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Entropista
Por Daniel Gershenson
Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprended... Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprendedor social. Me dedico a temas que hasta hace poco: antes del advenimiento de las redes sociales según [email protected], se consideraban ociosos. Presido dos ONG sin fines de lucro desde mediados del 2006: ALCONSUMIDOR, y ALARBO, AC. (Leer más)
Una historia oral de la infamia
"Nos empezaron a tirar al suelo. Decían 'cállate, hijo de tu puta madre, te va a llevar la verga'. Y al poco rato decían 'si tanto traen huevos, que se vea, malditos ayotzinapos'. Imagínense, ellos con sus armas y nosotros sin nada".
Por Daniel Gershenson
25 de abril, 2016
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El sexenio de Enrique Peña Nieto vino encarrilándose hacia su fase terminal, prácticamente inamovible –sin proponérselo, quizá- desde la noche misma del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, muy anticipadamente, si revisamos las rectas finales de administraciones anteriores (tanto del PRI como las dos más recientes del ‘cambio’, vía Acción Nacional). Desde esa fecha, o antes, había quedado grabado -en la memoria colectiva- este talante reaccionario del peñismo y el de sus secuaces: la corrupción que lo permea y la impunidad recompensada que es su principal razón de ser (así como la de sus socios, adláteres y satélites Pactistas).

El Grupo Interdisciplinario de Expertos Internacionales se va del país a finales de mes; los informes –contundentes; demoledores- que exhiben (otra vez) a un gobierno incapaz de enfrentar la realidad de su propia podredumbre institucional, son reveladores y anuncian resistencias del Estado en coyunturas electorales que van a seguir sacudiendo a la opinión pública del país, a pesar de la ausencia del GIEI.

Una lectura del panorama electorero, dependiendo del resultado de las próximas elecciones de junio, resalta la probabilidad de que el próximo candidato escogido por el dedo presidencial restaurado priísta sea el hidalguense Miguel Ángel Osorio Chong: aparente continuador de las políticas de EPN en el supuesto de que él gane los comicios, por la buena o la mala, de 2018. Una suerte de Adolfo Ruiz Cortines blindando las chapucerías y corruptelas de su predecesor Miguel Alemán, o de José López Portillo que fungió como tapadera de Luis Echeverría Alvarez, Tercermundista obsesivo y artífice de la represión de estudiantes culminando en las masacres de Tlatelolco y el Casco de Santo Tomás, en 1968 y 1971 respectivamente.

La certeza de que va a ser una mafia afincada en Hidalgo la que podría recibir la estafeta del Grupo Atlacomulco en 2018-24, o que Apparatchiks emergentes como Aurelio Nuño o José Antonio Meade podrían llegar a la meta Tlatoaniato en el lugar de las preferencias digitales del presidente en turno, con mínimos históricos de votación pero firmes alianzas con el Verde, Nueva Alianza, retazos ‘pragmáticos’ del PAN, PRD y otras agrupaciones de igual calaña, descorazona al espíritu pero no debería de parecernos extraña.

La posibilidad de tener una fiscalía realmente autónoma, que encabece una figura con autoridad moral intachable, alejada de presiones políticas coyunturales, como lo es hoy el Ministerio Público guatemalteco, es remotísima. El nombre de Raúl Cervantes (fallida propuesta de Peña Nieto y su omnipotente Consejero Jurídico Humberto Castillejos para la Suprema Corte), se baraja en trascendidos periodísticos, y es una señal inequívoca de que la simulación va a seguir siendo la marca de la casa del Ejecutivo.

No veo sentido hoy, dos días después del aniversario cuatrocientos del fallecimiento de Miguel de Cervantes y William Shakespeare (23 de Abril, fecha consagrada como Día Internacional del Libro, que coincidió también con el Premio que el Instituto Cervantes otorgó a la obra de Fernando del Paso) en andar despotricando -como es costumbre- por los sucesos de la semana pasada. Lo que procede es recomendar ampliamente una atenta lectura del libro de John Gibler (autor de Tzompantle y México Rebelde, entre otras crónicas certeras de esperanza, ante la postración en el que nos encontramos ahora), compendio conmovedor, suma de dotes periodísticas y sensibilidad a toda prueba.

Se llama Una Historia Oral de la Infamia: Los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa, bajo los sellos Grijalbo y Sur+.

Es preciso que hablen, con John Gibler y para nosotros, los jóvenes (tal y como lo hicieron en su oportunidad un puñado de valientes familiares de bebés fallecidos y lesionados, que conformaron el Movimiento por la Justicia 5 de Junio, y que vertebran Nosotros somos los Culpables: la tragedia de la Guardería ABC, obra escrita y recopilada por Diego Enrique Osorno y que se publicó en 2010).

Aquí unas cuantas secuencias de la pesadilla de Iguala, narrada por sus protagonistas: campesinos de la Normal Rural Rául Isidro Burgos, víctimas de la represión de un Estado que les ha declarado la guerra. Una disculpa por la extensión, justificada con creces, como se puede ver ahora.

Ya viendo la carretera ahí mismo se atravesó una patrulla, se atravesó y el chofer de la patrulla salió corriendo y dejó la patrulla. Nos paramos ahí. Los que iban atrás de nosotros también se pararon. Del primer autobús nos bajamos muchos compañeros en ese momento para mover la patrulla. Unos quince compañeros estaban en la parte de enfrente de la patrulla para moverla. Yo y mi compañero –a mi compañero le decían la Garra-, él estaba atrás, en la parte trasera de la patrulla, conmigo, éramos dos nada más, en cuestión de segundos dispararon los polis, y en ese momento atravesaron una bala en su cabeza. Cayó, se cayó lentamente. Gritamos “¡cayó el compañero!”, y en ese momento todos los compañeros que estaban enfrente de la patrulla corrieron, ellos corrieron. Yo estaba como a dos metros del autobús. Éramos como diez de nosotros los que corrimos hacia el camión y yo me aventé hasta el último encima de los compañeros allí […]

[…] En mi persona, así como estaba baleado, también me hicieron lo mismo que a mis compañeros, me pusieron la mano en la nuca. Y nos empezaron a tirar al suelo. Decían “cállate, hijo de tu puta madre, te va a llevar la verga”. Y al poco rato decían “si tanto traen huevos, que se vea, malditos ayotzinapos”. Imagínense, ellos con sus armas y nosotros sin nada. Es cuando uno se agüita, porque ellos traen armas y si te mueves te disparan. Nos quedamos así, me acuerdo, en ese rato todos mis camaradas estaban tirados. A mi compa Cochiloco, como se les opuso, lo golpearon.

Él fue fuerte en su postura de que no se iba a dar por vencido. Y después lo agarraron y le dieron de golpes, le pegaron en la parte del estómago con la culata del arma. Cuando lo tumbaron fue cuando lo golpearon en la cara.

Y al poco rato, un policía le comentó a otro “mata al que le diste en la mano, dale un balazo”. 

El policía acudió y me puso un arma grande, era un R-15 que me puso en la cabeza. El policía me lo puso, y quizá reaccionó y dijo “¿y si lo mato?”

Pensé, “ni modo, hasta aquí”. 

Fue cuando al poco ratito me quitó el arma de la parte de enfrente, de aquí del sentido, y fue cuando llamó a una ambulancia.  

Cuando llamó a la ambulancia yo estaba consciente de todo lo que estaba sucediendo.

Con toda sinceridad, el chavo que estaba de mi lado fue quien puso un paliacate en el brazo cuando estábamos todavía arriba del autobús, al que le decían el Botas.  

Cuando fui tirado al suelo, ese chavo estaba llorando.

Él vio cuando me pusieron el arma en la cabeza.

Él vio cuando a mí me golpeaban en las costillas porque trataba de levantarme. Sabía que si me volvía más feo, el policía era capaz de matarme.

En ese rato, un uniforme que vi fue el de un policía federal. Y la estatal estaba al lado.

En ese rato cuando a mí me trataban de acostar lo que hice fue que me acosté de lado.

Estaba viendo hacia la parte de arriba. 

Llegaron dos civiles y se bajaron de su coche y no sé si eran los dirigentes. Estaban sin capucha. Uno llevaba arma chica. Ellos daban la orden y los demás cumplían.

A mí me agarraron y me subieron a una ambulancia.

Me empezaron a esculcar mis cosas. Fue cuando a mí me quitaron un teléfono, un celular negro chiquito. Y cuando a mí me subieron a la ambulancia fue cuando a mis camaradas los empezaron a subir a las diferentes patrullas.

Alcancé a verlos. 

Los chavos en ese momento no hablaban para nada.  

Los chavos estaban llorando.  

Los demás no alcancé a verlos, pero todos estaban tirados.

Ni uno habló,

ni uno dijo “¿por qué nos hacen esto?” 

Si no me hubieran dado mi balazo también estaría desaparecido.  

Desgarra el alma asomarse en aproximaciones a lo que vivieron estos muchachos aquella noche y madrugada del mes de septiembre. Mañana se cumplen diecinueve meses del infierno que para ellos y sus familias, y nosotros todos, aún no acaba. ¿Seguimos igual, o peor?

Las abundantes citas incluidas arriba, son trozos del Emparedado de la Realidad mexicana, cuyo título remite (en otro contexto), al de los convulsos años sesenta en los Estados Unidos y a la figura de Allen Ginsberg, el poeta Beat por excelencia norteamericano.

Los que ofrece y anota Gibler en su libro, por contraste, son espeluznantes; poseen la carga y acento de la Guerra Sucia de los setenta, y la Operación Cóndor sudamericana, y los Manuales contrainsurgencia de la Escuela de las Américas, y la Guerra contra las Drogas, con gruesos ribetes de película gore.

Pero también albergan la esperanza (¿aún remota?) de que las cosas, algún día o año o lustro o década, llegarán a cambiar para bien.

 

@alconsumidor

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