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Entropista
Por Daniel Gershenson
Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprended... Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprendedor social. Me dedico a temas que hasta hace poco: antes del advenimiento de las redes sociales según [email protected], se consideraban ociosos. Presido dos ONG sin fines de lucro desde mediados del 2006: ALCONSUMIDOR, y ALARBO, AC. (Leer más)
Siete hermanas
La toma arbitraria de decisiones "por nuestro propio bien" está sellando el destino de la capital y, por extensión, el del resto del país que copian esta forma de ‘rescatar’ grandes urbes: destruyéndolas.
Por Daniel Gershenson
20 de junio, 2016
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Son ominosos mausoleos del estalinismo brutalístico situados en Moscú y con sucursales –en el plano doctrinal de las ideas fallidas- en ciudades mexicanas; instancias de lo que hoy conforma la toma arbitraria (‘por nuestro propio bien’) de decisiones que está sellando el destino de la capital y por extensión, el del resto del país que copian, con voracidad entusiasta, este forma de ‘rescatar’ grandes urbes: destruyéndolas.  

No son las Siete Hermanas petroleras o sus avatares contemporáneos, que ameritarían estudios sobre sus implicaciones nacionales ahora que se cierne sobre el país la derrama (o aparente ‘beneficio’, hasta ahora imperceptible para el común de los mortales) de las reformas energéticas.

Más bien representan, en terminos concretos, lo que se conoce alternativamente como los Siete Pasteles de Bodas de Stalin: ‘obsequios’ totalitarios construidos de 1947 al 53, el año de la muerte del autodenominado Padre de Todas las Rusias. 7 triunfos de la ‘imaginación’ del lugar común y el desborde de una ‘sensibilidad’ íntimamente vinculada al término aquí sólo mis chicharrones truenan.

Universidad Estatal de Moscú. // Foto: vía Archivo Rusbase.

Universidad Estatal de Moscú. // Foto: vía Archivo Rusbase.

En la actual e interminable rachucha mexicana de corrupción, y ante la difícil tarea de contención de la barbarie, urge remitirnos a paradigmas que ayuden a explicarla.

Autoridades y empresas inmobiliarias y de construcción, emparentadas en sus métodos al crimen organizado, someten a la población a una goliza como la recién propinada por el equipo chileno a la Selección de México en la Copa América, todos los días y a toda hora.

Se ganan batallas coyunturales y momentáneas (ver caso Shopultepec); estamos perdiendo los habitantes del ex DF en el frente abierto de la irracionalidad urbana, una guerra perdida de antemano.

Sede del Ministerio ruso de Relaciones Exteriores. // Foto: Vía blog Aussietime

Sede del Ministerio ruso de Relaciones Exteriores. // Foto: Vía blog Aussietime

El gigantismo colosal y sus distintas metástasis que definen el remedo de ‘proyecto’ entrecomillado de Miguel Ángel Mancera, y que actualmente nos agobia, queda bien ilustrado –en otro contexto y como síndrome de nuestro tiempo- por el autor rusobritánico Peter Pomerantsev en su libro Nada es cierto y todo es posible (Faber & Faber, 2015) y a sus selectas crónicas narrando la Putiniana destrucción de Moscú a manos de ‘desarolladores’ indistinguibles de los locales, con idéntica anuencia y abierta complicidad de autoridades de gobierno. En traducción libre:

Franjas enteras de ciudad demolidas en espasmos de autodestrucción, zonas baldías abandonadas por años sin razón aparente alguna, rascacielos que surgen sin que haya caminos de acceso construidos en medio de la nieve. La búsqueda de un estilo arquitectónico es sicótica. Los primeros edificios del auge imitaron aquello que los post soviéticos habían visto en el extranjero y deseaban más: hoteles con motivos turcos, castillos alemanes, chalets suizos. La zona de Ostozhenka al otro lado del Kremlin fue destruida para dar paso a ‘Moscú Belgravia’; también existen ‘Mos Angeles’ y ‘Moscú Costa Azul’. Pueden espiarse conjuntos medievales de neón, o torres Disney adosadas a palacetes de concreto color rosa, con inmuebles de oficina en forma de yelmos de la Edad Media, hechos para asemejarse a un ejército de guerreros emergiendo de la tierra. A veces, estos diferentes estilos abarcan un solo edificio. Pórticos romanos que se vuelven murallas con barrotes y ventanas con vidrios polarizados, bajo torretes y agujas estalinianas. Es como conversar con víctimas de un desorden agudo de personalidad. La Torre Premium, el multifamiliar más grande de Europa, es una copia directa de las Siete Hermanas construidas en los años cincuenta.

Conjunto habitacional Kotelnicheskaya. // Foto: Blog Haute Vitrine

Conjunto habitacional Kotelnicheskaya. // Foto: Blog Haute Vitrine

Jerigonza tridimensional del despotismo, cuyo eco prefigura el Monumentalismo Salvaje de Santa Fe e Interlomas, con patéticos simulacros de skyline ‘a la neoyorquina’ y alergias al peatón, ciclista, o transporte público de calidad; sin nada -fuera del perímetro de sus centros comerciales tumorescos- que se aproxime a lo que ciudades que sí funcionan consideran áreas verdes dignas o de genuino esparcimiento para los miles de empleados que no comparten la visión guaruresca de los principales (¿únicos?) beneficiarios directos de las ‘bondades’ de este salvaje conjunto. Una epidemia sin visos de ser remediada, con guetos o bantustanes para ejecutivos millennials herederos del yupitequismo inaugurado en épocas salinistas, versión actualizada peñanietista.

Santa Fe. // Foto: Vía Mi Primer Departamento

Santa Fe. // Foto: Vía Mi Primer Departamento

Las siete opresivas moles que estampan su sello en el inconsciente colectivo ruso, y de otros países como el nuestro, tienen una octava hermana, en Varsovia: el Palacio de la Cultura y la Ciencia en nombre de José Stalin (sic), terminada en 1955 a diez años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Estos productos exportables aquí nos llevan, en el mejor de los casos, al caos ordenado desde arriba, con carreteras urbanas de cuota, segundos pisos y otros trastornos del urbanopriísmo y sus alumnos aventajados.

Interlomas. // Foto: Wikimedia

Interlomas. // Foto: Wikimedia

Si acaso algo se anida tras la faramalla, las columnas pagadas, el intento por exterminar la huella de áreas verdes consolidadas y de patrimonio histórico que por definición no se ajustan a cartabones estrictamente comerciales y de gandallismo, quizá se asemeje demasiado a los intentos realizados por Stalin y su camarilla para dejar huella arquitectónica en Moscú.

Antiguo hotel Ukraina, hoy Radisson. // Foto: Archdaily

Antiguo hotel Ukraina, hoy Radisson. // Foto: Archdaily

El ‘legado’ sexenal de Mancera: su profunda entraña corruptora, vertical y autoritaria, quizá no tenga la impronta de las Siete Hermanas, pero será igual de perniciosa.

Antiguo hotel Leningradskaya, hoy Hilton. // Foto: Hotels.com

Antiguo hotel Leningradskaya, hoy Hilton. // Foto: Hotels.com

Los siete rascuachielos -y el octavo pilón polaco- de Koba Stalin, trasladados al hiperdesarrollismo mexicano, recuerdan tiempos escatológicos, ahora que se discierne en el horizonte electoral un posible fin del efímero e impune pospriísmo.

Esta Danza de la Muerte -modificada a diario por cambiantes circunstancias- en términos de complexión urbana, equivale al totalitarismo inapelable que defiende la actual generación progre en la ciudad de México. Su mensaje podría traducirse de la siguiente forma:

Edificio de apartamentos en la Plaza Kudrinskaya. Foto: Vía Skyscraper City.

Edificio de apartamentos en la Plaza Kudrinskaya. Foto: Vía Skyscraper City.

Como me ves , te verás.

Antigua sede del Ministerio de la Industria Pesada, actualmente de uso residencial. // Foto: Skyscraper City

Antigua sede del Ministerio de la Industria Pesada, actualmente de uso residencial. // Foto: Skyscraper City

¿Escucharán nuestros ingenieros mexicanos de almas, públicos y privados, pasos (así sean figurativos) en la complaciente azotea de sus ruinosos shitscrapers?

Varsovia, Polonia. Palacio de la Cultura y de la Ciencia. // Blog: vía blog r3ok

Varsovia, Polonia. Palacio de la Cultura y de la Ciencia. // Blog: vía blog r3ok

 

@alconsumidor

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