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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
Para eso es la memoria
Las víctimas de la Guerra Sucia no son “víctimas del pasado”. Son víctimas del presente. Cada día se actualizan las omisiones del Estado frente a sus deberes de garantizarles verdad, justicia y reparación.
Por Carlos Escoffié
18 de febrero, 2019
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La semana pasada convergieron cinco eventos relacionados con la Guerra Sucia, un período de la historia mexicana que hoy día es desconocido por un gran sector de la población (por sorprendente y preocupante que esto sea). Cada uno de ellos apela a distintos elementos de la memoria ante graves violaciones a derechos humanos: las víctimas, sus familiares, la sociedad en general, las instituciones y las representaciones artísticas. En este espacio quisiera referirme brevemente a ellos porque son también pistas para comprender la barahúnda que vivimos actualmente. Al final del día, las respuestas que buscamos en nuestro pasado atienden siempre a necesidades del presente.

Las víctimas

El 14 de febrero se celebraron 45 años del asesinato de Efraín Calderón Lara, conocido como “El Charras”, estudiante de Derecho en la Universidad Autónoma de Yucatán y activista de los derechos sindicales. Fue víctima de agentes estatales en Mérida durante el contexto de la Guerra Sucia. Hasta la fecha no se ha esclarecido quién o quiénes fueron los autores intelectuales. Algunas voces han apuntado al entonces Gobernador Carlos Loret de Mola, otras a órdenes directas del entonces presidente Luis Echeverría. Algunas otras aseguran un trabajo en conjunto. Como cada año, amistades y familiares de “El Charras” realizaron homenajes en su memoria.

Los familiares de las víctimas

El pasado 12 de febrero, la Cámara de Diputados entregó la Medalla al Mérito Cívico “Eduardo Neri” a Rosario Ibarra –presea que fue recibida por su hija en representación-. Si bien es indudable que las Abuelas de la Plaza de Mayo bien merecen el reconocimiento internacional que poseen, extraña que en México pocos conozcan el trabajo que ha realizado el Comité Eureka, fundado por Rosario Ibarra. Al igual que su homólogo argentino, la agrupación surge a partir de la súbita búsqueda de familiares desaparecidos durante los años 60, 70 y 80.

Rosario Ibarra y compañía han logrado encontrar al menos a 148 desaparecidos de la Guerra Sucia, así como en su momento lograron la liberación de 1,500 presos políticos y el regreso a México de 57 exiliados. Además, el Comité Eureka fundó hace unos años el Museo Casa de la Memoria Indómita en el Centro Histórico de la Ciudad de México, sobre la Calle Regina 66. Sin duda un destino indispensable en la capital federal.

La sociedad en general

En octubre de 2018, tres organizaciones de derechos humanos -el Centro de Derechos Humanos “Miguel Agustín Pro Juárez”, Artículo 19 y el Equipo Indignación- y un servidor presentamos una demanda de amparo en contra de la Secretaría de Educación Pública (SEP) por no incluir en los programas de estudios la enseñanza de las graves violaciones a derechos humanos cometidas durante la Guerra Sucia. En otros países como Alemania, Argentina y Chile, la enseñanza de hechos de esta naturaleza ha sido entendida como un mecanismo para generar consciencia y prevenir que situaciones similares se repitan a futuro.

A finales del mes pasado, se nos notificó que el Juzgado Séptimo de Distrito en Materia Administrativa en la Ciudad de México sobreseyó el juicio–es decir, decidió no estudiar el fondo de la demanda-. En consecuencia, el pasado 14 de febrero presentamos un recurso de revisión, abriendo una segunda y última oportunidad para que la Justicia Federal garantice el derecho a la verdad de la sociedad mexicana. El asunto será resuelto por un Tribunal Colegiado de Circuito. O en su caso, la Suprema Corte de Justicia de la Nación si ejerce su facultad de atracción.

Las instituciones

Como es ampliamente conocido, la semana pasada se celebraron en el Senado audiencias públicas para debatir la propuesta de reforma constitucional que busca crear la mal llamada Guardia Nacional. El ejercicio se realizó en formato de “parlamento abierto”, con el objetivo de escuchar las opiniones de académicos, especialistas y miembros de la sociedad civil.

¿Por qué menciono esto? En el año 2000 tuvimos una transición electoral, pero no una institucional. Las prácticas, discursos y lógicas que toleran, protegen e incluso niegan las violaciones a derechos humanos por parte de las Fuerzas Armadas llevan décadas de normalización. En lugar de transitar a un modelo en el cual se refuerce a las policías federales y estatales, así como fiscalías y operadores de justicia –como ocurrió en otros países de América Latina-, prevaleció la tesis de que la violencia debía ser atacada con violencia y no con una institucionalidad sólida e independiente.

Desde la campaña hasta las primeras semanas del actual Gobierno Federal, el discurso de justicia transicional había ocupado un espacio inédito en el discurso presidencial. No solo se planteaba atender las violaciones ocurridas en el marco de la actual “guerra contra el narcotráfico”, sino incluso las deudas históricas con períodos como la Guerra Sucia. Sin embargo, la insistencia en crear una Guardia Nacional con mando militar no solo contradice esas promesas, sino que ignora que uno de los puntos en común que conectan las violaciones de hace 50 años con las actuales es, precisamente, el papel de las Fuerzas Armadas en un Estado que se dice tener vocación democrática.

Las representaciones artísticas

Por último, me es inevitable no hacer mención especial al premio BAFTA a Mejor Película que recibió la embriagada de ovaciones “Roma”. Traigo este punto a colación por un detalle poco retomado en el río de tinta que se ha generado en honor a la cinta: probablemente sea el primer largometraje que recrea la Masacre del Jueves de Corpus de 1971, mejor conocida como el “Halconazo”. Se trata de uno de los muchos casos de graves violaciones a derechos humanos cometidas desde el Estado, en una época en la cual se había decretado el uso de las Fuerzas Armadas para mantener el orden civil. Hasta la fecha, Luis Echeverría y otros personajes continúan impunes por éste y otros crímenes.

A través de estos cinco eventos, a primera vista aislados, la semana pasada ofreció insumos para algunas reflexiones que quiebran la prevaleciente dicotomía pasado-presente. Por un lado, nos permiten recordar que las víctimas de la Guerra Sucia (como Rosario Ibarra o los familiares de “El Charras” y de las víctimas del Halconazo) no son “víctimas del pasado”. Son víctimas del presente. Cada día se actualizan las omisiones del Estado frente a sus deberes de garantizarles verdad, justicia y reparación.

De igual forma, el Estado Mexicano tiene el deber de garantizar el derecho a la verdad de toda la sociedad en general. Eso incluye el garantizar que los hechos se conozcan –entre otros, a través de los planes de estudio obligatorios de la SEP- para crear una cultura reflexiva que ayude a las nuevas generaciones entender qué de nuestro presente encuentra su raíz en las deudas que permanecen pendientes desde la Guerra Sucia.

Por último, entender la Guerra Sucia como un elemento del presente –en tanto aún urgente, en tanto aún vivo, en tanto aún ligado a los derechos y los sufrimientos de personas con las que compartimos espacios incluso sin saberlo– ofrece mayores elementos para comprender los tiempos que vivimos. Por ejemplo, nos otorga razones reforzadas para afirmar que la militarización no es la opción para garantizar la paz en el país: las pruebas de que una Guardia Nacional con mando militar no es una alternativa real se remiten no solo a los últimos 12 años, sino a los últimos 50.

No faltará quien apunte que no es posible vivir atrapados en el pasado. Pero resulta igual de invivible estar atrapado en el presente. Reconociendo la imposibilidad de ambos extremos, pugno por una concepción del tiempo más elástica y multidimensional. La memoria no es el pasado, sino el puente por el cual el presente adquiere una identidad y un sentido. Creo que estos momentos penetrantes y acelerados requieren más que nunca entender los retos en materia de seguridad, militarización e impunidad como rezagos que no tienen su origen únicamente en diciembre del 2006, sino desde la Guerra Sucia. Al final del día, para eso es la memoria.

 

@kalycho

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