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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
El espejo de Axan
La reacción ante el caso de Axan está sacando a flote percepciones, fobias y vicios sociales que uno a veces pretende han sido superadas en la clase media y educada de nuestro país, y está demostrando que somos una sociedad profundamente ignorante en materia de derecho y derechos.
Por Marco A. López Silva
25 de septiembre, 2015
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El caso, me parece, es ya bastante conocido: una madre soltera que vive en Arizona se muda a Hermosillo e inscribe a su hijo en una de las escuelas privadas de relativo prestigio de la ciudad. Al niño – de nombre Axan – le gusta traer el cabello largo, que su madre le peina con cuidado para que no le estorbe en la escuela. El primer día de clases, las autoridades de la escuela le informan a la madre que el reglamento escolar (que hasta ese momento no le habían entregado) prohíbe a los niños – pero no a las niñas – traer el pelo largo. A ella la previsión le parece inapropiada, por no respetar el derecho a la personalidad del niño y ser discriminatorio por género, de modo que comienza un proceso de diálogo, buscando que el colegio ajuste su reglamento. La escuela suspende al niño. Ella acude a varias instancias legales (la Comisión Nacional de Derechos Humanos, CNDH; la Secretaría de Educación Pública, SEP – etc) tratando de resolver la situación, siempre buscando que la escuela se ajuste a lo que ella considera justo y legal. Entonces abre una petición en Change.org y ármase Troya en internet (o por lo menos en mi Facebook, aunque, bueno, soy de Hermosillo). Pueden leer una cronología más completa en este artículo publicado en VICE.

El caso me tiene muy apesadumbrado, porque está sacando a flote percepciones, fobias y vicios sociales que uno – como parte de la isla de izquierda que es la Ciudad de México – a veces pretende han sido superadas en la clase media y educada de nuestro país. La reacción ante el caso está demostrando, en primerísimo lugar, que somos una sociedad profundamente ignorante en materia de derecho y derechos. No pretendo hacer una exposición legal detallada, porque no soy experto y hay articulistas que han ya hecho un excelente trabajo en la materia – particularmente Estefanía Vela, en este post en su blog. Me conformo con que dejemos claras algunas cosas. En primer lugar, deberíamos todos entender que los derechos constitucionales son irrenunciables. La Constitución, en su artículo 1°, señala que está prohibida la esclavitud; si alguno de mis lectores y yo firmamos un contrato diciendo que él se obliga a trabajar conmigo por el resto de su vida, o que va a trabajar sin pago, el contrato es simplemente inválido, por más que ambas partes lo hayamos firmado. Mi lector podría – en cualquier momento – negarse a cumplir el trato y pedir a un juez que lo invalide. Es así de sencillo.

En segundo lugar, la Constitución señala muy claramente que “Queda prohibida toda discriminación motivada por […] el género […]”. Un reglamento escolar que señala restricciones distintas para niños y niñas, claramente discrimina (diferencia, pues) por género. Si la regla se derivara de alguna necesidad didáctica y no diferenciara entre niños y niñas (por ejemplo: si dijera que el corte de cabello debe mantener descubierta la vista) ya no discriminaría por género, aunque daría lugar a otra discusión: por un lado, podría argumentarse que restringe el derecho a la personalidad; por el otro, podría contra-argumentarse que, como sociedad, hemos decidido que los padres (y adultos, en general) debemos tutelar ciertos derechos de los niños y gradualizar su concreción. Pero no es el caso: la regla de la escuela es claramente discriminatoria por género. Diría más: sería difícil encontrar casos más claros de discriminación por género en nuestro país. Eso también es así de sencillo.

En tercer lugar, el orden de prelación de las normas mexicanas pone en el cénit legal a la Constitución (que, incluso, señala que debe modificarse lo que sea incompatible con los Tratados Internacionales); luego las Leyes Generales (es decir, las que rigen temas en que el Congreso federal está autorizado a legislar para su aplicación en todo el país); después, las Leyes específicas y estatales (las que emiten los Congresos de los estados); luego los Reglamentos de Ley y, muy hasta el final, los acuerdos entre privados. Si una Ley estatal prevé algo que es incompatible – o va más allá de lo señalado por – la Constitución federal, esa parte es susceptible de ser declarada inválida, y así sucesivamente.

Por todo lo anteriormente expuesto, los reglamentos escolares – al ser un contrato entre particulares – se tienen que ajustar a lo que diga la Constitución en materia de derechos. Si la madre de Axan firmó o no el reglamento, es irrelevante, porque tratándose de un derecho irrenunciable, al menos esa parte del reglamento es inválida. (Por cierto: como se aclara en el artículo de VICE, ella nunca firmó el reglamento, porque la escuela se lo entregó hasta después de iniciadas las clases). A pesar de todo lo anterior, las manifestaciones en contra de la madre de Axan se han centrado en argumentar que “las reglas hay que cumplirlas”. Vaya, pues ese argumento implica ignorancia grave en materia de leyes y derechos. Lo que la madre de Axan está haciendo es, justamente, exigir el cumplimiento de las reglas.

El segundo rasgo social que el caso está trayendo a flote es el de la ignorancia deliberada. Hasta este punto, no he expuesto conceptos técnicos ni teóricos complejos, como algunos de los que giran alrededor del término “género” (y que trato un poco después). Todo lo que he comentado en los párrafos anteriores puede ser consultado, simplemente, buscando en internet la Constitución mexicana y uno que otro artículo de circulación general. ¿Cuál es la justificación, entonces, de que personas con educación profesional, miembros del decil más alto de ingreso, expresen opiniones tan sorprendentemente ignorantes? Ser ignorante acerca de un tema no es pecado, ni debe darnos vergüenza – todos somos completamente ignorantes acerca de una vasta lista de temas naturales o sociales. Nadie puede conocerlo todo. Lo que sí debería darnos vergüenza es externar opiniones públicas acerca de un tema social sensible, sin hacer un esfuerzo mínimo por entender la naturaleza del mismo. Máxime cuando, como nunca en la historia, cualquiera de nosotros tiene acceso a terabytes de información – practicamente todo el conocimiento humano – al alcance de nuestro teléfono.

Para explicar la tercera característica social que me ha resultado apabullante, me es necesario retomar brevemente unas explicaciones que – por corresponder al estudio de temas que no son de conocimiento generalizado, se prestan a la ignorancia involuntaria. Al usar el término sexo, los académicos y activistas se refieren a las características biológicas de las personas; se utiliza un espectro masculino-femenino (hombre-mujer) para “ubicar” a las personas en la materia. La cosa no es tan sencilla – existen las personas intersexpero por lo pronto dejémoslo ahí. Por género, por su parte, se hace referencia a los roles que, como sociedad, asignamos a los sexos. La idea de que a los niños les toca vestir de azul, ser bruscos y jugar rudo, y a las niñas vestir de rosa, ser tiernas y jugar a las muñecas, forma parte de una concepción social llamada género. El género separa lo femenino de lo masculino en una dimensión que no tiene nada de natural, porque procede de la sociedad y no de lo biológico. Por otra parte, tenemos la identidad de género, que se refiere a la percepción que cada persona tiene sobre si es femenina o masculina (o ninguna). La identidad de género puede coincidir, o no, con el sexo biológico. Otro concepto distinto es el de la expresión de género, que es la manera en que cada quién externamos nuestra identidad de género (cómo nos vestimos y hablamos, por ejemplo). Otro concepto, relacionado pero distinto, es el de la orientación sexual, que se asocia con el sexo (o, bajo algunas acepciones, el género) por el cual nos sentimos sexualmente atraídos. Todo lo anterior implica una vasta lista de posibilidades: podemos ser un hombre (sexo) que se identifica mentalmente como masculino (género) que se expresa en términos masculinos (un rudo motociclista, por decir algo) y que siente atraído por los hombres (gay u homosexual); o una mujer (sexo) mentalmente femenina (género) que se viste masculina (tomboy) a la que le gustan los hombres (straight, buga o heterosexual); o una lista larguísima de combinaciones. Cuando se me confunden los términos busco este gráfico, que simplifica (un poco de más) el tema y que ha sido criticado por la comunidad trans, pero que considero didáctico:

Genderbread Person

Resultó necesario exponer lo anterior porque lo que parece estar detrás del lío es el bajo entendimiento y poca aceptación de las variaciones en materia de expresión de género y orientación sexual entre los humanos. En los chats de Whatsapp hermosillenses la gente dice cosas aún más inaceptables que en las redes sociales, y se comparten fotos de la madre de Axan señalando que (¡Oh, dios!) es lesbiana. Lo que les molesta es que una lesbiana la haga de pedo por su hijito non-gender-conforming. Lo disfrazan de una defensa de “la importancia de respetar las reglas”, pero la fobia, el afán de marginar, reptan en las sombras de sus argumentos.

Y esa falta de empatía que está demostrando la gente de mi ciudad de origen, me apena muchísimo. ¿No pueden ponerse un poco en los zapatos de las personas que no se ajustan a las categorías binarias que como sociedad imponemos a una realidad – incluso biológica – que es compleja? Lo social es personal: cuando hablamos de matrimonio igualitario, por ejemplo, hablamos del derecho de personas de carne y hueso. Pero, además, en este caso están hablando en el sentido personalísimo: de un niño y una madre con nombres y apellidos. ¿No se ponen a pensar en lo que deben estar pasando la madre de Axan y su familia, cuando en las redes sociales a ella se le tacha de argüendera, marimacha, pinche lencha revoltosa, y al pobre niño de puto, maricón y se comparten fotos alteradas del niño travestido? ¿Por qué la gente parece incapaz de comprender – empatizando – que la naturaleza es diversa, y que no tenemos derecho a hacerle pasar penurias a las personas que son diferentes – bajo la definición que sea que se tome? ¿Qué pasa por su cabeza que los hace pensar que es razonable decir “si no le gusta, que se vaya”? ¿En qué clase de mundo homogéneamente blanco, misógino y heterosexual quieren vivir? ¿Cómo creen que se sienten, toda su vida, las personas a las que tachan de “puto”, “marimacha”, “indigna de casarse”, “peligro para los niños”, “perpetrador de conductas desordenadas”, “indigno de recibir la comunión” y demás linduras que salen de sus bocas tan defensoras (¡ja!) del estado de derecho? ¿Por qué se colocan en el pecho su placa de la Policía de Género para discriminar y señalar a las personas que no se ajustan a su concepción en el tema; y después lo niegan, pretendiendo que se trata de un tema de “respeto de las reglas”? ¿Qué les enseñan en sus casas, en sus iglesias, queridos hermosillenses? ¿Dónde es que pierden su humanidad?

Estoy realmente desconcertado. El caso de Axan nos ha puesto frente a un espejo. Y el reflejo, qué pena decirlo, es monstruoso. Qué vergüenza. Yo, al menos, no puedo decir otra cosa.

 

@marcolopezsilva

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