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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
Cita con Oumuamua
Quizá una de las virtudes más importantes para nuestra supervivencia es la capacidad de no limitarnos a los escenarios que nos parecen únicos e inminentes, sino apelar a actuar siempre bajo la premisa de que siempre hay otros destinos que también pudieran ser.
Por Carlos Escoffié
15 de julio, 2019
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Desde Mary Shelley hasta Black Mirror, la ciencia ficción moderna nos ha regalado la posibilidad de reflexionar acerca de cuál es el destino que nos espera como especie. Si hay una razón por la que ese género nos sigue fascinando es porque nos permite enamorarnos del universo que habitamos ante sus inabarcables escenarios futuros que nos esperan. Bien podría decirse que nos ha permitido ejercer el derecho a la especulación tanto introspectiva como extrospectiva –algo similar a lo que Galeano llamó el “derecho al delirio”-. En estas épocas cargadas de tanta fatalidad política, económica, ecológica y social –en las que la esperanza es un bien cada vez más escaso- quizá reconectarnos con nuestra incertidumbre frente a los muchos futuros que pudieran estarnos esperando pudiera ser una alternativa para seguir intentando cambiar esta nuestra casa.

En junio de 1973 salió a la luz “Cita con Rama”, la cual sería considerada por muchos la mejor novela del maestro de la ciencia ficción, Arthur C. Clarke. La historia abre con una humanidad que advierte la presencia de un objeto que se dirige a la tierra. Conforme va llegando más información sobre su trayectoria, velocidad y forma, la comunidad científica comienza a considerar seriamente la posibilidad de no se trata de un objeto natural. El insólito navegante espacial sería bautizado Rama, dado que Clarke nos propone un escenario en el que, agotados todos los nombres en el panteón grecorromano, el gremio científico ha optado por nombres de otras tradiciones, como la hindú. Finalmente una expedición logra alcanzar a Rama, confirmando que se trata de una nave cilíndrica. El Comandante Norton y su equipo ingresan en ella para explorar, dando pie al verdadero núcleo de la novela.

El 19 de octubre de 2017 fue descubierto un objeto interestelar que atravesaba el sistema solar en dirección a la tierra. El objeto bautizado Oumuamua (“explorador” en hawaiano) llamó la atención de la comunidad científica por las anómalas características de su velocidad y trayectoria, así como su aparente forma cilíndrica. Incluso algunas voces del Centro de Astrofísica de la Universidad de Harvard llegaron a proponer la hipótesis de que se trataría de un objeto artificial creado fuera de nuestro sistema solar con fines exploratorios.

La noticia es sin duda una coincidencia que genera un emocionante homenaje a Arthur C. Clarke, al menos para quienes su obra ha calado hondo en nuestra historia como lectores. Y como tal no pasa de ser eso: una mera coincidencia. Oumuamua no es Rama.

Es aquí cuando quisiera rescatar el valor que tiene la aparición de Oumuamua para nuestros tiempos, el cual no se limita por lo que pueda confirmarse o refutarse sobre su naturaleza. En sí mismo es un mensaje enviado –premeditado o metafórico, el adjetivo lo dejo al portador- para recordarnos que es un imperativo de nuestra especie nunca dejar de maravillarnos por las posibilidades del universo al que pertenecemos. Quizá una de las virtudes más importantes para nuestra supervivencia es la capacidad de no limitarnos a los escenarios que nos parecen únicos e inminentes, sino apelar a actuar siempre bajo la premisa de que siempre hay otros destinos que también pudieran ser.

El parentesco conceptual entre Rama y Oumuamua es un caso más entre muchas otras “predicciones” hechas por la obra de Arthur C. Clarke, que luego fueron confirmadas por la ciencia. Pero es Oumuamua la que se aparece ahora que nos encontramos ante la primera generación sin esperanza, como menciona Eliane Brum en su columna en El País (6/06/2019). Justo en estos tiempos en los que algunos diagnósticos nos conceden unos 30 años más de vida en el planeta y en los que el capitalismo parece prescindir de la democracia, la supervivencia está en nunca sobrevalorar un único escenario futuro como el que irremediablemente precederá al presente. La amalgama de posibilidades es siempre clave en la búsqueda de un mundo mejor, no porque podamos siempre incidir en ellas, sino precisamente porque nos rebasan.

Incluso algo como el derecho, popularmente presentado como algo rígido y hierático, está a merced de las posibilidades. Robert Cover (1982), por ejemplo, advertía que el derecho no se expresaba únicamente como una pugna entre el “ser” y el “deber ser”, sino también en el “podría ser”. La colombiana Julieta Lemaitre (2009) ha expuesto cómo las movilizaciones en pro de los derechos han buscado que el mundo jurídico sea un escenario para armonizar lo normal en su acepción de “lo que dicen las normas” y lo normal en su acepción de “lo que ocurre en la realidad normalmente”. Así, incluso la lucha por la reivindicación social a través del derecho encuentra su fuerza no en los escenarios ya dados por sentado, sino en las posibilidades que pueden perseguirse y estimularse.

Y es aquí cuando Oumuamua se vuelve un llamado revelador: nos hemos dejado guiar demasiado en la esperanza y poco en nuestra insignificancia frente a las posibilidades. Hemos creído que ganar batallas claves como el reconocimiento de derecho de comunidades históricamente excluidas o la instauración de políticas públicas es un asunto de esperanza. Es decir, lucho en tanto tenga certeza de que se puede lograr. Desde ese punto de vista, incluso el movimiento de derechos humanos se ha dejado guiar por una lógica capitalista: invierto esfuerzos en tanto haya una certeza de ganancia para alcanzar ciertas metas (que externamente son reconocidas como tal), superando niveles en ciertos puntos. El problema está en que la esperanza es un insumo poderoso, pero con el que no siempre se cuenta.

Con lo anterior no me refiero a que uno deba apostar a cualquier esfuerzo posible sin reflexión o estrategia, en una especie de nihilismo proactivo o una “conatusrrea” (es decir, el desperdigar acciones sin sentido, como autómatas esperando nuestro propio exterminio). Sobre lo que intento reflexionar –aún sin llegar a algún puerto seguro- es que la esperanza no es el único insumo por el cual deben hacerse las luchas. Por un lado, porque en ciertos escenarios y momentos esta puede no ser suficiente. Si nos encontramos a nivel personal o colectivo ante un déficit de esperanza, lo que nos queda es sucumbir a una insufrible melancolía por el futuro prometido que nunca fue.

Por otro, porque nos lleva a creer que las luchas sociales y ambientales son niveles –no olvidemos que una parte importante de las generaciones ahora actuando en el panorama político crecieron con juegos de videos, en los cuales los esfuerzos son lineales, progresivos y siempre con la garantía de un determinado logro al final de cada camino-. Y ese esquema no representa realmente el mundo en el que nos movemos. Es por eso que el reconocimiento de los derechos de la población LGBTTI+ en Brasil no está en incompatible con la presencia de un Bolsonaro y la amenaza que representa su gobierno para ese sector. De la misma forma, el hecho de que no se haya reproducido una figura política que replique a imagen y semejanza el régimen de Hitler es consuelo de tontos cuando se tiene cerca de dos millones de desplazados por el cambio climático de acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial, o miles de muertes por el crimen organizado trasnacional.

¿Qué nos quedaría si no es la esperanza? Es aquí cuando apelo a la reivindicación de un aspecto primitivo, pero no por eso menos necesario hoy día: el instinto de supervivencia. Pero no cualquier instinto de supervivencia, sino aquel que apela a una supervivencia común: de nuestra especie y la naturaleza de la cual formamos parte. Y es que quizá hemos olvidado que la esperanza no tiene el monopolio de aquello que algunos llaman actos motivados por el amor. También este instinto puede conjurarse en esos términos, pero superando una lógica utilitaria en términos de “qué tanto vamos a recibir por invertir estas energías y tiempo” (otra vez, la lógica del mercado), sino más bien apostando a la bastedad de posibilidades futuras para tratar siempre de que se corone como presente aquella que nos garantiza una existencia más digna.

Oumuamua nos advierte que si la realidad puede acercarse a una historia tan original como la de “Cita con Rama”, la extinción de nuestra especie es sin duda una posibilidad, pero no la única. Y esto no lo advierto desde un discurso necesariamente motivador para no decaer en los ánimos y seguir luchando: dar por cierto un único escenario y supeditar la lucha al nivel de esperanza que se posee en un momento dado es no advertir que las luchas no dadas pueden permitir que otros escenarios hoy inimaginables ocurran. Y que pueden ser aún peores.

Y sin embargo, sobrevivir nunca deja de ser una posibilidad.

@kalycho

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