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En la madre
Por Bárbara Hoyo
Madre de Nicolás, a veces mi propia madre.
Cuerpo completo
Cuando pienso en la niña de seis años, en la adolescente de quince, en la joven de veinte y, ahora, en la mujer de treinta y cinco, me paralizo por lo dura que he sido conmigo, pero también celebro no haber permitido que los ideales autoimpuestos me impidieran explorar lo deseado con entusiasmo y curiosidad.
Por Bárbara Hoyo
25 de junio, 2021
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mi cuerpo?

un tajo en la silla

Alejandra Pizarnik

 

A los seis años me atormentaba la idea de que alguien descubriera que mis pies eran unos pies extraños: cinco dedos, acomodados por estaturas, nada particular. Decidí esconderlos hasta los once años cuando, agotada por la carga autoimpuesta, tuve la valentía de recorrer los pasillos de la primaria con unas sandalias negras que tomé prestadas de mi abuela. Hacia la tarde, al regresar a casa, noté que mis pies eran libres; yo era libre: mi complejo se había desvanecido.

Cuando entré a la secundaria, otras obsesiones me esperaban de frente: los vellos de mis brazos y piernas, negros y abundantes, las patillas que rodean mis orejas, blanco de burlas que me llevaron a depilarme, hasta que reconocí que el dolor nunca le hace justicia a la belleza ni la belleza al dolor. De nuevo agotada, me obligué a resguardar los complejos bajo una aceptación sostenida en una torre de naipes, a diferencia de la valentía que liberó mis pies de niña.

Poco después, me alcanzaron la celulitis y las estrías, mis caderas se ensancharon, enfoqué mi atención al tamaño de mis dientes, a las bolsas permanentes de mis ojos, a mis tobillos anchos, a mis piernas sin forma, a mi piel delicada y a mi nariz microscópica.

El cuerpo me estorbaba: le exigía a cada centímetro y cada poro no ser yo. Pero esta vez me refugié en el cinismo: me mostré cuanto pude, porque ese era mi secreto para que no percibieran que estaba lastimada. Herida desde el origen, desde la raíz, aunque exhibida. Arrojada desde el propio cuerpo al Coliseo.

Soy una mujer insegura y peligrosa para sí misma. Cada paso que doy lo cuestiono, lo juzgo y lo destrozo. Cada fracaso lo he utilizado para mutilarme. Cada acierto, por otra parte, se lo he atribuido a la suerte, al azar y a la casualidad. No me jacto de nada más que de mis inseguridades y complejos: esto es lo que soy.

Hace algunos años salí con un hombre que tuvo el tacto de desnudarme y pararme frente a un espejo de cuerpo completo para pedirme que me sostuviera la mirada, para reconocer mi belleza. Belleza cuestionada, juzgada y destrozada. A partir de esa escena, tan relevante en mi historia, comenzó una reconciliación con el mismo cuerpo que utilicé como una ficha de intercambio para la aceptación que yo era incapaz de darme. A veces, cuando me siento incompleta, cierro los ojos y pienso en los momentos donde el placer, más allá de lo generoso que es, ha sido aleccionador: mi cuerpo me ha devuelto la vida.

Con la metamorfosis del embarazo paradójicamente llegó un entendimiento pacífico de la función de mi cuerpo y de lo equivocada que estaba al utilizarlo como un anzuelo de afecto. Hoy, con una cicatriz que me atraviesa la parte baja del vientre y con los estragos de la lactancia sobre mis pechos, no quiero que sean mis complejos y heridas las que me impidan buscar la satisfacción. Estoy agotada de exigirme ser más bella y menos derrotada. Estoy exhausta de pensar que mi cuerpo es tan desechable como una idea, un mal día o una mala decisión.

Este par de ojos inseguros todavía no le sostienen por mucho tiempo la mirada al espejo. Me cuesta trabajo verme en fotografías, desnudarme con la luz encendida, coger de día, dejar de pensar cómo huelo, cómo me veo y cómo me debería de estar ocultando; pero estoy cerca y, a veces, cuando me extiendo, alcanzo a tocar la sensación de aceptación y hasta de gozo por mí misma.

A pesar de mis reclamos y rupturas, he tenido el arrojo (o el buen gusto) de compartir mi vida con hombres y mujeres que me han recorrido lo suficiente para integrar, poco a poco, mis brazos y piernas, mis tobillos anchos, mis nalgas, mis tetas, mis cicatrices, mis fantasmas y sombras, mis dientes, mis ojos, mi nariz, mis estrías, mi celulitis, mis patillas y hasta mis ganas que hoy, en conjunto, me hacen sentir erguida. Afortunadamente los complejos son más breves que la vida.

Cuando pienso en la niña de seis años, en la adolescente de quince, en la joven de veinte y, ahora, en la mujer de treinta y cinco, me paralizo por lo dura que he sido conmigo, pero también celebro no haber permitido que los ideales autoimpuestos me impidieran explorar lo deseado con entusiasmo y curiosidad; y compartirlo con quien me mira desde un lugar menos hostil que el mío.

@barbarahoyo

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