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Entropista
Por Daniel Gershenson
Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprended... Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprendedor social. Me dedico a temas que hasta hace poco: antes del advenimiento de las redes sociales según [email protected], se consideraban ociosos. Presido dos ONG sin fines de lucro desde mediados del 2006: ALCONSUMIDOR, y ALARBO, AC. (Leer más)
Los principetes
George Bush y Enrique Peña son principetes, antítesis del clásico de Saint-Exupéry. Hijos privilegiados de la ignorancia, corrupción e impunidad en sus respectivos países.
Por Daniel Gershenson
15 de agosto, 2016
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Entrada sin salida: una puerta que nunca se va a abrir.

Entrada sin salida: una puerta que nunca se va a abrir.

El azote de niños y adultos.

El azote de niños y adultos.

Dana Perino, ex directora asociada y secretaria de prensa de la Casa Blanca es -ante todo- admiradora principalísima de George W. Bush, cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos y –como lo constatan aquellos que aún ahora padecen las consecuencias de sus ruinosas guerras, el sufrimiento indecible producto de una entronizada política económica de ‘dejar hacer, dejar pasar’ en su país y el resto del mundo– uno de los peores jefes del Ejecutivo en la historia.

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Como suele suceder en ese entorno, Perino transita -después de su particular ‘misión cumplida’- de la Alta Burocracia a la actual condición de Personalidad de la TV por cable en Fox News; también es autora de un libro que lleva por título: Y las Buenas Noticias son… Lecciones y Consejos desde el Lado Positivo (editado por Twelve/Hachette). En él relata –como sólo saben hacerlo las y los insiders, sin una pizca de conciencia o autocrítica– su experiencia durante los siete años de acompañamiento con Bush Jr., en su esperpéntica aventura presidencial.

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Once de septiembre de 2001. Escuela Emma E. Booker de Sarasota, Florida. Tras ver interrumpida su lectura infantil de ‘La Cabra Mascota’, George W. Bush: pasmado, en el kinder. Vía YouTube, Farenheit 9/11

Un extracto del mismo, publicado recientemente en el Chicago Tribune, revela el sentido -único y estricto- del susodicho volumen, cuando Perino acompaña a Dubya al hospital Walter Reed de Washington, donde se encuentran (lesionados y en recuperación; entre la vida y la muerte) distintos miembros de las fuerzas militares que participaron en las guerras declaradas –mediante engaños filtrados a medios acríticos, culpables de renunciar a priori y negarse a cuestionar a GWB y su nativismo a ultranza, impermeable al sentido común y a la lógica elemental.

Disfrazado de piloto, el conquistador del Eje del Mal.

Disfrazado de piloto, el conquistador del Eje del Mal.

Fin oficial, decretado por él mismo, de hostilidades en Irak. Portaviones USS Lincoln, Bahía de San Diego; primero de mayo de 2003. La ‘Misión Cumplida’ de George Walker Bush.

Fin oficial, decretado por él mismo, de hostilidades en Irak. Portaviones USS Lincoln, Bahía de San Diego; primero de mayo de 2003. La ‘Misión Cumplida’ de George Walker Bush.

El breve ejercicio biográfico pronto se transforma en compendio de lugares comunes y tentativas autojustificatorias, intentando señalar las aparentes ‘bondades’ de Bush en oposición a la miseria humana –verificable, a diario- del candidato republicano Donald Trump. La crónica de Perino se traba sin remedio con la realidad, y no excluye a su ex patrón de la tenebrosa genealogía que permitió el surgimiento del gringo fascista y multimillonario.

‘¿Por qué Bush recibió erguido el enojo de la madre de un soldado herido? Escucha bien, Donald Trump’, es la pregunta implícita que Dana Perino busca dirigir a la opinión pública para librar a su ex patrón Shrub de culpas dignas –como en el caso de su vicepresidente Cheney, o el finado Richard Milhous Nixon y su asesor de Seguridad Nacional/secretario de Estado Henry Kissinger, tan cercano a Hillary Clinton- del Tribunal de Justicia en La Haya.

Transcribe la historia selectiva, y rememora Perino (esta traducción libre, deficiencias aparte, es de mi entera responsabilidad):

Los días más duros fueron cuando el Presidente iba a visitar a los heridos y a las familias de los caídas. Si era difícil para mí, podrán imaginarse cómo debió haber sido para las familias y el presidente que sabía que sus decisiones llevaron a sus tropas a librar batallas donde pelearon valientemente, pero a costa de lesiones o la pérdida de sus vidas. Iba con regularidad a ver a los pacientes del Centro Médico Nacional Walter Reed, cerca de la Casa Blanca. Estos viajes no se anunciaban con anticipación, debido a preocupaciones de seguridad y problemas con el equipo del hospital relacionados con una visita de esta índole [sic].

Una mañana de 2005, la Spin Doctor de Bush es requerida por las circunstancias para acompañar, por primera ocasión, al presidente norteamericano.

Bush tenía previsto encontrarse con veinticinco pacientes. Muchos de ellos sufrían lesiones cerebrales traumáticas, y se encontraban en condiciones muy delicadas. A pesar de recibir el mejor tratamiento disponible en el mundo, sabíamos que algunos no sobrevivirían.  

Comenzamos en la Unidad de Cuidados Intensivos. El Director de Operaciones Navales informó al presidente sobre el primer paciente que veríamos. Era un joven marine herido cuando su Humvee detonó una mina al pasar. Tras su rescate, fue trasladado al Centro Médico Regional de Landstuhl, cerca de la base aérea alemana de Ramstein. Junto a él se encontraban sus padres, su esposa y su hijo de cinco años de edad.

‘Cuál es su pronóstico?’

‘No lo sabemos, señor, porque no ha abierto los ojos desde su llegada; no hemos podido comunicarnos con él. Pase lo que pase, señor presidente, tiene un largo camino qué recorrer’.

Tuvimos que colocarnos mascaras, por el riesgo de infección al paciente. Observé con cuidado, para ver cómo iba a reaccionar la familia al presidente Bush, y me preocupaba que estarían enojados y lo responsabilizarían de la situación actual de su ser querido.

Perino no tiene de qué preocuparse.

Estaba equivocada. La familia estaba emocionada por la presencia del presidente. Lo abrazaron, y agradecieron una y otra vez. Luego quisieron sacarse una foto con él.

But I was wrong. The family was so excited the president had come. They gave him big hugs and thanked him over and over. Then they wanted to get a photo.

Que alegría (para Perino, y Bush, se entiende). No surge el menor reclamo, o reproche. El presidente sale bien librado y con la conciencia tranquila; sugiere, por añadidura, que el grupo se tome la instantánea colectiva de rigor, tras lo cual procede la comitiva a otorgarle al soldado una presea.

El marine estaba entubado. Bush hablaba en voz baja con la familia. Voltée la mirada al techo, para contener el llanto.  

Es entonces cuando emerge la fase de Bush como Rey Taumaturgo en seudo ‘democracia’. Un presidente convencido de que la deidad misma lo había elegido para ‘conducir a su nación’. El líder que incluso puede devolver a la vida, así sea brevemente, a las víctimas directas de sus embustes de Estado.

El presidente se dirigió a su edecán y dijo: ‘OK, hagamos la presentación de la medalla’.

Todos nos mantuvimos de pie, en silencio, al tiempo que se entregaba la condecoración. Al final, el hijito del marine sacudió el traje del presidente y le preguntó: ‘¿Qué es un Corazón Púrpura?’

El presidente se inclinó en una rodilla, y acercó al niño. Le dijo: ‘Es un reconocimiento para tu papá: por su valentía, y porque ama a su país. Espero que sepas cuánto te quiere a ti y también a tu mamá’.

De repente, surge una conmoción entre las filas del personal médico.

El marine abrió los ojos. Pude verlo, desde donde yo estaba.

 El representante de las Fuerzas Navales contuvo a los doctores, y dijo: ‘Un momento. Creo que quiere ver al presidente’. 

El presidente se puso de pie, dirigiéndose a la cama. Tomó la cara del marine entre sus manos. Encontró su mirada, y momentos después el presidente, sin interrumpir el contacto visual, instruyó al edecán: ‘Léelo otra vez’.

Se repite la presentación de la medalla. Así describe Perino la escena:

Las lágrimas presidenciales escurrieron de sus ojos, hasta el rostro del marine. Al terminar la entrega, reposó su frente en la del soldado por un momento. Todos llorábamos, y por muchas razones: el sacrificio, el dolor y sufrimiento, el amor a la patria, la creencia en la misión y el testimonio de una relación entre soldado y comandante en jefe incomprensible para el resto de nosotros .

El soldado murió seis días después de la visita de Bush; Perino no nos da su nombre; sí nos informa que fue enterrado en el Cementerio de Arlington, y que le sobreviven su viuda, el niño protagonista de la anécdota y dos hermanos más. 

En el resto de la visita hospitalaria ese día, casi todas las familias tuvieron la misma reacción de felicidad .

Bush no corrió con la misma fortuna cuando pasó a acompañar a los familiares que acompañaban a un soldado agónico ‘del Caribe’ (así, genéricamente, lo define la autora).

Esa familia estaba devastada; la madre fuera de sí por el dolor. Le gritó al presidente, queriendo saber por qué era su hijo y no el de él, muriendo en esa cama. Su esposo intentó calmarla, y noté que el presidente no tenía ninguna prisa por irse. Trató de ofrecer consuelo y después resistió sus reclamos [‘took it’, en el original]. Como si esperara y necesitara escuchar la angustia de la mujer, para tratar de absorber una parte de su sufrimiento. Later, as we rode back on Marine One to the White House, no one spoke.

Ya de vuelta a la Casa Blanca en el helicóptero presidencial, Bush le comparte esta perla -del abalorio de su limitada ‘sabiduría’- a la subalterna y Fan #1.

‘Esa mamá [that mama, en el original] estaba muy enojada conmigo. Y no la culpo, en lo más mínimo.’ Una lágrima se deslizó por uno de sus ojos, y a lo largo de su rostro. No se la limpió con la mano. Así volamos de regreso’.

Así termina el relato periniano. Una fiel interpretación requeriría de dotes y conocimientos ajenos al que esto escribe. Las lágrimas de cocodrilo y los rostros de la complacencia imperial son materia de numerosas patologías del poder.

El Kitschoterismo que presumen funcionarios -dobleteados en jubilosos idiotas útiles, como Perino- prolifera con variantes específicas en México. Eduardo Sánchez Hernández es el encargado, acá, de encontrar disculpas, evasivas y pretextos inverosímiles para encubrir las épicas estupideces de su propio jefe, y del resto del gabinete. (De sus émulos estatales y municipales, ni se diga).

Eduardo Sánchez

No creo que Sánchez encuentre las condiciones idóneas, post-2018, como para producir un ladrillote similar al del estilo de Dana Perino; mínimo su lealtad quizás le asegurará, al igual que la publirrelacionista estadounidense, un destino desahogado y libre de penurias laborales.

Foto 8 Foto 9

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Bush y Peña son Principetes, antítesis del clásico de Saint-Exupéry. Hijos privilegiados de la ignorancia, corrupción e impunidad en sus respectivos países. El presidente mexicano difícilmente será ‘inmortalizado’, por las plumas encomiásticas del régimen, en los mismos términos ensayados por Dana Perino con George W. Bush.

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¿Prevalecerá, en el caso mexiquense, la falta de ganas que impida la publicidad de (inventados) milagros peñanietistas, o de la primera Dama, supuesta Evita Perón mexicana?

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@alconsumidor

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