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Inter(sex)iones
Por DSyR CIDE
Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para refle... Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para reflexionar sobre los diferentes puntos de conexión que existen entre el derecho, el género, la sexualidad y la reproducción. (Leer más)
El ejercicio de la sexualidad en la era digital
Las nuevas tecnologías han abierto el debate sobre las formas en las que debemos aproximarnos a la sexualidad, obligándonos a repensar lo que, a juicio de algunos, debe o no estar permitido.
Por DSyR CIDE
25 de agosto, 2016
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Por: Karla Prudencio Ruiz

La reconceptualización del orden normativo es sólo el principio para enfrentar los retos que trae consigo la creación e integración de las nuevas tecnologías a nuestra cotidianidad. La barrera entre el “yo” físico y el “yo” digital es cada vez más difusa y la manera en la que percibimos y vivimos nuestra corporalidad es sólo una consecuencia de esto. La manera en la que se vive o se expresa la sexualidad no está exenta de esta transformación. Las nuevas tecnologías han abierto el debate sobre las formas en las que debemos aproximarnos a la sexualidad, obligándonos a repensar lo que, a juicio de algunos, debe o no estar permitido.

Con las nuevas tecnologías han surgido nuevos métodos de control del cuerpo, pero también nuevas maneras de expresión y representación del mismo. El sexting se encuentra dentro de estos dos supuestos. Ejercer nuestra sexualidad mediante el sexteo es una nueva forma de expresarnos. Utilizar videos, imágenes, palabras o notas de voz y enviarlas a través de medios digitales es una manera de transmitir discursos sobre nuestro cuerpo como mejor nos venga en gana.

Estas nuevas posibilidades han traído consigo, sin embargo, también nuevos problemas. En concreto, el problema se manifiesta cuando en el intercambio de mensajes se rompe la expectativa de privacidad que tiende a existir entre quienes se comunican. La ruptura de esa expectativa puede traer aparejados varios problemas con consecuencias legales no siempre tan claras. El mal llamado porno de venganza (revange porn) es uno de éstos. Este ocurre cuando alguien sube o difunde, por cualquier medio digital, una imagen, video o audio con contenido sexual asociado a otra persona sin su consentimiento. Según un estudio de la Cyber Civil Rights Initiative, el 90% de las víctimas de este tipo de violencia sexual son mujeres, el 68% tienen entre 18 y 30 años y el 82% menciona que ha sufrido una importante afectación social, laboral o en otras áreas de sus vidas cotidianas (como la familia).

A pesar de la relevancia del problema, no hay un consenso sobre cómo debe ser abordado y remediado. Al menos 15 estados de la Unión Americana han emitido disposiciones que criminalizan esta conducta. Estados Unidos, por su parte, lo regula en diversas legislaciones con distintos enfoques.

En México, el INAI, Pantallas Amigas y Google México lanzaron la campaña Pensar antes de sextear. 10 razones para no realizar sexting, que reproduce estereotipos sumamente problemáticos y ofensivos, con mensajes que estigmatizan esta nueva manera de ejercer la sexualidad. Así, por lo menos en este país, las autoridades han sido incapaces de adaptarse a esta ola de transformaciones y, cuando lo han hecho, ha sido desde la perspectiva de encuadrar estas conductas en viejos supuestos normativos: los intentar desterrar prácticas eróticas (como el sexting), so pretexto de que puede convertirse en violencia.

Para enfrentar estos cambios, es necesario diseccionar conceptos y cuestionarlos para entender de qué estamos hablando. Un primer acercamiento al “porno” de venganza es entenderlo como una violación a la privacidad. El concepto de privacidad, sin embargo, sigue siendo difuso y muchas veces la interpretación que se le asigna opera como una protección al status quo.

Warren y Brandies acuñaron el término normativo desde un enfoque teórico en su famoso ensayo El derecho a la privacidad como “el derecho a ser dejado solo” (the right to be let alone). Por su parte, Anita L. Allen y Erin Mack, señalaron como la separación dicotómica que pretenden hacer Warren y Brandies entre la idea de lo público y lo privado, es decir, entre el momento que tienes derecho a “ser dejado solo”, se encuentra íntimamente relacionada con la idea del mundo dividido por género. El mundo de lo masculino y de lo femenino. La esfera de lo público correspondía a las actividades que se consideraban propias de la masculinidad, los negocios, lo político, entre otras. Y lo privado, se consideraba todo lo propio de lo femenino, el hogar, la familia y la religión (espacios donde tenías derecho a que te dejaran solo). En pocas palabras, al tener un concepto unidimensional de la privacidad, se concentraban en el confinamiento de las mujeres a ciertos espacios (matrimonio y familia), pero relegaban el concepto de privacidad personal que implica autonomía o poder de decisión sobre sus vidas.

El “derecho a ser dejado solo” se basaba directamente en esta percepción del mundo. Muy particularmente, Warren y Brandies consideraban la reproducción de la imagen del cuerpo de una mujer como algo que debía permanecer en la esfera de lo privado (como argumentaron, con el caso Marion Manola v. Stevens & Myers, diciendo que Marion Manola tenía derecho a no ser fotografiada, incluso, en el escenario). Sin embargo, esta percepción de lo público y lo privado deber ser cuidadosamente contextualizada. Los autores entendían la privacidad como una manera de proteger a las élites frente a, principalmente, periodistas que conseguían imágenes de manera ilegítima y para cuestionar sus privilegios. Para ellos, la privacidad operaba como una licencia que tenían los grupos de poder que les permitía no rendir cuentas en ciertos espacios. Pero era una licencia que no operaba de manera igualitaria para hombres y mujeres.

Esta noción sobre lo privado del cuerpo y de la sexualidad no se ha transformado mucho desde que Warren y Brandeis publicaron su famoso ensayo en 1890. En la actualidad, parece existir un consenso de que el cuerpo y las sexualidades pertenecen al ámbito de lo privado.

Pero, ¿por qué si consideramos teóricamente que la representación del cuerpo se encuentra dentro de la esfera de lo privado, no hemos logrado enfrentar de una manera efectiva el “porno de venganza” y siguen siendo las mujeres las más expuestas al mismo? Para esto es necesario entender que la idea de la protección a los cuerpos se basaba en la debilidad y fragilidad de las mujeres como sujetos de derecho y su potencial vulnerabilidad frente a otrxs. Además, es la reafirmación de que no pertenecen al ámbito de lo público y tienen que quedarse confinadas a ciertos espacios. Esta noción de privacidad se construyó, principalmente, para imponer (so pretexto de proteger) la privacidad a ciertas mujeres que comenzaban a ser sujetos de interés para los medios de comunicación centralizados y unidireccionales (medios de comunicación con receptores pasivos y emisores que imponen ciertos contenidos). Es decir, para evitar que salieran de la esfera a la que estaban confinadas. Pero el derecho a privacidad, en otros términos, ni siquiera era un asunto que merecía reflexión.

Con la penetración del internet se descentralizó la posibilidad de difundir y recibir contenidos e imágenes. Con esto, se cuestiona la aplicabilidad del derecho a la privacidad como lo construyeron Warren y Brandies. El sexting representa la “renuncia” legítima a esta esfera de privacidad que teóricamente tenían el cuerpo y las sexualidades. Es una manera de ejercer voluntariamente la exposición y apropiación del cuerpo, de representarlo. Para muchxs, esta renuncia no se encuentra contemplada en el derecho a la privacidad o implica que, si quien obtiene la imagen la difunde, la expectativa que tenías de ejercer este derecho, deja de existir.

Con estos cambios surgen nuevas preguntas y nuevas maneras de entender el derecho a la privacidad. Entre varios intentos de aproximarse al problema, uno ha consistido en afirmar que no hay violación a la privacidad porque la imagen se transmitió, en un primer momento, previo consentimiento. Decidiste exponerte, te lo buscaste, no hay excusas, te desnudaste y mandaste tu foto por internet, lo público y lo privado son conceptos cerrados (negros y blancos). No importa que tu expectativa de privacidad sea frente a una persona o frente a diez mil. Si lo vieron millones es porque eres imprudente, el fenómeno es incontrolable, no se puede hacer nada, a lo mucho podemos castigar al primero que difundió la imagen, pero nada más. Si el caso se hace viral, no sólo estará en numerosos blogs, sino que será parte de los ejemplos del porno de venganza y saldrá en noticias en las que, con un dudoso control de protección de la imagen, se reproducirá.

Bajo este panorama, resulta claro que es necesario ir más allá y encontrar nuevas maneras de pensar el concepto de privacidad, cómo protegerlo y regularlo. Por supuesto, la necesidad de que el enfoque deje de estar en la censura y en lo punitivo resulta clara. Pero, ¿por qué no buscar métodos de sextear seguros? ¿Por qué hay medidas tan efectivas en contra de las violaciones al copy right y en este tema no podemos hacer que nadie rinda cuentas? ¿Por qué los intermediarios (es decir, los proveedores de servicio de internet y de correo electrónico, las plataformas y las redes sociales) tienen tanto poder para decidir lo que es una violación a la privacidad y lo que no? ¿Por qué no iniciamos un debate serio sobre cómo vamos a enfrentar éstos cambios tecnológicos y dejamos de hacer intentos fallidos para frenarlos?

 

* Karla Prudencio Ruiz obtuvo la licenciatura en Derecho del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Actualmente trabaja en el Instituto Federal de Telecomunicaciones y se especializa en temas relacionados con derechos humanos, telecomunicaciones y competencia económica y es parte del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del Programa de Derecho a la Salud del CIDE.

 

 

Véase: Warren and Brandeis, The right to privacy, Harvard Law Review, 1890.

Véase: Anita L Allen y Erin Mack, How privacy got its gender, 10 N.ILL. UL. REV (1990).

Véase: Neil Richards, Intellectual Privacy, Oxford University, 2015.

Véase: Lawrence M. Friedman, Guarding Life’s Dark Secrets, 2007.

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