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En la madre
Por Bárbara Hoyo
Soy una señora encerrada en el cuerpo de una señora, pero no son la misma señora. Madre de Nic... Soy una señora encerrada en el cuerpo de una señora, pero no son la misma señora. Madre de Nicolás, a veces mi propia madre. Psicóloga. Godínez. Quería ser equilibrista y resulté malabarista. Cuando me tomo en serio soy una caricatura de mí misma, como en la foto. Alguna vez tuve una columna llamada El Ornitorrinco. Ser optimista es mi guilty pleasure. Soy escritora de clóset y de buró. (Leer más)
Materia oscura
Las relaciones nunca acaban de un momento a otro: van mandando señales como las estrellas que, justo antes de morir, se vuelven más brillantes.
Por Bárbara Hoyo
31 de julio, 2020
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Una de las teorías del destino del universo es que, en algún momento, ese espacio-tiempo sufrirá una muerte térmica: demasiado frío para sostener vida en él.

En unos meses David y yo cumplimos cuatro años juntos. Ambos nos conocimos sin expectativa alguna, así que todo lo que nos ha ocurrido ha sido un Big Bang: una derrota del destino que nos alcanzaba y que durante toda una vida nos había mantenido a años luz de distancia.

Vivir en pareja es construir posibilidades. La posibilidad de existir, de crear, de colapsar, de ser consumido por un agujero negro, de contraerse o de reducirse a polvo. David dice que es un ácaro del cosmos y entiendo por qué: yo también lo soy. Casi me atrevo a decir que somos una especie de la misma galaxia.

Nicolás avisó que había llegado a nuestra historia antes de que cumpliéramos un año viviendo juntos. A veces pienso que nuestra relación se construyó tan rápido que ni siquiera supimos de qué material estaba hecha. De polvo de estrella fugaz, quizá. Por la brevedad y el deseo.

David ya era papá cuando lo conocí. Siempre ha sido más papá que persona y más persona que pareja. Por eso lo amo y por eso lo detesto. Anna, su hija, tiene diez años y es la persona favorita de mi hijo. Así que soy madre y madrastra. O madre al cuadrado. O madre y media. No lo sé. Tampoco sé cómo se sobrevive a los números pares. Decía Clarice Lispector: “Yo quiero ser solamente uno para no acabar como un número divisible por otro”.

Más o menos a la mitad de mi embarazo, cuando la panza me obligó a armar una fortaleza de almohadas alrededor de mí y entre mis piernas, en realidad estaba trazando un camino irreversible. Sin saberlo, alimentaba a un pequeño elefante blanco que nos acompañaría en cada espacio íntimo que habitáramos.

En este universo, en el que hay más pañales que sexo y las conversaciones orbitan como planetas alrededor de la división de labores, no nos dimos cuenta dónde, cuándo y cómo nos perdimos. Nuestra Vía Láctea se convirtió en un mar de leche materna; y comenzamos a ahogarnos en él.

A las crisis les importa una mierda lo que sepas de ellas o lo valiente que seas para enfrentarlas: te devoran y te vomitan solo para que, en el instante en el que tengas un pie fuera de ellas, encuentres complicidad o una sonrisa conocida o un poco de nostalgia antes de volver a ser deglutido.

La caducidad siempre estuvo frente a nosotros, sentada en la misma mesa donde nos conocimos. Hoy, creo que David y yo nos encontramos para que a este mundo llegara Nicolás y se hiciera la luz. No tengo ninguna otra certeza.

Las relaciones nunca acaban de un momento a otro: van mandando señales como las estrellas que, justo antes de morir, se vuelven más brillantes. Hasta que un día despiertas y junto a ti se encuentra la persona con quien formaste una familia y el elefante blanco al que ya no puedes seguir alimentando. ¿Qué se hace con eso? ¿Se trata de un universo en expansión? ¿O es que tal vez comienza a hacer demasiado frío?

@barbarahoyo

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