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Por José Carlos Pueblita
Economista moreliano estudioso de los temas públicos desde el gobierno, la iniciativa privada y ... Economista moreliano estudioso de los temas públicos desde el gobierno, la iniciativa privada y la academia. Investigador invitado en el Centro para el Desarrollo Internacional (CID) y profesor adjunto de políticas públicas en la Escuela Kennedy de Harvard. Cocinero, bailador y motociclista amateur. Perruno recalcitrante y fan de Apple. Feliz esposo. Síguelo por Twitter: @jcpueblita (Leer más)
Liberando Ideas
Por José Carlos Pueblita
11 de junio, 2012
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Nunca me había encontrado en un momento como el que recién experimenté al emitir mi voto para Presidente desde el extranjero. Me temo que durante el proceso de decisión viví un periodo de esquizofrenia ideológica en el que mi dictamen sobre por quién votar cambiaba periódicamente. Llegué al agotamiento y hartazgo en ese vaivén. Si así me sentí, no puedo imaginar lo que sienten aquéllos que no disfrutan el seguimiento y el análisis de la política como lo hago a diario.

No estoy afiliado a ningún partido, aunque he trabajado para administraciones priístas muy al principio de mi carrera y panistas más recientemente. Algunos me clasificarían como “filopanista” por haber trabajado muy de cerca a un grupo en la presente Administración y apoyar abiertamente a un precandidato, no obstante, me declaro libre de pensamiento y alabo o pego parejo, eso lo saben mis amigos entrañables afiliados al PAN, los que apoyan abiertamente al PRI, y los cada vez más que son declarados izquierdistas, desde perredistas hasta petistas.

En el ámbito económico soy defensor de la apertura y la competencia, considero que los incentivos de las personas son centrales para explicar resultados y lograr cambios. Pienso que la iniciativa personal es el motor del desarrollo, pero que no se puede dar en un vacío sin un sistema legal que funcione, sea equitativo en su acceso y universal en su ejecución. Considero que el Estado de Derecho es la institución que fundamenta el crecimiento y el desarrollo a la vez, que la certidumbre que nos otorga la Ley promueve la iniciativa personal hacia la generación de valor y sienta las bases de la equidad. Considero que la libre competencia en los mercados es el mecanismo más eficiente para generar riqueza, en el sentido schumpeteriano de promover la “destrucción creativa” a través de la innovación y mejora constante. No sólo lo pienso sino que lo llevo a la práctica en el día a día de manera personal, aprendiendo y tratando de mejorar.

Concibo al Estado como el ente central en el camino hacia el desarrollo. Como recipiente de las voluntades colectivas, promotor y vigilante de las instituciones,  tiene un rol interventor ante las fallas de mercado con el propósito de promover la justa competencia; pero considero que esa intervención debe ser la excepción y no la regla, y que cuando se realice sea de manera planeada y estructurada.

El Estado es para mí un regulador, un árbitro, pero también el actor con las mayores atribuciones para garantizar que las libertades se conviertan en verdaderas “capacidades” -“capabilities” usando el término acuñado por Amartya Sen- a través de la política social activa, garantizando educación para todos los que así la busquen, servicios de salud para los que los necesiten, pensiones dignas para la vejez, sistemas de guarderías para madres y padres trabajadores que lo demanden, subsidios focalizados a sectores en verdadera desventaja y un diverso menú de instrumentos de política posibles. Pero también sé que la política social es política económica al generar impulsos de cambio en la conducta, que hay que entender y prever estas reacciones potenciales y, sobre todo, tengo muy claro que implican una carga fiscal, por lo que al concebir esas políticas sociales se debe ser responsable al planear su financiamiento. Dicho eso, pienso que no hay política social más efectiva y universal que un Estado de Derecho que ejerza la justicia de manera ciega y gratuita, sin distingos, que permita que cualquiera pueda gozar del fruto de su esfuerzo y goce de la propiedad privada sin temor a expropiaciones ni extorsiones. La Ley en su concepto más amplio es para mí la institución central que genera el verdadero desarrollo, el crecimiento incluyente y la justicia económica y social.

Soy un liberal al creer firmemente en la supremacía del individuo y sus libertades, al defender la libertad de elección, de culto, la diversidad sexual y promover un “piso parejo”; en ese sentido reconozco y valoro la importancia del Estado en la salvaguardia de los principios que el liberalismo mismo promueve. No concibo la libertad con verdaderas capacidades sin un Estado fuerte y sin instituciones sólidas de las que sea garante.

En lo político admiro al demócrata verdadero, al que aboga por la participación e inclusión de todos los sectores de la sociedad independientemente de sus perfiles, intereses y principios; promuevo la tolerancia y la diversidad. No encuentro forma de generar políticas y mejora continua que no sea mediante la discusión, el diálogo y la competencia en el plano político. No puedo concebir el progreso sin la discusión de ideas, formada ya sea por mensajes afilados como navajas en un extremo (#ConTodoRespeto) o invitaciones suaves al acuerdo en el otro. Estoy en contra de la política de las puertas cerradas, de un sistema de partidos excluyente, pero entiendo a la vez su valor como agrupaciones que generan cohesión y continuidad. Pienso que todo ser humano tiene el derecho de votar y ser votado aún cuando no forme parte de un partido, allá él, y que todo aquél que quiera dedicarse a la vida política debe estar sujeto al escrutinio público de su labor, a la evaluación constante de su gestión mediante la reelección inmediata y gozar de una justa retribución.

Veo a la política y la economía como entes que interactúan, que tanto el status quo como las reformas son resultados de la colaboración de fuerzas en estos dos ámbitos, que las instituciones en su totalidad son un resultado del equilibro político-económico como magistralmente describen Acemoglu y Robinson en su teoría de las instituciones resumida en su más reciente libro “Why Nations Fail?”, #ExcuseMePlease…

Pero soy como todos sujeto a subjetividades. Me crié en Michoacán (¡Arriba Monarcas y los Reboceros de la Piedad! Que haya carnitas en toda celebración), el estado que fue la cuna del PRD, antes de que fuera un partido político, siempre plagado de marchas y plantones. Decíamos de relajo entre los cuates que “Morelia era una ciudad alcohólica porque siempre estaba tomada”. Los portales del centro eran un tianguis donde vendían mercancía de contrabando; la Universidad Michoacana, donde mi papá daba clases hasta que se retiró, experimentaba periódicas suspensiones. Veía en él la impotencia ante las “tomas” y su esfuerzo constante para dar un buen ejemplo a sus alumnos, y de pasada, a la Pilarica y a mí. Crecí con las historias de mi papá como estudiante de la Preparatoria en San Nicolás, de los movimientos estudiantiles antes del ’68, de la muerte de su gran amigo Everardo Rodríguez por una bala que nadie supo quién disparó en plena manifestación estudiantil.

He visto de cerca -y a veces no tanto- lo que la política de la cerrazón, la manipulación de masas y la extorsión pública le cuesta a una sociedad. Repruebo de manera genérica las tomas de planteles, de calles, de edificios de gobierno, porque pienso que son ampliamente sobreutilizadas en nuestros tiempos y han perdido toda legitimidad; aunque reconozco que a lo largo de la historia han sido muestras importantes y detonantes de cambios necesarios. Para mí esas expresiones constantes son un reflejo de que el Estado es débil, no por que las permita, sino porque no provee canales ciertos de interlocución para dirimir diferencias sin afectar los derechos de los demás. La proliferación de las “tomas” y marchas no juegan en sentido de fortalecer las vías del diálogo hacia una democracia participativa, sino que fomenta una democracia de corte selectivo en función del poder de movilización. Son las buenas instituciones el motor del verdadero cambio, como son el Estado de Derecho, la democracia participativa, la apertura, la competencia, la transparencia, en resumen, las que causan inclusión. No puedo votar por alguien que las descalifique, utilice de manera consistente la amenaza de la extorsión pública (“movilización”) como herramienta del cambio; alguien que vulnera las instituciones que permiten al ciudadano participar de manera tan pasiva o activa como decida sin temer por el peso de su voto o opinión.

Me niego a apoyar a alguien que promueva la austeridad republicana con tintes clasistas, satanizando la “alta burocracia” mientras promete restituir una empresa a todas tintas ineficiente y alza la mano de un líder sindicalista cuyas prácticas son lejanas del principio que promueve (reportaje aquí  y aquí). Hoy es conocido que las altas prestaciones de Luz y Fuerza del Centro deterioraban la situación financiera del organismo. En 2008 sus costos eran 3 veces el valor de sus ventas de acuerdo a la Secretaría de Energía; contaba con una plantilla laboral con baja productividad con respecto a la mejor comparación posible –CFE- (algunos datos de productividad relativa de LyFC y CFE aquí, y sobre los costos que generaba LyFC aquí, aunque seguramente algunos cuestionarán su fuente, aunque fuese INEGI…) y de haber continuado las transferencias hubieran alcanzado un estimado de $300 mil millones de pesos más; la cifra es mera coincidencia (liga aquí). Para ponerlo en contexto, a diciembre de 2008, “LyFC no atendió solicitudes equivalentes a negar el servicio a una ciudad del tamaño de Tijuana”.

Estoy seguro que hay personas en la burocracia que ganan más del valor que generan, pero ni son todos los “altos funcionarios”, ni están solamente en esos niveles como bien lo prueba el caso de LyFC. Hay muchos burócratas que ganan mucho, pero que cuestan aún más por la forma en que está estructurada su compensación y su limitada motivación. Soy un convencido de que es importante que el sector público atraiga, retenga y promueva talentos con vocación pública, que planeen, operen y evalúen las acciones del gobierno con capacidad, motivación y honestidad, y eso cuesta. Lo adecuado es plantear esquemas de compensación inteligentes, que busquen reclutar a los comprometidos y mantener a los efectivos, privilegiando la solvencia sobre la liquidez, estructurando esquemas de pago y retiro verdaderamente atractivos que generen ahorros públicos, no enarbolando principios de “honestidad” que suenan a superioridad moral que nadie goza en el absoluto. Y cuando pienso en este esquema no tengo en mente el Servicio Profesional de Carrera con su muy limitada visión en la implementación.

No puedo votar por alguien que aunque tenga un diagnóstico cercano al acertado en el que identifica grupos de interés, por un lado abandere las causas de algunos de los grupos que señala –como el SME-, y por otro sea burdo y desatinado en las soluciones, siga siendo perseguido por los demonios del siglo XIX y que cuando le preguntan por el rol de México en el mundo se busque el ombligo.

En esta ocasión -y en especial en ésta- me hizo falta visualizar a la izquierda como una corriente verdaderamente progresista; con el actual líder es tan conservadora como aquéllos que encara, utilizando herramientas del pasado, etiquetas caducas, proponiendo al sector petrolero como “impulsor del crecimiento económico” (liga aquí). No puedo votar por alguien que habla de la posibilidad de fraude desde ahora socavando la credibilidad del IFE, una institución muy perfectible, pero que hemos construido. No cuestiono su honestidad ni compromiso sino su miopía. ¡Tanto material que podría utilizar para sostener sus argumentos de corrupción, el sesgo de algunos medios, los excesos de algunos funcionarios y no puede hilarlo en un argumento coherente!

Nunca voté por Cuauhtémoc Cárdenas porque me dejó una marca cuando crecí en mi flagelada Morelia. ¿Subjetividades? Tal vez, aunque le reconozco su rol como formador de una corriente valiosa y cuya aportación le mereció la Medalla Belisario Domínguez. No puedo votar por alguien que lo propone como futuro director del ente central de la estrategia de crecimiento e “industrialización”, no porque no tiene la capacidad, sino que no es la mejor persona para el puesto y ya pasó su momento. El ser hijo del padre fundador de PEMEX no le otorga esa calidad. ¿Acaso porque mi papá es un reconocido profesor de la Universidad Michoacana yo merezco una plaza de tiempo completo? No, pero tengo experiencia dando clases.

Una vez más no voto a favor de las izquierdas para Presidente, no porque esté en desacuerdo con sus principios liberales con visión social. Por el contrario, concuerdo con muchos de ellos, sin embargo, no comparto su modus operandi, su nacionalismo anticuado y sus aproximaciones antediluvianas. Pienso que se necesita una tercera generación de líderes de izquierda, que sea verdaderamente liberal, progresista, que fortalezca al Estado sin abultar el Gobierno. Veo y conozco personas de izquierda y en las izquierdas con toda la capacidad para proponer los cambios sociales requeridos, fortalecer las instituciones políticas y económicas, asegurar un “piso parejo”, dejando atrás términos rancios como “neoliberal”, promoviendo la competencia, la apertura, la tolerancia y la equidad. Estamos en el siglo XXI y la izquierda mexicana necesita ser una y tener sangre nueva. Porque así lo pienso voté por su renovación.

 

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