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Por Daniel Gershenson
Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprended... Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprendedor social. Me dedico a temas que hasta hace poco: antes del advenimiento de las redes sociales según [email protected], se consideraban ociosos. Presido dos ONG sin fines de lucro desde mediados del 2006: ALCONSUMIDOR, y ALARBO, AC. (Leer más)
El ‘amigo’ Kissinger
Para Hillary Clinton nunca habrá demasiadas vías de acceso a la nomenklatura dignas de explotarse hasta el agotamiento. Que el apoyo de alguien tan deleznable como Henry Kissinger la pinta de cuerpo entero.
Por Daniel Gershenson
28 de marzo, 2016
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Para bien o mal, los momios apuntan a que –excluyendo imprevistos, y a pesar de haber perdido caucus y primarias la semana pasada ante Bernie SandersHillary Clinton arrastra serias posibilidades de convertirse en la próxima candidata demócrata de las elecciones de noviembre y futura presidenta de los Estados Unidos.

La esposa del cuadragésimo segundo ocupante junto con ella, de la Casa Blanca de 1993 al 2001, confirmará -si gana- la índole eminentemente dinástica de la sucesión presidencial, con ciertas lagunas de excepción, en nuestro vecino del Norte.

Se afianza la realeza, en clave estadounidense. El éxito del reality showman y aprendiz de Duce (versión WASP: blanca, anglosajona, protestante) Donald Drumpf, augura una catástrofe electoral para el Republicanismo, similar a la debacle de 1964 -cuando el hiperconservador Barry Goldwater perdió los comicios contra Lyndon B. Johnson, ocho años antes de la aplastante victoria de Richard Nixon sobre el liberal demócrata George McGovern en 1972, preámbulo de la paliza electoral propinada por Reagan a la fórmula Walter Mondale/Geraldine Ferraro en 1984 -si electores del Grand Ole Party mantienen su intención de voto para que él los represente en noviembre próximo; entonces Clinton se encuentra en vías de convertirse en la primera mujer titular del Poder Ejecutivo en los doscientos cuarenta años de la historia de la Unión Americana.

Culmina de esta forma una historia que dio comienzo cuando Hillary fue joven voluntaria en la campaña fallida de Goldwater; luego, estudiante universitaria, aliada y cónyuge del gobernador de Arkansas; primera dama y consejera con derecho privilegiado de picaporte a la Oficina Oval, obvio, y ambiciones propias después del final de una accidentada gestión presidencial de su marido (que incluyó un desafortunado impeachment, e indirectamente el triunfo de George Bush Jr en los reñidísimos comicios del año 2000).

De acuerdo a lugares comunes muy en boga, que poseen una dosis de verdad, que la política es personal.

Corría el mes de junio de 2013. Henry Kissinger, refugiado, joven soldado del ejército americano durante la segunda guerra mundial y posteriormente, académico en Harvard; ex responsable de Seguridad Nacional y Secretario de Estado con Richard Nixon y Gerald Ford; veterano de incontables lides diplomáticas durante la Guerra Fría, asesor en la actualidad del gobierno de Obama y arquetípico Elder Statesman, como insiste en ser llamado por el olvidadizo/convenenciero sector de la comentocracia norteamericana, cumplía nueve décadas de vida; mejor amigo de los dictadores en todos los continentes, celebraba su onomástico con amigos y admiradores en el exclusivo Hotel St. Regis en la ciudad de Nueva York.

Fue algo parecido, pero más vistoso, al convite que albergó a políticos y empresarios de todos los colores para festejar los setenta y cinco de vida del Jefe Diego. Quién lo dijera: en el de Kissinger, hasta mariachis hubo.

La expectativa desbordaba las páginas de New York Magazine:

Para ser justos, el festejo de Kissinger va a ser un evento mayúsculo ; tanto Clinton como de la Renta y sus respectivas parejas son cercanas al chico del cumpleaños . La lista de invitados incluye a todos los secretarios de estado anteriores, así como al actual John Kerry.

A diferencia del jolgorio en honor de Fernández de Cevallos, periscopeado por la actual delegada de Miguel Hidalgo (y guardando siempre las proporciones), el affaire Kissinger dio poco de qué hablar en los Estados Unidos, fuera de los circuitos que cubren notas de sociales. El anciano director de la empresa consultora que lleva su apellido, Premio Nobel de la Paz en 1973, lleva medio siglo incrustado en la caricaturesca mitografía del American Way of Life.

Casi tres años después, a pocos meses de las elecciones presidenciales, el ex secretario de Estado por excelencia –clásico criminal de guerra para sectores de la opinión pública y el activismo globales con conocimiento de causa- sigue siendo discreta noticia: asterisco apenas, o pie de página.

Lo es porque Hillary Clinton se declara su amiga y admiradora, tanto en público como en privado. Hasta la muerte de Óscar de la Renta en 2014, ella y su esposo solían pasar fin de año con su mentor (y candidato natural a la CPI de La Haya, en otras circunstancias), disfrutando la vida en la casa de descanso del diseñador de moda en República Dominicana.

El legado clintoniano: el de la pareja de Hillary decididamente apoyado por quien después resultó electa senadora por Nueva York; precandidata fallida en 2008 y secretaria de Estado durante la primera mitad de la gestión de Barack Obama, enfrenta claroscuros que deberían ser juzgados contra una hipotética presidencia de la ex primera dama: un régimen carcelario, ‘perfeccionado’ por los Clinton en 1994, deseosos de mostrarse ‘inflexibles ante el crimen’ [tough on crime, como se baraja el término en el inagotable debate que incluye la privatización penitenciaria], y que condenó a una generación de afroamericanos y latinos a la ignominia; desmantelamiento de las redes de protección social de un Estado de Bienestar verdadero, intensificada durante los ochos años de la presidencia de Ronald Reagan (a cuya clientela electoral apeló Clinton durante sus ochos años en el poder). Desregulación irresponsable de sectores estratégicos, que derivó fatalmente en el colapso de las finanzas globales de 2008 (sin castigo alguno para sus principales causantes).

A Hillary Clinton le gustan las guerras. Sabe que, a principios de siglo, el militarismo exacerbado era redituable. Votó por la intervención iraquí, bajo la incierta batuta de George W. Bush y vulcanos suyos como Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Condoleezza Rice o Paul Wolfowitz. Eso también la emparenta con oportunistas y halcones republicanos, del estilo del inefable Kissinger.

La incorporación de los principales responsables del casino macroeconómico al gabinete de Obama, y la certeza de que el mismo grupo, apoyador entusiasta de la candidata demócrata más aventajada –u otro con similares ambiciones- siga gobernando los destinos de la economía americana, es uno de los principales motivos que explican el auge del socialista Sanders entre la población más crítica de las trampas y tropiezos de sus mayores.

Todo parece comenzar y termina, para Hillary Clinton y el pragmatismo de las élites despreocupadas por la desigualdad y la injusticia, con Kissinger y sus nefastas recomendaciones. El periodista inglés Christopher Hitchens, fallecido en 2011 (luz y sombra: estuvo varias veces del lado correcto de la Historia, aunque al final de su vida se tornó islámofobo convencido), dedica un libro completo para argumentar, con evidencias difíciles de refutar, los motivos y razones para llevar a juicio a HK ante la Corte Penal Internacional.

Claro: el ex consejero de seguridad nacional de Nixon no es el paria serbiobosnio y genocida confirmado Radovan Karadjic, recién sentenciado en La Haya. Al primero lo blinda la arrogancia imperial del que él forma parte.

En el ámbito de la política exterior norteamericana, hay vasos comunicantes entre el ascenso de los genocidas Jeméres Rojos en Camboya, fortalecidos por el bombardeo clandestino de ese país a partir del 18 de marzo de 1969 por obra y gracia de Nixon y su séquito, y el Estado Islámico consolidado territorialmente en Siria e Irak a raíz de la invasión comandada por Bush chico en 2003. La huella de Kissinger, directa en el primer ejemplo y oblicua –por inercia, casi- en el segundo, es inconfundible en ambos.

Con mirada retrospectiva, sólo podrían apuntarse a su favor uno o dos logros concretos: el acercamiento con la República Popular China, y el entendimiento nuclear con la antigua Unión Soviética. Un precio pagado en vidas humanas, recursos y sufrimiento sin límite, que no altera en lo más mínimo, a ojos de la casi segura segura presidenta de Estados Unidos, su estatus actual y el lugar emblemático que ha ocupado, tal parecería que desde siempre, en el establishment.

Hillary Clinton reseña el último mamotreto de HK, y dedicatorias, y correos encomiásticos.

Kissinger es un amigo, y confié en su consejo cuando serví como secretaria de Estado. Checó regularmente conmigo, compartiendo conmigo astutas observaciones sobre líderes extranjeros, y enviándome reportes escritos de sus viajes.

¿Le habrá compartido a la hoy candidata, sus instrucciones a criminales como éstos?

Henry Kissinger con Augusto Pinochet. ‘Como lo sabe, en los Estados Unidos simpatizamos con lo que Usted está tratando de hacer. Le hizo un gran servicio a Occidente derrocando a Allende’. // Foto: Vía Documentos Revelados (Brasil)

Henry Kissinger con Augusto Pinochet. ‘Como lo sabe, en los Estados Unidos simpatizamos con lo que Usted está tratando de hacer. Le hizo un gran servicio a Occidente derrocando a Allende’. // Foto: Vía Documentos Revelados (Brasil)

Henry Kissinger con Jorge Rafael Videla. Al responsable argentino de Relaciones Exteriores de la Junta asesina ‘de Reorganización Nacional’, le dijo: ‘Si hay cosas que deban hacerse, háganlo rápido’. // Foto: Vía Wikia

Henry Kissinger con Jorge Rafael Videla. Al responsable argentino de Relaciones Exteriores de la Junta asesina ‘de Reorganización Nacional’, le dijo: ‘Si hay cosas que deban hacerse, háganlo rápido’. // Foto: Vía Wikia

El New York Times recuerda que poco después del golpe del 24 de marzo de 1976 el ministro argentino de Exteriores, almirante César Guzzetti, dijo al entonces secretario Kissinger que los militares estaban destruyendo agresivamente a los terroristas’.

Con Gerald Ford, presidente de relleno, y el despiadado dictador indonesio Suharto en vísperas de la ocupación y masacres perpretadas contra la población inerme en la antigua colonia portuguesa de Timor Oriental. Exterminio con el aval del canciller de EEUU: doscientas mil personas aniquiladas, según los cálculos.

Henry Kissinger con Gerald Ford y Suharto. ‘Es importante que lo que hagan, tenga rápido éxito… entendemos su problema, y la necesidad de moverse con rapidez… haremos lo mejor por mantenernos callados’. // Foto estampilla, vía Etan.org

Henry Kissinger con Gerald Ford y Suharto. ‘Es importante que lo que hagan, tenga rápido éxito… entendemos su problema, y la necesidad de moverse con rapidez… haremos lo mejor por mantenernos callados’. // Foto estampilla, vía Etan.org

1975. Sobre el régimen genocida de Pol Pot y la República Democrática de Kampuchea, recién triunfante. ‘Estamos preparados para mejorar nuestras relaciones con ellos’.

En el portal del Archivo de Seguridad Nacional, repositorio indispensable de documentos desclasificados cuya existencia se debe a la libertad de acceso de información institucionalizada, uno puede hallar múltiples indicios de las tropelías atribuibles directamente a Kissinger y a sus patrones diversos.

Otros enunciados kissingerescos:

Hacemos lo ilegal, de inmediato; para lo inconstitucional, tomamos más tiempo’.

Tener una ley que prohíba al presidente ordenar asesinatos, es un acto de demencia y humillación nacional’.

El arco de la historia no pasa por Sudamérica’.

 

Hillary Clinton defiende a Kissinger de las críticas de Bernie Sanders. A los principales medios convencionales, anclados en el inamovible Consenso Bipartidista y la condición de supuesta inevitabilidad de la demócrata, el intercambio solamente provocó bostezos, y cambios de tema. Asuntos importantes: como ahora el tango de Barack Obama en Argentina, o los altercados tuiteros entre Trump y Ted Cruz.

Pensando en mi entrevista con Kissinger, un tema único que se me ocurre abordar con él es que veo al Presidente cuando menos una vez por semana, mientras K se reunía con Nixon diariamente. ¿Verá él en esto un problema?’ (Correo electrónico a un subordinado).

Para Hillary Clinton, nunca habrá demasiadas vías de acceso a la Nomenklatura dignas de explotarse hasta el agotamiento. Que el apoyo de alguien tan deleznable como Kissinger –sin considerar lo que significa defenderlo a ultranza; valorando, sin sonrojarse, el su deplorable amistad- la pinta de cuerpo entero.

 

Nota de Kissinger, a Hillary Clinton. ‘Admiro mucho el oficio y aplomo con el cual [¿usted, tú?] conduce[¿s?] nuestra política exterior.’ // Foto: vía Salon.com

Nota de Kissinger, a Hillary Clinton. ‘Admiro mucho el oficio y aplomo con el cual [¿usted, tú?] conduce[¿s?] nuestra política exterior.’ // Foto: vía Salon.com

Kissinger y Clinton. // Foto: Vía Fair.org

Kissinger y Clinton. // Foto: Vía Fair.org

Me sentí honrada cuando Henry Kissinger dijo que administré mejor el Departamento de Estado que nadie más en mucho tiempo’.

Dos animales politicos, igualmente oportunistas, hechos el uno para el otro. // Foto: In These Times

Dos animales politicos, igualmente oportunistas, hechos el uno para el otro. // Foto: In These Times

Escribió en Réquiem para una monja William Faulkner, novelista y Nobel de ‘Jefe’ Literatura 1950, que el pasado nunca muere; ni siquiera es pasado.

Tiene toda la razón.

 

@alconsumidor

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