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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
El porno y La Plática (o “Somos lo que porneamos”)
¿Debería la pornografía ser materia de política pública? ¿Tiene lugar como parte de la educación sexual?
Por Marco A. López Silva
23 de enero, 2014
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Mi primer contacto con la pornografía fue, probablemente, alrededor de los siete años. Una vecinita había encontrado un par de revistas en su casa, y vino a mostrármelas. Recuerdo que en el momento no me pareció nada especial: las fotografías se limitaban a mostrar hombres y mujeres desnudos, sin representar actos abiertamente sexuales –al menos que recuerde. De modo que dije “Bleh”(o el equivalente para mi vocabulario de la época) y a otra cosa, mariposa. Pero un par de años después, mis primos y yo descubrimos que mi tío estaba suscrito a Playboy y Penthouse y que mantenía siempre la última edición de ambas en su baño. Unos días después descubrimos su colección, en unas cajas “escondidas” en su clóset. Escondidas fue un decir, porque nos tardamos como dos minutos en encontrarlas. Ahí ya me empezó a intrigar la cosa: o había cambiado el estilo de las fotografías, o yo ya estaba detectando que las posturas sugerían algo desconocido.

Creo que esas revistas ya cumplían con la definición de Wikipedia de pornografía: “aquellos materiales, imágenes o reproducciones que representan actos sexuales con el fin de provocar la excitación sexual del receptor”. El caso es que mis primos, mi hermano y yo pasamos hooooras examinando el tesoro que nos habíamos encontrado, dándole vuelta a las revistas para darnos mejor idea de la anatomía femenina. Uno de los grandes descubrimientos, recuerdo, fue la variedad en la anatomía: güeras, morenas, pelirrojas, con busto grande, chico; pezones así o asá… en fin. En retrospectiva, lo más raunchy de los Playboy o los Penthouse de aquella época eran las caricaturas; las fotografías mostraban posturas que implicaban (seguramente, simulaban) actos sexuales, pero no mostraban genitales masculinos, ni close-ups que nos aclararan la mecánica fina del asunto. En un fellatio, por ejemplo, el miembro masculino estaba cubierto por un pañuelo. En otro, podía uno ver la silueta masculina detrás del cancel de una regadera, y una mujer (esa sí, totalmente visible) arrodillada enfrente.

De modo que cuando mi mamá tuvo que sufrir “La Plática” con sus dos hijos varones, intuitivamente supe que lo que había visto en las revistas tenía que ver con lo de “el papá pone una semillita en la mamá, y la semillita crece y se hace un bebé”. Lo que no me quedaba claro era la logística. “Pero ¿cómo llega la semillita del papá a la panza de la mamá?” le espeté a mi pobre madre. Sus dos sucesivas respuestas no me convencieron, de modo que se rindió, y fue lo más clara que estaba dispuesta a ser: el papá pone el pene en la vagina de la mamá. Zas. Pero ¿cómo? pensé yo… (¿han escuchado la anécdota de la niña gringa que pensaba que si al sexo se le decía “screwing” era porque la mujer se sentaba arriba del hombre y daba vueltas?). Ya no quise insistir más.

Con el tiempo, y más porn, se me aclararía la duda. Porque en la escuela no recuerdo haber tenido una clase de educación sexual. Tendría que pasar buen tiempo para realmente ver el asunto en todo su esplendor… la gente que tiene más de 30 recordará lo complicado que era conseguir pornografía en los 80s y aún en los 90s: cuando estaba yo en la secundaria, había que detectar qué tío o papá de amigo compraba sus Playboy y las dejaba descuidadas; o qué papás tenían su colección de VHS o Beta y habían olvidado dejarla bajo llave en algún viaje; o quién tenía una parabólica “abierta” y ningún adulto a la vista. Prácticamente todo lo que conseguía uno era, para los estándares actuales, soft-porn (el otro día volví a ver Emmanuelle con mi mujer, y nos botamos de la risa). No recuerdo cuándo vi un close-up de una penetración, pero debe haber sido hasta la prepa, probablemente.

El caso es que mi experiencia con la pornografía me ha llevado a tener ciertas hipótesis acerca del valor o utilidad de la misma; de su relación con la idea que los humanos vamos teniendo acerca del sexo, y de sus efectos sobre la sociedad. Habiendo tenido una educación sexual algo limitada en detalles logísticos (nada cerca del libro alemán “Wokommst du her?”) creo que el porn que he visto tuvo una clara función didáctica. En su momento me aclaró el tema mecánico/logístico, y después me ilustró sobre cosas que probablemente no se me hubieran ocurrido (y eso que soy bastante creativo). En segundo lugar, creo que me formó una idea inicial, bastante concreta, de lo que era (o debía ser) el sexo. Prácticamente toda la pornografía visual que había leído hasta que tuve sexo por primera vez, fue soft-porn. En consecuencia, durante algunos años mis actividades sexuales fueron, digamos, plain vanilla. Me tardé un rato en entender que había una variedad de formas de tener sexo que son válidas, chidas y divertidas (y que mi esposa me prohibió mencionar aquí…).

Mi experiencia personal me ha llevado a tener una preocupación genuina respecto del estado actual de la pornografía. A diferencia de lo que pasaba hace 20 o 30 años, hoy la pornografía está a sólo un par de clicks de distancia. Y además, buena parte de lo que uno puede encontrar –con extrema facilidad– en sitios tan populares como You Porn o Red Tube (pensé en poner los links pero mejor googléenlo ustedes) me parece bastante lejano a lo que podría (o ¿debería?) uno esperar, al menos en sus primeros años de actividad sexual. Tengo dos hijas (una de ellas ya adolescente) y me preocupa que en vez de formarse una idea del sexo tipo Emmanuelle, piense que lo “esperable” es el bukakke, o la dominación, o los double-penetration (google, people). Ojo: no estoy queriendo establecer lo que es “sexo normal” (¿normal para quién?) sino lo “razonablemente esperable”, al menos al iniciar la vida sexual. En mi cabeza, uno debería empezar por las cosas sencillitas; experimentar poco a poco, y entrarle a las cosas más “avanzadas” cuando está uno listo física y emocionalmente. Y todo esto me causa una complicación adicional: ya tuve La Plática con mi hija mayor, y aunque quise dar algún detalle, fui bastante medido. ¿A poco tengo que hablar con ella sobre los detalles de qué es “esperable” y qué es “avanzado”? (terror de los terrores) ¿Cómo explicar qué es el bukakke sin entrar en detalles gráficos potencialmente traumáticos, tanto para mí, como para mis hijas y su madre? Y ni modo de sentarse a ver porn con la niña y decirle: “esto es esperable”, “esto nooooo” y así…Y más allá de mi familia: ¿debería la pornografía ser materia de política pública? ¿Tiene lugar como parte de la educación sexual?

Y bueno, como soy todo un nerdazo me puse a investigar. Porque mis experiencias pueden ser generalizadas o no; mis hipótesis pueden o no ser ciertas, y a mí me gusta atenerme a la evidencia.

Y resulta que el posible efecto de la pornografía sobre la gente (y, por ende, sobre la sociedad) es toooodo un tema en las ciencias sociales.  Comencé con un par de papers sobre pornografía, obscenidad y regulación, que me facilitó Estefanía Vela (@samnbk –si no la siguen, háganlo). En particular, “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”, de Gayle Rubin, me pareció una joya. Neta léanlo. Dice Rubin que desde los principios de la civilización occidental se partió del supuesto del existencialismo sexual, que es “la idea de que el sexo es una fuerza natural que existe con anterioridad a la vida social y que da forma a instituciones”. Luego vinieron pensadores como Foucault, quien argumentó que el deseo sexual no es una entidad biológica preexistente, sino que éste se va formando de acuerdo al contexto y las prácticas sociales históricas; es decir, que la sexualidad humana no puede entenderse sólo en términos de capacidades biológicas. También lean este artículo de Estefanía, que resume de manera inteligente la evolución de las discusiones normativas sobre la pornografía.

Y si las prácticas sociales incluyen a la pornografía, ¿afecta ésta a la sexualidad? Resulta, lectora/lector querido, que esa pregunta ha sido motivo hasta de un par de Comisiones Especiales del Legislativo y el Ejecutivo en los Estados Unidos. A finales de los 60s, el Presidente Lyndon Johnson autorizó un presupuesto de $2 millones de dólares para la formación de una comisión especial (la “National Commissionon Obscenity and Pornography”) que estudiara el tema de la pornografía y lo que el Congreso estadounidense debía (o no) hacer al respecto. Después de mucho análisis, la Comisión opinó que no existía evidencia sobre la existencia de efectos negativos de la exposición de adultos a la pornografía; que la ley no debería buscar interferir con los derechos de los adultos que quisieran leer, obtener o ver materiales sexualmente explícitos, y emitió cuatro recomendaciones no legislativas, tocantes a la necesidad de iniciar una campaña masiva de educación sexual. Cuando la Comisión terminó su reporte, Richard Nixon era Presidente, y al pobre se le pararon los pelos con las conclusiones. Tanto, que se sintió obligado a emitir una opinión formal. En ella, dijo que “Si la proliferación de libros y obras sucias no tienen efectos negativos duraderos en el carácter de un hombre, también sería cierto que los grandes libros, las grandes pinturas y las grandes obras no tienen un efecto ennoblecedor sobre la conducta. Siglos de civilización y 10 minutos de sentido común nos dicen lo contrario […] la pornografía debería ser declarada ilegal en cada Estado de la Unión”. Los políticos, pues, como siempre, queriendo que su opinión sea superior a la evidencia.

Una década después, los conservadores seguían considerando que el asunto no había quedado resuelto. El Presidente Ronald Reagan nombró otra comisión (la Comisión Meese), que llegó a una serie larguíiiisima, vaga y contradictoria de conclusiones, comenzando por decir que no habían recibido suficiente presupuesto para hacer un estudio completo. Entre otras cosas, opinaron que “La evidencia sostiene la conclusión de que la exposición sustancial a material degradante incrementa la probabilidad de que un individuo presente cambios actitudinales y la incidencia de estos cambios en la población”; que“estos efectos están probablemente ausentes cuando ni la degradación ni la violencia están presentes ” pero que el material degradante “representa la proporción predominantemente más grande del material pornográfico comercialmente disponible”. Se aventaron esta última conclusión así nomás, sin un análisis específico de la oferta. Varios expertos miembros de la Comisión emitieron opiniones formales divergentes, afirmando que ésta había extraído conclusiones inapropiadas de la poca evidencia disponible (y que consistía en estudios correlacionales; es decir, que no alcanzaban para atribuir causalidad).

Este último problema, por cierto, plaga la vasta mayor parte de la investigación en la materia. En términos estrictos, para saber si la exposición a la pornografía causa algo (digamos, la “normalización” de ciertas prácticas sexuales o un incremento en la violencia) tendría uno que tener dos grupos grandes de personas muy similares, de los cuales uno es expuesto a la pornografía y el otro no, y seguir a estos grupos a lo largo del tiempo. Pero eso es muy difícil de hacer, y éticamente problemático.

Aún con esa limitación, en el campo de la psicología se fueron desarrollando varias teorías sobre cómo el contexto afecta la idea de la sexualidad. Una de las primeras fue desarrollada por Gagnon y Simon (“Sexual Conduct”, 1973), que sostuvieron que “el proceso de la socialización sexual ocurre a través de una combinación de tres fuentes de influencia: intrapersonal, interpersonal y ambiental o sociocultural. Su impacto es organizado a través de la formación de scripts sexuales, que son esquemas cognitivos específicos (o sistemas personalizados) para definir la realidad sexual”. Un script sexual, por ejemplo, es la idea de que el sexo no necesariamente está limitado al ámbito del matrimonio. Lo contrario es otro script sexual. Hay dos papers que me llamaron mucho la atención, y que aplican experimentalmente la idea de los scripts sexuales: “Porn, Sexual Socialization and Satisfactionamong Young Men”, de Stulhofer et. Al, y  “Pornography, Normalization, and Empowerment” de Weinberg et al. Ambos –ojo- son estudios correlacionales.

El primero señala que el material sexualmente explícito puede afectar el proceso de formación de scripts por varias rutas: afectando la formación del propio script sobre el rol sexual; formando la percepción del posible rol de las parejas y sus expectativas, y formando el script de lo que constituye “buen sexo” o “sexo exitoso”. Se planteó una hipótesis donde la exposición temprana a la pornografía (a los 14 años) afecta el proceso de formación de scripts intrapersonales; éste a su vez afecta las experiencias sexuales y relacionales, y éstas, por último, afectan la satisfacción sexual. Para probar la hipótesis, aplicaron una serie de cuestionarios a 650 jóvenes varones de entre 18 y 25 años, diseñados para detectar correlaciones entre la exposición temprana a la pornografía, el proceso de formación de scripts, el nivel de intimidad percibida en las relaciones, la variedad de las experiencias sexuales, y la satisfacción sexual. Encontraron que, contrariamente a los estereotipos sociales, entre los jóvenes hombres sí existe cierta correlación entre el consumo de pornografía y la satisfacción sexual, sobre todo a través de la búsqueda de intimidad en las relaciones. También encontraron que estas relaciones son más fuertes entre las personas con intereses parafílicos. El segundo estudio (parecido, pero en que se encuestaron a hombres y mujeres) se enfocó en los posibles efectos positivos de la exposición a la pornografía. Encontró que ésta está correlacionada con un efecto de liberalización, lo que es consistente con la idea de que la pornografía afecta la conducta sexual a través de la normalización de prácticas sexuales y un incremento en la sensación de empoderamiento.

Paralelamente, estudios como “Lust, Love, and Life: A Qualitative Study of Swedish Adolescents’ Perceptions and Experiences with Pornography” de Löfgren-Mårtenson et al y “Looking at the Real Thing’’: Young men, pornography, and sexuality education” de Louisa Allen, han encontrado que tanto en hombres como en mujeres, la pornografía “funciona como un marco de referencia con relación a los ideales corporales y el desempeño sexual” y que los jóvenes (al menos los hombres) se quejan de la des-erotización y la falta de inclusión de material gráfico en la educación sexual que reciben.

Y encima, hay toda una discusión, desde cierta corriente del feminismo, sobre la deseabilidad social de la pornografía. Catherine MacKinnon y Andrea Dworkin, por ejemplo, sostienen que la pornografía es una forma particularmente gráfica y violenta de someter a la mujer. Y, la neta, una simple ojeada a las páginas de pornografía en Internet hace difícil no estar de acuerdo con la opinión de MacKinnon, en el sentido de que buena parte del material objetiviza a la mujer: la reduce a sus partes sexuales, a un objeto a ser dominado y que existe para el placer de los varones. MacKinnon y Dworkin estuvieron detrás de algunos intentos de prohibir completamente la pornografía; su postura me parece extrema, pero siendo padre de dos hijas, me preocupa que ellas crezcan en una sociedad donde las expresiones sexuales deshumanizantes terminen sido “normalizadas”.

La evidencia científica, pues, parece indicar que la pornografía sí tiene cierta utilidad, y que sí afecta la conceptualización que tenemos del sexo. En consecuencia, debería ser materia de política pública. Pero ¿cómo? ¿Deberíamos incluir algún tipo de material gráfico en la educación sexual de nuestros hijos, de modo que les quede clara la mecánica de la cosa? ¿Exactamente qué deberíamos incluir? ¿Tendríamos que pedir el consentimiento de cada padre y madre para mostrarles a sus hijos este material? Y más allá de lo anterior: ¿deberíamos hacer una lista de las expresiones gráficas –o escritas– que nos parecen excesivas, y deberían ser ilegales, aunque sean entre adultos perfectamente capaces de consentir? ¿No infringiríamos libertades esenciales?

Pero bueno, eso es en la esfera de la política pública. Y lo que más me preocupa, aquí entre nos, es el corto plazo. El horror de horrores: tengo que pensar en La Plática versión 2.0. Pero no sé cómo, y en eso los papers no me ayudan. Sufro. Sufro como Precious.

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