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Hojas en el cenicero
Por Carlos Escoffié
Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos d... Carlos Luis Escoffié Duarte es miembro investigador del Centro de Estudios de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Yucatán. Litigante independiente en colaboración con distintas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Techo México y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes. Trabajo temas de derecho a la vivienda, derecho a la verdad e igualdad y no discriminación. Iba a ser escritor de ciencia ficción pero me lastimé la rodilla. Twitter: @kalycho. (Leer más)
Un producto llamado 4T
A pesar de que se presentan como esfuerzos esperanzadores para el desarrollo, los megaproyectos de la 4T amenazan al medio ambiente y a los pueblos indígenas como ocurría en otros sexenios.
Por Carlos Escoffié
13 de enero, 2020
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A finales de 2018, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) denunció que muchos productos etiquetados con la palabra “zero” no necesariamente estaban libres de azúcar. Uno puede imaginarse la respuesta casi automática del equipo jurídico de las empresas: “en ningún lugar dice que es un producto sin azúcar”. Pero incluso en ingenuidad es evidente la premeditación de esta práctica, la cual se ha extendido desde que en 2006 la Coca-Cola Company acuñó el término en uno de sus más famosos y controversiales productos. A partir de entonces, la insignia “zero” ha permitido a muchas marcas capitalizar sus propios puntos de crítica: si el consumo de la Coca-Cola normal era mediáticamente señalado como un riesgo para la salud, la empresa debía crear sus propios contra-productos (la Coca Light, la Coca-Cola Zero y la Coca-Cola Life) para “competir” con su propia bebida. Así, la relación entre la etiqueta “zero” y la idea de “sin azúcar/saludable” se fraguaría con el tiempo entre la población, permitiendo que otros productos se presentasen como alternativas a sí mismos sin que los consumidores advirtiesen que en realidad estaban adquiriendo exactamente aquello que buscaban evadir.

No creo exagerado afirmar que el éxito de la llamada “Cuarta Transformación” (4T) se debe en gran medida a una voluntaria o involuntaria maximización de la estrategia “zero”: ofrecer como cura el mismo mal que se pretende erradicar. Al menos así sucede, por ejemplo, con las políticas de despojo y de megaproyectos que se encuentra implementando a lo largo del territorio nacional.

El actual sexenio anuncia el “fin del período neoliberal” y la “separación del poder político del poder económico” –ambos por decreto oral– al mismo tiempo que impone lo que podríamos llamar megaproyectos “zero”: a pesar de que se presentan como esfuerzos esperanzadores para el desarrollo, amenazan al medio ambiente y a los pueblos indígenas como ocurría en otros sexenios. Reumatismo presentado como cortisona. Despojo vendido como indigenismo juarista. Tren Maya impuesto como cura para el despojo, la deforestación, la especulación inmobiliaria y el libertinaje industrial que amenazan ya la supervivencia ecológica de la Península de Yucatán y de la Selva Maya en general. Lejos de retar el modelo extractivista en el país, la 4T permite su máxima expresión porque se presenta como su remedio.

Pero esta aparente contradicción –tanto discursiva como operativa– no se debe a una falla en el sistema. Más bien forma parte de una ambigüedad general que ha permitido una inverosímil suma de apoyos a la actual administración. Si seguimos sin saber hacia a dónde se dirige este gobierno es porque esa incertidumbre es elemental para su funcionamiento.

Siguiendo con las analogías comerciales: Paul B. Preciado señala en un artículo publicado en el periódico francés Libération (26/10/2013) que uno de los factores detrás del éxito de la aplicación Candy Crush es dirigirse “a un jugador genérico despojado de su defensas sociales”, así como “la falta de contenidos culturales específicos que puedan suscitar adhesión o rechazo”. No es exagerado cuestionar si el actual sexenio no está capitalizando esas mismas virtudes –insisto, así sea inconscientemente–. Si algo ha caracterizado hasta ahora a la 4T es su capacidad para manejar un discurso tan contradictorio como efectivo: un progresismo conservador, un evangelismo LGBT, un indigenismo de megaproyectos, un ambientalismo petrolero, una política de desregularización de drogas que estigmatiza al consumidor, un anticapacitismo con el mismo discurso asistencialista del Teletón, un feminismo contra las mujeres, un libre tránsito que expulsa a las personas migrantes, un Estado de Bienestar que recorta presupuesto a la educación y a la salud, entre tantos otros oximorones políticos.

Además de tener un target tan genérico como imposible, la 4T también ha sabido conglomerar a su oposición bajo el igualmente ambiguo mote de “conservadores” –en clara alusión a las pugnas políticas entre liberales/conservadores que marcaron el Siglo XIX en México–. En esa categoría de disidencia sin rostro, el oficialismo incluye por igual a sectores de la Iglesia Católica, a los partidos tradicionales (PRI, PAN y PRD), al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a colectivos feministas, a medios de comunicación, a organizaciones de derechos humanos, a activistas, a defensores de la tierra y el territorio, a investigadores enfocados en la lucha ambiental, a ejidos, a grupos empresariales, al movimiento de Javier Sicilia, a colectivos exigiendo mayor presupuesto para las personas con discapacidad, a asociaciones de médicos, a articulistas tanto de izquierda como de derecha, entre otros. En la 4T todas y todos podemos perfectamente encajar en el perfil tanto del público objetivo como de la “oposición conservadora”.

Lejos de una “polarización del país”, como suele asegurarse en muchos espacios, la 4T ha optado por una homogenización de la oposición, poniendo en el mismo saco a la derecha con argumentos racistas, misóginos, homofóbicos, xenófobos y capacitistas que a grupos de académicos y de activistas que cuestionan sus estrategia de seguridad o las medidas que han obstaculizado el acceso a la salud. Frente a este gobierno de las generalidades vacías, una oposición igual de genérica y ambigua no solo no logrará un cambio de producto, sino que terminará sirviendo a la estrategia comercial que hasta ahora le ha funcionado.

Por supuesto que en este primer año de gobierno ha habido medidas y decisiones que deben destacarse. Sí, pero eso debe en gran medida a que el diseño discursivo de la 4T permite que hasta los sectores más antagónicos sientan que “al menos algo” se está alcanzando o manteniendo, a pesar del precio que eso incluye. El corto circuito entre las mil y un personalidades de la 4T demuestra que hoy más que nunca debe apostarse por la construcción de alternativas a partir de proyectos políticos, no de candidaturas. En mi opinión personal, considero que esas alternativas pendientes además deben diferenciarse de aquellas oposiciones que únicamente se vinculan a ciertas luchas cuando ven sus propios intereses en riesgo. Deben optarse por la reconstrucción del tejido y la recuperación de espacios –tanto físicos como simbólicos– comunes e inclusivos. Es decir, aquello que tanto prometió la actual administración con el elefante blanco del Proceso de Pacificación Nacional, cuyo mayor avance hasta ahora ha sido figurar en el Plan Nacional de Desarrollo.

Mi objetivo con estas líneas no es abonar a la ola de artículos obsesionados con la figura presidencial, los cuales han invertido bloques de tinta para proferirle adjetivos y sarcasmos fáciles en lugar de analizar los pormenores de las decisiones institucionales o de las deudas pendientes. Pero consideré oportuno abordar la imposibilidad de continuar con esa apolitización general frente a un gobierno de generalidades. Y sobre todo, advertir que su llegada no puede explicarse si no es por una ausencia permanente en las posibilidades políticas para reformular el Estado mexicano. Una ausencia que será necesaria atender independientemente de lo que ocurra en los próximos cinco años. Más allá de lo que cada quien pueda considerar una alternativa indicada, algo resulta claro: en tiempos de la 4T no basta ser oposición en abstracto para que exista realmente un contra-producto al etiquetado “zero”.

@kalycho

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