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Inter(sex)iones
Por DSyR CIDE
Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para refle... Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para reflexionar sobre los diferentes puntos de conexión que existen entre el derecho, el género, la sexualidad y la reproducción. (Leer más)
Un embarazo deseado, un procedimiento no deseado
No toda práctica médica es violenta, clasista o racista, pero habría que cuestionar cómo se ha desarrollado y sobre todo hacer notar la brecha en la investigación, desarrollo y aplicación de la ciencia con una perspectiva de género, que no sólo incumbe a las mujeres, sino a la forma en la que vivimos y experimentamos la sexualidad, la anticoncepción, el embarazo, el nacimiento y el post parto.
Por DSyR CIDE
2 de septiembre, 2016
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Por: Carolina Bustamante

Laura pasó casi un mes en cama, con la imposibilidad de moverse salvo para ir al baño. ¿El motivo? Un embarazo deseado y planeado, pero con un seguimiento médico turbio, no considerado y autoritario. Ella quería que se consideraran sus necesidades y las del producto antes que las necesidades de las prácticas obstétricas institucionales.

Laura y su compañero le comunicaron a su médico ginecobstetra que preferían un parto natural y en agua. A lo que el médico respondió con una negativa: “¿para qué un parto natural? Puede ser riesgoso, una cesárea es más rápido”. A pesar de eso, ella insistió en que no quería ser intervenida.

Pasaron los meses y en su búsqueda por encontrar un lugar para el parto llegaron a una clínica privada que les ofreció el mejor servicio para el nacimiento. Cuando estaban listos para contratar, preguntaron: “¿y en caso de una emergencia qué pasa?”. A lo cual les respondieron: “la clínica no cuenta con servicios de especialidad y además el costo sólo incluye el parto, nada externo que se presente”.

Después de meditarlo, Laura decidió hacerse un seguimiento paralelo en el Seguro Social “porque no estaba de más prevenir cualquier imprevisto”. Cuando llegó al Seguro Social llevaba 7 meses de embarazo, eso facilitó que el procedimiento de consulta y revisión fuera más rápido, pero, ¡oh sorpresa!: Laura tenía anemia, desnutrición y presentaba un embarazo de alto riesgo, llamado placenta previa. Sorprendida, enojada y frustrada decidió no regresar con el médico que le hizo el seguimiento prenatal. Ella intuye: “el médico lo ocultó porque desde el principio quería que tuviera una cesárea”.

Continuó con el seguimiento en el Seguro Social y después de un par de estudios, decidieron trasladarla al Hospital de Gineco-Obstetricia de la Raza. En su primer consulta la detuvieron y le dijeron que tenía que quedarse internada por las condiciones de su embarazo y las del feto, pues éste presentaba doble circular del cordón umbilical. Sin alternativa, se quedó internada.

En el proceso ella intentó recabar toda la información posible: “¿Doctor, pero por qué pasa esto? ¿La única alternativa que hay para parar una hemorragia es quitando el útero? ¿ Esto se puede prevenir? ¿Por qué no lo supe antes?”

Finalmente fue respondiéndose a sí misma con ayuda de los médicos. Recordó que cuando tuvo su primera hija mediante un parto natural, el médico le hizo un raspado de útero para retirar la placenta restante, práctica que le rasgó el útero, le causó una hemorragia y el efecto de cicatrización de la herida la llevó a desarrollar la condición de su siguiente embarazo.

Consciente de que podía perder el útero y la vida preguntó sobre métodos alternativos (a la extirpación del útero), con el fin de parar una posible hemorragia, a lo cual respondieron: “ay señora, aquí no hacemos esos procedimientos, no voy a traer a un especialista para atenderla, entienda que actuamos dependiendo de la emergencia y tiene que estar consciente de que tenemos que decidir para que no se muera”.

¿Por qué no lo supo antes? Porque su médico se lo ocultó o fue incompetente, porque esa condición (placenta previa) se sabe a la semana 20 de gestación y a partir de ese momento ella habría tenido que limitar su actividad física lo más posible.

Finalmente, el procedimiento de la cesárea fue laborioso, riesgoso y, además, autoritario. Desde el inicio, el personal médico propuso remover el útero ,y continuamente, durante el seguimiento le decían: “con qué se va a cuidar, ya es usted grande (35 años), para qué tiene más hijos, por qué se embarazó tan grande”. A pesar de sus insistencias, ella fue firme: “quiero mantener mi útero, no quiero que me hagan la salpingoclasia”. Pues ella y su pareja ya tenían un plan anticonceptivo acordado y consentido.

Sin embargo, durante la cesárea, los médicos hicieron comentarios como: “este útero ya no sirve para tener hijos, es como chicle”, “si te embarazas otra vez te puedes morir”, “¿qué método anticonceptivo vas a usar?”, “ni siquiera te podemos poner el DIU porque tu útero no sirve”, “podemos ligarte las trompas”.

Mientras, le avisaban a su familiar: “está con hemorragia y si no para la tendremos que intervenir para quitar el útero, al menos ya aceptó la salpingoclacia”. En quirófano, Laura estaba frente a médicos y personal que la presionaba para dar su consentimiento a la ligadura de trompas. Laura me cuenta: “Te lo juro que intenté consentir por mi cuenta, traté de hacerlo lo más consciente que pude, pero todas me estaban presionando”.

La pregunta es: ¿a cuánto asciende el número de casos en los que así se consigue el consentimiento en los procedimientos médicos de la salud reproductiva?

Este caso es uno de los miles que ocurren en México, es muestra de lo que Roberto Castro llama “práctica médica autoritaria”, que de acuerdo a sus investigaciones tienen un arraigo que inicia desde los años de preparación de los futuros médicos y que se reproduce durante la práctica cotidiana.

Aunque esta práctica médica está contextualizada -y, efectivamente, existen prácticas médicas no autoritarias y solidarias-, también es cierto que en la historia del desarrollo de la ciencia médica y, en específico, con respecto a la salud sexual y reproductiva, existen casos que deberían hacernos encender las alarmas sobre el tipo de ciencia, tecnología y servicios médicos que prevalecen en la actualidad.

Este caso, me recuerda a las esterilizaciones forzadas con fines políticos en mujeres Peruanas: cuando Alberto Fujimori planeó estratégicamente la esterilización de 200,000 mujeres, en su mayoría indígenas, y donde el mensaje enviado fue “ustedes no sirven, ni pueden tener hijxs”.

Pero también me recordó cuando médicos estadounidenses en los años 1946 a 1948 infectaron, deliberadamente, de sífilis y gonorrea a prostitutas y presos de Guatemala para investigar cómo reaccionaban los cuerpos a la enfermedad sin penicilina. Lo grave no fue sólo eso, sino que fue sin su consentimiento, las personas que fueron sometidas a esos procedimiento nunca fueron informadas y sólo 70 años después recibieron una disculpa por parte del gobierno de Estados Unidos.

Laura, Guatemala y Perú descansan sobre un autoritarismo médico y científico que no debe permitirse más. No toda práctica médica es violenta, clasista o racista, pero habría que cuestionar cómo se ha desarrollado y sobre todo hacer notar la brecha en la investigación, desarrollo y aplicación de la ciencia con una perspectiva de género, que no sólo incumbe a las mujeres, sino a la forma en la que vivimos y experimentamos la sexualidad, la anticoncepción, el embarazo, el nacimiento y el post parto.

Laura debió haber tenido un embarazo informado, debió haber sido respetada en su decisión de no adoptar métodos anticonceptivos. Debió ser escuchada, considerada y reconocida en sus preguntas, inquietudes y conocimiento, pues el embarazo sólo ocurre en el cuerpo de la mujer y es en su cuerpo donde se manifiesta el dolor, el placer, pero también la angustia y la frustración de los procedimientos médicos autoritarios que infantilizan, descalifican y hacen menores las necesidades de las mujeres.

 

 

* Carolina Bustamante. Próxima Licenciada en Relaciones Internacionales de la FCPYS-UNAM. Se integró al Área de Derechos Sexuales y Reproductivos como asistente de investigación en 2015.

 

 

Castro, Roberto y Joaquina Erviti, “Sociología de la práctica médica autoritaria. Violencia Obstétrica, anticoncepción inducida y derechos reproductivos”, CRIM-UNAM, Cuernavaca, 20015, 320 pp.

Puertas, Laura, “Fujimori ordenó la esterilización forzosa de 200.000 mujeres indígenas en Perú” en El País, Lima, 25 de julio de 2002, disponible aquí.

Donald McNeil, “U.S. Apologizes for Syphilis Tests in Guatemala” en The New York Times, 1 de octubre 2010, disponible aquí.

 

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