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Inter(sex)iones
Por DSyR CIDE
Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para refle... Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para reflexionar sobre los diferentes puntos de conexión que existen entre el derecho, el género, la sexualidad y la reproducción. (Leer más)
Alepo: irresponsable no proteger
Aunque tengamos nuestros propios gravísimos problemas, la sociedad civil mexicana tampoco debe guardar silencio ante lo que está pasando en Siria.
Por DSyR CIDE
15 de diciembre, 2016
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Por: Jimena Suárez Ibarrola

Siempre he pensando que, como otras pocas personas en este mundo, he tenido privilegios inmerecidos. Pasé más de la mitad de mi vida en diferentes países. De hecho crecí en un país europeo, en donde la regla era la diversidad. En ese entonces, la popularidad de una derecha racista y fascista se encontraba por los suelos y el socialismo aún no era extremista, sino una política que tenía sentido.

Por suerte, desde ese país de Europa Central, era más fácil y barato viajar a países del Medio Oriente. Viniendo de una madre y de un padre que valoran los viajes, la cultura y el aprendizaje como únicos lujos que deben proporcionar los frutos del trabajo, era cotidiano escaparse a uno de esos lugares apasionantes, donde la religión preponderante es el Islam, en sus diferentes variantes. Así, uno de los privilegios inmerecidos que viví fue visitar lugares poco transitados por el turismo, como el sur de Líbano, donde pude hablar con las y los sobrevivientes de la guerra con Israel en el 2006 y viajar por la Siria preconflicto armado. Mi madre, aventurera de corazón, una noche se acercó a decirme: “me voy con el Women’s Guild (UNWG, por sus siglas en inglés, es un grupo de mujeres de las Naciones Unidas con programas focalizados en la atención de niñas, niños y mujeres en situación vulnerable) a recorrer Siria, y deberías de venir conmigo; Siria es fascinante”. No se diga más. Rápidamente me incluí en el programa, a los 17 años, sin conocer o saber mucho del trabajo de UNWG.

Así, junto con mi madre, un grupo pequeño de mujeres vinculadas a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y yo recorrimos y descubrimos algunos de los sitios más sorprendentes que he conocido en mi vida, descubriendo una población llena de vida y diversidad. Desde la visita a una Iglesia pequeña en un poblado desértico llamado Malula, en donde una joven nos recitó versos bíblicos en Arameo; fotografías frente al ahora destruido molino de Homs, Siria, en donde niños y niñas nos observaban con curiosidad; subir la ciudadela de Palmira, grabar la vista de ese lugar histórico y atravesar su arco sobre un camello; hasta las noches en Alepo, en pleno Ramadán (el noveno mes del calendario lunar islámico, durante el cual se observa un ayuno riguroso entre los practicantes del Islam), cuando las decenas de minaretes nos arrullaban por las noches con las plegarias: “Allahu Akbar” (Dios es grande).

En una tarde libre en Alepo, mi madre y yo recorrimos el antiguo mercado –incendiado casi en su totalidad durante una de las batallas entre rebeldes y el gobierno sirio en el 2012–, situado en el corazón de la ciudad, en la ciudadela amurallada: el Al-Madina Souq. Tratábamos de absorber e inhalar los colores de las prendas que exhibían artesanas de la localidad, y los olores de las especies que plagaban los pasillos de ese gran mercado. Esa misma tarde, perdidas por la fascinación de esa ciudad, mi madre y yo llegamos a una esquina solitaria en donde se encontraba una Madrasa (una escuela en donde se enseña sobre el Corán). Uno de los Maestros nos ofreció comprar un Corán que había sido elaborado y traducido al francés por el Imán de la Mezquita. En suma, Siria me cautivó.

Cuatro años después, en 2008 (poco antes de que explotara la guerra civil) tuve la oportunidad de regresar a Siria, y escuchar y observar reclamos sobre el control draconiano que ejercía el régimen de Assad para silenciar a la oposición. Ahora, años más tarde, y casi medio millón de muertes después, recorro las calles de Alepo en mis recuerdos, imaginándolas llenas de angustia y dolor.

Es difícil, y puede hasta parecer insensato distraer la atención y pensar, hablar y exigir acción sobre otra crisis humanitaria, estando en México. Nuestro país también atraviesa una crisis, algunos de los males que aquejan a Siria son una realidad conocida por ciertos sectores de la sociedad mexicana: desaparición forzada, tortura, el uso de las cárceles para silenciar a la oposición, pobreza, desplazamiento forzado, entre otros. Pero creo que la pasividad de la comunidad internacional ante cinco años de guerra civil siria amerita la discusión, porque esta pasividad ya la hemos visto (el genocidio en Rwanda es un ejemplo de ello, la reacción internacional llegó después de miles de muertes) y existe el riesgo de que se repita una y otra vez. Por ello, aunque tengamos nuestros propios gravísimos problemas, la sociedad civil mexicana tampoco debe guardar silencio sobre Siria.

Tres miembros de la ONU –Siria, Rusia e Irán– han dedicado recursos de sus respectivas naciones para intimidar, bombardear, y asesinar a los rebeldes y, colateralmente, a la población que alberga la parte Este de la ciudad de Alepo. Aunque han habido críticas y exigencias por parte de varios funcionarios a nivel internacional, muchas y muchos de ellos encargados de velar por los derechos humanos, la responsabilidad de proteger a los civiles que se encuentran en medio de esta puesta en escena del infierno en la tierra ha quedado sin significado: nada se ha hecho ni se ha podido hacer por las y los habitantes de Alepo (y del resto de Siria, algunas y algunos también sufriendo el terror del Estado Islámico). Mientras Siria y sus aliados se obstinan por retomar Alepo sin importar las muertes que ello implique, han dejado el campo libre en otros sitios. Como resultado, el Estado Islámico ha retomado la ciudad de Palmira –patrimonio de la humanidad–, dejando a su población con un destino incierto y poco esperanzador.

El principio de responsabilidad de proteger fue adoptado en el 2005 por la ONU e implica que los Estados tienen la responsabilidad primaria de proteger a sus ciudadanos contra los crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. De no cumplir los Estados con dicha responsabilidad, o no tener la capacidad de hacerlo, la responsabilidad es transferida a la comunidad internacional. Hasta ahora, la comunidad internacional ha observado de cerca y a distancia las atrocidades que han cometido Assad, las milicias cercanas a su régimen, y otros grupos armados (como el Estado Islámico), sin realmente proveer una protección efectiva para la población civil inmiscuida voluntaria e involuntariamente en esta guerra atroz. La responsabilidad de proteger solo puede ser efectuada por el Consejo de Seguridad de la ONU. Vaya ironía: Rusia, uno de los atacantes y provocadores de la tragedia de Alepo, es miembro permanente del Consejo.

Las últimas semanas de Alepo son un testimonio de la deshumanización que la guerra y la violencia son capaces de crear. En esta lucha por el poder y mando de una ciudad, mujeres y hombres, niñas y niños han perdido la vida por igual. Pero las mujeres ahora enfrentan el terror de la violencia sexual. Mientras Assad gana mayor control sobre Alepo, la violencia sexual se ha tornado un arma en contra de las mujeres que habitaban la zona rebelde, obligando a las mujeres a enfrentar una decisión que solo se puede comprender ante el terror que se describe: vivir y ser violadas o morir mediante el suicidio. Desgraciadamente, ser mujer en un conflicto armado también implica que el cuerpo se convierte en un campo de batalla más. Y seguimos observando. Precisamente porque las mujeres mexicanas sabemos lo que es vivir bajo el riesgo constante de la violencia sexual, tenemos que unir las voces y no permitir que la elección entre la vida bajo la violación sexual y el suicidio sea una opción legítima para las mujeres sirias.

De esta tragedia el mundo tardará en recuperarse; quedará en la historia como una de las omisiones de la comunidad internacional y, aunque parezca una tragedia lejana, pertenece a toda la humanidad. Sin embargo, como me dijo un hombre sabio algún día, las Naciones Unidas solamente encuentran sentido, funcionan y encuentran fuerza, cuando actúan así: unidas.

 

* Jimena Suárez Ibarrola obtuvo la Licenciatura en Derecho del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la Maestría en Derecho de la Universidad de California, Berkeley. Actualmente es Coordinadora del Proyecto de Investigación del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del Programa de Derecho a la Salud (@DSyR) del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

 

 

Por fortuna, ese mismo país decidió desechar hace algunos días la intolerancia y el odio que genera el discurso de la extrema derecha.

Para mayor información sobre los movimientos de oposición en el Medio Oriente, incluyendo a Siria, sugiero leer el siguiente, aunque, desgraciadamente, no he logrado encontrar su traducción al español: MacFarquhar, N. (2009). The media relations department of Hizbollah wishes you a happy birthday: Unexpected encounters in the changing Middle East. PublicAffairs.

Kareem Shaheen, Islamic State retakes historic city of Palmyra (Estado Islámico retoma ciudad histórica de Palmira ), The Guardian, 11 de diciembre de 2016, consultado el 15 de diciembre de 2016.

Redacción de Women In The World, Syrian Women Reportedly Chose Suicide Over Being Raped (Según se informa, las mujeres sirias prefirieron suicidarse a ser violadas ), The New York Times, 13 de diciembre de 2016, consultado el 14 de diciembre de 2016.

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