria, serán deducibles para propósitos del pago del impuesto sobre la renta. Esta decisión, que en los hechos representa un subsidio a la educación privada, es una pésima medida de política pública que, no sorprendentemente, ha sido ampliamente aplaudida por los sectores más pudientes y vocales de la sociedad mexicana.

La deducibilidad de las colegiaturas es una mala política, para empezar, por razones de equidad. Como ya se ha dicho en otro lugar (aquí y acá), los principales beneficiarios de esta medida son las personas de mayores ingresos. De hecho, el grueso de los beneficios se va a concentrar en el 10% de la población con mayores ingresos, los cuales recibirán alrededor del 60% del subsidio total. En un país como el nuestro, con una gran desigualdad de ingresos y oportunidades y con una política fiscal completamente ineficiente para reducir la brecha entre ricos y pobres, una medida como ésta no hará sino profundizar aun más la enorme brecha existente entre aquellos con suficientes ingresos para pagar educación privada y aquellos que no lo pueden hacer.

Sin embargo, la equidad no es la única razón para pensar que una medida como ésta es equivocada. También lo es porque con ella se fomenta, así sea en el margen, el abandono de la escuela pública por la privada, la cual, contrario a lo que algunos creen, no es de mejor calidad que la pública. Para ver ello, baste citar lo que dijo la OCDE en relación a los resultados de la prueba PISA de 2006: “En México, hay grandes diferencias en el desempeño entre escuelas públicas y privadas, con los estudiantes de escuelas privadas obteniendo 53 puntos más . Esta diferencia en desempeño está por encima del promedio de la OCDE que es de 25 puntos. Sin embargo, una vez que se toman en cuenta los antecedentes socioeconómicos de los estudiantes y las escuelas, los estudiantes de escuelas públicas tienen una ventaja de 21 puntos.”


Es decir, si bien es cierto que las calificaciones de los estudiantes de escuelas privadas es mayor que las de los estudiantes de escuelas públicas en un examen estandarizado como el de PISA, esto se debe fundamentalmente a factores estrictamente socioeconómicos y no debido a la existencia de diferencias fundamentales en la calidad de la enseñanza de un sistema y otro. Esto último sin duda tiene que ver con la enorme heterogeneidad en la calidad de las escuelas privadas, en donde coexisten algunas de excelente calidad con otras que quizá sólo explotan la creencia infundada de que la educación privada es superior y el anhelo de los padres de familia, no necesariamente satisfecho, de proporcionarles a sus hijos una mejor educación que la que proporciona la educación pública.

Por otro lado, incentivar mediante un subsidio el acceso a la educación privada equivale a fomentar el abandono de la educación pública. Esto último, como magistralmente lo discutió Albert O. Hirschman en el capítulo V de su libro “Salida, Voz y Lealtad“, en lugar de mejorar la educación pública por la vía de la competencia (como aseguran que ocurrirá todos los que favorecen este tipo de medidas), puede en realidad terminar deteriorando la calidad de la educación pública, ya que los ciudadanos más interesados en obtener una mejor educación podrán optar por salir del sistema público en lugar de permanecer en él y tratar de hacer escuchar su voz y con ello mantener o mejorar la calidad de la educación pública.

Finalmente, más allá del tema de la equidad y de su impacto en la calidad educativa, uno podría cuestionar una medida como ésta desde el punto de vista de las alternativas de política pública que pudieron haberse seguido. De acuerdo a la Secretaría de Hacienda, la deducibilidad de las colegiaturas tendrá un impacto de entre 11 y 13 mil millones de pesos, que es lo que se estima que se les regresará o bonificará a los padres de familia a la hora de que estos realicen su declaración fiscal correspondiente. Este monto no es trivial. Para tener una idea de las alternativas, considere que este monto es igual o superior hasta en 20% a todo el presupuesto que recibe el Instituto Politécnico Nacional en un año. Otra alternativa habría sido becar a jóvenes de escasos recursos en el momento más crítico de sus estudios, es decir, cuando transitan de la secundaria a la preparatoria y que es cuando un mayor número de ellos abandona sus estudios para dedicarse a trabajar. Así, por ejemplo, si a estos jóvenes se les hubiera otorgado una beca de un salario mínimo mensual, el monto del subsidio que se otorgará a las colegiaturas privadas habría alcanzado para beneficiar a entre 500 mil y 600 mil jóvenes por año. Nada mal.

Se dice, por último, que esta medida está dirigida a ayudar a una frágil y vapuleada clase media. Es posible que así sea. Sin embargo, el problema con este enfoque es que, en primer lugar, no son los únicos que se han visto afectados por la situación económica reciente y, segundo, una medida como ésta no sólo los beneficia a ellos sino también a todos aquellos que se ubican en la parte superior del ingreso y que suelen enviar a sus hijos a escuelas de paga. Si lo que se deseaba era realmente ayudar a la población de clase media sin que ello necesariamente se tradujera en una mayor carga fiscal para el Estado, una opción habría sido una modificación en las tasas del impuesto sobre la renta que se tradujeran en una menor carga para la población de ingresos medios y una mayor carga equivalente para la población de mayores ingresos (quizá mediante la introducción de un nuevo escalón en la estructura de tasas impositivas). En última instancia, para regresarle los 4 mil pesos anuales que se le van a regresar a un padre de familia que gana $20 mil pesos mensuales y que tiene un hijo en una escuela primaria privada, habría sido más que suficiente con disminuir en 2 puntos porcentuales la tasa de ISR (de 30 a 28%) a las personas dentro de este rango de ingresos, lo cual pudo haber sido compensado con una mayor tasa impositiva para aquellos que ganan, digamos, más de 100 mil pesos al mes y que difícilmente podrían ser considerados como de clase media.

En fin, por donde se le vea, el decretazo del Presidente que permitirá la deducibilidad de las colegiaturas es una pésima medida de política pública en donde los únicos beneficiarios directos serán los grupos menos necesitados de la población y que solo tendrá como resultado una mayor desigualdad en el país y, presumiblemente, una menor calidad de la educación pública. Lo más triste de todo, sin embargo, es saber que nuestros políticos se están peleando por la paternidad de tan mala propuesta de política pública. Como dice un amigo: “pocas ideas, pero bien confusas”.

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