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Inter(sex)iones
Por DSyR CIDE
Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para refle... Este es el blog del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE. Es un espacio para reflexionar sobre los diferentes puntos de conexión que existen entre el derecho, el género, la sexualidad y la reproducción. (Leer más)
¿Quién cuenta la historia en la era digital?
Tenemos que encontrar espacios donde seamos capaces de construir sin miedo a ser observados, registrados y marginalizados.
Por DSyR CIDE
16 de noviembre, 2016
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Por: Karla Prudencio Ruiz

La vida no es lo que uno vivió, sino lo que recuerda, y cómo la recuerda para contarla, decía Gabriel García Márquez. Esta noción sobre los recuerdos se basaba en una cantidad específica de datos que podía almacenar el cerebro humano. La idea del yo se trazaba con historias, anotaciones, fotos y uno que otro video sobre momentos específicos de la vida de las personas. Los recuerdos, muchas veces, pueden cambiar la percepción de lo sucedido de individuo a individuo, generando distintas realidades sobre un mismo hecho histórico, pero pocas veces se tenía la película completa de qué fue lo que pasó y de qué manera. Con lo que no contaba García Márquez cuando escribió Vivir para contarla era con la creación del yo digital, es decir, con ese rastro de recuerdos que se genera a pesar de nuestra voluntad (a pesar de nuestro esfuerzo consciente, aunque curiosamente casi siempre con nuestro consentimiento) cada vez que navegamos en internet, y que genera perfiles de comportamiento entre los usuarios a los que pocas veces se había tenido acceso en el registro histórico de la actividad humana.

La cantidad y el tipo de datos que se almacenan varían dependiendo de la actividad que realizamos, así como los fines con los que son utilizados. Hace poco hice un ejercicio que me permitió alterar mi concepción sobre los recuerdos revelando esas huellas digitales que he ido dejando. Facebook tiene una función que permite que descargues en diversos archivos de Word los datos que tiene almacenado sobre tu actividad en la red social. Entre los datos que almacena se encuentra todos los “me gusta” que has dado en publicaciones de otros, tu dirección IP, las veces que has entrado y salido de la red, tus fotos y cualquier metadato relacionado a ellas, los amigos que has borrado, todos los estados que has puesto y todas tus conversaciones privadas con tus contactos, entre otros que pueden consultar aquí. Una lectura rápida de alguno de estos apartados y se comienzan a generar una serie de recuerdos que tu cerebro no había almacenado; de éstos se pueden desprender obsesiones pasadas, comunicaciones obsoletas y perfiles de “yos” que creías extintos.

Además, para completar el perfil de los usuarios, Facebook usa cookies. Estas “galletas informáticas” son piezas de información que se colocan en tu equipo o dispositivo terminal (computadora o celular, por ejemplo) mientras navegas en Internet. Estas piezas recolectan determinada información sobre tu visita, almacenan tus datos de acceso y generan ciertos perfiles y patrones de comportamiento. Son como pequeñas memorias que almacenan lo que les interesa sobre lo que haces en línea.

Dentro de sus políticas, Facebook establece que utiliza este sistema de recolección de información cuando: 1) tienes una cuenta con ellos, 2) utilizas los servicios de Facebook (aunque no estés si quiera registrado o hayas ingresado con tu usuario y contraseña) o 3) si visitas páginas web o aplicaciones que utilicen los servicios de Facebook (por ejemplo páginas en las que te permitan, al final, poner “me gusta” en Facebook o que los comentarios los administre esta red social). O sea, prácticamente en todo momento (sin necesidad de que estés conectado), Facebook está registrando tu actividad en páginas que pensarías que no están directamente relacionadas. Aquí se pueden ver las políticas de uso de cookies.

El uso de estos perfiles y herramientas está “justificado” desde sus políticas porque permite, por un lado, brindar seguridad y una mejor experiencia para el usuario, y, por el otro, porque se utiliza con propósitos comerciales. Estos propósitos comerciales significan no sólo crear perfiles de usuarios para ofrecerles determinados productos, sino también crear distintos perfiles de distintos usuarios para venderlos como productos finales a ciertas compañías o incluso estados que desean acceder a esta información.

Nos convertimos en datos agregados que proporcionan distintos tipos de información y que tienen consecuencias muy diversas en una sociedad que, cada vez más, utiliza el análisis de los mismos para crear, incluso, políticas públicas. Por ejemplo, una compañía de seguros puede contratar esta información para saber el comportamiento de determinados usuarios y dividirlos en aquellos con “hábitos sanos” y los que no. Esto se puede basar en las veces que los usuarios accedieron a páginas en las que se promocionaba una bebida alcohólica (con base en algún algoritmo). Al final, la compañía de seguros puede determinar que ciertos usuarios son más propensos al riesgo y, por lo mismo, elevar el precio al que les van a ofrecer sus productos. Lo mismo pasa con personas con bajo poder adquisitivo.

Más allá de que defendamos o rechacemos los efectos directos que tiene esto en la vida cotidiana, tenemos que problematizar algunos de sus efectos colaterales. La categorización divide los comportamientos en normales y aquellos considerados “diferentes”. Esto quiere decir que se genera un espacio complicado para la disidencia, en el cual se acortan sus espacios de acción, así como de determinados grupos vulnerables que no son parte de la estadística o que no son representativos en las mismas.

Quien decide el contenido de esta base de datos determina quién y cómo se va a contar determinada historia. Igualmente, la elección de las variables y los algoritmos determina qué es importante saber y qué no. En un mundo donde los privilegios los ostentan determinadas compañías, el feminismo tiene un papel muy relevante en retar el esencialismo de la recolección de datos como una verdad universal que representa la sociedad de manera imparcial. Tenemos que encontrar espacios donde seamos capaces de construir sin miedo a ser observadxs (la sola idea de que tu privacidad pueda ser vulnerada cambia tus patrones de comportamiento y esto tiene especial impacto en toda persona que se comporta de manera distinta) y registradxs. Es necesario reescribir la historia y para eso es necesario que se retome, en ciertos espacios, la privacidad y los datos como un derecho que no es fácilmente intercambiable.

El usuario tiene que contar con más herramientas para protegerse de la recolección masiva de datos. La única herramienta que tiene es la de decidir si acceder o no al servicio. Sin embargo, aunque bajo la lógica de mercado parezca muy convincente “si no te gusta, no lo compres”, lo que esto ocasionaría es que los grupos que se sienten vulnerados fueran cada vez más marginalizados, ya que reducirían de manera considerable a qué información pueden acceder o como pueden interactuar dentro de internet.

 

* Karla Prudencio Ruiz obtuvo la licenciatura en derecho del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Actualmente trabaja en el Instituto Federal de Telecomunicaciones y se especializa en temas relacionados con derechos humanos, telecomunicaciones y competencia económica, y es parte del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del Programa de Derecho a la Salud del CIDE.

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