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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
El precio de la igualdad
Toda posibilidad de dar condiciones más justas y equitativas debe ser asumida con urgencia. Pero la meta real está en lograr que menos personas tengan que apostar por este tipo de trabajos ante la falta de otras oportunidades, sobre todo en condiciones que afecten sus dinámicas familiares y sus proyectos de vida.
Por Carlos Escoffié
2 de enero, 2019
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Pareciera existir un consenso más o menos general sobre la urgencia de disminuir la desigualdad, si no de erradicarla. ¿Pero estamos realmente dispuestos a lograrlo, con todo y lo que esto conlleva? Lejos de ser una pregunta ociosa, quizá podría ayudarnos a entender por qué no hemos alcanzado ese objetivo aparentemente tan compartido.

Para desarrollar esta idea tomaré como punto de referencia el trabajo doméstico, por dos razones. Por un lado, por la fuerte referencialidad que ha adquirido en el último mes, principalmente a partir de la reciente sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que ordena implementar un régimen obligatorio de seguridad social para las trabajadoras del hogar, así como del éxito de la película “Roma”. En este sentido, mis breves reflexiones pueden ser entendidas como una aportación tardía en el marco de un debate público más amplio. Por otro lado, porque creo que como fenómeno cotidiano ayuda a ilustrar el impacto que tendrían nuestros deseos de igualdad de llegarse a cumplir.

Me parece que “Roma”, lejos de romantizar las circunstancias en las que se da el trabajo doméstico, las expone como son: no son situaciones en las cuales resulta fácil identificar qué individuo es el que discrimina o somete a otro –es decir, no son tipos ideales en el sentido webereano-. En el trabajo doméstico muchas veces no es posible reconocer a ese “culpable concreto” debido a que su desigualdad inherente opera por medio de roles, ideas, dinámicas y reglas normalizadas sobre las que todos los involucrados se desenvuelven.

Por eso me parece acertado que “Roma” presente una cotidianidad que va desde las muestras de aprecio y cariño, hasta los episodios vulgarmente jerárquicos. Pero, sobre todo, que incluya formas de sometimiento ambientales que no dependen necesariamente de la actitud de los personajes, porque forman parte de las tácitas “reglas del juego”. Pensemos, por ejemplo, en el fuerte mensaje de una escena en particular: arrepentida y desorientada tras darle una bofetada a su hijo, la patrona descarga su ira contra Cleo, gritándole y ordenándole que se fuera, que los dejase solos un momento. Cleo permanece inmóvil, como si estuviese tratando de entender lo que eso significa. ¿A dónde ir cuando uno vive donde trabaja? ¿Cómo vivir en una casa que no está destinada para la intimidad propia y en la que nuestra presencia pareciera incomodar a los verdaderos habitantes?

Se ha dicho que la Revolución Industrial difuminó las fronteras entre el lugar de vivienda y el espacio de trabajo (Marcuse y Madden, 2016). No obstante, el sector del trabajo doméstico ya tenía esa cohesión como una de sus principales características desde siglos antes. Y la conserva hasta hoy en muchas casas mexicanas. A pesar de que se suele decir que la trabajadora del hogar es “parte de la familia”, la realidad es que ella ya tiene un familia a la que muchas veces deja de ver gran parte de la semana para permanecer en un sitio que nunca será su hogar,a pesar de que habita ahí gran parte del tiempo. Ese limbo entre el terreno propio y el ajeno se sostiene gracias a las necesidades que empujan a millones de personas en países como México a depender de este tipo de esquemas de trabajo.

La cotidianeidad captada por “Roma” está basada en dinámicas de discriminación, segregación y pobreza. No hay forma de redimir esa realidad. Debemos apuntar a cambiarla asumiendo lo que debiera parecernos obvio: en los países con menos desigualdad únicamente las familias más acaudaladas cuentan con el servicio de trabajadores del hogar –sobre todo si pasan 24 horas seguidas en la casa patronal-, por la sencilla razón de que se les paga lo que realmente vale su labor. Añorar la igualdad implica preguntarnos si estaríamos dispuestos a desear sus inminentes consecuencias, por ejemplo, en nuestra comodidad, obligándonos a separar horas diarias para poder atender las tareas domésticas. Podríamos imaginar la forma en que esto impactaría, nuevamente como ejemplo, en las expectativas que las empresas podrían tener frente a los horarios laborales.

En pocas palabras, desear realmente la igualdad implica estar consciente de los sacrificios que representa alcanzarla. Este ejercicio de reflexión es imprescindible cuando, parafraseando a François Dubet (2015), pareciera que preferimos la desigualdad aunque digamos lo contrario.

Por supuesto que el trabajo doméstico es un trabajo digno que merece todas las medidas de protección reconocidas a otras profesiones –de ahí que celebro la valiosa sentencia de la Segunda Sala de SCJN-. Toda posibilidad de dar condiciones más justas y equitativas debe ser asumida con urgencia. Pero la meta real está en lograr que menos personas tengan que apostar por este tipo de trabajos ante la falta de otras oportunidades, sobre todo en condiciones que afecten sus dinámicas familiares y sus proyectos de vida.

La igualdad tiene como una de sus principales consecuencias la pérdida de privilegios, que hemos entendido como circunstancias naturales y neutras. Podrá parecer un costo alto, pero garantizar una vida digna en verdaderas condiciones de igualdad es una meta irrenunciable que bien vale su precio intrínseco.

@kalycho

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