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El Vaso Medio Vacío
Por Gerardo Esquivel
Economista. Profesor-Investigador de El Colegio de México. Síguelo en Twitter: @esquivelgerardo... Economista. Profesor-Investigador de El Colegio de México. Síguelo en Twitter: @esquivelgerardo (Leer más)
Un balance de las elecciones
Por Gerardo Esquivel
8 de julio, 2011
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Los grandes triunfadores de las elecciones del domingo 3 de julio fueron sin duda el PRI, el candidato Eruviel Avila y el gobernador Peña Nieto. Es incuestionable que el PRI habría triunfado en las elecciones del Estado de México incluso si la contienda hubiese sido perfectamente equitativa. No aceptar lo anterior es no sólo mezquino y absurdo, sino también profundamente antidemocrático. Con el avasallador triunfo del PRI en las elecciones del domingo pasado, el PRI no sólo se recupera después de los traspiés de las elecciones del año pasado cuando perdió varias gubernaturas, sino que además ha logrado generar entre buena parte de la población una aura de triunfalismo y aparente invencibilidad para las elecciones presidenciales del 2012.

 

Es claro que la decisión del PRI de postular al mejor candidato, aunque no fuera el preferido de la élite del estado, fue sumamente importante en la explicación del resultado obtenido y fue la mejor que pudieron haber tomado. Otro acierto priísta fue mantenerse relativamente al margen de las disputas entre el PAN y el PRD y dedicarse a “cachar” los votos de aquellos desilusionados del panismo e insuficientemente convencidos de lo que seguramente consideran el radicalismo de la izquierda. Con los resultados del domingo, la candidatura de Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República por parte del PRI está prácticamente asegurada y su posible elección como Presidente aparece casi como inevitable después de los rotundos triunfos priístas del domingo pasado. Lo anterior, sin embargo, presupone que los partidos repetirán los aciertos y errores de las elecciones del domingo. Es por ello que, además de señalar los indudables aciertos de los priístas en estas elecciones, vale la pena revisar también los factores que influyeron en el mal desempeño de los otros dos participantes en esta contienda, el PAN y los partidos de la coalición de izquierda. Vayamos por partes.

 

Que no quede duda: el gran perdedor de la elección reciente en el Estado de México fue el PAN. No solo se fue el PAN por primera vez hasta la tercera posición en las elecciones estatales, sino que el irrisorio 12.1% de los votos que obtuvo Luis Felipe Bravo Mena es apenas una tercera parte de lo que alcanzó el PAN en las elecciones de 1999, cuando llegó a tener el 35.4% de la votación total. Más aún, el porcentaje de la votación obtenido en esta ocasión es apenas la mitad del porcentaje de votos que alcanzó este mismo partido hace apenas 6 años (24.7%) y estuvo incluso muy por debajo del 17.8% de la votación que logró el PAN con el mismo candidato en las elecciones de 1993. Es decir, el PAN no solo perdió estas elecciones por casi 50 puntos porcentuales de diferencia, sino que su votación se cayó de manera dramática en este proceso electoral. Por ello, es razonable afirmar que el voto a favor del PAN en estas elecciones se contrajo fuertemente hasta restringirse únicamente al segmento más duro del partido en la entidad.

 

Por supuesto, la debacle panista se debe en parte al mal candidato que postularon. Sin embargo, considerando la votación que obtuvo este mismo candidato en 1993, no es creíble sostener que ésta es la única (y ni siquiera la principal) explicación del desfonde panista. En realidad, el candidato del PAN cargó, además de con su poco carisma, con todo el descrédito atribuible a dos pésimas administraciones federales panistas. Es por ello que en esta elección no sólo perdieron Luis Felipe Bravo Mena y el PAN sino también, y quizá de manera más importante, el propio Presidente Calderón. Comprender lo anterior es importante porque si alguna extrapolación puede hacerse de esta elección con miras al 2012, es que el candidato del PAN, quien quiera que sea, pero particularmente si se trata de un miembro del Gabinete actual, cargará inexorablemente con el desprestigio acumulado de las dos administraciones recientes. Eso, por supuesto, será un escollo muy difícil de remontar y no sería descabellado ver en el 2012 una repetición de lo que se vio en la elección del Estado de México, es decir, que el PAN se desfondase en la elección presidencial y que pudiera irse, por primera vez en su historia, hasta el tercer lugar en las preferencias electorales. Evitar este escenario requerirá, no sólo de elegir a un candidato adecuado (o adecuada, para más señas), sino de montar una campaña que de alguna manera se distinga y se deslinde, al menos parcialmente, de las administraciones de los Presidentes Fox y Calderón. De otra manera, una campaña presidencial basada en la continuidad y en las críticas tradicionales al viejo régimen podría dar lugar a un escenario similar al que se observó en el Estado de México.

 

En cuanto al PRD y los otros partidos de izquierda, por supuesto que también perdieron. Sin embargo, su derrota es de una naturaleza muy distinta a la del PAN. En primer lugar, porque el PRD, a diferencia del PAN, casi logró mantener intactos los niveles de votación recientes en la entidad. Es decir, el 22% de la votación que recibió Alejandro Encinas es prácticamente igual al 21.9% que obtuvo el PRD en 1999 y ligeramente por debajo del 24.2% que obtuviera en las elecciones del 2005. El porcentaje de votación obtenido es incluso superior en 150% al porcentaje de votación que obtuviera el mismo Encinas en las elecciones de 1993 (8.7%). Lo anterior sugiere que el PRD en esta elección logró mantener y consolidar su voto duro en alrededor de una quinta o una cuarta parte del electorado mexiquense. Por supuesto que se puede decir que este porcentaje de votación está muy por debajo de lo que obtuvo AMLO en las elecciones presidenciales en el Estado de México, sin embargo, en general no es adecuado comparar elecciones estatales con elecciones federales. Así pues, la derrota del PRD no fue en términos de sus votantes tradicionales, más bien la derrota del PRD es en el sentido de que quedó demostrada su ineficacia para acceder a nuevos votantes y, en particular, a nuevos segmentos de la población. Es claro entonces que el discurso de la campaña y la imagen misma de Encinas (y, seguramente la de López Obrador) fueron incapaces de lograr mejorías en la votación para el PRD particularmente entre la población más joven y sorprende, sobre todo, la incapacidad del PRD para beneficiarse de los votantes independientes desilusionados del panismo, los cuales aparentemente optaron en su gran mayoría por cambiar su voto a favor del PRI.

 

Así pues, en la elección del Estado de México quedó de manifiesto que el discurso tradicional del PRD ha logrado consolidar una cierta base electoral, pero que ésta le resultó claramente insuficiente para poder ser competitivo en la entidad y seguramente le será insuficiente a nivel federal en el 2012 si no cambia de estrategia. Por ello, el PRD necesita modificar y renovar su discurso de cara al electorado. Ya no le basta la denuncia o la repetición de la historia del fraude electoral del 2006. Tampoco fue suficiente el discurso en contra de las malas prácticas priístas o en contra del viejo régimen. Este tipo de discurso, por cierto, le es atractivo y parece ser efectivo con la población mejor educada y más informada del país, como se desprende del hecho de que entre la población universitaria el PRD parece haber obtenido una votación incluso superior a la del PRI (véase cuadro), pero este discurso no es suficientemente eficaz como para atraer al mayoritario grupo de la población menos educada y menos informada, para lo cual requiere de diseñar una estrategia específica para llegarle a este desafortunadamente amplio segmento de la población.

 

Fuente: Parametría

 

Es por ello que, de miras hacia el 2012, el PRD deberá optar por modificar y/o actualizar su discurso y, quizás, moverse un poco más al centro o a una opción de carácter ciudadano que le permita, junto con su base de votantes ya consolidada, ofrecer un programa alternativo con un énfasis distinto al que pueden ofrecer los otros partidos en la contienda. De otra manera, el PRD y partidos afines, si optaran por llevar como candidato presidencial a cualquier miembro de la izquierda partidista, ya sea López Obrador o Marcelo Ebrard, no serán suficientemente competitivos y tendrán una participación meramente testimonial restringida quizás únicamente a su segmento de los votantes que constituyen su núcleo más fiel, pero que seguramente no excede en el mejor de los casos al 22-25% de la población.

 

Hablemos, finalmente, del tema de la alianza entre el PAN y el PRD que algunos ven como el factor explicativo fundamental de los resultados del domingo. Este argumento, utilizado por algunos miembros destacados del PRD y por un amplio sector de la comentocracia, es simplemente insostenible. No sólo la simple suma de los votos del PAN y la coalición de izquierda (32.5%) revela que hubiera sido imposible para ellos competir frente al 62% del PRI, sino que es probable que la votación que hubiera obtenido dicha coalición con cualquiera de los dos candidatos hubiera sido incluso menor que la simple suma de los votos. Ello se debe a que sectores duros de uno u otro partido difícilmente habrían votado por el candidato del otro partido. Así, el problema con la alianza, no es que no haya existido, sino que no había un buen candidato para la misma y que no se dieron las condiciones que existieron en otros casos en donde ésta si funcionó. El aspecto fundamental que quebró la alianza fue sin duda el nombramiento del candidato más fuerte del PRI como su candidato oficial y la disciplina partidista que se les impuso a los precandidatos perdedores. Es por ello que, en ausencia de un buen candidato común, quizá lo mejor para el PAN y el PRD es que hayan ido separados. Si hubieran ido juntos a este proceso y si hubieran perdido por un margen de 20 o 30 puntos porcentuales, hubiera generado sin duda un mayor aire de inevitabilidad del regreso del PRI a los Pinos en el 2012. El no haber ido juntos al menos les permite dividirse los costos de la derrota y les permitirá replantear sus estrategias de aquí al 2012, cuando ambos partidos deberán ir de nueva cuenta separados a enfrentar a lo que hoy en día parece ser la maquinaria mejor preparada la elección presidencial.

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