close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Inter(sex)iones
Por DSyR CIDE
Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para refle... Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para reflexionar sobre los diferentes puntos de conexión que existen entre el derecho, el género, la sexualidad y la reproducción. (Leer más)
El porno, un reflejo de la sociedad
Para Laura Kipnis –cineasta y profesora de media studies– el porno no es únicamente la industria que produce miles de millones de dólares al año, tampoco es el pasatiempo favorito de los adolescentes (casi siempre hombres) que la consumen a escondidas. Es un medio para entender a la persona y la sociedad de la que forma parte.
Por DSyR CIDE
6 de mayo, 2014
Comparte

De: Carlos Aguirre (@ElQueHacePun)

El porno es mucho más que gemidos y cuerpos sudorosos contorsionándose. Eso es lo que Laura Kipnis nos propone con su libro Bound And Gagged: Pornography and the Politics of Fantasy in America (algo cercano a “Atadas y amordazadas: la pornografía y la politización de la fantasía en Estados Unidos”).

Para la autora –cineasta y profesora de media studies– la pornografía es una expresión cultural que pone de manifiesto los límites de la sociedad y de su cultura. El porno no es únicamente la industria que produce miles de millones de dólares al año, tampoco es el pasatiempo favorito de los adolescentes (casi siempre hombres) que la consumen a escondidas. Es un medio para entender a la persona y la sociedad de la que forma parte. Laura Kipnis nos lanza fuertes afirmaciones: “El porno es cultura, es conocimiento. ¡El porno es académico y debe ser tomado con seriedad!”(Y pensar que pude justificar tantas de mis horas con que “estaba estudiando”).

Kipnis, entrándole de lleno a la discusión norteamericana de los años ochenta y noventa, no ve en el porno la erotización de la sumisión de las mujeres (MacKinnon), ni considera que el sexo –y más el sexo público con el que se lucra– sea la imposición de la violación a mujeres indefensas que no pueden querer eso que hacen, y que si dicen quererlo es porque están muy confundidas (Dworkin). La autora inicia su libro con preguntas más sencillas y que nos resultan más cercanas: ¿Qué es eso que tiene el porno que me lleva a consumirlo y a tanta gente a querer prohibirlo?

Para intentar resolver estos cuestionamientos Laura Kipnisse enfoca en cuatro casos de estudio que abarcan tipos de pornografía “no convencionales” para evidenciar los puntos sensibles que tocan y que escandalizan a las “buenas conciencias”: la pedofilia y el sadomasoquismo, el travestismo, el porno de personas con sobrepeso y la pornografía política de la revista Hustler.

El análisis abre con fuerza contundente. Kipnis entrevistó a Daniel T. DePew, un preso condenado por pedofilia e intento de asesinato. DePew, homosexual y afecto al sadomasoquismo, fue contactado por un par de agentes encubiertos del FBI y por otro incriminado de nombre Dean A. Lambey, quienes le propusieron un macabro plan: secuestrar, violar y asesinar a un niño, todo mientras lo graban para hacer con el material un éxito porno-snuff. Lo controvertido del caso no es lo torcido de la intención, sino que los hechos nunca se concretaron, pasando de conversaciones entre los cuatro involucrados. En una situación sin precedentes, las fantasías compartidas por estos hombres bastaron para configurar la intención y para que un jurado encontrara culpables a DePew y Lambey de crímenes atroces que nunca ocurrieron, produciendo una amplia zona gris entre lo que es una fantasía y una conspiración criminal. La autora señala que obraron en contra de DePew las pruebas ofrecidas por la fiscalía acerca sus prácticas sadomasoquistas –todas consensuadas y entre mayores de edad– y que la potencial víctima fuera un niño. No sólo estuvieron en juicio las fantasías de estos hombres, sino la sexualidad “normal y sana” y la salvaguarda de la idea de un menor, ya nunca se trató aún en los planes de un niño real y concreto.

La autora procede a estudiar fotos amateurs de hombres con ropa femenina publicadas en revistas pornográficas de travestis. Kipnis analiza estas fotografías comparándolas con muestras artísticas que apreciaríamos en museos y galerías; particularmente haciendo un paralelismo con la obra de fuerte veta feminista de la fotógrafa Cindy Sherman. El texto afirma que las imágenes de travestis, donde no son frecuentes las imágenes de desnudos o de exposición de genitales, suelen ser tan duramente condenadas y catalogadas como pornográficas porque implican la apropiación de elementos asociados a la feminidad por hombres a los que la sociedad les demanda roles y actitudes viriles.

Por lo que respecta a la pornografía entre personas con sobrepeso, la autora pone en evidencia la obsesión estética con los cuerpo delgados y tonificados. Empieza por cuestionar que la atracción por personas que no se acoplen a los cánones de belleza actuales sea un fetiche –cajón de sastre en el colocamos todo lo que no es “normal”–. Continúa afirmando las ondas improntas psicológicas que la marginación ocasiona en los que realizan este tipo de porno y a sus consumidores, para concluir con la tiranía del tipo de vida “sano”. Lo que el porno de personas con sobrepeso evidencia son los temores de la estética hegemónica que se ve cuestionada por esta pornografía.

Con el análisis de la célebre revista de Larry Flynt, dirigida al hombre norteamericano común y corriente (white trash), Kipnis analiza la línea de crítica y sátira política que se entreteje con el porno. La revista Hustler no sólo levantó ámpula por ser la primera en mostrar vello púbico femenino, sino que se constituyó en un bastión de defensa a la libertad de expresión y el cuestionamiento de las élites políticas y sociales a través de imágenes con alto contenido sexual. La autora señala que el atractivo académico de Hustler es doble: por un lado evidencia los elementos de contraposición de clase en el porno y por el otro muestra a mujeres dispuestas a disfrutar su sexualidad en donde su pecado más grande es distanciarse de los deseos y prácticas que debe tener una mujer. Las mujeres de Hustler están dispuestas a acostarse con estos hombres white trash y a coger como ellos: por placer y porque sí.

Como podemos observar, Laura Kipnis señala que el sexo en el porno es únicamente el medio para un mensaje. En la pornografía son latentes muchos de los temores, fobias y marginaciones que tenemos como sociedad. Cierro, como lo hace la autora, con una pregunta: ¿qué nos dice de nosotros mismos y del entorno en que nos movemos el porno que consumimos?

 

* Reseña a Bound And Gagged: Pornography and the Politics of Fantasy in America

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte

¡Muchas gracias!


Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.