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Inter(sex)iones
Por DSyR CIDE
Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para refle... Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para reflexionar sobre los diferentes puntos de conexión que existen entre el derecho, el género, la sexualidad y la reproducción. (Leer más)
La ciencia según el Frente Nacional por la Familia
Si quisiéramos apelar a la biología para defender a la familia natural, tendríamos que despojarnos de ropa, mudarnos a la praderas africanas, vivir en grupos y tener interacciones sociosexuales que seguramente escandalizarían al propio Frente Nacional por la Familia.
Por DSyR CIDE
28 de septiembre, 2016
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Por: Siobhan Guerrero Mc Manus (@SiobhanFGM)

En días pasados el Frente Nacional por la Familia (FNF) ha movilizado numerosos “argumentos” que supuestamente apoyan sus planteamientos en torno a la naturalidad de la familia nuclear heterosexual. Esos “argumentos” abrevan tanto de un “sentido común” profundamente machista –al usar imágenes de dos tuercas o dos tornillos y señalar que así no funcionan– como de una lectura más bien sui generis tanto de la biología como de los propios planteamientos cristianos –una familia como la de Nazareth, ¿o sea una chica púber inseminada artificialmente por una paloma de origen divino?–. Muchos y muchas hemos reaccionado con una mezcla de burla, sorpresa e indignación ante tales “argumentos” y, si hasta ahora me había resistido a escribir una refutación, ello se debe a dos motivos.

Primero, por un lado me parece que los defensores a ultranza de ese modelo de familia no están realmente interesados en ninguna forma de debate y que recibirán este texto como un ejemplo más de eso que llaman “ideología de género”; es decir, un esfuerzo argumentativo como el que me dispongo a emprender caerá en oídos sordos y sólo convencerá a los ya convencidos. Esto lo digo porque, en un video anterior realizado junto a varios colegas de diversas universidades, la inmensa mayoría de las respuestas consistieron en afirmar la obviedad del conocimiento biológico –mientras se nos tachaba de pecadores– y en señalar que las universidades habían sido tomadas por un grupo perteneciente a ese “imperio gay” del cual mucho se ha hablado.

Peor todavía. Creo que una condición de posibilidad para reconciliar las distintas alteridades que convergen en un Estado multinacional como lo es México es precisamente la laicidad de ese mismo Estado y, aunado a ello, una educación que nos haga a todos conscientes de la importancia de consolidar un espacio público deliberativo y en el cual las discusiones se rijan por elementos públicamente accesibles como suelen serlo los argumentos y las evidencias científicas, y no por medio de discursos que implican la anulación del otro. Abdicar de ello es entregarnos a un espacio público regido por interacciones agonísticas en las cuales los grupos más fuertes simplemente avasallarán a los más débiles. Para muchos y muchas quizás estamos en el segundo escenario desde hace tiempo pero, si esto es el caso, ello se debe a la debilidad e inacción del Estado.

Sin embargo, el FNF justo ha embestido a estos elementos del Estado y ha cuestionado la legitimidad de construir dicho espacio bajo la tutela de la educación laica y científica y en la cual las minorías tengan voz. Creo yo que este punto representa un reto para todo esfuerzo que simplemente pretenda esclarecer qué es lo que realmente dice la biología, porque no bastará con contraargumentar sino que será menester abogar por la importancia de la laicidad, la educación y el respeto a las minorías.

Sea como fuere, la forma en la cual el FNF ha articulado su propio discurso merece un análisis detenido ya que no ha consistido simplemente en poner en entredicho al discurso científico y al discurso de los derechos. Por el contrario, en ambos casos el FNF ha intentado arroparse en ambos discursos. Ello se observa, por ejemplo, al invocar a una supuesta naturaleza humana en la cual el sexo tiene como única función a la reproducción o, como segundo ejemplo, cuando se defiende el “derecho” a educar a los hijos e hijas bajo discursos que promueven la exclusión y la discriminación.

En cierto sentido ello muestra el triunfo de las formaciones científicas y jurídicas como elementos hoy indispensables en todo ejercicio de construcción de un discurso, incluso si dichas formaciones se rescatan sólo al nivel de formas pero dejando de lado gran parte de su sustancia. Y es esto lo que me lleva a la segunda razón por la cual no había escrito hasta ahora un intento de refutación.

Tal razón tiene que ver con la forma en la cual han argumentado algunos académicos de la propia Facultad de Ciencias de la UNAM que han intentado contestar al FNF al señalar que éste simplemente no comprende la biología que cita. Pienso, por ejemplo, en la respuesta que Toño Lazcano diera al criticar la idea de diseño que estos grupos de ultraderecha toman como punto de inicio. O, como segundo ejemplo, el texto de Julio Muñoz donde señala que no estamos ante una controversia real porque el lado conservador no ha presentado ninguna evidencia o prueba que resista una revisión mínima.

Desde luego que estoy de acuerdo con ellos, pero creo que en ninguno de los dos casos se abordó uno de los problemas de fondo. A saber, que el FNF ha empleado el término “científico” o “biológico” para arropar sus “argumentos” como lo han venido haciendo los defensores de las “terapias reparativas” desde hace ya casi cuatro décadas (no en balde habían invitado a Richard Cohen, ferviente defensor de estas terapias, aunque al final dicha invitación se viera cancelada). En ambos casos hay un problema de fondo que tiene que ver con la poca comprensión que nuestras sociedades tienen acerca de cómo operan las ciencias y es que, para bien o para mal, muchos esfuerzos de divulgación la tratan como una suerte de procedimiento mágico e inescrutable que genera certezas –una caja negra que produce verdad–. Y estas certezas, al venir acompañadas del adjetivo “científico”, se vuelven ellas mismas indubitables.

Parar al FNF requiere hacernos conscientes de que los saberes científicos no son simples cajas negras que proveen de garantías sino que tienen procedimientos individuales, colectivos e institucionales que buscan construir a la objetividad como una intersubjetividad crítica y siempre revisable, y ese procedimiento tiene como condición de posibilidad la democratización de la ciencia y la inclusión de voces minoritarias que señalen los sesgos de las mayorías. Es decir, hay que abrir esta caja negra llamada ciencia, explicar cómo opera, para luego mostrar que el discurso del FNF es una caja vacía de todo contenido.

Y es que, diría yo, lo que le interesa a los miembros del FNF no es emular el aparato epistemológico de validación crítica que poseen las ciencias, sino únicamente sus efectos como garantes de confianza o credibilidad en tanto un ámbito de expertos supuestamente objetivos e infalibles. Todo esto con el afán de revestir sus afirmaciones con el halo de un discurso supuestamente objetivo, mesurado y respaldado por evidencias, pero sin asumir la obligación de remitirse a evidencias, argumentos, procedimientos intersubjetivamente validables, etc.

Por todo lo anterior lo que intentaré hacer en este ensayo serán dos puntos.

  1. Primero, revisar algunos de los ejes centrales de esa biología que el FNF dice invocar para ofrecer un contraargumento.
  2. Y, segundo, argumentar que, en cualquier caso, éste no es un debate que deba jugarse únicamente en la esfera de la ciencia como si ésta no fuera ella misma un producto cultural.

El argumento de la biología

Empecemos por lo primero. El FNF ha “argumentado” que lo que busca es defender a la familia “natural”, a esa familia con base en “la biología y no en la ideología”. De igual manera, buscan defender los roles tradicionales de hombres y mujeres bajo el mismo argumento. Algo semejante ocurre cuando invocan el “derecho” de un niño o de una niña a tener madre y padre. Y, por si fuera poco, buscan marginalizar a las comunidades sexo-genéricas disidentes al evitar que se les reconozcan los mismos derechos. Todo lo anterior apelando a la biología, a la cientificidad, a esa “naturaleza humana” que, para ellos y de manera contradictoria, fue a una misma vez creada por Dios (pero, ojo, el Dios cristiano) mientras es, de igual forma, el resultado de 3.5 mil millones de años de evolución.

Empecemos por señalar lo obvio. No puedes aceptar el canon de una teoría evolutiva que explícitamente señala que la evolución no implica ni progreso ni dirección ni diseño y, al mismo tiempo, suponer un diseñador inteligente. Quizás ello se llegó a sostener en el siglo XIX y a comienzos del XX pero hoy es anatema para cualquier biólogo evolutivo. Es decir, no puedes considerar que hay una convergencia no problemática entre la biología y la teología.

Segundo, cuando hablan de volver a los orígenes, a mí se me dibuja una sonrisa y pienso en el coacervado, ese intermediario entre lo vivo y lo no vivo que los estudiosos del origen de la vida han propuesto como una suerte de eslabón perdido. ¿Querrá el FNF en su afán de pureza el que volvamos a una sana vida unicelular? Me supongo que no, que aquí los orígenes de los que hablan no nos remiten ni a esos coacervados ni a las primeras formas de vida bacteriana que ni sexo tenían y que han ocupado el grueso de nuestra historia geológica. Tampoco creo que por orígenes tengan en mente el surgimiento de formas multicelulares sexuadas que, sin embargo, exhiben una multitud de arreglos corporales de entre los que cabría destacar a las plantas y caracoles bisexuales, los hongos con más de 40 sexos o los peces payaso que pueden pasar de hembras a machos.

Y es que aquí el FNF enfrenta un grave problema. Si buscan invocar a una naturaleza supuestamente reproductivista que los valide, entonces se encontrarán con que el grueso de la biodiversidad exhibe formas, funciones y conductas muy distintas a las del binarismo que ellos defienden. De hecho, no es raro encontrar que lo masculino y lo femenino no remiten a dos formas corporales sino a funciones situadas en órganos que puede tener un mismo cuerpo –esto es de hecho la norma en muchas plantas e invertebrados–. Y, a nivel de conductas, tampoco se encontrarán con una naturaleza –entendida como biodiversidad– en la cual el acto sexual se lleve a cabo con fines únicamente reproductivistas.

Ello por una razón muy simple: en términos evolutivos no es raro que un órgano, función o conducta adquiera nuevas funciones –más allá de las causas por las cuales surgió originalmente– y esto ha pasado con el acto sexual. En los animales sociales, y nosotros somos un caso clarísimo de esto, el sexo tiene funciones reproductoras pero también funciones sociales innegables. De hecho, muchos biólogos de la conducta hablan de interacciones sexuales, sociales y sociosexuales para señalar tres tipos de interacciones entre individuos de un mismo grupo. Las últimas son de interés porque remiten a una dimensión del sexo no reproductiva pero que sí que sirve para gestar amistades, nexos, alianzas, etc.

La gran ironía de este último punto es que estas interacciones sociosexuales son fundamentales en muchos grupos de primates y, sin ellas, su estructura social se derrumbaría. Así que, si quisiéramos apelar a la biología para defender a la familia natural, tendríamos que despojarnos de ropa, mudarnos a la praderas africanas, vivir en grupos y tener interacciones sociosexuales que seguramente escandalizarían al propio FNF.

La ciencia como producto cultural

El problema de fondo es que al FNF en realidad le importa poco la biología. El suyo es un discurso que apela a una “naturaleza humana” que es inefable y que remite en ocasiones a una imposible biología y en otras tantas a una imagen decantada de textos bíblicos. Pero el problema con un concepto como el de “naturaleza humana” es precisamente su polisemia.

1. Como han señalado numerosos filósofos de la biología, la “naturaleza humana” a veces se usa en términos descriptivos para nombrar aquello que hacemos; si lo usamos en este sentido, entonces es claro que todo lo que haga un ser humano es parte de la naturaleza humana, incluyendo desde luego a toda conducta sexual que lleve a cabo el colectivo LGBTIQ+.

2. Pero en otras ocasiones usamos el término de “naturaleza humana” en un sentido de clasificación o taxonomía, como cuando decimos que es un atributo exclusivamente humano el ser racional o poseer lenguaje. Si lo usamos de esta manera, es claro que el sexo reproductivo NO es un rasgo definitorio del ser humano –no porque no ocurra sino porque el grueso de nuestros actos sexuales son lúdicos o sociosexuales– y tampoco sería un rasgo definitorio el tener conductas sexuales entre sujetos de un mismo sexo o de dos sexos. Lo que sí sería un elemento propio de la naturaleza humana, en este sentido, es nuestra capacidad de tener sistemas culturales complejos, con culturas simbólicas y materiales acumulativas, y que generan que nos relacionemos ante nosotros mismos por medio de dichas formaciones culturales. En ese sentido el vivirse bajo una identidad, sea ésta cisheterosexual o LGBTIQ+, es exhibir –y no contravenir– nuestra naturaleza humana.

3. Relacionado con este sentido taxonómico del concepto de “naturaleza humana” está un sentido que suele oponer este término a la idea de artificialidad. En esta lógica habría cosas que son naturales y cosas que son artificiales. Y no es muy difícil ver cómo puede asociarse la artificialidad con lo contranatura. Pero el costo de esta equiparación es que básicamente implica cancelar todo elemento cultural humano y, por tanto, borrar nuestra naturaleza humana en el sentido del párrafo anterior. Nos quedaríamos, por tanto, sin anteojos, sin coches, sin cirugías, sin aviones, sin ropa, sin libros pero también sin iglesias, sin Dioses, sin curas y sin Papas. Y quizás nos quedaríamos sin la posibilidad de construir nuevos géneros por medio de fármacos y tecnologías varias pero sin duda que ni así se borrarían las conductas sexuales no reproductivas porque éstas anteceden al surgimiento de cualquier desarrollo tecnológico preciso. Es verdad que, en el proceso, al perder la cultura y el lenguaje perderíamos también las identidades –incluyendo a la heterosexualidad– pero también se disolvería la familia misma porque también es identitario y cultural el vivirse de cierta forma cuando uno o una se concibe como padre, madre, hermano, hermana, etc.

4. Y, finalmente, hay una noción prescriptiva de “naturaleza humana” que versa acerca de cómo debemos ser. Creo que es esta noción la que tiene en mente el FNF. Pero esta noción es muy problemática y suele ser la más ideológica de todas –triste ironía para el FNF–. Esto es así porque la institución de un deber ser que busca basarse en cómo de hecho es nuestra biología no puede escapar de los sesgos culturales de aquel o aquella que interpreta a tal biología. Esto lo aprendimos en los siglos XIX y XX de la mano del Darwinismo social y la eugenesia. Y quizás esto explica el porqué al FNF no le importó que marcharan grupos neonazis con ellos; hay, después de todo, un aire de familia con lo peor de la historia política de la biología.

En cualquier caso, si quieren basarse en cómo vivimos en los últimos 100 mil años para de allí derivar un imperativo moral, entonces se encontrarán con que lo que le sirvió a grupos humanos conformados por unas pocas decenas de individuos nada le dice a un mundo poblado por siete mil millones de personas. Peor aún, es muy posible que las interacciones sociosexuales fueran mucho más importantes en ese tiempo para estabilizar alianzas. Así que es poco probable que ello borre a la diversidad sexual. Puede que, por el contrario, muestre que la diversidad conductual a nivel sexual fuera condición de posibilidad para el triunfo de una socialidad humana muy compleja.

Quizás, en un acto de desesperación, busquen en la historia de la biología o de la medicina o de las ciencias de lo mental a algún personaje que invocara la noción de naturaleza humana para considerar que las variantes son patológicas. Seguro que encontrarán a muchos porque sí que los hubo. Pero las ideas de muchos de estos personajes son ya el objeto de historiadores de la ciencia y no de biólogos. Incluso en su momento hubo personajes como Havellock Ellis o Magnus Hirschfeld que se opusieron a tales teorías.

Eso no quiere decir que no vayan a encontrarse a algún biólogo o paleoantropólogo que pueda compartir sus puntos de vista y que busque revestirlos de cientificidad, biología o naturaleza; pero, atendiendo a los mecanismos epistemológicos de la ciencia, resultará casi imposible que tales tesis sobrevivan un escrutinio crítico, plural e intersubjetivo. Hoy, por ejemplo, está a debate si la menopausia en las mujeres obedece a una presión evolutiva para que las mujeres maduras se conviertan en abuelas cariñosas y que apoyen a sus hijas en la crianza de los nietos. También hoy se debate si la adolescencia es un invento reciente o si es una innovación evolutiva de la especie humana que obligó a una tutela sobre la vida sexual de individuos que, si bien ya eran sexualmente maduros, no estaban todavía listos para valerse por sí mismos y criar a sus propios hijos. Antropólogos de la talla de Michael Tomasello o Jonathan Marks están enfrascados en batallas donde la noción de familia se sigue jugando y en las cuales la naturaleza humana –como concepto– juega un papel.

Pero desde luego que ninguno de estos personajes cree que los últimos 100 mil años estén caracterizados por la existencia de grupos de mamá, papá e hijos; nadie defiende una narrativa acerca del pasado que se asemeja más a Los Picapiedra que a las complejas vidas sociales y sexuales de nuestros primos primates. Hubo familias extendidas con diversos grados de complejidad y poco sabemos de su vida social o sociosexual. Pero la primatología nos sugiere que muy probablemente nunca hubo un sexo puramente reproductivo en la historia de Homo sapiens. Y la evolución de la especie posiblemente inauguró formas de vivir el sexo que rompieron con todo funcionalismo sexual o sociosexual. La irrupción, finalmente, del principio del placer en nuestra historia.

Antes de cerrar, quisiera señalar que tampoco puede sostenerse la antinaturalidad del aborto. Quizás la urgencia de muchos y muchas nos ha llevado a pelearnos con el FNF en el plano de la familia y la diversidad sexual. Pero este grupo también busca vulnerar los derechos reproductivos y sexuales de aquellos cuerpos que pueden gestar. Aquí, de nuevo, se invoca a una naturaleza humana que supuestamente valida el instinto de las madres por sacrificarse de toda forma posible para preservar a sus hijos.

Pero esta figura de la madre sacrificada es un imperativo cultural y no uno biológico. Cualquier ecólogo de la conducta podría contarnos centenares de historias de hembras que abandonan a sus crías para preservar su propia vida. Ello es algo tan racional desde el punto de vista evolutivo que se considera una estrategia evolutiva estable el ponderar el costo y el beneficio de salvaguardar a las crías actuales. Si el costo es mayor que el beneficio, las hembras dejarán morir a sus crías o, en algunos casos, perderán a los productos. Esto puede ocurrir cuando, por ejemplo, la vida de la hembra se pone en riesgo y, con ello, su posible reproducción futura.

Ahora que desde luego no comparo a la interrupción del embarazo en humanos con la perdida de crías en aves. Lo que quiero es señalar que el FNF, en su afán de invocar un supuesto instinto materno que se contrapone al aborto, pierde de vista –una vez más– que de biología no sabe nada. Y que naturaliza lo que es en realidad un imperativo cultural que ha costado ya demasiadas vidas.

Cierro así diciendo que me queda claro que no bastará con enumerar contraargumentos porque creo que el FNF ha vulnerado la posibilidad de que la laicidad y la educación científica sirvan como ese espacio público y común en el cual podemos dirimir nuestras diferencias. Y lo ha hecho mientras ha cooptado términos como “naturaleza”, “biología” y “ciencia”, consciente de su capacidad para convalidar discursos más allá de si éstos en verdad poseen las dimensiones epistemológicas de los saberes científicos.

Dicen expertos en estudios sociales de la ciencia, como Bruno Latour, que la racionalidad científica siempre es ex post facto, siempre emerge del cierre de una controversia que se gana al enlistar aliados. Si él tiene razón, entonces el FNF ha tomado como rehén no sólo a la laicidad del Estado y al sistema educativo sino que representa un asalto al discurso científico mismo que este grupo pretende redefinir.

Esto es algo tan grave que no debiera importarle solamente a las (y los) feministas, a los, las y les activistas LGBTIQ+. Nos debiera importar a todxs.

 

* Siobhan Guerrero Mc Manus es Bióloga y Doctora en Filosofía de la Ciencia por la UNAM e Investigadora Asociada C del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM.

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