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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
De decepción, anulación y reglas
Si en la pasada elección anulé mi voto por Presidente, en ésta haré lo propio con casi todas las boletas que me entregarán mis conciudadanos porque veo que nuestra clase política ya logró diseñarse (y auto-aplicarse) reglas que la desconectan totalmente de las necesidades del país. Y no estoy dispuesto a hacerle el juego.
Por Marco A. López Silva
12 de mayo, 2015
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Se acerca junio y, con ello, el ritual del deber ciudadano. Y en esta ocasión no tengo nada de ganas de formarme en la fila, tomar el crayón y marcar una de las opciones que nuestro sistema político tuvo a bien poner a mi consideración. Siempre he acudido al ritual con un bagaje de meses de cavilaciones, habiendo comparado propuestas e historiales y tomando en cuenta consideraciones estratégicas. No más. Si en la pasada elección anulé mi voto por Presidente, en ésta haré lo propio con casi todas las boletas que me entregarán mis conciudadanos.

Y es que veo que nuestra clase política ya logró diseñarse (y auto-aplicarse) reglas que la desconectan totalmente de las necesidades del país. Y no estoy dispuesto a hacerle el juego. Simplemente me niego a validar, con mi voto, a personajes que –con mucha evidencia– sospecho desempeñarán un pésimo papel como funcionarios electos. Sé que no soy el único; en cierto sentido (y esto, en sí mismo es decepcionante) me reconforta leer artículos de gente que está igual de cansada que yo. Pienso, por ejemplo, en artículos como éste de Ricardo Raphael, en que se queja de que el sistema político nos exige votar por “sujetos sin neuronas”: gente que (¡en la situación social y económica del país!) se atreve a lucir relojes de millones de pesos; personajes que transportan a su familia en el helicóptero oficial, se ven obligados a renunciar y tienen el descaro de presumirnos la gran cantidad de ofertas laborales que tienen (y el año y medio que se tomarán para ponderarlas). O este otro, de Jorge Zepeda Patterson, quien argumenta que la política moderna tiende a privilegiar los sound bytes, las frasecitas sobresimplificadoras que, por su sencillez conceptual y comunicativa, brindan una seguridad reconfortante al votante. Esas normas, dice, tienden a atraer a gente poco inteligente, o fomenta que los inteligentes se vuelvan poco honestos (para poder decir idioteces con cara de póker). Terminamos votando, dice pues, por los imbéciles.

A mí me parece claro: las reglas que los políticos nos han impuesto desaparecieron cualquier correa de transmisión entre éstos y el descontento ciudadano. Piénselo, lector/lectora querido: podemos haber millones de mexicanos muy molestos con tanto escándalo, corrupción y podredumbre del PAN, PRI, PRD, MORENA y el Verde –podemos abstenernos de ir a votar… da igual, porque no pasará nada. Las elecciones se realizarán sin contratiempos, y alguno de los candidatos –en todas y cada una de las elecciones– ganará el codiciado puesto. Podemos haber otros millones más dispuestos a cumplir con el ritual y anular nuestro voto… y tampoco pasará nada. El señor Razú ganará la Delegación Miguel Hidalgo; tendrá a su disposición cientos de puestos y millones de pesos en presupuesto con los que premiar a sus redes electorales, y preparar –como hizo con él don Víctor Romo– a un sucesor, dándole espacio para repartir cobijas durante tres cómodos años. Y si no es Razú, será Xóchitl Gálvez, de quien –por más que busco– no encuentro un track record ni medianamente estelar. Simplemente no pasará nada.

Note el lector que entiendo perfectamente las implicaciones del voto en blanco –que, como ya dije, en términos electorales son exactamente cero. Es más: entiendo los argumentos de una parte de los analistas políticos, que afirman que los votos anulados favorecen a otros partidos, dependiendo de ciertos supuestos (ver, por ejemplo, éste artículo de Javier Aparicio, o éste otro de José Antonio Crespo). Y ése es precisamente mi punto: me niego a aceptarme víctima de un esquema normativo que me obliga a aceptar al menos apestoso entre varios puercos. Si el voto es la única vía de expresión “institucional” que me dejan los políticos, al menos lo voy a utilizar para dar mi opinión franca. Y de voto útil, por favor, ni hablemos: con esa lógica ya voté por Vicente Fox en 2000 y por López Obrador en 2006 y ambos fueron tremendas decepciones: uno como triunfador que terminó pactando con el ancien régime; el otro como pésimo perdedor –ambos, como derrochadores de un importantísimo, y posiblemente irrepetible, capital político.

¿Qué hacer en este contexto? ¿Cómo no darse por vencido? Bueno, creo que tenemos que comenzar por entender la naturaleza del problema: aquí lo que está podrido son las reglas, que atraen a pura fauna y flora indeseables. Y si es así, lo que tenemos que hacer es cambiar las reglas, no a las flores ni los animalitos. Como ciudadanos, como analistas políticos, como activistas, nos toca –sí, otra vez– empujar una nueva reforma política.

¿Y qué elementos debería tener? Bueno: para empezar, la asignación de un peso claro y específico a la abstención y el voto nulo. No resulta difícil pensar en alternativas: podríamos decidir que, si en una elección la abstención rebasa un determinado porcentaje, ésta debe repetirse. Y/o que, si los votos nulos rebasan un umbral determinado, la elección deba volver a realizarse con otros candidatos (eso es lo que expresa el voto nulo, ¿no? Inconformidad con los candidatos…) Podríamos también señalar que ambos porcentajes (votación nula y abstencionismo) reducirán las prerrogativas financieras que los partidos recibirán en los siguientes años. Les apuesto que, en ese nuevo contexto, los políticos serían bastante imaginativos para promover que los ciudadanos nos interesemos en sus propuestas, en apoyar a sus candidatos, y en participar en las elecciones.

Podríamos también cambiar las reglas electorales para dejar de asignarle al INE (y, a través de sus mecanismos de queja, a los propios partidos) el papel de mamá censora, protectora de nuestros castos oídos. Después de las elecciones de 2006, todos los partidos se tomaron el Kool-Aid que les ofreció López Obrador, y decidieron prohibir las campañas negativas a pesar de la utilidad pública de éstas. Hemos caído en un escenario tan aberrante que, ante un spot del PAN en que éste critica que la Primera Dama haya viajado a China hasta con su maquillista, la Oficina de la Presidencia se atrevió a presentar un alegato ante el INE en que afirma que los spots “utilizan expresiones y hacen alusiones (escritas, habladas y representadas gráficamente) que resultan impertinentes, innecesarias y desproporcionadas para explicar la crítica que se formula (…) Únicamente pretende desacreditar, sin fundamento alguno, la imagen del Presidente de la República, sobrepasando los límites de la libertad de expresión (…) Lo cual en nada abona al debate público y la sana crítica, objetivo primordial en las campañas electorales y por el contrario desacredita, sin un sustento verificable y comprobable a las instituciones”. El argumento me dejó sin palabras: si existe un precedente legal en todos los países democráticos en materia de libertad de expresión, es justo que no existen límites a ésta cuando el discurso en cuestión se refiere al actuar de personajes públicos. Y que me perdone el presidente Peña, pero criticar los gastos de su familia en viajes pagados con mis impuestos me parece todo menos impertinente, innecesario o desproporcionado.

¿Qué idea me interesa que se lleve el lector, de este inusualmente corto artículo? Que no erremos el diagnóstico distrayéndonos en cuál es el menos apestoso de los puerquitos. Que activistas, políticos, y opinadores dejemos de pretender que el juego de diseñar reglas políticas tiene un fin natural, que nos permitirá discutir (¡por fin!) otras cosas. No nos hagamos ilusiones: aceptemos que nos toca hacer el trabajo de plantear y empujar una nueva reforma a nuestras reglas electorales. Identifiquemos puntualmente las normas que no están sirviendo y volvamos a la trinchera… a plantear cambios, a hacer plantones. ¿El segundo mensaje, en nivel de importancia? Que, por favor, a mí y a los demás anulistas nos dejen en paz con nuestro voto nulo. De elegir al candidato X o la candidata Y serán responsables quienes voten por ellos. Si ustedes quieren tratar de evitar que llegue Razú votando por Xóchitl (o al revés), están en todo su derecho y tendrán que convivir con su consciencia cuando su voto estratégico termine –como sospecho terminará– en la decepción. Mi decisión de anular la boleta es mi derecho; es una opción perfectamente democrática y, en este contexto, francamente, la única alternativa que considero ética.

 

@marcolopezsilva

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