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Por José Carlos Pueblita
Economista moreliano estudioso de los temas públicos desde el gobierno, la iniciativa privada y ... Economista moreliano estudioso de los temas públicos desde el gobierno, la iniciativa privada y la academia. Investigador invitado en el Centro para el Desarrollo Internacional (CID) y profesor adjunto de políticas públicas en la Escuela Kennedy de Harvard. Cocinero, bailador y motociclista amateur. Perruno recalcitrante y fan de Apple. Feliz esposo. Síguelo por Twitter: @jcpueblita (Leer más)
De Dubai a Mumbai: De donde hay a donde no hay
Por José Carlos Pueblita
9 de enero, 2012
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No fue mera coincidencia. Ha sido un viaje muy planeado gracias a Lonely Planet. Aterrizamos en Dubai (Emiratos Árabes Unidos, país ubicado en la península arábiga), después de 12 horas de vuelo desde Nueva York. En el aeropuerto hay que pagar un visado por 96 horas y pasar un chequeo de iris por cuestiones de seguridad –a menos que tengas un pasaporte alemán o similar que te ahorra un dinerito en estos casos-, y en cuestión de minutos te encuentras con una terminal que parece más un centro comercial que un aeropuerto. Una conductora de Sri Lanka nos trasladó en su taxi de color beige con techo rosa por un highway de doce carriles; fue un taxi con chofer femenino al que nos asignaron porque vengo acompañado de Pichona (a.k.a. Paloma), mi esposa, si no, me hubieran enviado en taxi de techo azul, es decir, para hombres solamente. Espectaculares con imágenes del Sheikh Mohammed bin Rashid Al Maktoum –Mohammed, para los amigos-, monarca de Dubai, Primer Ministro y Vicepresidente de los Emiratos Árabes Unidos, por doquier.

Después de un breve descanso en el hotel tomamos el metro. A riesgo de sonar ranchero, la estación de metro con diseño futurista me pareció más una miniterminal de aeropuerto que cualquier otra cosa. Ya luego supe que el metro apenas fue inaugurado por la reina Isabel de Inglaterra el 9 de septiembre de 2009 a las 9:09:09. Hay vagón golden, para gente de cierto estatus supongo, aunque no investigué a detalle. Bajamos en una estación que se veía cercana a nuestro destino: el Burj al Arab, un edificio de moderno diseño que es, según su propaganda, el “único hotel siete estrellas del mundo”, que quién sabe qué signifique, pero se ve fancy. Caminamos lo que parecían 500 metros y que se sintieron como 5 kilómetros, en un barrio de casas enormes que parecían mansiones “à la narco” style: grandes casas estilo mausoleo, portones dorados con Range Rovers, Porsches, Ferraris y Lamborghinis estacionados en las entradas. No hay banquetas donde caminar, así que hay que ir por la orilla del camino mientras los jardineros y albañiles -que por su aspecto y dada la dinámica demográfica reciente muy probablemente son de origen indio- nos miran con extrañamiento.

Nuestra frustada visita al Burj al Arab, debido a que no teníamos reservación (fiuuu… me salvé), se convirtió en una visita alternativa a un mall en la marina. Nos rodeaban edificios de hermoso diseño que aún relucen de nuevos, numerosas grúas continúan el trabajo de proliferación de edificios y gente muy chick pasea por el área. De repente me siento en Interlomas y pienso que mis amigos interlomos y santafeños estarían fascinados aquí y sentirían mucha envidia de saber donde me encontraba, ¿ves?

Este pequeño reino, emirato para ser estrictos, se convirtió de un puerto comercial de importancia estratégica, fundado por pastores y pescadores de perlas poco más de 100 años atrás, a un hub financiero y comercial de relevancia con poco más de 5 millones de habitantes (en 1960 eran solamente 500 y pico mil). Hoy en día todas las grandes empresas quieren (¿deben?) estar ahí. Hay un Internet City, en donde se concentran las empresas de tecnología, un mall que contiene una pista de esquí techada en donde rentan hasta la chamarra para el súbito frío sintético, otro con un acuario enorme en donde se puede bucear con tiburones mientras alguien te observa desde el pasillo o compra en exclusivas tiendas. Hay Galerías Lafayette o Bloomingdale’s, tú decides. No hay que pagar impuestos al comprar como el IVA, no hay impuestos sobre la renta tampoco. No saliven, por favor.

Esta ciudad que tiene el edificio más alto del mundo, el impresionante Burj Khalifa, dicen que se debe al determinismo y visión de una familia real que optó por una actitud de apertura de ideas y comercial que les ha sido bastante redituable (ojo, Andrés Manuel). El lema “puertas abiertas, mente abierta” se siente. Se rumora que el líder actual “no conoce el significado de la palabra no” y parece ser que así es ya que todo lo que se ha propuesto se ha llevado a cabo, al igual que lo hizo su padre o su abuelo. Hay riqueza por todos lados.

Los Emiratos Árabes Unidos, que el pasado diciembre celebró sus 40 años como país a partir de la unión de siete emiratos a la salida de los británicos de la región en 1971, tiene hoy en día un PIB per cápita de aproximadamente 50 mil dólares anuales –ajustado por poder de paridad compra- y sus indicadores lo posicionan como un país desarrollado. No hay pobreza evidente en las calles, todo está limpio. La mayoría de los habitantes tienen seguro médico privado y escuelas multiculturales a donde envían a sus hijos. Los índices de criminalidad y la tasa de desempleo son bajísimos, entre los deportes de mayor arraigo, además de las carreras de caballos, la cetrería y más recientemente el fútbol soccer, se encuentra uno de alto riesgo: el shopping. De hecho hay un Shopping Festival en enero.

En esta monarquía constitucional los ciudadanos no votan y los periódicos no reproducen noticias de índole política, se limitan a describir los grandes logros del gobierno, la familia real y su líder. Los únicos partidos que existen acá son los de fútbol o de polo. ¿El precio del orden y el progreso? No lo sé, pero de cierta manera un precio que muchos están dispuestos a asumir y estoy seguro que en México muchos pagarían; basta escuchar a aquéllos que dicen con tono nostálgico que lo que se hace falta a México es un líder visionario que ponga orden. Tal vez podrían considerar mudarse a Dubai si dicho líder no llega.

 

Después de un par de días volamos a la India. El segundo país más poblado del mundo después de China. Cumple todos los pronósticos y hasta supera los relatos de mis amigos que se me adelantaron. El significado de hacer la fila es una mera sugerencia al igual que los semáforos. El claxón es utilizado en lugar del freno y claramente los autos tienen preferencia sobre los peatones. Aquí sí hay banquetas, pero a veces es mejor caminar sobre la calle. Pobreza extrema como nunca la he visto, familias enteras duermen bajo puentes experimentando niveles de insalubridad indescriptibles, bajo cada puente sin excepción.

Primero nos recibe Nueva Delhi, con sus cientos, miles años de historia y un smog que limita la vista a unos 100 metros de distancia, grandes aves dominan el cielo, olores de toda índole se mezclan en el ambiente: clavo, incienso, orines. No obstante en esta combinación la deliciosa comida me atrapa como desde aquella primera vez que mi mamá me llevó a un restaurant indio en Morelia que me dio miedo por las imágenes de elefantes azules con cuatro brazos colgadas en las paredes. Con vista a un lago en medio de la ciudad, comiendo en el alternativo Gunpowder somos envidia de nuestros amigos “pandrifresas” de la Roma-Condesa, todo muy kitsch.

Mi instinto (de Animal Político) me lleva a arrebatar de la mesa en la entrada del hotel un periódico cuyos titulares son dominados por noticias políticas: Anna Hazare hace su segunda huelga de hambre en promoción de leyes más estrictas en contra de la corrupción, una foto Rahul Gandhi, Secretario General del Congreso Nacional Indio (partido político) dando un discurso; etc. También hay noticias de negocios y, por supuesto de películas; aprendo que Shah Rukh Khan, un actor que parece una mezcla de Alejandro Camacho y Pedro Fernández, es el rey de Bollywood.

Después de dos noches y tres días, desayuno y WiFi incluidos, nos mudamos a Kerala, al sur del país en Air India, aunque pudo haber sido por IndiaGo, SpiceJet, Kingfisher, Air Jet o cualquiera de las diversas aerolíneas de bajo precio que han proliferado ante la creciente demanda de la nueva clase media, a la que muy probablemente pertenece la pasajera sentada al otro lado del pasillo quien no toleró el vaivén del aterrizaje e hizo uso de la clásica bolsa de papel para la ocasión. “Guiiiuuu” diría alguien que conozco.

India ha crecido a un ritmo anual promedio de 7.6% real en los últimos 10 años lo que ha más que duplicado su PIB, el cual es en términos per cápita y ajustado por poder de paridad de compra alrededor de 3,500 dólares. El Primer Ministro, Manmohan Singh, un economista que antes fue banquero central y ministro de finanzas, es en buena manera responsable y justamente reconocido por esta bonanza económica atribuida a una mayor apertura y liberación de mercados poniéndole fin a la planeación estatal de la economía conocida como el régimen de las “licencias Raj” (ojo Andrés Manuel, otra vez). Eso sí, la vida política del país es muy dinámica, por decirlo de alguna manera. Los escándalos de corrupción están a la orden del día, los políticos se cambian de bando sin control, hay una facción dominante encabezada por la familia Gandhi, y hasta hay un Partido Comunista de la India con presencia, con el mazo y el martillo e imágenes de Lenin, Marx y hasta Fidel Castro en su propaganda. La pobreza es desgarradora y no se percibe un gobierno que sea efectivo en cuanto a orden ni política social. En los noticieros se discute la parálisis en el Parlamento por la falta de acuerdos y hay preocupaciones de una caída en la tasa de crecimiento. ¿Suena familiar? Sin embargo, se mueve y bastante bien, sobre todo cuando se compara el crecimiento de su PIB per  cápita con el de los Emiratos Árabes Unidos, haciendo ajustes respectivos de escala y guardando proporciones.

El caos vial y la falta de pulcritud hacen pensar que sería más fácil fundar una nueva ciudad que limpiar y ordenar Mumbai, puerto comercial de arraigada tradición y que para muchos es la urbe más cosmopolita del país. Por su ambiente me trae recuerdos de Acapulco y a veces de Veracruz, pero por el río de gente y el sonido en otras ocasiones parece el centro del Distrito Federal detrás de Palacio Nacional, por ahí por la calle de Moneda pero sin organilleros, tanto por los edificios de arquitectura espectacular de la era colonial como por el desorden. Parece ser que no se conoce la palabra “mantenimiento”, pero no por eso es menos bello.

Los grandes contrastes a la vista, el oído y el olfato entre estos dos países harían pensar al que desconoce la muy reciente historia de la India que su sistema no funciona y que Dubai es el ejemplo a seguir aunque eso signifique sacrificar ciertas libertades. Ciertamente hay mucho que aprender de Dubai, aún así, sin demeritar al emirato, yo abogo por el modelo indio, que con todos sus defectos cumple con la triada que considero básica para un desarrollo integral y sostenible: crecimiento económico basado en apertura y fomento al sector privado, desarrollo de capacidades de la población (que puede mejorarse) y maduración política a través del ejercicio pleno de la democracia (trabajo en proceso). Porque aún cuando en Dubai las cosas vayan tan bien nadie les asegura que el próximo Sheikh vaya a tener una visión progresista. ¿Cuántos países hay en donde el líder absoluto es un tirano? Dubai, o más bien los Emiratos Árabes Unidos, son la excepción a la regla. Con este pensamiento me pregunto ¿en este año de elecciones en México por qué tipo de gobierno decidiremos?

P.D. Jaipur, en el estado de Rajasthan, tierra de maharajás (¿incluyendo el de Pocajú? Cómo olvidar a Benito Bodoque y Don Gato) pinta ser una ciudad mucho más ordenada y limpia que las que visitamos hasta hoy. Ya les contaré. Por lo pronto le llaman la “ciudad rosa”…

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