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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
Ardieron las naves de la memoria
Doña Rosa, Don Joel, Doña Hayde y Don Aurelio Javier: ustedes tenían razón. Mientras nosotros veíamos las noticias y nos tragábamos cada puñado de falsedad, ustedes tenían razón. Y si hoy sabemos esto es porque ustedes han luchado contra un aparato institucional que quería que no supiéramos.
Por Carlos Escoffié
20 de marzo, 2019
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Es común que al hablar de perdón lo primero que venga en la mente sea una actitud de olvido, impunidad e indolencia hacia las víctimas. Que sea además solicitado por autoridades pareciera un acto vulgar, como si las palabras trajeran de vuelta a los que murieron o dieran descanso por las eternas horas de insomnio esperando a que el desaparecido toque a la puerta de la casa. Sin embargo, los actos públicos en los que el Estado Mexicano pide perdón a las víctimas, como ocurrió ayer en el caso de Jorge Antonio Mercado Alonso y Javier Francisco Arredondo, demuestra que esa palabra puede ayudar a retomar el rumbo en la búsqueda por la verdad, la justicia y la reparación.

Hace exactamente nueve años Jorge Antonio y Javier fueron asesinados por militares. Tras arrebatarles su vida, violentaron su derecho a la reputación al disfrazarlos de falsos positivos: por todos lados se anunciaba la muerte de dos sicarios en enfrentamiento con miembros de las Fuerzas Armadas. Así nos lo decían los medios de comunicación, así lo juraban las autoridades en turno. Pero Rosa, Joel, Hayde y Aurelio Javier sabían que no era verdad, que eran sus hijos y no sicarios, que eran estudiantes del Tecnológico de Monterrey. Pero el ruido de comentaristas y ruedas de prensa nos impidió escucharles en un principio.

Desde una postura sincera muchos se han cuestionado si tiene sentido que el Estado realice ceremonias para pedir perdón a las víctimas. “¿Para qué tanto protocolo? Mejor que castiguen a los responsables”. Otros, desde la insensibilidad, han adoptado posturas como la que el expresidente Vicente Fox externó el pasado 15 de marzo en un tuit, tras darse a conocer que se realizaría un evento similar para las familias de la Guardería ABC: “Pónganse a trabajar, a resolver, a cumplir!! Déjense de disculpas y descalificar el pasado. Hay demasiado que hacer para seguir perdiendo miserablemente el tiempo”.

En el pasado, las autoridades de nuestro país han realizado actos similares para casos como los de Rosendo Radilla, Valentina Rosendo Cantú, Inés Fernández Ortega, Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara Juan y Teresa González Cornelio, entre otros. En ninguna de esas experiencias la gracia del Estado ha sido suficiente para curar el tormento. No obstante, sí han representado un punto de quiebre que da por concluida la Litis, antes de apariencia interminable, entre las víctimas y el Estado acerca de si lo que ocurrió efectivamente ocurrió o si se trata de “mentiras y conjeturas oportunistas”.

Las víctimas de graves violaciones a derechos humanos suelen pasar por un proceso esquizoide de revictimización institucional: no ocurrió, no era su familiar, nadie estaba, nadie vio, no tenemos su denuncia, vuelva mañana, pero no nos ha demostrado nada, es que si es víctima es culpable de serlo, es que nada, es que nadie, es que nunca. Además de sufrir los ultrajes y las pérdidas, deben pasar por el indolente proceso negacionista que busca borrarles la memoria, como si el objetivo fuese convencerlos de que el pasado fue otro o que, al menos, el Estado no tuvo nada que ver.

Los actos de perdón implican un reconocimiento del horror y una reivindicación de las víctimas. “Sí, esto pasó; sí, ustedes tenían razón; sí, el Estado es responsable de las atrocidades que han sufrido”. El objetivo de la lucha pasa a ser la profundización en los detalles de esa verdad reconocida –como señaló el ex rector Rafael Rangel Sostmann, ahora debe esclarecerse quién dio la orden- y llevarla a sus últimas consecuencias de justicia y reparación.

Doña Rosa, Don Joel, Doña Hayde y Don Aurelio Javier: ustedes tenían razón. Mientras nosotros veíamos las noticias y nos tragábamos cada puñado de falsedad, ustedes tenían razón. Y si hoy sabemos esto es porque ustedes han luchado contra un aparato institucional que quería que no supiéramos. Ustedes están en plena libertad de aceptar o rechazar el perdón que el Estado les ha ofrecido. Pero detrás de ese perdón está una verdad que nunca más pueden negarles. Derrotaron a una maquinaria del olvido que ha operado desde los años 60. Parafraseando a Estela Hernández durante el acto de perdón que se realizó por el caso de su madre, hoy se “chingaron al Estado”.

No es suficiente el acto de perdón público. Nunca lo será. Pero lograr que se realice es ganar una batalla para quemar las naves de la memoria. Y ayer sin duda ardieron para nunca más volver a la tesis de que los dos estudiantes estaban armados “hasta los dientes”. Todo esto porque sus padres lucharon y siguen luchando, como diría Jacinta Francisco Marcial, “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

 

@kalycho

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