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Por Daniel Gershenson
Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprended... Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprendedor social. Me dedico a temas que hasta hace poco: antes del advenimiento de las redes sociales según [email protected], se consideraban ociosos. Presido dos ONG sin fines de lucro desde mediados del 2006: ALCONSUMIDOR, y ALARBO, AC. (Leer más)
Alicia en el País de las Elecciones, versión 2018
El pasado 5 de junio, los electores asestaron un duro golpe a las aspiraciones continuistas del peñismo en el PRI. Fue el anuncio de que las elecciones federales de 2018 van a ser más competidas de lo que uno se esperaba.
Por Daniel Gershenson
27 de junio, 2016
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El tropiezo del PRI en distintas entidades dibuja nuevos y posibles escenarios dentro del Mundo Bizarro mexicano que es nuestra normalidad.

Los satélites paraestatales del PRI, como el PPS o el PARM en su época, cumplirán funciones mucho más estratégicas que sus antecesores. A saber, restar votos a los únicos adversarios de peso. Será una tarea harto complicada que cumplan con ese cometido, a la luz de los resultados del 5 de junio pasado.

Tal vez me esté yendo con la finta. Disto mucho de ser un experto en estas materias. Durante el sexenio 1988-94 imaginé que el caudillo Carlos Salinas de Gortari escogería al semidecrépito secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal (sucesor de Alfredo del Mazo en el puesto ratificado por Salinas hasta su retiro en 1993), en una intentona similar a la que quizás ensayó Miguel Alemán Valdés con Adolfo Ruiz Cortines para garantizar en los cincuenta su minimaximato, o al del Nopalito Pascual Ortiz Rubio escogido ex profeso por Plutarco Elías Calles en los albores del autoritarismo priísta.

En todo caso, queda confirmado que el PAN contará con los servicios de una sucursal del PRI en el estado de Puebla, con éxitos probados en la elección del 5 de junio. Rafael Moreno Valle colocó sin problemas a su marioneta Antonio Gali en la gubernatura provisional. Movimientos que podrían replicarse en el PRD, ansioso de coaligarse con fórmulas probadas que garanticen su propia existencia dentro del presupuesto. Para eso está el poblano Luis Maldonado Venegas, diputado federal y ex secretario morenovallista en el gobierno; presidente, por obra y gracia de la corriente Nueva Izquierda, de la Comisión de Vigilancia de la Auditoría Superior de la Federación. Para más señas, artífice y operador de la Ley Bala, quien milita en el PRD y fungió como miembro de su Consejo antes de su defenestración, ante acusaciones de operar a favor del candidato panista, en abril pasado.

Si el ánimo de la chuchada es canjear favores por votos, en este nuevo escenario donde Acción Nacional (coaligado con otros institutos políticos como el del Sol Azteca) podría colarse de nueva cuenta en Los Pinos, no desentona suponer que el experimento de las alianzas se repetirá en dos años, ante una hipotético repunte del yupitecacique de Puebla: el expriísta Moreno Valle, alumno de Elba Esther Gordillo.

Lo más probable es que estos delirios no resistirán la prueba del tiempo; pero la rendija de oportunidad podría abrirse un poco.

La balcanización electoral en 2018 tendrá un impacto relevante, con efemérides emblemáticas que sacarán a votar a muchas personas 30 años después del descomunal fraude que llevó a Carlos Salinas de Gortari a la presidencia de México; a medio siglo del crimen de Estado en la Plaza de las Tres Culturas, durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz.

Para que la cuña apriete… y pierda el partido tricolor, ¿tendrán que operar mapaches opositores como Yunes en Veracruz, más el poblano Moreno Valle y Ulises Ramírez, del Estado de México? ¿Lucharán, desde sus muy particulares trincheras, para evitar que la vertiente hidalguense del PRI se quede con la franquicia presidencial, replicando así los peores vicios y costumbres del peñanietato en corrupta clave atracomulca? ¿O transarán con el enemigo, como lo han hecho por costumbre, vendiendo su marca al mejor postor?

En 2000 el voto pragmático mayoritario se decantó a favor de Vicente Fox, quien –en ese momento- representaba en la percepción popular la mejor garantía de que el PRI llevaba las de perder. Los comicios recientes del cinco de junio arrojan inciertos resultados. ¿Podrá acaso Ricardo Anaya, presidente de Acción Nacional, capitalizar el descontento y ganarle la partida a Margarita Zavala y al multicitado Moreno Valle, precandidatos encarrerados que disputarán palmo a palmo el derecho de representar a ese partido en 2018?

Partamos de una base similar a los ochenta y tres millones de posibles sufragantes en el proceso electoral de 2015. De ellas y ellos, para los comicios del dieciocho el PRI y el Verde ejercerán gobierno en las siguientes trece entidades: Campeche (603 mil empadronados totales, según cifras del INE), Colima (498 mil), Chiapas (3 millones doscientos ochenta mil), Guerrero (2 millones cuatrocientos mil), Hidalgo (casi dos millones), Jalisco (más de cinco millones y medio), Oaxaca (dos millones 700 mil), San Luis Potosí (un millón 850 mil), Sinaloa (más de dos millones), Sonora (un millón 967 mil), Tlaxcala (856 mil), Yucatán (1 millón 436 mil) y Zacatecas (más de un millón cien mil).

Asumiendo un porcentaje de participación relativamente alto (de sesenta a sesenta y seis por ciento de un total de 26 millones 226 mil), estamos hablando de un ‘piso’ en entidades controlados por ejecutivos priístas equivalente a las dos terceras partes de esta cifra. Cuarenta millones de votos, manipulables por el PRI [¿a razón de un diez o quince por ciento, hacia arriba, y/o votos anulables para la oposición?].

Nayarit (793,500, siempre con cifras de 2015), Coahuila (1 millón 992 mil) y el estado de México (el Premio Mayor, con un exceso de once millones y veintitantos mil) tienen elecciones pendientes que se llevarán a cabo el año próximo. El cien por ciento del padrón en estas tres entidades equivale a 13,809,215. Estos números correspondientes al proceso federal de 2015.

Un gran total de 40,035,768, corresponde a las dieciséis entidades que podrían girar en la esfera de los partidos del actual presidente para esa fecha (asumiendo, sin conceder, que el Edomex -donde Eruviel Ávila obtuvo en las elecciones de 2011 que lo llevaron al gobierno del estado, tres millones de sufragios y pico: más de cincuenta mil votos que Peña, en las presidenciales del año siguiente- Nayarit y Coahuila se mantengan en esa misma órbita).

Asumamos que tres años después la suma llegará a los cuarenta y dos millones que -divididos en dos terceras partes- arrojan un universo aproximado de 28 millones de electores potenciales, de los cuales la tercera parte (aproximadamente) serían rehenes cautivos del PRI a la hora de cruzar boletas. De entrada, más de nueve millones de votos antes de que se inicie el proceso formal.

Evento que habría que ajustar, en función de circunstancias especiales. Ejemplo, pesimista para los pretensiones tricolores: un Movimiento Ciudadano en Jalisco, representado por la figura de Enrique Alfaro, que se perfila hacia la gubernatura y podría erosionar las bases tradicionales del PRI. Otro, pero en dirección contraria: los índices estalinistas que tal vez favorezcan a Miguel Angel Osorio Chong, el hijo predilecto del que se insiste obtendrá la candidatura definitiva.

Un aumento conservador -del tres a cinco por ciento por encima de este total- daría una cantidad no muy alejada de lo cuarenta y dos o tres millones de votantes potenciales, de los cuales el PRI está obligado a llevarse la mayoría independientemente de los recursos que se destinen para llegar al número mágico.

Del lado de la oposición, persisten dudas válidas. ¿Cuál será el sentido de la votación en aquellas entidades controladas por los gobernadores perredistas de Tabasco, Michoacán, Morelos y el antiguo DF? ¿El marrullero neopanista Yunes, dueño provisional de Veracruz, va a abrir las esclusas y facilitar la victoria de algún candidato que haya llegado a acuerdos previos con él?

¿Podrá AMLO sobreponerse a las limitaciones estructurales de un aparato sin consolidarse ni demasiado presupuesto, como lo es Morena, para así convertirse en la opción natural de los que quieren y buscan un cambio? ¿Será, por el contrario, un panista que encabece las preferencias a la víspera, como lo hizo en su oportunidad Vicente Fox?

Son demasiadas variables, que -por fortuna- se van a despejar en corto tiempo.

Se dice que el béisbol es un juego de pulgadas. ¿Y las cruciales elecciones dentro de dos años, que constituirán el referéndum definido de la gestión de Peña Nieto y sus compinches?

Las condiciones están dadas para que los de 2018, sean comicios en los que destaque un fenómeno propio de las democracias maduras: el vote flipping.

En 2012, los resultados a favor de EPN en estos trece actuales bastiones del PRIEM fueron los siguientes:

Campeche 149,210

Colima 123,676

Chiapas 933,502 (¡!)

Guerrero 530,071

Hidalgo 517,005

Jalisco 1,362,790

Oaxaca 55,650

San Luis Potosí 428,797

Sinaloa 551,140

Sonora 430,139

Tlaxcala 184,247

Yucatán 440,011

Zacatecas 338,653

En total, seis millones y medio de votos.

En diez entidades ganó la fórmula peñista; López Obrador se impuso en Guerrero, Tlaxcala y Oaxaca.

De las tres restantes, su estatus es el siguiente. El estado de México casi repitió en 2012 la fórmula ganadora, con 2 millones 966 mil ciento diez sufragios que impuso a Eruviel Ávila en la gubernatura en 2011 (3,018,588). En Nayarit votaron 221,408 por Peña; Coahuila, feudo de los hermanos Moreira, contribuyó con su cuota de 464,775. El gran total fue en su momento, y para estas 16 entidades, la friolera de 10,197,184 según resultados publicados por el Instituto Federal Electoral.

Existen motivos de peso, para dudar que se repetirán las cifras alegres de 2012.

Para intentar cerrar el paso a la ola hidalguense que encabeza el aventajado secretario de Gobernación y apparatchik por naturaleza, Miguel Ángel Osorio Chong (o la de cualquier otro candidato que se saque el priísmo cavernario de la manga), es necesario prevalecer en las estatales de México y Coahuila. Nayarit es un obstáculo más complicado (no imposible), en virtud del colapso de las aspiraciones de Peña, su equipo y sus satélites. Mantener la votación del PRI, el Verde, Panal, PES -y posiblemente el PT- en mínimos históricos que lo acerquen a la debacle madracista de 2006 es una misión realizable. Requiere de una amplia movilización social, y de un poco de suerte.

Remontémonos al 2000. Fox obtuvo casi dieciséis millones de votos (quince millones, novecientos ochenta y nueve mil seiscientos treinta y seis, para ser exactos) con triunfos en Aguascalientes, Baja California Norte y Sur, Chihuahua, Coahuila, Colima, el DF, Guanajuato, Jalisco, el estado de México, Morelos, Nuevo León, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, SLP, Sonora, Tamaulipas, Veracruz y Yucatán. Calderón ganó de panzazo, con quince millones. ¿Cuántos votos de los diecinueve millones que obtuvo Peña, son atribuibles al asfixiante manipuleo mediático, o el férreo control estatal en aquellos lugares donde el PRI era Ley? Se antoja imposible que el tricolor, aliado con otros partidos, repita -en los mismos términos- la sucia proeza.

Por consiguiente, el umbral a establecerse debería ser, si viviéramos en un sistema plenamente democrático, el de los dieciséis millones de votos.

Gran Bretaña elige separarse en definitivo de la Unión Europea. En los Estados Unidos, Donald Trump será candidato del partido republicano. Otto Pérez enfrenta desde la cárcel, junto a la ex vicepresidenta de Guatemala Roxana Baldetti, al Poder Judicial. Los inconcebibles que se consumaron, como el derrumbe de la Cortina de Hierro y el fin de la antigua Unión Sovíetica, se vuelven asunto cotidiano.

El sueño imposible de desbancar al PRI de Los Pinos, que se hizo realidad antes de degenerar en las pesadillas fóxo-calderonescas, podría repetirse. Aunque sea a trompicones, las condiciones parecen estar dándose para una repetición de la hazaña ciudadana que marcó un antes y un después hace 16 años. Con un norte panista, y un sur que podría decantarse hacia la fórmula que incluya a Andrés Manuel López Obrador: sombras del 2006, con la posibilidad de que Margarita Zavala compita por el bando conservador.

Los cálculos arbitrarios planteados arriba no pretenden, obvio, ser científicos. Correspondan a un ánimo cercano al wishful thinking que hoy invade a las redes. Pero merece la pena considerarlo, así sea sin elevar demasiado nuestras expectativas.

En las últimas tres elecciones presidenciales, bastante más vigiladas y competidas que las del siglo pasado, el PRI osciló entre el nadir de 2006 (Madrazo, nueve millones trescientos mil votos y un ignominioso tercer lugar), y la cúspide que, con malas artes, favoreció –como era de esperarse- a Enrique Peña Nieto en 2012 (19,158,592).

Algo me dice que quien llegue a los 16 millones de votos, independientemente de la agrupación que lo postule, será el próximo titular del Poder Ejecutivo en México.

Son sufragios volátiles, que antes sirvieron para abollar la corona del imbatible partido de las crisis recurrentes; de los tropiezos, escándalos, corrupción e impunidad.

Existe, hoy y mañana, una rendija.

Nuestro deber ciudadano: no desaprovecharla.

 

@alconsumidor

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