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Hojas en el cenicero
Por Carla Luisa Escoffié Duarte
Actualmente dirige el Centro de Derechos Humanos de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey. Ha... Actualmente dirige el Centro de Derechos Humanos de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey. Ha participado en diversos litigios estratégicos con distintas organizaciones de derechos humanos y comunidades indígenas. Sus principales temas de trabajo son derecho a la vivienda, no discriminación y pueblos indígenas. Twitter: @kalycho. (Leer más)
El riesgo de marchar
Desde hace tiempo que en la Ciudad de México es una práctica recurrente violar los estándares sobre proporcionalidad del uso de la fuerza pública. Aunque las autoridades presumen la reducción de la incidencia delictiva, la ciudad sigue siendo insegura para cosas tan indispensables como manifestarse. Sobre todo cuando se pertenece a grupos como la población trans.
Por Carla Luisa Escoffié Duarte
22 de noviembre, 2021
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El derecho penal ha monopolizado hasta nuestra forma de entender lo que significa que una ciudad sea segura. Existen muchos riesgos, amenazas y violencias que no constituyen delitos por sí mismos, pero que nos someten a vivir el día a día con miedo. Por ejemplo, los accidentes de tránsito a los que se enfrentan los peatones, las diversas formas de acoso contra mujeres en espacios públicos o la violencia estatal avalada por el derecho. La seguridad también es la capacidad de las personas de habitar su ciudad sin temor a represalias por hacerlo. Sobre todo cuando ejercen derechos fundamentales para la democracia como la protesta pública.

La pandemia fue bastante conveniente para muchos gobiernos alrededor del mundo. El mandato de “quédate en casa” irrumpió en la escena cuando las calles estaban tomadas en distintas latitudes, ya sea por el movimiento feminista en México o por el estudiantil en Chile. Con la imposibilidad de salir se perdía un medio indispensable para que los sectores con menor atención mediática y gubernamental pudiesen hacerse escuchar. Quedaron otros medios, sí, como las redes sociales, pero la movilización social contemporánea en las ciudades se nutría de complementar lo virtual con lo presencial. Por momentos la indignación logró superar el miedo al COVID-19 –como ocurrió tras el asesinato de George Floyd en Estados Unidos- pero la contingencia sanitaria logró reducir tanto la frecuencia como el tamaño de las marchas.

La pandemia no ha terminado, pero la luz al final del túnel se ve cada vez más cerca. Las actividades van retomándose poco a poco, y con ellas también el deseo de tomar las calles para hacerlas nuevamente espacios políticos. Durante estos casi dos años, el miedo a contagiarse fue el principal inhibidor para tomar pancartas y corazón hacia las plazas. Conforme ese temor va reduciéndose, nos encontramos nuevamente con los otros, aquellos provenientes de la vieja normalidad y que sobrevivieron a la hecatombe de la nueva: la represión policial, los gases, los grupos de choque, las agresiones con ácido, las razias, las detenciones arbitrarias, la criminalización por parte de las autoridades y la estigmatización por parte de algunos medios de comunicación. Tampoco antes marchábamos sin temor sino por tenerlo. Marchar era desde entonces un manifiesto por usar los espacios públicos como un megáfono otorgado por las ciudades a sus habitantes.

Este 20 de noviembre, una manifestación por el Día de la Memoria Trans fue encapsulada y gaseada por elementos de policía de la Ciudad de México. Vaya forma de conmemorar también el aniversario de una revolución que se levantó, entre otros motivos, por la represión estatal. No es la primera vez que sucede. Desde hace tiempo que en la capital federal es una práctica recurrente violar los estándares sobre proporcionalidad del uso de la fuerza pública. Aunque las autoridades presumen la reducción de la incidencia delictiva, la ciudad sigue siendo insegura para cosas tan indispensables como manifestarse. Sobre todo cuando se pertenece a grupos como la población trans: históricamente excluida de los espacios públicos, de las opciones laborales y de la participación política. Mujeres, indígenas y miembros de la comunidad LGBT, entre otros sectores, no pueden sentir seguridad en ciudades donde expresarse colectivamente implica sufrir violencia. Parecida a la que reciben cuando callan, pero más desesperada.

@kalycho

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