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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
Las razones del ateo
Yo no tengo problema con que alguien crea en la Virgen de Guadalupe, o que bese la piedra desde la cual Mohammed subió a los cielos; sí tengo bronca –y mucha– con quien pretende imponernos a los demás sus reglas religiosamente inspiradas
Por Marco A. López Silva
22 de diciembre, 2014
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Hace un par de años escribí un post explicando cómo pasé de niño católico de coro a ateo militante. Fue un proceso largo y tortuoso, que se aceleró el día en que –a media maestría– decidí que si en materia de política pública había que atenerse a la evidencia, en el campo de las creencias no tenía sentido aplicar lógicas distintas.

A partir de esa publicación, muchos amigos y conocidos me han planteado diversas dudas que -afortunadamente- les asaltan sobre sus creencias. Aprovechando que en épocas navideñas anda uno en ánimo reflexivo, les comparto algunas argumentaciones relativas al tema que, a fuerza de discusión, he ido formando en la última década. En buena medida, gracias a mis amigos religiosos.

  1. La simplicidad del ateísmo

Me pasa seguido que las personas religiosas tienen una noción extraña de lo que implica ser ateo. Si uno lo es, no sólo considera sumamente improbable que exista un dios todopoderoso: extiende la improbabilidad a todo lo sobrenatural. Yo no creo en espíritus, fantasmas, vida después de la vida, reencarnación, ángeles, karma ni nada que –desde su planteamiento conceptual– actúe en “realidades fuera de la objetiva”. Un ateo simplemente asume que lo que hay es lo que se ve; que nuestros esfuerzos individuales y colectivos – junto con una buena dosis de aleatoriedad – explican la realidad humana; que la vida no tiene “sentido” más allá de vivirla, y que tenemos una sola oportunidad de dejar huella. Y acepta que, si dejó de creer por falta de evidencia, si ésta existiera tendría que cambiar de opinión. Yo, de verdad, no tengo problema en volver a creer en dios si éste de pronto me da una prueba replicable de su existencia.

También me ha pasado que se me acuse, como ateo, de arrogancia. “O sea que crees que eres la cúspide de la evolución; que todo lo puedes entender, y que todo depende de ti”, me soltó una amiga –palabras más, palabras menos– hace unos meses. Claro que no –al contrario. El ateo asume, humildemente, que su intelecto sólo alcanza para entender lo que puede probarse y replicarse. Al contrario del religioso –que comúnmente sostiene que el hombre fue creado “a imagen y semejanza de Dios” para dominar la naturaleza, el ateo se asume un animal más. Con la ventaja de un cerebro muy desarrollado, de que nos dotó el proceso aleatorio conocido como evolución. Nada más.

  1. La improbabilidad de la lasaña

Cuando uno crece en un ambiente religioso, se acostumbra a ver como “normales y aceptables” construcciones conceptuales sumamente complejas, que de acuerdo a las leyes de la naturaleza, son extremadamente improbables. Un cristiano católico, por ejemplo, cree que existe una realidad paralela a la objetiva; que en esa realidad habitan espíritus, que bajo ciertas condiciones pueden interactuar con nosotros; que lo que vemos de nosotros es sólo una carcasa de hueso, músculo y sangre, controlada por un espíritu; que existe un espíritu mayor que dictó las leyes naturales, y puede doblarlas a voluntad; que ese espíritu puede leer nuestras mentes; que hay otros espíritus a los que podemos pedir favores, como interceder ante el espíritu mayor; que ese espíritu mayor en realidad son tres personas; que una de ellas encarnó en una mujer virgen; que sufrió por nosotros, pagó nuestras deudas espirituales, murió salvajemente torturado, resucitó y se fue a la realidad paralela llevándose su cuerpo. Pero regresa (literalmente) cada vez que un ser humano especialmente entrenado realiza un ritual especial sobre pan y vino. Es una lasaña conceptual: una construcción en que se van agregando capas cada vez más complejas.

Y bueno: recordarán mis lectoras y lectores, de sus clases de probabilidad de prepa, que la probabilidad de que ocurran un evento A y uno B juntos, es igual a la multiplicación de sus probabilidades individuales. Dado que las probabilidades son números entre 0 (algo imposible) y 1 (algo cierto de ocurrir), la probabilidad de que suceda A y además B es menor que la probabilidad de que suceda A o B. Cada capa hace más improbable la lasaña.

En efecto: pensemos por un minuto en cuál es la probabilidad de cada una de las capas de la lasaña antes descrita (al menos nueve, y eso que no me eché el Credo completo). Bueno: nunca en la historia de la humanidad se ha presentado una sola prueba de la existencia de ninguna de ellas. A diferencia del largo rastro de fósiles que prueban la teoría de la evolución, o las mediciones de la deformación de la trayectoria de rayos de luz en cercanía de objetos muy densos, que han probado implicaciones de la teoría de la relatividad, para ninguna de las capas de la lasaña se tiene una sola prueba replicable.

Pero seamos generosos, for the sake of discussion. Digamos que la probabilidad de cada capa es de 1 en 10 (0.10). La probabilidad de que las nueve capas ocurran sería de (0.10)∧9  = 0.000,000,001 o, en otras palabras, de 1 en mil millones. Y eso que les asignamos una probabilidad individual generosa.

Si no le convence mi argumento, piense en las creencias ajenas. ¿Le parecen extrañas e improbables las creencias de un hindú, o de un Testigo de Jehová? Ah, pues igual a ellos las católicas. La diferencia estriba sólo en el lugar en que nació y socializó cada quien.

Para cerrar el punto: las “sofisticadas” creencias actuales son infinitesimalmente improbables. Y por eso considero poco razonable creer en ellas.

  1. El inescapable traslape religioso

Durante el siglo pasado, un par de pensadores muy distintos –Juan Pablo II y Stephen Jay Gould propusieron el concepto de “Magisterio No Traslapado” (“Non Overlapping Magisteria” o “NOMA”) para tratar de solucionar el aparente enfrentamiento entre ciencia y religión. En palabras de Gould, la materia de estudio de la ciencia abarca el universo empírico: de qué están hechas las cosas (hechos) y por qué las cosas funcionan de cierta manera (teoría). El campo de la religión abarca preguntas sobre valor y significado moral. Estos dos magisterios no se traslapan, ni tampoco cubren todo el posible espacio de investigación”. Por tanto, pensaba él, era posible un “respetuoso e, incluso, amoroso concordato” entre ciencia y religión. Juan Pablo II adelantó una idea similar en su Carta a la Pontificia Academia de Ciencias de 1996.

Nomás que esta idea no vuela. Y no vuela porque no coincide con el tipo de religión que la gente de la calle realmente profesa: casi nadie cree en un ser sobrenatural que se limita a observarnos y a actuar en su espacio metafísico; cree en un dios que de hecho escucha sus plegarias y le concede favores improbables, rompiendo las leyes de esta realidad. ¿A quién le sirve una religión que no tiene ningún impacto en su vida diaria? Lástima, Juan Pablo II. 

  1. Bienvenida al caso, utilidad de la religión

A veces algún amigo me argumenta que sus creencias religiosas son ciertas porque las siente y le sirven. Que la religión es de sentir y no de pensar. Ya, digo yo. Seguramente Santa Claus y el hada de los dientes también existen, de tanto niño que lo siente y le sirve. Pues no: una cosa es que la religión pueda ser útil en lo individual (ayudándolo a uno a sobrepasar momentos difíciles, por ejemplo) o en lo social (imponiendo incentivos hacia el cumplimiento de ciertas reglas) y otra muy distinta es que sea cierta. Se trata de un argumento sin pies ni cabeza.

  1. La molesta omnipresencia religiosa y la (¿fastidiosa?) respuesta militante

Cuando uno es religioso (como yo lo fui) y vive en una sociedad que también lo es, el discurso religioso impregna todo lo que hace; todas sus interacciones con los demás. Y uno no lo nota. Piense cuántas veces menciona usted a dios en sus pláticas con los demás: seguro está bien “gracias a dios”; irá mañana a visitar a alguien “dios primero”; pedirá oraciones para ese pariente enfermo. Ah, pero no se le ocurra a un ateo hacer comentarios similares, porque arde Troya. Hace poco me pasó que, en un chat de Whatsapp de mis amigos de la prepa, tres personas se “salieron” en protesta por lo que apreciaban como mis “constantes ataques a la religión”. Todo por compartir artículos como éste de la BBC, o alguna noticia sobre el aún vasto imperio financiero de los Legionarios de Cristo.

Al principio, el resto de los miembros del chat group no sabíamos por qué ese McTrío nos había abandonado. Pero al día siguiente me mandó un mensaje una de ellas –una amiga muy querida, de hecho– “Me salí por ti”, me dijo. “Me cansa que hables de religión, ¿no tienes otro tema?… parece que ahora te da por presentarte diciendo “Hola, soy Marco, soy ateo, lo que ustedes creen no existe”. Hablemos de otra cosa. Hay quienes te aguantan, yo no”. Zas, dije yo. Una persona de 40 años que no puede hablar, civilizadamente, de religión (ni de política, por cierto). Y en un contexto donde varios de los miembros mandan memes religiosos diarios, piden y ofrecen oraciones, etc.

Entiendo a mi amiga: ha sufrido mucho en su vida y la religión le ha servido de refugio. Fine by me. Pero eso no significa que yo tenga que tenerle consideraciones especiales a sus lasañas personales. Y la exigencia de algunos religiosos de que los ateos nos guardemos nuestra falta de creencia, mientras ellos comparten la suya, es abominable. La exigencia de mi amiga me recordó a esas personas que se dicen no homofóbicas, pero que exigen que la gente gay no se demuestre afecto público. De terror. Que me perdone mi amiga, pero todos tenemos derecho de expresar nuestras creencias y personalidades. Le receté que se leyera este extraordinario artículo de Kenji Yoshino sobre las presiones sociales a “cubrir la personalidad” y la apremiante necesidad de modificar el discurso de los derechos civiles. Obvio no me hizo caso: “Ya habías tardado en salir con tu sabiduría; la religión es de sentir, no de pensar”, me recetó. Ta güeno, dije yo.

  1. El ocaso de la religión 

Ya mucha gente ha notado cómo las supuestas manifestaciones terrenales de dios son cada vez más escasas. Recordará mi lector/lectora que, en tiempo del éxodo israelita, Yahvé acompañaba físicamente a su pueblo, en un arca o un fuego. En tiempos bíblicos le daba por aparecerse en zarzas ardientes, o por abrir los cielos y decir a toda voz “Éste es mi hijo, en quien tengo mis complacencias”. Pero nomás se inventaron la cámara, la grabadora, y la videograbadora, y le dio por esconderse. Y, conforme la ciencia ha ido explicando una porción cada vez mayor de la realidad, los actos naturales atribuidos a dios han disminuido más allá del microscopio.

Pero tal vez lo más interesante no sea el aparente autoexilio de dios del mundo natural, sino su creciente desaparición en sociedad. Como se comenta en el artículo de la BBC que menciono más arriba, el porcentaje de personas que se declaran creyentes ha venido cayendo de forma sostenida en las últimas décadas. Desde hace tiempo se sabe, además, que la religiosidad de las sociedades cae conforme sube su ingreso (siendo Estados Unidos una notoria excepción). Pero resulta que un paper reciente examinó datos históricos y encontró algo muy interesante: las religiones “moralistas” (es decir, las centradas en las consecuencias de las acciones de las personas) aparecieron de pronto, justo cuando las sociedades correspondientes alcanzaron cierto grado de riqueza, medido como la disponibilidad de calorías por persona. Los académicos teorizan que, conforme las personas pudieron dejar de preocuparse por las necesidades inmediatas, pudieron concentrarse en el largo plazo.

Curiosamente, el mundo en su conjunto sigue desarrollándose –si bien a velocidades distintas– y no parece estar cambiando su trayectoria. ¿Significará esto que, eventualmente, nadie caerá en la tentación de la religión? Por razones biológicas que describí en mi anterior post, no lo creo. Pero sí creo que la religión irá siendo cada vez menos relevante en la vida pública. Y eso será un avance espectacular en nuestro desarrollo.

Para cerrar este artículo, creo relevante aclarar que, para la mayoría de los ateos, el problema con la religión no es el comportamiento privado que ésta provoca (con la obvia excepción del terrorismo religioso, hoy predominantemente musulmán), sino en el comportamiento social que parece generar en los intensos. Yo no tengo problema con que alguien crea en la Virgen de Guadalupe, o que bese la piedra desde la cual Mohammed subió a los cielos; sí tengo bronca –y mucha– con quien pretende imponernos a los demás sus reglas religiosamente inspiradas: con quien quiere que tales personas no puedan casarse, o adoptar; que nadie sea libre de interrumpir un proceso de embarazo que le resulta inaceptable e inconveniente; con insistir en que en este mundo sólo existimos hombres masculinos y mujeres femeninas –contra todo el desarrollo científico de los conceptos de sexo, identidad de género, expresión de género y orientación sexual, diferenciables entre sí. En fin.

Pero no quiero terminar sonando muy grinch. De corazón, les deseo a todos –religiosos, agnósticos o ateos– felices fiestas. Que ingieran una cantidad obscena de calorías; que disfruten el pavo o el bacalao; que vean a sus parientes, se rían y aleguen con ellos. Que se pasen unos días felices. Que de eso, en realidad, se trata… no se hagan 😉

 

@marcolopezsilva

 

 

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