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Incidir desde la sociedad civil
Es necesario que desde la sociedad civil nos cuestionemos de igual forma sobre lo que estamos haciendo por prevenir y erradicar la violencia de género, no sólo a partir del objeto de fomento de la organización de la cual formamos parte (esté o no relacionado con la igualdad o la perspectiva de género).
Por Ana Arroyo Gámez
24 de junio, 2021
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“El buen juez por su casa empieza”, dice mi mamá cuando comienza a hablar sobre algún tema que revolotea sobre lo moral o lo ético. La última vez que la escuché decir esto mis pensamientos se fueron no sólo hacia el ámbito de lo familiar, sino a lo laboral. Analizar cómo esas pequeñas o amplias comunidades, de las cuales formamos parte y en las cuales nos desenvolvemos profesionalmente, se configuran y se conducen día a día es un ejercicio no sólo necesario, sino introspectivo y proyectivo.

Mi generación, o a la cual dicen que pertenezco (Y), nos hemos caracterizado como un grupo que ha encontrado el -tan deseado- desarrollo profesional dentro de las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) e incluso, conozco a quienes se han aventurado a fundar una propia; y aunque este análisis se podría aplicar a otros contextos laborales, hablo de las OSC como ese espacio que se construye en la ambivalencia de la ciudadanía y la institucionalidad gubernamental, tirándole a la gobernanza y anhelando la corresponsabilidad gubernamental y social en distintos y variados temas.

Profesionalmente he trabajado en la sociedad civil casi toda mi vida laboral. Ha sido una experiencia enriquecedora que me ha llevado a pensar e intentar dotar de sentido sobre lo que significa ser parte de ésta; de esa ciudadanía que identifica, propone y no quita el dedo del renglón. Entonces, la idea de este texto es potenciar los alcances de esa pertenencia y reflexionar sobre tres elementos que, hasta ahora, me han significado bastante.

El primero de ellos es que las OSC, como cualquier otra organización social, no pueden escapar de los mecanismos de reproducción social, es decir, reproducimos prácticas culturales, ideas, comportamientos en una escala diferente, de lo macrosocial a lo microsocial. Segundo, y relacionado con el primero, esa reproducción social -sistemática- nos exige pensar en la posibilidad de que, al interior de esos espacios, configurados como laborales, se reproducen relaciones de poder, estereotipos o roles de género que deben ser visibilizados y erradicados. Y tercero, por supuesto, es que esa condición productora y reproductora nos exige ser jueces y juezas que por su casa empiezan y actúan.

En México, de acuerdo con el Registro Federal de las Organizaciones de la Sociedad Civil, el último dato obtenido en marzo de 2021 muestra la existencia de 43,252 OSC inscritas en dicho registro; de éstas, casi ninguna tiene un solo objetivo de creación 1, pero destaca que el objeto de fomento mayormente señalado es el de la “Promoción y fomento educativo, cultural, artístico, científico y tecnológico” (44%), seguido por el de la “asistencia social” (35.5%), la “Cooperación para el desarrollo comunitario en el entorno urbano o rural” (28.7%) y el “Apoyo para el desarrollo de los pueblos y comunidades indígenas” (27.4%).

De esta estadística, es interesante observar que las OSC en el país tienden a señalar como parte de sus objetos de creación la incidencia en temas que tocan la desigualdad en algún ámbito en particular (educación, asistencia social, desarrollo comunitario, desarrollo de los pueblos indígenas). No obstante, solo 20.6% de las OSC registradas identifican como uno de sus objetos de fomento la “promoción de la equidad de género” y de éstas, solo 0.97% reconocen este objetivo como único de su consolidación. Esta precisión es interesante en dos vertientes: la primera es que el entendimiento de la desigualdad debe estar, ineludiblemente, atravesado por un análisis de las relaciones de poder y éstas, y a su vez, por el orden de género. La segunda, es que fomentar actividades en cualquiera de estos rubros (o de los otros marcados en la Ley), con miras a hacer de nuestro país un lugar más que equitativo e igualitario, exige pensar y actuar desde la perspectiva de género.

Muchas veces, como parte de la sociedad civil hemos cuestionado y exigido que las instituciones gubernamentales cuenten con políticas públicas bien formuladas y con procesos de evaluación y monitoreo que nos permitan identificar si éstas funcionan o no. Está bien, esa es nuestra función: ‘coadyuvar con las autoridades competentes’. Esa tendencia se ha visto con mayor insistencia en los asuntos relacionados con la atención, la prevención y la erradicación de la violencia de género, por la evidente urgencia del tema; y es aquí por donde quiero conducir el análisis. No hay que perder de vista que la violencia de género se ataca desde distintos frentes y que las acciones gubernamentales no son la panacea que nos vendrá a rescatar.

Es necesario que desde la sociedad civil nos cuestionemos de igual forma sobre lo que estamos haciendo por prevenir y erradicar la violencia de género, no sólo a partir del objeto de fomento de la organización de la cual formamos parte (esté o no relacionado con la igualdad o la perspectiva de género) o de los mecanismos, análisis y acciones que promovemos, sino que a través de un análisis introspectivo sobre la cultura organizacional 2 de nuestro propio espacio laboral, debemos cuestionarnos qué estereotipos, roles y relaciones de poder estamos reproduciendo y cómo éstos se pueden erradicar. Desafortunadamente, existen OSC que hacia el exterior pugnan por la igualdad de género, pero en su interior persisten desigualdades invisibilizadas, relaciones de poder y barreras intangibles, es decir, microescalas de lo que al exterior deseamos erradicar.

Se trata entonces de tres líneas paralelas igual de importantes. Por supuesto, la primera de ellas es continuar con la labor esencial de una organización civil, utilizando los estímulos públicos o privados hacia la construcción de una sociedad más igualitaria en el ámbito que corresponda; la segunda línea se construye de acuerdo al análisis introspectivo sobre cómo nos relacionamos al interior de nuestra propia organización y qué tipo de relaciones de poder debemos comenzar a cuestionar, y la tercera, qué acciones estamos ejecutando para hacer de nuestras organizaciones espacios más igualitarios y libres de cualquier tipo de violencia.

Sobre la tercera línea deseo detenerme un poco más, ya que es ésta donde en realidad se sienta la propuesta del presente texto. ¿Cómo hacer de nuestras organizaciones espacios más igualitarios? ¿Quién está vigilando a las OSC para que sean espacios sin violencia de género? Desde mi perspectiva, no se trata de crear áreas específicas que requieran de recursos humanos y financieros adicionales (aunque hay organizaciones que sí lo han hecho), sino de diseñar protocolos, manuales, rutas de acción y redes interorganizacionales qué nos permitan identificar cómo proceder bajo ciertas circunstancias.

Pensemos en dos ejemplos aleatorios. El primero, una organización conformada exclusivamente por mujeres y, el segundo, otra cuyo objetivo de creación no se asuma o identifique, en ninguna dimensión, con la igualdad de género. En la primera suposición debemos resaltar el hecho de que la conformación sea sólo de mujeres no exime la posibilidad de que existan acciones o dinámicas que reproduzcan alguna relación de poder, rol o estereotipo. Una visión reduccionista del género o el esencialismo de lo femenino puede traer serias consecuencias para la organización. Asimismo, será necesario considerar la existencia de espacios de convivencia con otras y otros colegas o contrapartes, y que un protocolo para responder y actuar en caso de acoso, por ejemplo, resultaría bastante acertado.

En el segundo caso, asumir que una organización que no trabaja temas de género no está atravesada por el orden de género es invisibilizar el problema, lo cual, por definición ya es violento. En estos casos, propongo acudir con organizaciones aliadas que ayuden en ese análisis introspectivo sobre cómo se configuran las relaciones de poder al interior, y por supuesto, diseñar herramientas de atención y prevención. Aunque no todas las organizaciones tienen una intervención directa sobre temas de género, todas tenemos la oportunidad, desde el propio espectro de actuación, de contribuir con la igualdad de género y la erradicación de la violencia de género.

*Ana Arroyo Gámez es investigadora y consultora en @IntPublica.

 

 

 

1 Estipulados en el artículo 5 de la Ley Federal de fomento a las actividades realizadas por organizaciones de la sociedad civil, disponible aquí.

2 Las breves reflexiones que destaco aquí están basadas en la lectura y análisis de los planteamientos de Lidia Heller.

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