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Evaluación y decisiones
Por CLEAR LAC - CIDE
En el Centro para el Aprendizaje en Evaluación y Resultados de América Latina y el Caribe, CLEA... En el Centro para el Aprendizaje en Evaluación y Resultados de América Latina y el Caribe, CLEAR LAC, nos dedicamos a promover la mejora de las políticas públicas mediante programas de formación en monitoreo y evaluación, investigación aplicada y difusión del conocimiento. CLEAR es una red global con seis centros en Asia, América y África, que promueve la toma de decisiones basadas en evidencia; buscamos que los gobiernos y las organizaciones mejoren su desempeño y logren mejores resultados para el beneficio de la población. CLEAR LAC es parte del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) desde 2012. (Leer más)
Evidencia para navegar la incertidumbre y combatir la desconfianza
Si ya es difícil vivir la incertidumbre de una pandemia, todo resulta peor cuando las propias narrativas de las noticias falsas son adoptadas por autoridades o cuando las inconsistencias en sus discursos y decisiones se vuelven persistentes.
Por Thania de la Garza y Alonso de Erice
24 de agosto, 2020
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Ya sea por apps de mensajería instantánea o por nuestra red social preferida, las noticias falsas (#FakeNews) son el día a día de toda persona conectada a la red. Si bien es común encontrarse con una noticia alarmante sobre el nuevo fin del mundo, la desinformación ha tomado un carácter muy distinto en meses recientes, cuando tener la información adecuada se convirtió en la diferencia entre salir despreocupadamente a hacer las compras o vigilar estrictamente los 1.5 metros que marca la sana distancia para disminuir la posibilidad de contagiarse de COVID-19.

El grado de confianza en la información moldea nuestro comportamiento. Desde el inicio de la pandemia, la desinformación ha estado en todas partes. Aunado a esto, diferenciar entre información confiable y noticias falsas es aún más complicado cuando la comunidad científica y los gobiernos aún no tienen “todas las respuestas”. Aun así, a lo largo de esta pandemia, hemos podido atestiguar esfuerzos globales y regionales de investigación, de desarrollo científico y generación de evidencia permanentes. Se ha desarrollado una cantidad de datos abrumadora: encuestas, estadísticas, monitoreo de casos, seguimiento al desarrollo de vacunas y un sinfín de temas relacionados con la enfermedad y sus implicaciones.

No obstante, al mismo tiempo que la notoriedad del coronavirus creció, la información falsa sobre su origen, sus síntomas y su funcionamiento no tardó en llegar: fiestas para generar inmunidad de rebaño, las vacunas contra la neumonía para prevenir la infección, medicamentos falsos o sin evidencia definitiva de efectividad, la supuesta inmunidad de menores de edad (este último publicado por el presidente de Estados Unidos y censurado por Facebook)1. Y es que, en muchos momentos de esta pandemia, una pregunta que debiera ser tan sencilla como hacer uso o no del cubrebocas se ha vuelto una maraña de confusión y dudas.

Si ya es difícil vivir la incertidumbre de una pandemia, todo resulta peor cuando las propias narrativas de las noticias falsas son adoptadas por autoridades o cuando las inconsistencias en sus discursos y decisiones se vuelven persistentes. Algunos de los efectos adversos pueden verse reflejados en la pérdida de credibilidad sobre la información difundida por el gobierno. Tan solo en las últimas semanas, cerca del 44% de las personas consideran poco o nada confiables las cifras sobre contagios y fallecimientos comunicadas por el gobierno.2 Inconsistencias en los mensajes públicos terminan minando la confianza de la población sobre sus gobernantes y sus decisiones. Lo anterior se intensifica si consideramos que en la actualidad no solamente hay desconfianza de la población respecto a los datos del gobierno, sino del gobierno hacia cualquier dato que no coincida con los suyos. A ello se suman las complicaciones propias de la comunicación política y los retos de cooperación entre distintos órdenes de gobierno. Esto ha generado una espiral de frustración, enojo y animadversión entre la población, no solo hacia los gobiernos sino hacia cualquiera que toma decisiones distintas a lo que “creemos” se debe hacer.

En este contexto y a pesar de reconocer estas dificultades, el uso de evidencia, su difusión y aplicación consistente juegan un rol vital para el liderazgo y la gobernanza. Fundamentar el curso a seguir en lo que funciona o no, a partir de estudios rigurosos científicos o empíricos podría ayudar a navegar la crisis de desconfianza.

No obstante, el uso de evidencia no puede, ni debe, quedar exento del escrutinio público. En el caso de la pandemia y el uso de información pública, la diferencia de datos y la forma en la que se han presentado han provocado que, especialmente en redes sociales, la ciudadanía exija datos claros, rigurosos y consistentes. La forma de manejar la pandemia y los datos aportados por la Secretaría de Salud se comparan con lo que sí funciona en otros países y la estrategia del gobierno es puesta en tela de juicio cada día.

Este intercambio entre sociedad y gobierno también ha expuesto deficiencias en el uso de la información por parte de los medios de difusión (comparaciones estadísticas inadecuadas, falta de comprensión sobre los modelos estadísticos utilizados, entre otros). Sin embargo, la exigencia por más y mejor evidencia es bien fundada, y aparentemente más generalizada que en el pasado reciente.

Más que nunca se ha vuelto claro que el acceso y uso de evidencia (sean datos abiertos, evaluaciones, información sobre el presupuesto, artículos científicos) tienen un papel central en el rumbo de nuestra sociedad y en el bienestar de las personas. Basta señalar como ejemplo la reciente publicación del artículo del Dr. Mario Molina3 y la manera en que la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México ha retomado la evidencia expuesta para fundamentar su política sobre el uso de cubrebocas.4 Sin embargo, más allá de la demanda por el uso evidencia para la realización de políticas públicas en materia de salud, específicamente para el combate o respuesta ante el coronavirus, hay una ventana para mejorar este tipo de prácticas en el resto de los sectores y no podemos permitir que se cierre.

Así como el debate público ahora nos propone preguntarnos sobre si el tratamiento X es el más adecuado para la enfermedad COVID-19, debemos saber que lo mismo tenemos derecho a preguntar respecto a cualquier programa público para mejorar el problema social Z (desigualdad, violencia de género, calidad de la educación, acceso a agua potable, desnutrición, pobreza, etc.). Si nosotros, como ciudadanas y ciudadanos, estaremos exigiendo en próximos meses el uso de pruebas rigurosas para los medicamentos frente a la COVID-19, es fundamental continuar con esta misma exigencia en el resto de los ámbitos de desarrollo y bienestar social, para los cuales también se cuenta con una gran cantidad de evidencia desarrollada de forma rigurosa alrededor del mundo.

En tiempos de confinamiento la evidencia ocupa un puesto estelar en la escena pública. Buscar herramientas para que se mantengan ahí una vez que todas y todos volvamos a salir es una responsabilidad imperante para promover la efectividad y eficiencia de los gobiernos para atender los problemas de la población.

 

1 Disponible aquí.

2 Según la vigésima sexta encuesta nacional sobre el coronavirus de México, realizada por Mitofsky, 44.3% de las personas considera poco o nada confiable la información sobre contagios y muertes que difunde el gobierno, 54.1% la considera mucho o algo confiable.

3 Zhang, Renyi, Yixin Li, Annie L. Zhang, Yuang Wang y Mario Molina (junio, 2020). Identificando la transmisión aérea como la ruta dominante para la propagación del COVID-19. Proceedings of the National Academy of Sciences (pendiente de publicación).

4 Gobierno de la Ciudad de México (junio, 2020). Sustenta estudio de Mario Molina, Premio Nobel de Química, recomendación del uso de cubrebocas. Boletines y presentaciones.

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