close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Inter(sex)iones
Por DSyR CIDE
Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para refle... Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para reflexionar sobre los diferentes puntos de conexión que existen entre el derecho, el género, la sexualidad y la reproducción. (Leer más)
Por qué hubo mujeres que votaron por Trump
¿En dónde se encuentra el feminismo, particularmente las mujeres, entre la creciente popularidad del conservadurismo racista, sexista y xenófobo?
Por DSyR CIDE
8 de diciembre, 2016
Comparte

Por: Jimena Suárez Ibarrola

Han pasado ya un par de semanas desde la victoria del candidato republicano en los Estados Unidos. Cualquiera que se haya sentido [email protected] ante las opiniones expresadas por el ahora presidente electo de nuestro vecino del Norte durante su campaña, ha tenido un poco de tiempo para digerir este resultado y profundizar la confusión que [email protected] compartimos ante el resurgimiento de los discursos antiderechos (propagados en su mayoría por partidos de derecha y de ultra derecha). Pero permanecen una serie de cabos sueltos entre la popularidad que ha ganado la derecha: ¿en dónde se encuentra el feminismo, particularmente las mujeres, entre la creciente popularidad del conservadurismo racista, sexista y xenófobo?

Los días siguientes a la elección presidencial norteamericana surgieron una serie de notas periodísticas sobre la participación de las mujeres blancas en la victoria de Donald Trump. No me detendré en las cifras, ni pretenderé hacer un análisis del electorado norteamericano. No obstante, de acuerdo a los resultados electorales, es cierto que un porcentaje alto de mujeres blancas con educación universitaria y sin educación universitaria apoyaron a Trump. El significado y la manera en que las mujeres votaron en esta elección es compleja. Pero, ciertamente, las mujeres no son responsables de su triunfo, aunque así decidieron describirlo una serie de medios. Adjudicar una mayor fracción de la culpa a las mujeres por este desafortunado resultado, implica participar en las mismas prácticas sociales e institucionales que someten a las mujeres a estándares más severos de comportamiento a lo largo y ancho de sus vidas. La sociedad civil progresista esperó que, en un esfuerzo de solidaridad y lealtad, las mujeres votaran por su género y en nombre de él: por la candidata demócrata. La expectativa era que las mujeres juntaran esfuerzos para ver derrotada la manifestación sexista que afecta la vida diaria de todas.

Veamos: primeramente, las mujeres norteamericanas que tienen una afiliación partidista -en este caso, con el partido republicano-, normalmente votarían por el candidato en turno de dicho partido. Pues se identifican como republicanas y no como demócratas. Tampoco se identifican con los ideales políticos (aunque cada vez son menos claros y ahora se encuentran en crisis) del Partido Demócrata. De ahí que las mujeres comúnmente afiliadas al Partido Republicano se interesan por las causas que el propio Trump promovió a lo largo de su campaña: seguridad en la frontera, debido a la idea que la inmigración conduce a salarios más bajos; la lucha contra el Estado Islámico (ISIS) para proteger al territorio norteamericano de cualquier ataque terrorista en el futuro; la promesa de crear empleos y, finalmente, la oposición frontal al aborto desde su candidatura.

En segundo lugar, una faceta del movimiento por la liberación de las mujeres visualiza a las últimas como un grupo homogéneo. No lo somos y pretender lo contrario produce resultados inadecuados a las diferentes formas en que las mujeres sufren marginación. Nuestras necesidades e intereses varían con relación a nuestra raza, posición socioeconómica, origen étnico, ubicación geográfica, etc. En este sentido, las mujeres de la clase media, que hemos recibido educación universitaria, nos encontramos menos expuestas a las formas más brutales del sexismo. Esto no significa que no experimentamos violencia o discriminación basada en nuestro género de manera recurrente, o bien, que somos inmunes ante la violencia machista extrema. Las mujeres de cualquier proveniencia socioeconómica pueden ser víctimas de violencia doméstica, de violencia sexual, de acoso callejero y, en últimas, de feminicidio.

Sin embargo, las mujeres que hemos tenido un capital social e individual que nos permitió cubrir nuestras necesidades cotidianas y acceder a diversas fuentes de educación superior, contamos con herramientas para nombrar, culpar, exponer y avergonzar a quienes nos discriminan o violentan. Fácil, no lo es. Sobre todo cuando hablamos de violencia sexual en cualquiera de sus variantes: desde el acoso hasta una violación. El estigma nos acompaña y es difícil de superar. (Aún con las herramientas con que me han sido proveídas, cuando sufrí una situación de acoso sexual en el ámbito laboral no pude, ni quise, denunciarla o remediarla. La única salida conveniente que encontré, en ese momento, fue renunciar y buscar otro trabajo).

Las mujeres de las comunidades más marginadas y excluidas tienden a vivir en una ausencia de ciertos filtros en las expresiones y actitudes misóginas más perjudiciales. Además, muchas veces estas expresiones se agudizan como respuesta a amenazas externas –por ejemplo, de la opresión mayoritaria de pueblos minoritarios–, o bien, como resultado del trato histórico como ciudadanas de segunda clase –por ejemplo, en el caso de las mujeres negras o de origen étnico-. Para muchas otras mujeres, frecuentemente no emancipadas económicamente, el ejercicio del poder se encuentra en el seno familiar, como madres y cuidadoras. Aún recuerdo la reacción de horror de una prima, cuando vio que esposo era quien decidía sobre una gran parte de asuntos domésticos (como consecuencia de cualquier negociación en pareja). “En mi casa estoy acostumbrada a mandar yo, y en mi casa se hace lo que yo digo”, me reprimió. El feminismo puede parecer una amenaza en la pérdida de dicho poder. Cómo deben ser tratadas las mujeres, y cómo deben distribuirse los privilegios y las cargas entre hombres y mujeres son significados que continúan siendo debatidos por la sociedad, aunque esto nos parezca lamentable.

También es común encontrar mujeres que no han sentido discriminación o diferencia en el trato con base en su género, y así lo expresaron seguidoras del candidato republicano. Para muchas, el sexismo que transmite Trump no fue suficiente para no creer en sus promesas, como tampoco lo es la lucha por la igualdad y por la liberación que entrañan los diversos movimientos feministas. Las mismas quizás no vieron expresadas sus aspiraciones en Hillary Clinton. El hecho que una mujer sea electa como presidenta de su país no necesariamente reflejó sus prioridades políticas o sus aspiraciones personales.

Este patrón no solo lo vimos en las mujeres del ala republicana (o derechista), sino también en aquellas mujeres vinculadas a movimientos sociales de corte progresista. Algunas mujeres (y hombres) negras votaron por Hillary, a pesar de no ser su candidata ideal, con un objetivo válido en mente: detener a Donald Trump y la oleada de supremacía blanca que ya hemos visto fortalecerse y vocalizarse a partir de su victoria. Algunas otras recurrieron a la abstención, o bien, otorgaron su voto a otra mujer –Jill Stein, la candidata por el Partido Verde–, como resultado del historial político de Hillary Clinton y su impacto negativo en las comunidades negras de los Estados Unidos. Por ejemplo, en 1994, Bill Clinton propuso una ley que creó nuevos delitos federales –denominada Crime Bill–, y aumentó, considerablemente, los fondos públicos destinados a perseguir delitos relacionados a drogas. Dichas políticas produjeron un aumento masivo en las tasas de encarcelamiento de personas negras. Al término de la presidencia de Bill Clinton, el 80 por ciento de las personas encarceladas eran de raza negra, de acuerdo a cifras de Human Rights Watch. Y, ya sea directa o indirectamente, Hillary las apoyó.

“Hay un lugar especial en el infierno para aquellas mujeres que no apoyan a otras mujeres”, dijo la exsecretaria de Estado, Madelein Albrighth, durante la campaña de Clinton en febrero de 2016. Esta categorización entraña un llamado por solidarizarnos para derrocar normas sociales e institucionales –visibles e invisibles, escritas y no escritas– que perpetúan la subordinación de las mujeres al hombre, basado en estereotipos que niegan la autonomía de las mujeres. Sin embargo, acarrea, igualmente, un concepto generalizado sobre lo que son las mujeres y lo que requieren para superar subordinación, opresión y marginación. Además, ese mismo esfuerzo por hablar en nombre de un grupo femenino ha sido instrumentalizado por fuerzas políticas de ultra derecha para oprimir a otros grupos vulnerables, como los migrantes. Así, Marine Le Pen del Frente Nacional (partido francés de ultraderecha) denunció el machismo desenfrenado islámico que afecta y pone en riesgo a todas las mujeres después de las violaciones en Colonia, Alemania, supuestamente, perpetradas por migrantes de origen musulmán.

La afirmación “nosotras las mujeres”, o bien, “tenemos que apoyarnos entre nosotras mismas” implican, invariablemente, el silencio de ciertas voces. Una mujer de origen étnico que vive en una zona rural de nuestro país tiene necesidades precisas que deben ser atendidas desde su contexto. Una mujer transexual en estado de embarazo enfrenta manifestaciones discriminatorias distintas basadas en el ideal hegemónico sobre al maternidad, a las de una mujer heterosexual que desea interrumpir su embarazo, por la razón que sea. Es innegable que en la lucha existen metas en común y similitudes. Los estereotipos operan en todas partes y en todos los sectores sociales. Pero no nos afectan de la misma manera.

Las mujeres blancas quizás comparten menos con otra mujer latina o negra o blanca (como Hillary) de lo que comparten con un hombre de su misma afiliación partidista, y tiene que ver con su contexto y su propia historia. Por otro lado, las mujeres negras que decidieron no apoyar a Hillary no vieron sus historia y lucha reflejadas en su discurso. Los conceptos principales detrás del movimiento feminista deben verse como significados materializados en las vidas reales de las mujeres. Si aseguramos la homogeneidad del grupo, arriesgamos ignorar las voces de las mujeres que viven opresiones entrelazadas. Reconocer la diversidad en las vidas y experiencias de las mujeres no es, simplemente, reconocer que existen variaciones de la misma opresión y subordinación basada en el género. Siguiendo a Angela Harris, debemos subvertir el orden y crear unión usando narrativas que cuentan historias sobre lo particular, lo diferente y lo que se silencia con frecuencia.

 

* Jimena Suárez Ibarrola obtuvo la Licenciatura en Derecho del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la Maestría en Derecho de la Universidad de California, Berkeley. Actualmente es Coordinadora del Proyecto de Investigación del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del Programa de Derecho a la Salud del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

 

 

Alex Orlov, 9 de noviembre de 2016, “Más mujeres blancas votaron por Donald Trump que por Hillary Clinton (traducción propia), Policy.Mic, consultado el 15 de noviembre de 2016.

Dahleen Glanton, 18 de noviembre de 2016, “Mujeres blancas, reconózcanlo: ustedes son la razón por la que Hillary Clinton perdió” (traducción propia), Chicago Tribune, consultado el 20 de noviembre de 2016.

Clare Foran, 13 de noviembre de 2016, “Las mujeres no son responsables por la derrota de Hillary Clinton” (traducción propia), The Atlantic, consultado el 24 de noviembre de 2016.

Ibidem.

Ver, Bené Vera, 24 de octubre de 2016, “Sobre ser una mujer negra que no votará por Hillary Clinton y lograr encontrar paz en ello” (tradicción propia), The Frisky, consultado el 22 de noviembre de 2016; Michelle Alexander, “Por qué Hillary Clinton no se merece el voto de las personas negras” (traducción propia), The Nation, consultado el 29 de noviembre de 2016; Nicolás Alonso, 4 de noviembre de 2016, “No voto con mi vagina”, dice Susan Sarandon para explicar por qué no votará a Hillary Clinton”, El País, consultado el 13 de noviembre de 2016.

Kirsten West Savali, 30 de septiembre de 2016, “Angela Davis: no soy tan narcisista para decir que no puedo convencerme en votar por Hillary Clinton” (traducción propia), The Root, consultado el 29 de noviembre de 2016.

Titulares, 21 de noviembre de 2016, “Saludo nazi, cánticos de “Heil Hitler” y celebraciones de Trump en encuentro de supremacistas blancos”, Democracy Now!, consultado el 29 de noviembre de 2016.

Op. cit. 6, Michelle Alexander.

Ver, consultado el 29 de noviembre de 2016.

Ibidem; Ver, consultado el 25 de noviembre de 2016.

Tom McCarthy, 6 de febrero de 2016, “Albright: ‘un lugar especial en el infierno’ para mujeres que no apoyan a Clinton” (traducción propia), The Guardian, consultado el 25 de noviembre de 2016.

Dominique Albertini, 14 de enero de 2016, “El feminismo instrumentalizado por el Frente Nacional” (traducción propia), Libération, consultado el 25 de noviembre de 2016.

Ver, Harris, Angela P. “Race and essentialism in feminist legal theory.” (La Raza y el esencialismo en la teoría jurídica feminista) Stanford law review (1990): 581-616.

Ibidem, página 615.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.