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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
Rulfo en tiempos de la 4T
Las transformaciones, para serlo, no pueden ser autocomplacientes y autoreferenciales. Mucho menos pueden adoptar las prácticas y lógicas del régimen al que dicen haber desheredado.
Por Carlos Escoffié
31 de julio, 2019
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Una de mis metas de este verano fue reencontrarme con El llano en llamas. Cumplida la misión, lo confirmo: cuando deje de ser necesario, podremos omitir toda relectura a Juan Rulfo. Hasta entonces, siempre hay razones para volver a su compacta y profunda obra literaria. Y en tiempos de la 4T, las posibilidades para su análisis se extienden.

El universo rulfiano es, entre muchas otras cosas, un lamento hacia la insuficiencia del derecho para transformar la realidad. Diversos pasajes de El llano en llamas nos trasladan a un purgatorio en el que la transformación ha ocurrido, pero el horizonte continúa siendo tan árido como siempre. La revolución y la reforma agraria pasan de ser manifiestos transgresores a ecos apenas perceptibles a la distancia.

En “El día del derrumbe”, por ejemplo, Rulfo transcribe el mortal desastre que marcó la memoria de algún pueblo, cuyo nombre no es ni siquiera recordado por el narrador mismo. Es entonces cuando reciben la visita del Gobernador. O al menos algo que comenzó como una visita oficial para el recuento de daños y se convirtió en una fiesta en honor al funcionario, como si su sola presencia fuese ya la solución a las urgencias más sórdidas de la comunidad.

Todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado. La cuestión está en que al menos venga a ver lo que sucede, y no que se esté allá metido en su casa, nomás dando órdenes”.

El discurso del funcionario no fue sobre el derrumbe. O bien, habló del derrumbe siempre y cuando éste le ayudase a demostrar que él, el Gobernador, estaba ahí, en persona. Como si la máxima promesa revolucionaria fuese su presencia el día del derrumbe.

Ante esta tierra que visité como anónimo compañero de un candidato a la Presidencia, cooperador omnímodo de un hombre representativo, cuya honradez no ha estado nunca desligada del contexto de sus manifestaciones políticas y que sí, en cambio, es firme glose de principios democráticos en el supremo vínculo de unión con el pueblo, aunado a la austeridad de que ha dado muestras la síntesis evidente de idealismo revolucionario nunca hasta ahora pleno de realizaciones y de certidumbre”.

El discurso del Gobernador rompe con el relato porque parece no pertenecerle. El ejecutivo se nos presenta perdido en su propia burbuja, incapaz de darse cuenta de que lo ocurrido ahí es que hubo un derrumbe. Que las casas se derrumbaron “haciendo muecas”. Que la gente “salía de los escombros toda aterrorizada corriendo derecho a la iglesia dando gritos”. Que la revolución ya había sido, y también la campaña, y que él era el Gobernador, y que lo que ocurría no se trataba de él sino del derrumbe, las casas enterradas en sus propias facciones y la gente que pudo salir y la que no.

Esa abstracción de la realidad –entre el discurso triunfalista de “los buenos” en contraposición de lo que la hacen y no hacen “los buenos” con la victoria conquistada- puede verse también en “Nos dieron la tierra”, también de El llano en llamas.

-Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.

-Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra”.

A través de otros cuentos como “Luvina”, Rulfo nos lleva a conocer lo que ocurre en la vida de los pueblos cuando nada ocurre en el gobierno. Cuando las transiciones se conquistan pero son inmediatamente hipnotizadas en sus propios cantos sobre la hazaña de David contra Goliat, la vida se convierte en una puesta en escena de “El día del derrumbe”.

Las transformaciones, para serlo, no pueden ser autocomplacientes y autoreferenciales. Mucho menos pueden adoptar las prácticas y lógicas del régimen al que dicen haber desheredado. Resulta por demás indolente dinámica de predicar hasta el cansancio que lo mismo es distinto, con la esperanza de que de tanto repetirlo tenga sentido.

Pocas personas saben que se está realizando actualmente una consulta a distintas poblaciones indígenas para conocer su opinión y voluntad sobre la iniciativa de reformas al artículo 2 de la Constitución Federal, en el cual se encuentran plasmados los derechos de los pueblos indígenas. En las comunidades tampoco se sabe. La poca gente de comunidades que sí se ha enterado reporta que para las sesiones realizadas se convocaron únicamente a comisarios. Reporta que la mayoría de la gente que va no sabía de qué trata el artículo 2 constitucional. Reporta que una mayoría aún más notoria desconocía de qué trata la iniciativa de reforma constitucional y sus implicaciones. Reporta que muchos desconocían que las sesiones convocadas son para una consulta indígena. Reporta que las sesiones iniciaron con actas del día ya redactadas casi en su totalidad. Reporta que en las sesiones todas las personas pudieron hablar y expresarse, pero que prácticamente nada quedaba en las actas que se leían al final. Reporta que el público asistente levantó la mano cuando les preguntaron, sin que quedase claro qué se estaba votando. Reporta que la gente salió con más dudas que respuestas. Reporta que con esas jornadas tan rulfianas se dio por consultadas a las comunidades de la zona, y así se fueron a la siguiente.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo”, se lee en “Es que somos muy pobres”, también de El llano en llamas. La esperanza es un insumo escaso en este país. Quienes se hacen dignos de recibir ese preciado motor social no pueden desperdiciar esa esperanza apostada en justificaciones sobre por qué hacer lo mismo es hacer las cosas de manera distinta, o por qué la presencia de los que llegaron es más que suficiente para apaciguar las tragedias de este país. No funciona ni en la antología del escritor de Sayula, ni en los procesos de consulta indígena.

“Con esas consultas quién sabe qué va a pasar con este país”, me decía una persona al contarme su experiencia como asistente a las sesiones de consulta. Como en el mundo de Rulfo, los destinatarios de la transformación, solos como siempre se han visto, no tienen más opción que apostar por lo asible. Como la vida de un becerro, por ejemplo.

@kalycho

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