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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
No convirtamos a Yalitza en la nueva Benito Juárez
Celebrar los logros de una persona indígena puede ser una señal de que ciertos discursos a favor de la igualdad han logrado escalar en la legitimidad pública. Pero este hecho es por sí mismo insuficiente. No basta con celebrar el éxito de Yalitza: igual de importante es identificar las explicaciones que le damos a ese éxito.
Por Carlos Escoffié
28 de enero, 2019
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Hace poco más de un año llegó YC, mi sobrina. Es muy pronto para saber si ella se autoadscribirá indígena, tal y como lo hace su madre. Por lo pronto va creciendo entre cuentos en español y en maya peninsular, las dos versiones del mundo con las que aprenderá a llamar a las cosas por su nombre. Da sus primeros pasos tanto en la comunidad materna como en la ciudad paterna, tomando lo mejor de lo que cada una de sus dos familias intentamos ofrecerle. Mientras ella se esfuerza por capturarlo todo con sus dos profundas cavidades, nosotros aprendemos que la infancia también es un constructo y que puede ser tan diversa como cualquier otra experiencia humana. Por ejemplo, durante su primer Hanal Pixán –Día de muertos en la Península de Yucatán– portó un listón negro en la mano para evitar ser confundida con las ánimas de niños. Indiferente a éstas y otras reflexiones de adultos, se traslada aún sin maestría con la sigilosa confianza de quien se sabe ebria de cariño. Yo espero con ansias a que sepa leer para presentarle a H. G. Wells y a H. P. Lovecraft. Si se deja, claro, que nadie está para colonizarle la juventud.

Nos guste o no, tendrá que enfrentarse también a dificultades. En Yucatán la discriminación hacia la población maya es histórica y no parece dar tregua. Si bien cada vez hay más conciencia de los discursos racistas que han prevalecido por siglos, estos aún influyen tanto en la relación del Estado con los pueblos indígenas, como en los encuentros más efímeros y cotidianos. Por ejemplo, en su imprescindible “Las élites de la Ciudad Blanca”, Eugenia Iturriaga expone cómo los medios de comunicación yucatecos representan lo maya, reproduciendo estereotipos y justificando el lugar que las élites no-mayas ocupan en la sociedad.

La construcción de nuestra identidad siempre está influida por las narrativas y las representaciones. Las representaciones importan. Algún día, YC será consciente de cómo los medios de comunicación a nivel local y nacional personifican lo indígena. Es por eso que la nominación al Oscar de Yalitza Aparicio no es únicamente una pieza en el anecdotario de la Academia. Celebrar los logros de una persona indígena puede ser una señal de que ciertos discursos a favor de la igualdad han logrado escalar en la legitimidad pública. Pero este hecho es por sí mismo insuficiente. No basta con celebrar el éxito de Yalitza: igual de importante es identificar las explicaciones que le damos a ese éxito.

En México prevalece un fuerte arraigo hacia el discurso del “indigenismo juarista”: los indígenas pueden ocupar espacios “relevantes” siempre y cuando su experiencia sirva para apoyar el discurso meritocrático, según el cual cada quien ocupa las condiciones de vida que desea (y por lo tanto que se merece). Figuras como la de Benito Juárez, lejos de evidenciar una historia de exclusión no accidental, han servido como escuadra para medir la pendiente que se puede recorrer cuando, así nos dicen, hay las ganas y la disposición: “el cambio está en uno mismo… hasta en los indígenas”.

El momentum que vive Yalitza, lejos de ser un ejemplo de las bondades de la meritocracia, es la excepción que confirma la regla. Al igual que ocurre con figuras como Benito Juárez o Armando Manzanero, para muchas personas ella es digna de reconocimiento, a pesar de ser indígena, por el hecho de haber logrado metas inalcanzables para la mayoría de la población no-indígena como, por ejemplo, aparecer en la portada de Vanity Fair. Reducirla a esos logros es correr el riesgo de caer en un juego perverso: ¿qué pasa con los indígenas que nunca llegarán a fotografiarse con Rami Malek o a entrar al plató de Jimmy Kimmel? ¿Qué ocurre con las millones de Cleos que nunca tendrán la alineación de suertes necesaria para convertirse en la actriz Aparicio? No es un asunto únicamente de esfuerzo: es un asunto político.

En una sociedad patriarcal, racista, capacitista, clasista y jerárquica, el indigenismo juarista es una advocación más del discurso meritocrático. No logra llevarnos a un estado de comprensión basado en el reconocimiento mutuo, ni nos confronta con los elementos estructurales que entran en juego. Ofrezco un ejemplo, nuevamente de la Península de Yucatán: mientras se levantan odas al “pasado indígena” y a figuras de éxito como Armando Manzanero, el maya promedio –en un estado profundo de exclusión– es visto como un ignorante que “no quieren salir adelante” o un oportunista en performance. Discursos así se revelan, por ejemplo, cuando comunidades como Homún, Chablekal, Hopelchén, Kinchil o Chocholá se oponen a proyectos en sus territorios que nunca les fueron consultados.

Yalitza no es una historia de éxito, sino una historia de pérdidas: es la excepción a un contexto en el cual los indígenas continúan siendo limitados a tareas determinadas, así como a ser objetos de burla por su forma de hablar, costumbres, formas de entender la estética e incluso sus nombres. Desde su nacimiento, niñas y niños como YC están expuestos a muchas situaciones de discriminación, ya sea por su identidad o su origen maya. Por más que se pretenda minimizar o negar, el discurso racista y clasista está presente. Así lo identificó Yalitza en una entrevista reciente al contrastar su experiencia como espectadora con su posición actual como actriz: “Estás acostumbrada a ver en pantallas a personas que no se parecen a ti, hasta llegar al punto de considerar que eso no te pertenece”.

La única forma de empezar a curar este ciclo es confrontando ese indigenismo juarista, el cual es diariamente reforzado incluso por el sistema educativo –la historia del “indito” oaxaqueño que con esfuerzo llegó a ser Presidente. No convirtamos a Yalitza en la nueva Benito Juárez. Más bien tomemos su caso como una afortunada excepción, pero que no deja de ser eso: una excepción. La desigualdad estructural que somete a la población indígena, así como los discursos sobre los cuales se sostiene, persiste hasta hoy. YC es una de miles que tendrá que enfrentarse a ese escenario, aunque ella aún no sea consciente de ello.

Por supuesto que nada de lo que he dicho en estas líneas tiene la intención de ser una crítica a Yalitza Aparicio o menguar su gran desempeño. Si bien éste no es un análisis cinematográfico, considero que su actuación bien merece la nominación recibida. Mi objetivo no es negar la importancia de la capacidad de agencia de las personas, sino recordar lo que desgraciadamente pareciera no ser aún obvio: que el esfuerzo personal no es suficiente. Sobre todo ante situaciones de discriminación histórica. Como aparejada aclaración, también es evidente que mis comentarios son tan solo las breves reflexiones que un no-indígena propone a otros no-indígenas, con toda la honestidad y sobre todo los sesgos insalvables que eso implica.

 

@kalycho

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