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Por José Carlos Pueblita
Economista moreliano estudioso de los temas públicos desde el gobierno, la iniciativa privada y ... Economista moreliano estudioso de los temas públicos desde el gobierno, la iniciativa privada y la academia. Investigador invitado en el Centro para el Desarrollo Internacional (CID) y profesor adjunto de políticas públicas en la Escuela Kennedy de Harvard. Cocinero, bailador y motociclista amateur. Perruno recalcitrante y fan de Apple. Feliz esposo. Síguelo por Twitter: @jcpueblita (Leer más)
Atravesando los Himalaya en elefante
Por José Carlos Pueblita
27 de enero, 2012
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Aníbal, Chamberú y La Güera

 

Aníbal, el general y estratega cartaginés (nacido en Cártago en el actual Túnez), se dedicó a la consolidación del imperio heredado de su padre y dicen que juró odio a los romanos. Su odisea de atravesar los Alpes con casi 40 elefantes para invadir Roma hace alrededor de 2,200 años es una historia que sigue maravillando al día de hoy. Mi papá (“El Contador”, ampliamente reconocido Contador Público, y particularmente porque siempre nos “contaba” historias a la Pilarica –la sister– y a mí) me relató esa aventura cuando era pequeño. Yo lo escuchaba atentamente y me imaginaba a Aníbal sobre su elefante decorado con insignias y símbolos de colores. Entonces, cuando mis papás nos llevaban de paseo por el zoológico de Morelia y nos subían a un pequeño carrito jalado por una cabra de nombre “La Güera”, no podía esperar la hora en que llegáramos a la zona de elefantes.

En ese entonces el más veterano de los paquidermos del parque era “Chamberú” y las leyendas contaban que los agujeros de sus grandes orejas fueron hechos por balas o granadas cuando había sido utilizado en la guerra de Vietnam como ariete de asalto. Nunca supe la verdadera historia, pero sonaba dramática, especialmente con el ingrediente adicional de la historia de Aníbal: elefantes de combate, ¡Wow! El andar titubeante del carrito y el fuerte olor del patio de los elefantes se me quedaron marcados en la memoria para siempre. Jamás hubiera pensando que volvería a experimentarlos y sobre todo vivirlos tan intensamente una vez más casi treinta años después.

¡Súbale, súbale al “rickshaw”!

En nuestra aventura mágico-cultural por el sur de Asia, Pichona me insistió desde el principio del viaje que quería subirse a un tuk-tuk, también conocido como “rickshaw” o “bici-taxi”, en español. Los hay propulsados por el pedaleo del conductor, pero predominan los que se mueven con motor, comúnmente marca Piaggio, (Certamente!). Son un medio de transporte muy común en esta parte del mundo y, sobre todo, muy económico lo cual permite que personas de limitados recursos puedan usarlo de manera cotidiana: un traslado de 2 personas y sus itacates por unos 30 minutos en las transitadas calles de Delhi, Mumbai o Jaipur cuesta alrededor de 50 rupias o un dólar (el “precio turista” es 200% o 300% la tarifa doméstica, y a quien no se le haga justo el diferencial que se vaya a trabajar a la India con salario indio). Los hay por doquier y son audaces por no decir imprudentes. Se meten por donde apenas hay espacio, inauguran nuevos carriles y se acercan en plena carrera al vehículo de adelante tanto como para que uno se dé cuenta si la estampita de Vishnu, Brahma o Shiva guía el camino del otro conductor. Namastéeeee….

Los tuk-tuk son en parte también un ícono de esta región. Su diminuto tamaño se debe a la necesidad de economizar en la inversión y el consumo de combustible para poder ser accesibles para las masas, además sólo ellos pueden entrar en ciertas zonas de estrecho acceso. Significan una importante fuente de trabajo y una manera efectiva de servir zonas desatendidas por el transporte público. Su errática conducta en el camino ejemplifican la falta de respeto a las leyes de tránsito y a las normas en general. Son una solución privada ante una creciente demanda de transporte y también causa de una buena parte del tráfico de toda población. ¿Son una solución ante la falta de servicio? Claro, atienden una necesidad y ofrecen oportunidad de trabajo. Sin embargo, hay poco control sobre ellos, aportan al desorden del día a día de las urbes, contaminan con ruido y emisiones, y pueden ser peligrosos, pero son muy divertidos. Hay diferentes  propuestas sobre cómo reducir los costos y aumentar los beneficios de este servicio con un común denominador: lo que hace falta es la existencia de un marco normativo adecuado y, claro, una autoridad vigilante.

Durante muchos años el gobierno mexicano ha buscado atender necesidades de la población de muy distintas maneras buscando el apoyo del sector privado: servicio de recolección de basura, provisión de agua potable y alcantarillado, carreteras, hospitales y un largo etcétera. Sin embargo, apenas hasta hace unas semanas el Presidente decretó la tan revisada Ley de Asociaciones Público-Privadas tras más de dos años de análisis (vaya que se la llevaron con calma los Senadores, como elefantes…). Esta ley provee un marco necesario para que los proyectos que ya se realizaban en coparticipación entre el gobierno federal y la iniciativa privada tengan certeza legal. Claro, ya algunos políticos señalaron el “riesgo” de que se “privaticen” los servicios del Estado. A ellos les recuerdo que ante la falta de capacidad del gobierno muchos de estos servicios ya son proveídos de facto por el sector privado, como en el caso de los rickshaws. Siempre es mejor reconocer el problema y atenderlo con una visión de mercado, porque nos gusten o no los mercados, siempre están ahí y lo han estado antes de que hubiera capitalismo y socialismo, por cierto.

Elefantes veteranos, picos nepaleses y candidatos

Nos subimos en un elefante en la selva de Nepal, en el Parque Nacional de Chitwan. Poco antes habíamos volado sobre los Himalaya y visto desde el cielo al imponente Sagarmatha (nombre nepalés del Monte Everest). Exquisita combinación. Mientras buscábamos rinocerontes y tigres, y yo me sentía un explorador consumado de National Geographic, me pregunté: ¿Habrá realmente hecho un análisis concienzudo el gran Aníbal sobre las probabilidades de tener éxito y los riesgos de atravesar los Alpes en elefante? Y me acordé de las encuestas presidenciables. ¡Vaya brinco cuántico en mi cabeza! Pero es que mi fijación con el tema está gruesa; verso y sin esfuerzo.

De acuerdo a  las últimas encuestas la intención de voto de los mexicanos en favor del PRI es alta para cualquier estándar.  Independiemente del candidato, el PRI tiene el apoyo de alrededor del 40% de los entrevistados, con pequeñas diferencias de acuerdo a la fuente (en este caso me refiero a las encuestas de Mitosfky y GEA-ISA de Enero de 2012). Aún cuando hay alrededor de 20% de encuestados indecisos, la diferencia parece difícil de remontar para el PAN (en los 20 y pocos por ciento) y el PRD (alrededor de 15%).

Pero el dato interesante y relevante a mi parecer es sobre las expectativas del partido que “creen” va a ganar las elecciones de Presidente. De acuerdo a GEA-ISA cada vez más gente piensa que será el PRI (47%) y Mitofsky se mantiene más o menos estable alrededor del 50%. Cabe mencionar que esta expectativa es mayor al apoyo al partido recién expuesto. Este valor es importante porque puede afectar la decisión en el último minuto de la elección. A nadie le gusta votar por un candidato perdedor “ex ante” a menos que realmente estés convencido. Pasa hasta en el fútbol.

Sin embargo, falta mucho por escribirse. Esa montaña de apoyo a favor del PRI y, en especial, la más alta, la de expectativa de que gane las elecciones, está aún por verse si está hecha de roca o de nieve que se derrite durante la primavera. Pienso que la ley electoral le ayuda al PRI. Los ejércitos panistas y perredistas deben apresurar el paso, y en especial el PAN que aún no tiene comandante. Así como la veo será como atravesar en elefante no los Alpes sino los Himalaya, y para eso se necesita un líder del calibre del cartaginés Aníbal… y el elefante. Yo pienso que dentro del grupo sólo hay uno cuyo elefante apenas comienza a escalar y además tiene cicatrices de guerra. ¡Arre, elefante!

P.D. A quienes se preguntaron si me gustó más el paseo por rickshaw que andar en el carrito de la chivita en el zoológico: Yo me quedo con “La Güera”, maneja mejor.

 

 

 

 

 

 


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