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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
La vida es una tómbola
¿Qué tan buena idea es asignar al azar ciertos cargos públicos? Afortunadamente, el esquema no es tan nuevo como algunos piensan -ciertamente no como lo plantean los líderes de MORENA– y la experiencia pasada puede darnos buena idea de sus ventajas y limitaciones. Acá les van algunos elementos de reflexión al respecto, que considero imprescindibles.
Por Marco A. López Silva
29 de diciembre, 2014
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Ocurriósele a Martí Batres una nueva puntada: que una parte de las candidaturas plurinominales al poder legislativo de MORENA sean asignadas al azar entre sus militantes. La idea fue presentada por el líder de izquierda como un esquema innovador, que permitiría que al Congreso llegue “gente humilde que jamás en su vida habría ni soñado” con dicha posibilidad. Es un esquema incluyente, abierto, equilibrado y complementario, nos dice. ¿Y la comentocracia, qué opina? Para variar, los comentarios han estado polarizados: debe ser una broma, señalan unos; es el método más democrático posible, dicen otros. Recupera lo que aprendimos de la democracia griega, dijo algún despistado.

¿Quién tiene la razón? ¿Qué tan buena idea es asignar al azar ciertos cargos públicos? Afortunadamente, el esquema no es tan nuevo como algunos piensan – ciertamente no como lo plantean los líderes de MORENA – y la experiencia pasada puede darnos buena idea de sus ventajas y limitaciones. Acá les van algunos elementos de reflexión al respecto, que considero imprescindibles.

  1. Los antecedentes: la especial democracia griega

Algunos comentaristas han señalado –parcialmente con razón– que la democracia y la asignación aleatoria de cargos nacieron juntas. Y es que la demokratia –un sistema de organización política fundada por el noble ateniense Clístenes en el 508 antes de Cristo, y que habría de durar muchas décadas– en efecto incluía “loterías políticas” para ciertos de sus elementos. El esquema creado por Clístenes (al que, de hecho, él denominaba isonomia, o “igualdad ante la ley”) consistía de cuatro elementos básicos. El primero era un Consejo, formado por 500 personas, que gobernaba la vida diaria en Atenas; se formaba por 50 miembros escogidos al azar dentro de cada una de 10 tribus (determinadas geográficamente) con un periodo de servicio de un año. Los atenienses que desempeñaban esta función recibían un pago por ello. El segundo elemento eran las Asambleas, a las que podía acudir cualquier ciudadano, y en las que se discutía qué hacer con las reservas de alimentos, se determinaba cuáles debían ser las cualificaciones requeridas para ocupar ciertos cargos oficiales, se discutía el tema de las guerras (que eran tan constantes que la Asamblea usualmente se reunía una vez a la semana) y se decidía a quién condenar al ostracismo. El tercero eran ciertos cargos oficiales, que –con la excepción de 10 generales– se asignaban también por lotería. El último era el máximo órgano de gobierno: la Corte de los Areópagos, formada por aristócratas. Los miembros de la Corte seleccionaban a los futuros miembros nombrándolos en una posición intermedia, un cargo denominado archon (una especie de magistrado). La Corte era tan poderosa que podía gastar recursos públicos sin rendirle cuentas a nadie.

El sistema tenía sus ventajas, pero también ácidos críticos. Aristóteles, por ejemplo (ver “La Política”, III, 7) consideraba que la mejor forma de gobierno era aquélla en que los guerreros, por su virtud militar, constituían la clase gobernante, esquema que denominaba “gobierno constitucional”. En su opinión, la democracia era una versión “pervertida” del esquema anterior (de la misma forma que, argumentaba, la tiranía constituía la perversión de la monarquía y la oligarquía la “versión bizarra” de la aristocracia). En la visión de Aristóteles, el esquema ateneo de gobierno combinaba elementos de varios sistemas de gobierno: cortes democráticas, magistraturas aristocráticas y Cortes oligárquicas.

Para los efectos que hoy nos ocupan, lo importante es que la democracia griega no era “democracia” en el sentido moderno del término. Sí: muchas decisiones se tomaban con la participación abierta de los ciudadanos. Pero los “ciudadanos” no eran todos los atenienses: el concepto no incluía a las mujeres, ni a los esclavos, ni a personas que se dedicaban a ciertas profesiones que eran consideradas “sirvientes del pueblo”. De hecho, del cuarto de millón de habitantes que tenía Atenas en el siglo quinto A.C. sólo unos 30 mil eran considerados ciudadanos. Sí, también es cierto: una parte de los puestos oficiales se asignaban al azar. Pero – y esto es clave – Atenas era tan chica que aproximadamente la mitad de los ciudadanos terminaban siendo funcionarios. Esto implicaba que la rendición de cuentas era fácil de concretar: si desempeñas mal tus funciones en una sociedad relativamente pequeña, a’i te quiero ver para aguantar a tus vecinos el siguiente año (lo diría después Rousseau: “un Estado pequeño es más fuerte, en proporción, que uno más grande”).

Además, la última palabra la tenían los aristócratas. Era un sistema, pues, radicalmente distinto a lo que entendemos hoy como democracias participativa o representativa.

  1. Las ventajas del sortition

Cualquier sistema en que los ciudadanos no participamos directamente en la toma cotidiana de decisiones, sino en que confiamos en representantes (la democracia representativa, pues) se enfrenta al problema de la sobrerepresentación: si el esquema se basa en que cada cargo se asigna a un ganador entre varias opciones, conforme el número de representantes se aleja del tamaño de la población la postura ganadora va “agandallando” una mayoría más alta que su porcentaje en el total de los votos. El caso más extremo es el de la posición de Presidente en los sistemas presidenciales de una sola vuelta: es usual que el ganador obtenga el puesto con no más del 30 o 40% de los votos. En las pasadas elecciones presidenciales, por ejemplo, el hoy presidente Enrique Peña Nieto ganó el 38.15% de los votos, pero controla el 100% de las decisiones del gobierno federal. Justo por eso, en el caso del Poder Legislativo existen las posiciones plurinominales: su distribución busca que el porcentaje que cada partido tiene en las Cámaras se acerque al porcentaje que obtuvo de la votación total (el sistema de asignación de las posiciones plurinominales es un tema distinto). Pero nuestro sistema no es perfecto. Con toda seguridad, la postura de los Diputados y Senadores no representa fielmente la diversidad de opiniones que tenemos los mexicanos.

Además, los sistemas basados en elecciones tienen un problema adicional: crean incentivos para que diversos grupos de interés traten de influenciar a los candidatos, al proceso y, con ello, a los resultados. A cambio de apoyo financiero, o de movilización de votos, los candidatos terminan sosteniendo acuerdos con grupos cuyos intereses, muy probablemente, no coincidan con los de la mayoría.

En este contexto, imaginemos por un momento la alternativa: ¿qué tal si, en vez de campañas y elecciones, pudiéramos elegir al azar a quienes serán nuestros diputados y senadores, dentro de algún padrón de los ciudadanos mayores de 17 años del país? En inglés, ese tipo de esquema se llama “sortition”. Si el ejercicio fuera realmente al azar, y el número de posiciones “a rifar” fuera lo suficientemente grande (como lo es el caso de la Cámara de Diputados, compuesta por 500 personas) la “muestra” seleccionada casi ciertamente reflejaría, de mucho mejor manera, la diversidad sociodemográfica –y de opiniones políticas– del país. Por ejemplo: si en México el 51.2% de los habitantes son mujeres, en los 500 seleccionados 256 lo serían. Si un tercio de los mexicanos tenemos opiniones “de izquierda”, un tercio de los 500 las tendrían. Y así sucesivamente. Una chulada.

Además, parece razonable considerar que la asignación al azar de ciertas responsabilidades públicas crearía conciencia colectiva de las dificultades que implica ejercer funciones de dicha naturaleza. No se trata de una ventaja menor.

Nótese, sin embargo, que hay algo que resulta clave para que lo anterior sea cierto: que la selección sea realmente al azar, y que sea sobre el universo total de ciudadanos mayores de 17 años. Es esto lo que permite materializar las ventajas del sistema.

  1. De las ventajas de la especialización, y del representante como apoderado

El sistema de representación, por su parte, tiene –al menos en teoría, y siempre y cuando la reelección sea permitida– la ventaja de la especialización. Desde el punto de vista técnico-legal, la preparación de leyes no es cosa trivial: hay que saber qué cuestiones pueden ser normadas por la federación y cuáles son atribuciones de los estados; se necesita saber qué detalles es imprescindible fijar en una ley, y cuáles pueden ser dejadas para su reglamento; hay que conocer cuál es el marco normativo internacional y las obligaciones adquiridas por el país en un sinfín de acuerdos internacionales; qué cosas es válido normar de cierta manera, y cuáles serían susceptibles de demandas de inconstitucionalidad, etc. Y eso por no hablar de los detalles estrictamente técnicos de cada tema (¿cuántos de mis lectores conocen a suficiente detalle las implicaciones de uso de las frecuencias de radio, por ejemplo, como para aventarse a reglamentar éste?). Si tuviéramos “diputados ciudadanos” que duran uno o dos o tres años, de aquí a que entienden de qué se trata la cosa, ya se les está acabando el término.

En segundo lugar, existe un debate muy añejo e irresoluble, que es difícil solucionar con el sortition: ¿deben los representantes electos actuar como delegados o como apoderados? Me explico: en un modelo de estricta delegación, los votantes “esperan” que sus Diputados o Senadores voten tal y como lo harían ellos (en un contexto como el actual, este modelo invita cierta pregunta: ¿para qué queremos legisladores delegados, si podemos hacer buenas encuestas para saber qué opina la gente?). Por el contrario, en un modelo de apoderados, los votantes elegimos a alguien confiando en su capacidad técnica y política para analizar temas complejos, confiando en que dicha persona será capaz de identificar cuál es la opción que maximiza nuestro bienestar colectivo, incluso si nuestra opinión inmediata es contraria. Ambos modelos han tenido notables defensores; James Madison, por ejemplo, consideraba queel efecto es refinar y engrandecer la opinión pública, pasándola a través del filtro de un cuerpo colegiado de ciudadanos electos, cuya sabiduría puede discernir el verdadero interés de su país […] Bien puede pasar que la voz pública, expresada por los representantes del pueblo, sea más consonante con el bien público que si ésta fuera pronunciada por la gente misma, reunida para tal fin”. Edmund Burke, por su parte, argumentaba que los miembros de un parlamento no deben ser considerados representantes de los intereses de su distrito, sino de los intereses del país en su conjunto. John Adams argumentaba que una legislatura debía ser “un retrato exacto, en miniatura, del pueblo en su conjunto”.

Bueno, pues decía yo más arriba que se trata de un debate irresoluble porque, a veces, lo deseable es que un legislador actúe como delegado, y a veces como apoderado. Ninguna democracia –que yo sepa– aclara en su constitución que sus legisladores deban ser una cosa o la otra. ¿Cómo funcionaría esto en un sistema de elección al azar? ¿Qué entenderían los “diputados ciudadanos” como su responsabilidad?

Por último, está el tema de la rendición de cuentas: mal que bien, hoy los ciudadanos podemos informarnos sobre qué decisiones ha tomado un legislador, y tenerlo en cuenta la próxima vez que se presente como candidato. Si no nos gustó lo que hizo, lo castigamos con nuestro voto. Pero ¿qué hacemos en un país de 120 millones de habitantes para traer a cuentas a “diputados ciudadanos” que –seguramente– casi nadie conoce y no se presentarán de nuevo a elecciones? No digo que sea imposible, pero sí que es complicado.

  1. El Legislativo no es el Ejecutivo, ni el Judicial

En defensa de la idea de Batres, algún intenso hizo referencia al sistema gringo de jurado insaculado. Cualquiera que haya visto películas hollywoodenses de juicios conoce el esquema: en los juicios penales (y de algunos otros tipos) se forma un jurado de ciudadanos comunes, procurando que éstos no tengan prejuicios sobre el acusado ni el tema en particular. ¿Cuál es la ventaja? ¿Por qué se hace así? Resulta que en el sistema penal americano se busca no sólo que las personas sean juzgadas por sus pares, sino que las acusaciones que resultan en un veredicto de culpabilidad –sobre todo las graves– pasen la prueba de la duda razonable: que la acusación sea probada por la fiscalía de forma tan contundente, que un ciudadano promedio con acceso a las pruebas presentadas por las partes, consideraría culpable al acusado. El jurado representa al ciudadano común. El juez se concentra en asegurar que la presentación de pruebas y el desarrollo del juicio se ajuste a lo previsto en la ley, y de asignar la pena a los acusados que son considerados culpables.

¿Significa lo anterior que cualquier función pública puede ser ejecutada eficiente y efectivamente por cualquier persona? Claro que no. La preparación conceptual (que no técnica) de muchas leyes es más sencilla, por ejemplo, que la labor de los altos burócratas que ejecutan lo previsto en éstas. La función de los segundos requiere de capacidades administrativas y de organización que no son triviales. Existe mucha experiencia (en general, positiva) de asignación aleatoria de funciones públicas legislativas, pero no ejecutivas ni judiciales (más allá de la participación en jurados). La experiencia derivada de la asignación aleatoria en un tipo de función pública no es muy útil para predecir los resultados que este esquema tendría si se aplicara en otro de los tipos de funciones del sector público.

  1. La propuesta de Batres: ¿qué mosco le picó?

La ocurrencia morenista causó tanto revuelo en la comentocracia que Batres se vio obligado a “puntualizar” su propuesta. De acuerdo a sus tuits, ésta consiste en lo siguiente (doy copy-paste a lo que él puso en su cuenta, con todo y faltas ortográficas, para que nadie diga que lo estoy tergiversando):

  • “No todas las candidaturas de Morena serán objeto de sorteo. Para las candidaturas uninominales se postulará a quien estė mejor posicionado”.
  • “Incluso en los listados plurinominales el tercer lugar de cada bloque de tres será para externos/as designados/as por el Consejo Nacional”.
  • “Un buen diputado no es sólo ni principalmente el que tiene un buen currículum, sino sobre todo el que defiende los intereses del pueblo”.
  • “Para el sorteo, cada una de las 300 asambleas distritales elegirá diez propuestas, cinco hombres y cinco mujeres”.
  • “Es decir que para ser sorteado se requiere ser militante de Morena y ser elegido en asamblea: participarán los diez mejores de cada dtto”.
  • “El sorteo será entre los 3000 mejores militantes de Morena”.
  • “Entre los sorteados habrá obreros, campesinos, intelectuales, empresarios. Viejos y nuevos militantes. Eso está mal? No, al contrario: Bien”.
  • “Los 3000 militantes de Morena que irán al sorteo son sin duda mejores que la bola de traidores y corruptos diputados actuales”.
  • “O sea, de cada 10 diputados de Morena 3 ó 4 surgirán del sorteo; 3 ó 4 de encuestas y consensos y los demás serán externos designados”.
  • “Con el sistema interno de Morena llegarán al Congreso desde dirigentes experimentados hasta nuevos y sencillos militantes”.

¿Es esto un esquema de sortition con las ventajas que describí arriba? ¿Corresponde esto a “las mejores prácticas de la democracia griega”? Por supuesto que no. Batres no está proponiendo un esquema que pueda materializar las grandes ventajas de un sistema de selección aleatoria. No propone que una parte de todas las pluris se reparta conforme una “lotería” nacional, mejorando con ello la representación de opiniones en las Cámaras: sólo propone asignar una parte de “sus” plurinominales entre “sus mejores” militantes. Ni siquiera se trata de un esquema realmente aleatorio: para tener boleto en la tómbola tienes que ser “de los mejores militantes”, seleccionados por asambleas distritales (que, si se siguen los usos y costumbres del Mesías López Obrador, seguramente serán bajo el democratiquísimo y nada sesgado sistema de asamblea a mano alzada). Me reí mucho cuando leí su punto relativo a que con el esquema llegarán al Congreso “nuevos y sencillos militantes”. Ei; ya quiero ver cuántos de éstos van a pasar el filtro de las Asambleas Distritales del nuevo partido.

¿Tiene alguna ventaja el sistema? Claro que sí: resta presión al partido de Batres en el proceso de repartición de plurinominales entre sus tribus internas. También hace más atractivo el ser militante registrado de MORENA (¡te puede tocar una diputación!). Se trata de ventajas clarísimas, y válidas. ¿Por qué tratar de vender el esquemita como lo que no es? Tal vez Batres no entienda de qué está hablando. O tal vez, justo porque lo entiende, el presidente de MORENA está tratando de hacer pasar una propuesta en el mejor de los casos populista, por una innovación democrática.

 

A pesar de que considero que la idea de Batres es bastante mala como supuesto mecanismo democrático (aunque buena como despresurizador interno) creo que tenemos que agradecerle el haber puesto en la mesa el tema. Nos permite “salirnos de la caja mental” y discutir posibilidades que seguramente consideramos inusuales: ¿qué tal, por ejemplo, si la mitad de las curules de la Cámara de Diputados (es decir, 250 diputaciones) las seguimos asignando por elecciones, y la otra mitad la “rifamos” de forma profesional y transparente entre los ciudadanos que aparecen en el padrón de electores del Instituto Nacional Electoral? Una opción en estas líneas permitiría combinar las ventajas de ambos sistemas: tendríamos ciertos legisladores con especialización y expertise, y otros que representarían de mejor forma la opinión del ciudadano común y corriente; que, por no estar sujetos a los ciclos políticos usuales, podrían empujar reformas que el país necesita pero que no son convenientes para los beneficiarios del status quo. El hecho de que, bajo este esquema, todos los mexicanos mayores de 17 años estaríamos sujetos a cumplir la obligación de ser legisladores si nos toca tal “suerte”, crearía conciencia cívica y política, y esto no es trivial. Eso sí sería innovador, y tendría muchas más ventajas que desventajas.

Como siempre en política, el diablo está en los detalles. Don Martí está tratando de vendernos una solución estrictamente interna como algo de beneficio público. Y tanto sus críticos automáticos e irreflexivos, como sus apologistas irredentos (que comienzan a aplaudir cuando el Mesías o sus secuaces no han terminado ni de hablar) se olvidan de que, en materia de política pública, muy poco se soluciona con feeling. Aún menos en materia de historia.

 

@marcolopezsilva

 

 

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