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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
El asesino y las discusiones que nunca se tienen
¿Qué tanto colaboramos con la solución de los problemas cuando callamos los discursos que nos parecen inadecuados, indeseables, inadmisibles? ¿Qué esperanza podemos tener de solucionar las cosas, cuando pretendemos asignar toda la “culpa” a un factor y, al mismo tiempo, preferimos ignorar la naturaleza de éste?
Por Marco A. López Silva
10 de octubre, 2014
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Habrá notado mi lector/lectora querido que una de mis obsesiones personales es la ideología. Es un tema que me resulta fascinante, sobre todo porque, a pesar de que algunos pretendamos lo contrario, ninguno de nosotros aprecia la “realidad objetiva”; todos utilizamos ciertos filtros para reducir la enorme cantidad de datos que captan nuestros sentidos, a un volumen manejable (ver Bias is the Nose for the Story, de Gerard Smallberg, en “This Will Make You Smarter”, 2012, o “Thinking, Fast and Slow” de Kahneman, 2011). Esos filtros forman –y a su vez son influenciados– por nuestra ideología. Mantenerse consciente de la propia ideología y de cómo ésta afecta nuestra percepción de la realidad requiere un gran esfuerzo cognitivo/intelectual, que casi nadie hacemos. La ideología es, a final de cuentas, condición inescapable de la naturaleza humana. Por lo mismo, me resulta sumamente divertido (bueno, a veces exasperante) observar a analistas, opinólogos y políticos defender posiciones inherentemente ideológicas como si fueran puramente técnicas.

Bueno, pues las críticas recientes a un artículo periodístico me hicieron pensar de nuevo en el tema. Veamos. Una de las dimensiones en que las ideologías políticas se separan de forma más clara es la de la responsabilidad individual versus la colectiva, y en particular, la relación que existe entre éstas y la violencia o la delincuencia. Ante la ocurrencia de un delito, las personas de derecha tienden a observar las raíces de éste en la persona que lo cometió (y, si acaso, en su núcleo familiar), mientras que las de izquierda tienden a observar “causas estructurales”, relativas a las condiciones sociales en que el delincuente se formó. Sobresimplificando un poco, las primeras dicen “este tipo tiene algo mal en la cabeza”, mientras que las segundas afirman “es que su contexto social no podía llevarlo a otra cosa”.

Steven Pinker –el famoso neurocientífico canadiense– dedicó un libro entero a este tema, denominado “TheBlank Slate” (se los mega recomiendo). En él, Pinker plantea que un argumento central de la izquierda radical norteamericana es que toda la realidad humana es socialmente construida; que los humanos venimos al mundo como una “tabla en blanco” en que la sociedad escribe, determinando (digamos, en muy buena medida) nuestro comportamiento. Y luego provee toneladas de datos científicos que demuestran que no es así –que existen ciertas tendencias que son inherentes al humano (aunque tampoco “determinan” su comportamiento) y que existen ciertas personas que presentan defectos biológicos que explican su comportamiento delincuencial (en específico, los sicópatas). Argumenta que cualquier posición extrema al respecto (ya sea el determinismo biológico o el determinismo social) es una interpretación errada del problema. Entre otras muchas anécdotas, narra la historia de Jack Abbott, un asesino estadounidense que fue liberado de la cárcel en los 80s gracias a la intervención de importantes intelectuales de izquierda (incluido Norman Mailer), que consideraban a Abbott un lúcido escritor víctima de sus circunstancias sociales. Abbott los hizo quedar en ridículo matando a otra persona dos semanas después de su liberación.

Bueno, pues les decía que una discusión reciente me recordó el tema. Se trata de la severísima crítica que recibió el artículo “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)” de Alejandro Sánchez, en la revista emeequis. En él, el autor narra –desde la perspectiva del asesino– como un muchacho que fue excelente estudiante, deportista, “hijo de una familia que lo ha educado en el deber y el esfuerzo” asesina a una chica que acaba de conocer, al no soportar las burlas de ella al anunciarle que se iría al extranjero a estudiar. Diversos artículos (algunos de ellos publicados en el mismo sitio de emeequis) acusaron al periodista y a la revista de hacer apología del feminicidio; de hacer una oda al asesino; de falta de ética periodística. Todos, creo, puntualizaron que el artículo parecía centrarse en cómo el evento “echó a perder” la vida del asesino, cuando la víctima fue claramente la chica; en cómo la conducta de ella –el burlarse de él– no puede ser justificante del asesinato, y en cómo, la comparar la imagen que el artículo deja de él y de ella, parece asignar una “calidad superior” (whatever that means) al primero. Prácticamente todos puntualizaron: la responsabilidad es de él, solamente de él.

La discusión que generó el artículo hace imposible de escapar, creo, de externar mi opinión al respecto. La adelanto a mi punto central: comparto una parte de las críticas. Ciertamente, el autor podría haber hecho más explícito (aunque de su lectura a mí me pareció obvio) que la narración correspondía a la perspectiva del asesino, y no a la “realidad objetiva” del evento. También podría haber combinado la narración con una discusión sobre la naturaleza del delito de homicidio (o, de forma más específica, del feminicidio) y haberla aprovechado para distanciarse de forma más clara de lo que podría haber parecido una apología. También podría haber balanceado el gran detalle que hace de la vida y logros previos del asesino, con detalles acerca de la vida de ella (aunque, en posterior aclaración, el autor manifiestó que intentó obtener información de la familia de ella, sin respuesta positiva). Aunque, a final de cuentas, esto último es irrelevante: ¿o acaso debemos medir y comparar la “estatura moral”, social o intelectual de víctima y victimario, para decidir si un homicidio lo es, o no? Sin embargo, la mayor parte de las críticas me parecieron extremas e injustificadas: no creo que el artículo “justifique la violencia de género”. Aunque, de entrada concedo: tal vez mis propios sesgos (como hombre feminista, pero al final, varón en una sociedad heteropatriarcal) me impidan ver la realidad.

Tratando de ir más allá de los defectos del artículo, mi punto central es éste: tanto críticos como apologistas están desaprovechando la ocasión para tener una discusión franca, y socialmente útil, sobre la naturaleza de la violencia y sobre las posibles soluciones para enfrentar ésta. A mí, francamente, sí me resultó interesante saber qué pensó el homicida; cómo explicó (en su cabeza) el crimen; qué características tienen los eventos en que una persona explota en un arranque de violencia; qué puede haber provocado que un muchacho que –habiendo tenido lo que parece ser un contexto más que apropiado– termina destrozando (literalmente) la vida de una muchacha y, de paso, tirando todo el potencial que parecía tener él.

Porque, más allá del caso particular, me interesa encontrar maneras de que esto no vuelva a pasar, y si algo he aprendido como analista de política pública, es que si uno asume cuáles son las causas y los efectos del problema en vez de derivarlas de un análisis lo más frío y documentado posible, termina con “soluciones” que sólo lo son en el papel.

En la discusión se están perdiendo preguntas clave: ¿hay algún perfil específico al que se ajuste este muchacho? ¿Se trata de un sicópata? ¿Podemos modificar sus tendencias cambiando su contexto social? ¿Hay soluciones médico-biológica-químicas? ¿Qué lugar pueden o deben tener éstas? ¿Acaso hay que resignarse a detectar a este tipo de personas de forma temprana, y aislarlas? ¿Cómo podemos reducir la probabilidad de que exploten? ¿O, alternativa/complementariamente, cómo reducimos la severidad de los eventos si estas personas llegan a explotar? ¿Cómo funcionaría un programa público que pretenda atacar el problema, en todas sus líneas causales?

En fin. Creo que, de nueva cuenta, la ideología asoma su cabeza y nos impide ser propositivos. O ¿no nota usted, lector/lectora querida, algo raro cuando personas cuya posición es de izquierda optan, de pronto, por centrar la responsabilidad de la violencia sólo en el individuo (y no discutir más el contexto social)? ¿Qué tanto colaboramos con la solución de los problemas cuando callamos los discursos que nos parecen inadecuados, indeseables, inadmisibles? ¿Qué esperanza podemos tener de solucionar las cosas, cuando pretendemos asignar toda la “culpa” a un factor y, al mismo tiempo, preferimos ignorar la naturaleza de éste? ¿De verdad es ésta la aproximación adecuada, cuando tenemos decenas de miles de víctimas de la violencia en el país? ¿Cuando desaparecen varias decenas de estudiantes y aparecen cadáveres desollados, en fosas clandestinas?

Por Dior: aprendamos a ser adultos; a reflexionar, a discutir sin satanizar ni pendejear a quien consideramos contrario, a quien dice algo inconveniente. Aprovechemos la ocasión para proponer, en vez de, simplemente, para dejar clara nuestra posición ideológica. No sé… tal vez muchos analistas no lo hacen porque criticar es siempre fácil; buscar y encontrar datos –proponer– implica un riesgo. Porque, además de ser criticada (lo que es seguro) es posible que nuestra idea no funcione. Tal vez no teníamos razón. Tal vez…

 

@marcolopezsilva

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