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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
El caso de Elvia, narrar para hacer presente
Elvia ha permitido visibilizar cómo desde la infancia opera la discriminación hacia las personas con discapacidad, en particular a las de talla baja. Cambiar un salón de piso podrá parecer algo técnicamente sencillo, pero puede implicar una batalla por los derechos.
Por Carlos Escoffié
1 de octubre, 2019
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Los humanos somos seres narrativos. Nuestra identidad no solo se compone de las historias propias, sino de aquellas ficticias o reales que les suceden a otras personas, pero con las cuales logramos identificarnos. La capacidad de contar nos permite darle un sentido al presente a partir de la memoria y proyectar nuestras posibilidades a futuro. Es por eso que visibilizar casos de derechos humanos puede ayudar a transformar cómo entendemos distintos problemas sociales. Y cómo nos entendemos con las otras personas.

Elvia, una niña con talla baja, presentó la semana pasada una demanda de amparo en contra de su escuela primaria por violar su derecho a la no discriminación en razón de su discapacidad. A pesar de que por prescripción médica no debe subir o bajar escaleras por el riesgo que podría generarle en su desarrollo óseo, el director de la escuela “Rodolfo Menéndez de la Peña” en Yucatán se ha negado a cambiarla de su salón en el segundo piso a otro en la planta baja, así como a adoptar cualquier tipo de ajuste razonable para evitar daños irreversibles a su salud.

“Elvia, es como tú te sientas, tú decides si te sientes cómoda y si es lo que quieres hacer para solucionar el problema”, le dijo su madre cuando se les propuso como opción presentar una demanda de amparo. Elvia se veía muy decidida. Y no es de extrañarse. Llevaba ya más de un año soportando los fuertes dolores en las rodillas por el esfuerzo de subir las escaleras todos los días y el estrés de caerse en medio de la estampida de estudiantes galopando al recreo. Eso, sin mencionar los comentarios discriminatorios de parte del personal de la escuela.

Elvia es muy celosa de sus palabras, pero transparente en sus expresiones. Así que no pudo ocultar la sonrisa mientras firmaba su demanda, satisfecha por exigir algo que sabía le correspondía: su derecho a acceder a la educación en condiciones de igualdad y no discriminación.

Conforme fueron publicándose notas de prensa, surgieron distintos comentarios en redes sociales, como era de esperarse. Algunos reproduciendo el lamentable discurso del director, otros muchos mostrando indignación y solidaridad. Asociaciones como Transversal se sumaron a las voces de apoyo. Pero lo que más me sorprendió en lo personal fueron los mensajes públicos y privados de gente que vivió una experiencia similar a la de Elvia o que tenían algún familiar cercano que la había vivido. Transcribo uno como botón de muestra.

“A mí me tocó así, por no bajar el salón a planta baja perdí un año; lástima que cuando era estudiante no procedían éstas demandas por el contrario les daban la razón a ellos. En la segunda escuela que me pasó me bajaba a rastras las escaleras y me dijeron que no podía hacer eso, lo seguí haciendo y bajaron el grado al salón de planta baja. Les dio más pena a ellos que a mí verme subir y bajar las escaleras”.

Elvia ha permitido visibilizar cómo desde la infancia opera la discriminación hacia las personas con discapacidad, en particular a las de talla baja. Cambiar un salón de piso podrá parecer algo técnicamente sencillo, pero puede implicar una batalla por los derechos.

Además, su historia se alinea con las exigencias y preocupaciones de asociaciones de personas con discapacidad y familiares frente a los recortes del Gobierno de Yucatán a distintos programas de rehabilitación y atención. En un momento en el que existe un diálogo entre las autoridades y la sociedad civil para atender la situación, el caso de Elvia pone sobre la mesa la urgencia de que los derechos se manifiesten en el día a día.

En estos tiempos en los que por salud mental todos necesitamos de vez en cuando alejarnos de las noticias, puede parecer masoquista atiborrarse de más y más información sobre distintas formas de violaciones a derechos humanos. Por supuesto que es justo y necesario darse un respiro de vez en cuando. Pero nunca podremos escaparnos de nuestra naturaleza intrínsecamente narrativa. Y una de las formas de acercarnos a la otredad, de ejercitar nuestra también intrínseca capacidad de empatía, es a través de las historias que nos abren la puerta a muchas otras personas. Eso es lo que ha logrado Elvia en su determinación por lograr que su educación no implique un sacrificio a su salud.

Mientras en México distintas instituciones públicas y privadas suelen abordar el tema desde una lógica paternalista y capacitista, el caso de Elvia nos recuerda que la discapacidad es un asunto de derechos humanos. Y por lo tanto, una lucha porque la dignidad se haga costumbre.

Colofón: Desde el día de ayer comenzó a usarse el #IgualdadParaElvia. Invito a quien lee estas líneas a sumarse desde algo tan sencillo, pero significativo como pueden ser las redes sociales.

@kalycho

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