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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
El pueblo donde estuvo el presidente
¿Qué tan enterado está el presidente y sus asesores de lo que ocurre en Hopelchén? ¿Sabrá que en ese rincón en los remanentes de la Selva Maya se sufren diariamente los embates de un modelo económico que, según él anunció, ya no existe en el país?
Por Carlos Escoffié
15 de abril, 2019
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En el corazón de la Península de Yucatán existe un municipio – universo llamado Hopelchén, conformado por más de 35 poblaciones y por cientos de historias de resistencia que van desde la época prehispánica, transitando por la mal llamada Guerra de Castas del Siglo XIX, los mítines zapatistas durante los 90 y la aún presente lucha contra la entrada de Monsanto Company. Esa región campechana en forma de columna vertebral sosteniendo el peso de Yucatán y Quintana Roo, fue visitada por el presidente el pasado sábado. Pero como ha ocurrido en otros lugares, pareciera que no se enteró realmente de en dónde estuvo. O quizá decidió actuar como si no lo supiese.

Este sábado, cuando tuvo el micrófono en la Plaza principal del pueblo, el presidente presentó un discurso en gran medida genérico, que bien pudo estar dirigido a poblaciones de Tamaulipas o de Colima. Habló de la cancelación de la reforma educativa y de los Programas de Bienestar Social, entre los cuales se incluye la producción y entrega de granos de maíz, arroz, trigo y frijol. El mensaje parecía indescifrable en una región en la que el acceso a las semillas no es el principal problema de los campesinos mayas.

El Municipio de Hopelchén es sin duda alguna una de las regiones más rulfianas de esta Península. Ubicada en lo que muchos llamarían el extremo sur –a pesar de encontrarse unos cuantos grados más al norte que la Ciudad de México-, su cabecera homónima es un Macondo maya que refleja su compleja realidad. Sus habitantes son mayas, menonitas y no indígenas (“mestizos”, que les dicen). Pero principalmente mayas. Hay más tiendas de plaguicidas y químicos para la agricultura que puestos de panuchos. En las calles abundan tractores, bidones y publicidad de plaguicidas.

Cuando uno sale del pueblo y se dirige a las comisarías, la carretera recorre una Selva Maya irreconocible. Donde antes solía haber biodiversidad y terrenos ondulados, aparecen ahora llanos verdes de monocultivos a gran escala. A pesar de ser una región de cerros, la maquinaria de constructoras digiere los cerros hasta convertirlos en material de construcción. Quizá por eso ahora resulta difícil ver dónde terminan los mares de soya, sorgo y maíz. Únicamente resaltan las “arañas”, brazos metálicos móviles para el riego por aspersión.

Entre una comunidad maya y otra, pueden verse a niños menonitas –desde los 9 años de edad- transitando en tractores e incluso volando avionetas de fumigación. También aparecen las comunidades de este grupo anabaptista, algunas como pequeñas maquetas suizas que se imponen con un horizonte ajeno.

Pero este desentonado paisanaje es realmente un escenario hostil. La siembra ilegal de soya genéticamente modificada, el suministro de agrotóxicos de la empresa Syngenta AG, la deforestación –rubro en el cual el Municipio de Hopelchén ocupa el primer lugar a nivel nacional-, las fumigaciones aéreas realizadas incluso cerca a zonas pobladas, los monocultivos a gran escala, los pozos para la siembra de arroz que filtran plaguicidas y otros agentes químicos al manto freático de la Península, la muerte masiva de abejas, así como la venta y el acaparamiento de tierras para incrementar todas las actividades anteriores, es el inventario de batallas que se libran en esos 7.460,27 km² de la Península. Si bien varias comunidades indígenas ven con desconfianza el proyecto del Tren Maya, sus esfuerzos están ahora canalizados en la crisis ambiental y social que viven.

Esta postal de Hopelchén es la premonición de un futuro llano en llamas, si el Estado no asume en serio su responsabilidad ante la crisis.

En su discurso de este sábado, el presidente dijo que “a pesar de que lo han saqueado por siglos, sigue teniendo muchos recursos naturales nuestro país”. Pero en Hopelchén lo que queda de la Selva Maya es la última oportunidad para evitar su extinción. Esa zona de Campeche es un laboratorio del modelo de desarrollo que se ha impulsado en todo el país. Ese mismo que el presidente asegura haber ya finalizado. Al parecer su decreto oral no alcanzó a ser escuchado por aquí.

El presidente parecía no hablarle a un municipio en el que empresas internacionales como Syngenta y Monsanto desean sacar el mayor provecho económico posible, mientras que empresarios meridanos y de Ciudad de México buscan acaparar las tierras, enfrentando a menonitas y mayas para lograr su propósito. Sobre todo cuando en Hopelchén siguen esperando a que la nueva administración federal retome el proceso de consulta indígena que está suspendido desde hace más de cuatro meses.

En noviembre de 2015, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ordenó suspender el permiso otorgado a Monsanto para la introducción de soya transgénica en el Municipio de Hopelchén hasta que no se realice una consulta indígena a los mayas de la zona. Actualmente, las autoridades del nuevo gobierno no han tenido ningún acercamiento con las comunidades afectadas para reiniciar y concluir ese proceso. Mientras, la siembra ilegal de soya transgénica continúa sin que las instancias encargadas de salvaguardar el proceso de consulta –es decir, la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados y el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas- tomen medidas para prevenir y evitar más afectaciones.

El presidente, en su discurso en Hopelchén, habló de garantizar precios justos a los productores, sobre todo para la agricultura. También habló del programa para la siembra de árboles frutales y maderables. Sin embargo, en esta región occidental de Campeche los ejidos están amenazados por una creciente demanda de tierras para la agricultura industrial –con todas las consecuencias ambientales que esto genera-. Por necesidad, muchos mayas incluso terminan vendiendo sus tierras y trabajando para menonitas o empresarios que acumulan inabarcables hectáreas. ¿Sabe el presidente o su equipo que esos programas, si no son acompañados de una estrategia que atienda la crisis que vive el municipio, pueden significar una inyección de insumos al proceso de extracción que ya está en marcha?

El presidente también habló de la importancia de la apicultura en la región. Y tiene razón: la apicultura es una actividad de la cual dependen la identidad, la organización y la subsistencia económica de los mayas. Sin embargo, las fumigaciones aéreas, la deforestación y el uso de agroquímicos están acabando con las abejas. Además, la siembra ilegal de soya transgénica ha generado afectaciones económicas debido a los estándares europeos que inhiben la importación de soya con material genéticamente modificado. ¿Por qué entonces no se combate la siembra ilegal de transgénicos en la región y se continúa con el proceso de consulta indígena sobre el tema, tal y como ordenó la Suprema Corte de Justicia de la Nación?

El Presidente además hizo un discreto guiño a los conflictos entre menonitas y mayas: convocó al respeto y a la convivencia pacífica entre ellos. Si bien su mensaje es válido y necesario, no deja de ser insuficiente tratándose del máximo mandatario de este país. Los choques que han aumentado entre ambos grupos se deben a un modelo de desarrollo que no da tregua y que termina acorralándolos en confrontaciones. En gran medida porque tanto las autoridades municipales, como las estatales y las federales se han dedicado en los últimos años a ser testigos de este contexto, en lugar de ser garantes de los derechos de las comunidades y del medio ambiente.

¿Qué tan enterado está el presidente y sus asesores de lo que ocurre en Hopelchén? ¿Sabrá que en ese rincón en los remanentes de la Selva Maya se sufren diariamente los embates de un modelo económico que, según él anunció, ya no existe en el país? ¿Sabe su equipo que las comunidades mayas de la zona llevan más de cuatro meses esperando una reunión para retomar el proceso de consulta indígena sobre siembra de soya transgénica? ¿O acaso no les conviene continuar ese proceso justo en la Península del Tren Maya, por temor a comprometerse a hacer lo mismo con ese polémico megaproyecto? ¿Acaso no es atendible el hecho de que en México se permitan las fumigaciones aéreas –incluso de plaguicidas prohibidos en varios países- en zonas pobladas, como sucede en el Municipio que visitó este sábado? ¿Lo único que puede ofrecer la Cuarta Transformación para la población maya de Hopelchén es entrega de semillas y siembra de árboles frutales?

¿Realmente supo el presidente que visitó Hopelchén? ¿Sus asesores prefieren que no sepa o ellos tampoco tienen intención de enterarse de lo que ocurre?

Espero estar equivocado, pero son algunas preguntas inevitables para entender a dónde, según él, llega el presidente cuando llega a un lugar del país.

@kalycho

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