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Gastarse todo para no dejar nada
Es una práctica muy común en la gran mayoría de los gobiernos del mundo, sin importar la región ni los niveles, que al final de un ejercicio fiscal, se gasten todo el dinero que el presupuesto les da. Es decir, nadie devuelve ni un peso de su presupuesto al cierre del año. Y lo mismo pasa con las empresas y otro tipo de organizaciones donde hay muchas manos encargadas de gastar el presupuesto.
Por Inteligencia Pública
17 de julio, 2014
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Por: Tamón Takahashi-Iturriaga (@halconsiete)

Ahora que en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) están calentando la maquinaria para preparar el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación para el ejercicio fiscal 2015, bien vale la pena hacer algunas reflexiones sobre el gasto público en general y sobre el gasto público en México en particular. Por ejemplo, podemos hablar sobre algunas prácticas que generan ineficiencias en el ejercicio de los recursos públicos.

Es una práctica muy común en la gran mayoría de los gobiernos del mundo, sin importar la región ni los niveles –supranacionales, nacionales, subnacionales o locales y municipales- que al final de un ejercicio fiscal, se gasten todo el dinero que el presupuesto les da. Es decir, nadie devuelve ni un peso [o ponga aquí su moneda favorita] de su presupuesto al cierre del año. Y lo mismo pasa con las empresas y otro tipo de organizaciones donde hay muchas manos encargadas de gastar el presupuesto.

Esta práctica es ineficiente. Y es ineficiente porque al gastar un alto porcentaje de tu presupuesto asignado en, digamos, el último trimestre del año (y a veces es en las últimas semanas, días y horas del año… o hasta en las primeras horas, días y semanas del año siguiente, pero con cargo al anterior), provoca gastos innecesarios o cuyos efectos en el bienestar de la población no son tan grandes como deberían serlo, si no se gastarán de prisa y corriendo.

Por ejemplo, el Gobierno Federal, al cierre del Tercer Trimestre de 2013 había gastado 2.9 billones de pesos (SHCP, Informe Trimestral Sobre la Situación Económica, las Finanzas Públicas y la Deuda Pública, Tercer Trimestre de 2013, II. Informe sobre las Finanzas Públicas, p. 51). Al final del Cuarto Trimestre, es decir al acabar el año y cerrarse el Presupuesto, el monto total gastado por el Gobierno fue de 4.2 billones de pesos (SHCP, Informe Trimestral Sobre la Situación Económica, las Finanzas Públicas y la Deuda Pública, Cuarto Trimestre de 2013, II. Informe sobre las Finanzas Públicas, p. 52). Esto es 1.3 billones de pesos más. En otras palabras, en un solo trimestre, el Gobierno Federal gastó el 45 por ciento de lo gastado en los primeros tres trimestres. O, lo que es lo mismo, el gasto del Cuarto Trimestre de 2013 representó más del 31 por ciento del gasto total de la Federación en ese año.

Evidentemente, gastar un porcentaje tan alto del presupuesto en un periodo tan reducido implica que el valor que tiene el dinero del presupuesto no alcance su máximo nivel. Es decir, se termina gastando todo el dinero del presupuesto sin que se haya podido exprimir al máximo hasta el último peso del mismo. Esto sucede porque por la premura, los criterios que se siguen para determinar esos gastos, y más si dicho gasto implica ingresos adicionales, son varios. Y por lo mismo, la eficiencia en el gasto –que es la que aumenta el valor del dinero del presupuesto– puede que no sea uno de ellos. O al menos no el más relevante.

La lógica de los ejecutores del gasto es otra.

No obstante, esta práctica ineficiente no necesariamente se genera porque el Gobierno –o los ejecutores del gasto- tengan como objetivo gastar mal o en cosas que no deben. La cuestión no se puede analizar tan en blanco y negro.

En mi opinión, esta práctica de gastarse todo para no dejar nada al final del año se genera por los incentivos que tienen los ejecutores del gasto y la autoridad hacendaria central. Y estos incentivos están establecidos en las reglas del presupuesto y de su gasto. Y los operadores del gasto, como agentes económicos racionales que son, deciden su forma de gastar con base en esas reglas y respondiendo a los incentivos que tienen.

En este sentido, podría pensarse que para erradicar esta mala práctica, pues sólo tendrían que cambiarse esos incentivos y alinearlos de forma correcta. No es tan sencillo. Para empezar, hay que tener claro lo siguiente: ¿Cuáles son los factores que generan esos incentivos tan mal alineados que generan una práctica ineficiente, pero crónica y generalizada en los sistemas presupuestarios de muy diversas organizaciones y gobiernos? Una vez conocidos estos factores, habría que analizar si pueden modificarse y, en caso de hacerlo, si no sale peor el remedio que la enfermedad.

La discusión puede ser muy amplia. En este momento, por tanto, solo enuncio muy brevemente cuáles son los factores que generan estos incentivos, los cuales afectan la eficiencia del gasto. Son principalmente tres:

Primero, el principio de anualidad del Presupuesto. Si la regla establece que el Presupuesto es anual (o bianual, es igual) y que al final del ejercicio fiscal todos los remanentes deben devolverse a la Tesorería o su equivalente, entonces, todo el trabajo y esfuerzo que los ejecutores del gasto hayan llevado a cabo para generar ahorros en su presupuesto debido a que fueron muy eficientes vale de muy poco… o de nada. No hay premio. Devuelves lo ahorrado y punto y se acabó.

Segundo, si gastas menos de lo que te dieron, entonces no necesitabas tanto. La simple idea de hacer ver a la autoridad hacendaria que has recibido más dinero del que en realidad necesitabas gastar aterra a cualquier operador del presupuesto. Porque puede hacer patente que no necesitas tanto y, como necesidades hay muchas, pues el siguiente año se te quita a ti lo que te sobra, y se le da a otro. Y a ver quien se queda tranquilo con eso.

Y, tercero, si no te gastas todo lo que te dieron es que no sabes hacer tu trabajo. La noción extendida que establece que un buen gestor es el que es capaz de cumplir todas sus metas ocupando todo su presupuesto genera la impresión al ejecutor del gasto que de no hacerlo, aunque sea por haber sido eficiente y por tanto mejor gestor, está siendo ineficaz e incapaz de hacer bien su trabajo. Además, si consideramos que mientras más presupuesto tienes asignado, pesas más y eres más importante, pues si no te lo gastas, es que no das el ancho. Y luego, si existen sanciones por ello –el caso del satanizado subejercicio, por ejemplo– pues es peor.

En conclusión, si miramos las reglas presupuestarias y los incentivos que generan a los ejecutores del gasto, se podrían tener mejoras en la calidad del gasto. Sin embargo, no es una tarea sencilla ni trivial. Es posible que algunas modificaciones bien intencionadas puedan generar efectos aún más negativos que lo que se quiso evitar. Por ejemplo, hace tiempo en Holanda se permitió a las Agencias Estatales quedarse con sus remanentes. Pocos años después, algunas de ellas tenían más dinero acumulado por esos ahorros que el que se les asignaba anualmente.

De tal forma, es bueno comenzar a ver porqué pasan algunas cosas vinculadas al gasto. Pero hay que hacerlo con claridad y tratando de ir a la raíz de los comportamientos observados. Y ser muy cuidadosos a la hora de emitir juicios, recomendaciones y sentencias al respecto.

No nos vaya a salir el tiro por la culata… y la liemos.

 

 

* Tamón Takahashi-Iturriaga Investigador invitado de Inteligencia Pública

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