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Entropista
Por Daniel Gershenson
Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprended... Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprendedor social. Me dedico a temas que hasta hace poco: antes del advenimiento de las redes sociales según [email protected], se consideraban ociosos. Presido dos ONG sin fines de lucro desde mediados del 2006: ALCONSUMIDOR, y ALARBO, AC. (Leer más)
Con Sansón a las Trumpadas
Hoy arranca formalmente, en los caucus de Iowa, el proceso electoral para definir las candidaturas presidenciales de republicanos y demócratas en los comicios de noviembre en Estados Unidos. Y en las filas del Partido Republicano puntea Donald Trump.
Por Daniel Gershenson
1 de febrero, 2016
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Independientemente de lo que suceda hoy, se adivinan resultados y tendencias. Dentro de las filas republicanas puntea, a nivel de territorio, Donald Trump. Eso tiene a la burocracia del partido (al que no pertenece, e incluso está dispuesto a abandonar, para convertirse en independiente si no le cumple sus condiciones), bastante preocupada. Ni las constantes flatulencias mentales o las escandalosas declaraciones -que hubiesen obligado a cualquier otro candidato a abandonar la contienda- evitan que el magnate boquiflojo sume puntos y encabece encuestas en New Hampshire, donde tendrán lugar las primarias después de Iowa, o en Carolina del Sur y más allá. Su ‘incorrección política’ lo fortalece. Sondeos nacionales colocan a su causa muy por encima de la sus rivales que son, en su mayoría, profesionales de la política (mención aparte merecen los rezagados Ben Carson, neurólogo, y la empresaria Carly Fiorina).

Apenas comienza el arduo proceso preelectoral; por consiguiente, sería prematuro anticipar cuál será la representación demócrata, cuya lucha enfrenta al establishment continuista de Hillary Clinton contra la insurgencia de Bernie Sanders; este último podría llevarse sendas victorias en Iowa y New Hampshire. Si gana en Iowa, el maverick u outsider de 74 años de edad replicaría el triunfo de Obama, que lo puso en el mapa en 2008; los pronósticos previos señalaban entonces que la esposa de Bill Clinton obtendría, con cierta facilidad, la candidatura. No fue así, y el senador por Illinois se llevó la victoria.

Los momios de la justa nacional no parecen todavía favorecer a Sanders, representante socialista en la Cámara Alta por el estado de Vermont; habrá que esperar. Sin embargo, su presencia en las boletas y peso en la opinión pública, junto el apoyo a su campaña –a diferencia de la más convencional, de Hillary- que depende de aportaciones pequeñas, trabajo intensivo de base y de las redes que inclinaron la balanza a favor de Obama en los comicios antepasados, lo vuelven un contendiente de consideración. El mensaje reformista que, entre otros temas, busca remediar desigualdades y llamar a cuentas a los causantes del colapso financiero de 2008 (intocables en la era Obama; fondeadores importantes de la campaña de la ex secretaria de Estado y aún favorita para ganar la mayoría de los delegados demócratas, cuando se convoque la Convención de su partido en Filadelfia a finales de julio) cala hondo en sectores jóvenes y votantes cansados de que el sufragio progresista apuntale a criminales de cuello blanco y plutócratas. Persisten problemas endémicos sin voluntad de solución, y Sanders representa otras prioridades sociales y opciones alternativas del servicio público. Ése es, por lo pronto y hasta ahora, el mensaje subyacente de su desafío por la nominación demócrata.

La batalla de estos últimos se lleva a cabo en planos secundarios. El centro de las atenciones sigue siendo el infinitamente caricaturizable Donald Trump, Amo y señor de un emporio inmobiliario y de casinos, concursos de belleza y negocios afiliados, anfitrión y protagonista de un exitoso reality show –y sus franquicias- con catorce temporadas de duración; vendaval mediático que ha provocado máximo revuelo, y del que, independientemente del resultado, afectará en sus cimientos al sistema electoral, socavado por intereses corporativos a los cuales la Suprema Corte dio luz verde para gastar ilimitadamente en la promoción de sus intereses particulares en 2011.

Trump es ambas cosas: una curiosa anomalía, y la consecuencia lógica del rumbo tomado por la alta política norteamericana y el mundo del entretenimiento.

El discurso seudoiconoclasta, normalmente asociado en los años cincuenta, sesenta y setenta con causas liberales minoritarias, se domestica e incorpora a la plataforma xenófoba del republicanismo nativista, y se ha tornado indistinguible de las metas del magnate Trump o de sus adversarios, que buscan la candidatura como él, y han tenido que mutarse en versiones diluidas del líder de la competencia. La irracional ‘duda’ sobre si Obama nació en los Estados Unidos, o la memoria trumpesca absurda, de miles de musulmanes ‘festejando’ el atentado de las Torres Gemelas en Nueva Jersey -‘lo vi con mis propios ojos’-, son dos instancias multiplicables de la mentirosa y corrosiva demagogia del oligarca ‘populista’. Las delirantes fantasías de la implantación de una especie de apartheid para la población islámica de EEUU, o el muro que va a erigir en la frontera de llegar él a la presidencia -‘porque soy un gran constructor’- con cargo al gobierno de Peña Nieto son síntomas de puerilidad vendible, popular y masificada. Las estupideces del Mussolini WASP son origen de preocupación internacional.

A pesar de lo que digan sus detractores en el Partido Republicano (heredero de Abraham Lincoln, emancipador de los esclavos durante la Guerra Civil de 1861-5, o de Theodore Roosevelt, imperialista yingo que, por contraparte, creó mecanismos de protección al Medio Ambiente y combatió con éxito, leyes e instituciones a los monopolios de principios de siglo XX), el fenómeno Trump culmina lo que inauguró Richard Nixon con la Estrategia Sureña, esa misma que abrió las puertas del republicanismo excluyente a racistas furibundos que antes militaban en las filas demócratas, pero que huyeron por las grandes reformas en Derechos Civiles aprobadas hace medio siglo, y que llevaron al paranoico californiano a la presidencia en 1968, y a su aplastante reelección en 1972, antes de la renuncia y el oprobio en 1974 por Watergate.

Las secuelas del nixonismo a ultranza hicieron eclosión durante las campañas y administraciones de Ronald Reagan, George Bush Padre e Hijo, y culminan con el encumbramiento estrepitoso del Tea Party.

Las aristas más sórdidas de la trumpomanía nos remiten a la atmósfera carnavalesca, de circo combinado con el bombo y las faramallas urdidas por Don King o Bob Arum para vender boletos en sus ‘legendarias’ peleas de campeonato.

Un joven Trump, King y Bush. Tres monosílabos. // Foto: vía Washington Post

Un joven Trump, King y Bush. Tres monosílabos. // Foto: vía Washington Post

Al Maestro, con cariño. // Foto: Boksning

Al Maestro, con cariño. // Foto: Boksning

El elemento natural, de guiñol de carne y hueso en el que se mueve con tanta facilidad Donald Trump, recuerda con mayor exactitud a la Lucha Libre, en su esperpéntica derivación americana, con su abigarrada y fastuosa parafernalia maniquea y desenlaces conocidos de antemano; sus reglas elásticas (como las que rigen nuestros destinos, aquí en México), patadas voladoras y desenfrenada marrullería que festeja la ‘respetable y seria’ concurrencia.

Sus ecos lejanos nos llevan a la lectura de Amusing Ourselves to Death, Divirtiéndonos hasta la Muerte, obra del pedagogo Neil Postman (1931-2003), alumno de Marshall McLuhan y autor también de Technopoly [Tecnopolio], la abdicación de la cultura a la tecnología. El subtítulo del primer libro es ‘El discurso público en la Era del Show Business’, y perfilaba en 1985, durante la gestión en la Casa Blanca del ex actor Ronald Reagan, las formas futuras de la comunicación atelevisada, computacional y redocéntrica que hoy son herramientas de dos filos, plenamente asumidas por emisores y audiencias en 2016.

La figura del charlatán anglosajón (el huckster o confidence-man , protagonista de una novela de Herman Melville, autor de Moby Dick), es tan antigua como la historia registrada de nuestro vecino del norte, y se manifiesta con peculiar intensidad en el entorno de la Lucha Libre, negocio extraordinariamente redituable para sus dueños.

Trump lo conoce a la perfección, y ha sabido explotar sus alcances. En 2007, cuando pensar en Trump como posible candidato era una locura, fue protagonista de La Batalla de los Billonarios, ‘enfrentándose’ a Vincent Kennedy (Vince) McMahon, ex gladiador profesional y propietario de la marca WWF; integrante del selecto club Forbes, con una fortuna valuada en mil doscientos millones de dólares, de acuerdo a las cifras de la revista en 2015.

¿Pasamos, como augura Postman en su libro, de la Era de Acuario a la de Las Vegas? Cabellera vs. Cabellera. Trump empuja a McMahon sobre el escritorio en el cuadrilátero donde se pactó el ‘encuentro’. // Foto: SD Yankee Report

¿Pasamos, como augura Postman en su libro, de la Era de Acuario a la de Las Vegas? Cabellera vs. Cabellera. Trump empuja a McMahon sobre el escritorio en el cuadrilátero donde se pactó el ‘encuentro’. // Foto: SD Yankee Report

Pan, navajas y circo. Como en las luchas mexicanas, pero a años luz de distancia en cuanto a valores de producción, Trump se dispone a rapar al dueño del World Wrestling Federation, sucursal multimillonaria del showbiz tal y como se le conoce y disfruta en la Unión Americana. // Foto: AP / Carlos Osorio.

Pan, navajas y circo. Como en las luchas mexicanas, pero a años luz de distancia en cuanto a valores de producción, Trump se dispone a rapar al dueño del World Wrestling Federation, sucursal multimillonaria del showbiz tal y como se le conoce y disfruta en la Unión Americana. // Foto: AP / Carlos Osorio.

Completando la tarea. // Foto: Mic.com

Completando la tarea. // Foto: Mic.com

El show debe continuar. Trump y compañía se trenzan en predecible pantomima. // Foto: Slate

El show debe continuar. Trump y compañía se trenzan en predecible pantomima. // Foto: Slate

El público/electorado que sigue con fruición los pormenores de la lucha organizada en ese país constituye su electorado natural: paradoja, que el aprendiz de Duce estadounidense, uno de los oligarcas más ricos del planeta, sibarita divorciado varias veces que restriega a las audiencias que lo ven y escuchan su peculiar excepcionalidad, se ubique en la coyuntura de Iowa, justo en las antípodas de los anhelos y valores de la fanaticada luchística promedio.

2007. Raw WWF. En el ring de la Políticaricatura. El Showman Donald Trump reta a Vince McMahon. La Batalla de los Billonarios.

Firma del ‘contrato’. Cada uno elige al luchador que los representará, peleando en lugar de los magnates. Por supuesto, ganó el de Trump.

Foto: Vía PBS

Foto: Vía PBS

Donald Trump vs. Jeb Bush en uno de los debates republicanos, con límite de tiempo y a dos de tres caídas. El primero le ha tomado la medida al hijo y hermano de ex presidentes, acusándolo de ser un blandengue ‘low-energy.

De cierta forma, la carrera de The Donald asimismo corre en paralelo con la de Phineas Taylor (PT) Barnum (1810-91), probable acuñador de la inmortal frase: ‘There’s a sucker born every minute’; legendario timador profesional y dueño de espectáculos circenses y ‘museos’, que fincó su fortuna a expensas de la pasmosa incredulidad de millones de palurdos; la campaña del actual aspirante presidencial, ególatra patólogico y mitómano consumado, cuenta con mucho más presencia en medios del XXI e ilimitados recursos a su disposición.

Por consiguiente, resulta provechoso rastrear el ámbito de las y los carnies, y el de la Lucha Libre y así aprehender los orígenes del xenófobo, racista y misógino precandidato republicano. En manos del electorado de su país se encuentra su ascenso meteórico hasta llegar a las elecciones cruciales de noviembre próximo, o la cancelación de sus planes: el final prematuro a su reality del horror, antes de que se sus aspiraciones y planes se conviertan en catastrófica realidad.

Un cierto parecido… // Foto: Blog Poskok

Un cierto parecido… // Foto: Blog Poskok

***

Lamentablemente, el sistema político mexicano arropa y protege a trumpecitos bravucones, firmemente imbricados en los tres niveles de gobierno, en treinta y un estados y el ex Distrito Federal (donde ya veremos qué forma asume, bajo la atenta férula de Enrique Peña Nieto y su equipo profesional de desmanteladorxs del Estado Social, la CD MX).

¿Qué elementos consustanciales al espectáculo del pancracio han sido aprovechados por el pelirrojo Trumpo en su febril irrupción electoral? Policy.mic aventura una respuesta. También David Gergen, en CNN. Para ThinkProgress, el filósofo francés Roland Barthes, fallecido en 1980, tiene la respuesta.

 

@alconsumidor

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