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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
Los invisibles del Congreso de Yucatán
Vivimos en una sociedad en la que vemos gente, pero no seres humanos. Somos aún incapaces de hacer propio el dolor ajeno. Y por eso hay gente que se empapa de felicidad al saber que otros no podrán tener la misma protección frente a adversidades patrimoniales, de salud, migratorias, de seguridad social, de vivienda, entre otras.
Por Carlos Escoffié
11 de abril, 2019
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“Ya lo sabía, pero ahora verdaderamente me siento tratada como una ciudadana de segunda”, me dijo Ana Baquedano cuando escuchamos el resultado de la votación: nuevamente el Congreso de Yucatán decidió no reconocer el matrimonio y el concubinato entre personas del mismo sexo. Hartos de recibir impotencia por esperanzas, veíamos a un grupo de gente del Frente Nacional por la Familia y la Red Pro Yucatán celebrar con júbilo una decisión que no repercute en sus vidas. ¿Qué tiene que ocurrir para que alguien encuentre alegría en el dolor ajeno? ¿Cómo explicar ese afán por decidir sobre otras personas?

Alex Orué se encontraba al interior del recinto legislativo cuando se realizó la votación. A diferencia de otras personas –incluyéndome- había logrado entrar antes de que las gradas rebosaran su capacidad. Cuando se supo el resultado, escuchó la voz una señora detrás de él, hablando por celular: “sí, estamos muy contentas, no se aprobó, bendito sea Dios”. Alex la volteó a ver, ella le correspondió el encuentro visual. Tras reconocer de qué lado del debate se encontraban –la bandera en manos de Alex era evidente-, ella reafirmó a su teléfono: “qué alegría que no lo aprobaron”.

No quiero detenerme en un inventario de argumentos jurídicos sobre por qué la decisión del Congreso de Yucatán viola no solo los derechos humanos, sino también el Pacto Federal. Parafraseando la canción, esas líneas “ya están abrigadas, ya están en casa”. Son ampliamente conocidos los motivos por los cuales las parejas del mismo sexo deben ser protegidas legalmente para garantizarles una vida digna –una de tantas cosas que no puede negársele a ningún ser humano-. Hoy, con un nudo de esperanza fatigada mas no extinta, quisiera entender por qué. ¿Por qué alguien que se dice a favor de las familias celebra que Ana se sienta paria en su propia sociedad? ¿Por qué Alex resulta invisible para quienes ven en la obstaculización de sus derechos un “triunfo de la moral”?

“Me rompe el corazón que las juventudes LGBT+ yucatecas hayan escuchado a sus propias familias pelear en contra de sus derechos y ganar”, me dijo Ana un par de horas después. “Me sentí minoría, estábamos en las gradas del Congreso rodeados de personas que celebraban que no se nos reconociera como iguales”, me dijo Cesar Briceño apenas lo vi en las puertas del recinto legislativo. Lili Oropeza prefiere hablar ahora de lo que sigue. Como ella me dijo, “hemos estado cuando nadie nos daba la razón y seguiremos ahora que ya la tenemos, de frente y haciendo comunidad. Después de todo, tenemos maestría en resistencia”. Las voces de Ana, Alex, Lili y César son las de muchas y muchos en Yucatán que todavía no ven para cuándo cerraremos el Siglo XX en este rincón del trópico. Les pedí citar algunas frases suyas para este artículo porque ayer confirmé que eso es lo que hace falta: son invisibles para los sectores conservadores.

No hablo de invisibilización del colectivo LGBT+, el cual es evidentemente muy activo y presente tanto en medios de prensa como en la cultura popular. Hablo de invisibilización de las personas con nombre y apellidos que hoy se han sentido colectivamente excluidas y negadas por miembros de su propia sociedad –algunos incluso por miembros de sus propias familias-. Quien deshumaniza al otro lo despoja de toda consideración ética para que alcance su felicidad. La narrativa de quienes celebraron el resultado legislativo parte del hecho de que las personas del colectivo LGBT+ no comparten la misma dignidad que ellos. Y además, que el Estado y sus instituciones les pertenecen a ellos, como un grupo privado que no puede ofrecer más allá que una dudosa tolerancia a la existencia de los otros, a quienes ven como sus inquilinos.

Sin embargo, estos párrafos no buscan un ánimo revanchista. Por el contrario, en momento de profundo coraje, hay que apelar al amor. En momentos de desgaste, hay que apelar al amor. En momentos como éste en el que cada paso pareciera ser un déjà vu insufrible, hay que apelar al amor. Aunque suene cursi, aunque suene insuficiente, es lo que tenemos y lo único que puede conquistar las conciencias y hacerles ver que detrás de cada persona hay una vida que merece ser defendida. Cada ser humano, independientemente de su orientación o identidad, es un monumento en carne viva de las posibilidades del universo mismo. Cada uno es el espejo del otro y, cuando logramos vernos con sinceridad, la imagen que se forma es un camino infinito construido por aquello que nos une desde nuestras propias especificidades.

El intercambio de miradas que experimentó Alex –“no se aprobó, bendito sea Dios”- demuestra que vivimos en una sociedad en la que vemos gente, pero no seres humanos. Somos aún incapaces de hacer propio el dolor ajeno. Y por eso hay gente que se empapa de felicidad al saber que otros no podrán tener la misma protección frente a adversidades patrimoniales, de salud, migratorias, de seguridad social, de vivienda, entre otras.

Es por eso que, en esta ocasión, decidí desenvolver ese nudo que aún preservo en la garganta y dedicárselo a Alex, a Ana, a César y a Lili, pero también a Marco, a Diana, a J.P., a Eric, a Víctor, a Edgardo, a Alejandra, a Alejandro, a Nacho, a Esteban y a cualquier persona de la comunidad LGBT+. Porque decisiones como estas impactan en personas. Y quienes celebran su imaginaria cruzada contra fuerzas de perversión inexistentes, lo hacen sobre el dolor de otros. Y creo que en estos momentos es importante que eso sea visibilizado, aunque a algunos les parezca a primera vista innecesario.

Ya lo decía Fito: ¿quién dice que todo está perdido..?

@kalycho

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