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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
Negación e ISIS
Hoy, al enfrentarnos al problema del terrorismo islámico, estamos cediendo de nuevo a la tentación de la corrección política. A la tergiversación de los hechos. ISIS (o Estado Islámico) "también es Islam" y su naturaleza es indudablemente religiosa.
Por Marco A. López Silva
23 de noviembre, 2015
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En julio de 1944, las tropas soviéticas en el frente oriental de la Segunda Guerra Mundial descubrieron el campo de Majdanek, cerca de Lublin, en Polonia. El campo había sido abandonado, pero aún eran evidentes las cámaras de gas. Fue la primera confirmación de los rumores que ya eran extendidos, pero que ningún gobierno aliado había querido tomar en serio: los nazis estaban exterminando de forma sistemática a judíos y otros grupos sociales que consideraban indeseables. Con el tiempo, se descubrirían muchos más: Treblinka, Auschwitz, Dachau… hoy se sabe que el régimen nazi estableció más de 42 mil sitios de explotación o exterminio (entre ghettos, campos de concentración, campos de trabajo forzado y campos de asesinato industrializado). Sobrevino entonces el shock en el resto del mundo occidental: incluso durante la guerra, Hitler no había sido un líder repudiado en el mundo, sino lo contrario: había logrado inspirar a millones de personas, en todos los continentes, a empujar distintas versiones de su visión y métodos… ¿cómo había terminado llevando a los alemanes a la degradación moral más abyecta?

La respuesta a esta pregunta se cruzó con la necesidad de reconstruir Europa, y con la división entre los Aliados que resultó en la Guerra Fría, con una Alemania partida en una fracción afín a los Estados Unidos y la otra a la Unión Soviética. En este contexto, resultó poco útil –en términos estratégicos– indagar las razones del desastre; comenzó a dibujarse una respuesta conveniente: Hitler había engañado a los alemanes. Bajo esta óptica, el futuro Führer se presentó como un líder nacionalista, defensor de la “raza germánica” y promotor del desarrollo guiado por el Estado, que sólo después de arribar al poder reveló sus intenciones imperialistas, bélicas y genocidas. Hitler, en esa versión de la historia, empujó al pueblo alemán a la guerra y obligó a éste, y a sus vecinos del este, a emprender una campaña de genocidio sistemático.

El problema con esa respuesta es que es factualmente incorrecta. En Mein Kampf (una lectura insufrible), Hitler habló muy claramente de la necesidad de ampliar el territorio alemán hacia el este de Europa (su idea del “espacio vital”) explícitamente a costa de la Unión Soviética. Aún más: el libro está plagado de referencias al pueblo judío como un “parásito de la humanidad”, una raza de maestros de la mentira; un problema que había que desterrar de Europa y, en al menos en un párrafo, una “plaga que pasados gobernantes perdieron la oportunidad de exterminar”. Mein Kampf fue publicado en 1925 –el mundo simplemente leyó lo que quiso, y cerró los ojos al resto. Hitler no inventó el antisemitismo alemán ni escondió el propio –se montó en el que ya padecía una buena fracción de los alemanes. La tergiversación de hechos históricos para aliviar la consciencia humana, o para acomodar intereses políticos, en lo relacionado a la guerra, no terminó ahí. En un discurso pronunciado en 2012 el presidente Barak Obama se refirió a “los campos de muerte polacos” causando un problema mayúsculo: los políticos polacos se apresuraron a señalar que los campos habían sido nazis, nunca polacos, y exigieron una disculpa. Pero lo anterior es una verdad conveniente: es cierto que los campos fueron obra de los sicarios de Hitler, pero éstos no escogieron al azar la ubicación de sus fábricas de muerte: conseguir la colaboración local –o al menos una falta de oposición– no era demasiado difícil en Polonia, que ya tenía un grave y extendido problema de antisemitismo. Si lo duda usted, lea a Simon Weisenthal en El Girasol. En otra desafortunada vuelta de los eventos, hoy cientos de millones de árabes creen a pie juntillas que el Holocausto es un mito y que los judíos exageraron estratosféricamente el número de sus muertos. Se trata de una mentira monumental, que sin embargo, está contenida en libros de texto de varios países de Medio Oriente, y que sigue siendo proferida con toda impunidad por grupos como Radio Islam.

Hoy, al enfrentarnos al problema del terrorismo islámico, estamos cediendo de nuevo a la tentación de la corrección política. A la tergiversación de los hechos. Numerosos actores políticos y sociales insisten en que ISIS no está motivado religiosamente, o que “no es Islam” (incluido, desafortunadamente, el Presidente Obama). Como lo comenté en este artículo, hay ciertos fragmentos del Corán que son utilizados por los extremistas para justificar en términos religiosos el terrorismo, y millones de musulmanes en todo el mundo sostienen convicciones que difieren de una condena a ese tipo de acciones. Como lo ha comentado el académico Reza Aslan (el mismo cuyo video discutiendo contra periodistas de CNN está resultando tan popular en Facebook) ISIS “también es islam”. Como se explica en este largo pero muy buen artículo en The Atlantic, la naturaleza de ISIS es indudablemente religiosa; el grupo hace interpretaciones literalistas de los textos y tradiciones musulmanas y busca recrear las condiciones de vida en que vivieron el profeta y sus contemporáneos: teocracia; expansión del territorio; crucifixión o decapitamiento a los infieles; esclavitud para ciertos grupos conquistados. Como lo afirman el autor del artículo y un experto consultado por el mismo, “La realidad es que el Estado Islámico es islámico. Muy islámico […] Muchas de las negaciones de la naturaleza religiosa de IS están basadas en una ingenua tradición interreligiosa cristiana”.

No deberíamos temer a enfrentar una realidad franca y llana: durante toda la historia, buena parte de la expresión religiosa ha sido, y sigue siendo, violenta. Las cruzadas medievales cristianas tuvieron una motivación religiosa… no sólo religiosa, también política y económica, pero religiosa al fin. La Inquisición española, que asesinó a varios miles de personas, fue tan católica como la parroquia de la esquina. Las afirmaciones constantes de distintos representantes de esa misma iglesia, en el sentido de que la homosexualidad “es una aberración intrínsecamente desordenada” y no debe permitirse a los homosexuales casarse, es violencia. Su campaña en contra de que todas las mujeres tengan acceso a aborto seguro, es violencia. Cuando el obispo de Alcalá de Henares, España, afirmó hace unos días que el feminismo es “un paso en el proceso de deconstrucción de la persona” y que promueve “el ataque al matrimonio monógamo e indisoluble y a la maternidad”, ejerció violencia. Cuando esa misma iglesia se opuso a legislar sobre divorcio en Chile –país que lo reconoció ¡en 2004!– fue violenta. Cuando radicales cristianos norteamericanos asesinan a médicos que practican abortos, la religión vuelve a asomar su cara violenta. Son distintos tipos –y sin duda magnitudes– de violencia, pero son violencia al fin.

Todo lo anteriormente expuesto es distinto a afirmar que “la religión siempre es violenta”, “el Islam es intrínsecamente violento”, o que “los musulmanes son terroristas” –esas son falacias; generalizaciones ignorantes y francamente inaceptables. Si la religión es un huerto, algunos de sus árboles están infestados; eso no significa que todos lo estén. Decir que los árboles son susceptibles de ser infestados no es lo mismo que afirmar que éstos sean culpables de las infestaciones que los atacan. Pero negarse a ver la infestación no sólo no la resuelve: le permite a ésta seguir su camino destructivo. Si no se toman medidas preventivas, el huerto se verá infestado una y otra vez.

Como en el problema del huerto, negar que la religión puede ser, y frecuentemente es, expresada de forma violenta, implica no sólo ser ciegos a la naturaleza del problema, sino también a sus soluciones. En el caso de ISIS, es imprescindible comprender que una parte de su planteamiento teológico es la necesidad de controlar territorio para establecer un califato que, bajo cierta interpretación de los textos y la tradición islámica, conllevará a eventos que “desencadenarán el fin de los tiempos”. Entre más territorio controle ISIS, mayor atractivo tendrá para personas con inclinación al fanatismo religioso islámico, porque su capacidad de mantener el control territorial es consistente con las profecías que ve en los textos musulmanes. Además, el controlar un territorio que hoy ya es mayor al del Reino Unido le permite ser mucho más efectivo en sus ataques que, digamos Al Qaeda. ISIS no sólo cuenta con una base militar estable; también puede entrenar a sus seguidores en el uso de armas sofisticadas. Bin Laden no podía entrenar a sus matones en el uso de armamento pesado cuando vivía en cuevas o enclaustrado en viviendas… ISIS sí puede hacerlo. Por ello tiene mucho sentido militar –y estratégico en términos de disminuir su allure religioso– que Francia y sus aliados formen una coalición que intervenga con toda la fuerza necesaria para arrancar de las manos de ISIS el territorio en el que éste, hoy, es gobierno.

Por otra parte, intentar explicar el fenómeno de ISIS –y de algunas otras expresiones de radicalismo religioso– sólo en términos de las condiciones de opresión y marginación que sufren jóvenes árabes musulmanes en el mundo desarrollado, negando la relevancia de la motivación religiosa –también es dañino. Una de las características más aterradoras de ISIS es que su ideología está logrando atraer no sólo a jóvenes marginados, sino también a personas de la clase media educada, que sienten la necesidad de vivir bajo reglas morales totalitarias. En otras palabras, a personas que tienen un peculiar y agudo sentido religioso. La capacidad de ISIS de atraer a grupos poblacionales tan disímiles, justo a través de la religión, es clave para constituir el monumental peligro que hoy implica.

Negar, por otra parte, que en ocasiones es necesaria la guerra, y que ciertas acciones bélicas son ética y moralmente justificadas, es con frecuencia catastrófico. El caso contra ISIS es muy distinto al que planteó Estados Unidos contra Iraq en la década pasada: en esta ocasión, la amenaza que ISIS representa es clara, material y confirmada. Si seguimos negándolo, con memes sobre-simplificadores que afirman que “la violencia no se resuelve con violencia”, vamos a caer en la suerte de Lord Chamberlain cuando trató de apaciguar a Hitler –una complicación de la situación, y muchas más muertes de las necesarias. Como lo comenta el siempre brillante Bernard-Henri Levy en este editorial, la guerra ya está aquí –lo que queda por hacer, es definirla; controlarla. La falta de una discusión seria y realista sobre la necesidad de atacar con fuerza y rapidez a ISIS nos está impidiendo discutir la relevancia de colocar salvaguardas que minimicen los excesos que siempre se cometen en intervenciones militares, sobre todo cuando son prolongadas. No nos gusta admitirlo, pero los Aliados cometieron tremendos excesos en la II Guerra Mundial: destruyeron Dresden, en donde no había objetivos militares de relevancia, buscando desmoralizar al pueblo alemán y matando a por lo menos 20 mil personas en una sola noche. Es debatible si era imprescindible o no detonar dos bombas atómicas sobre Japón para lograr el fin de la guerra. Si no discutimos ya formas de minimizar excesos, le dejamos la decisión a los políticos y los jefes militares que actúan en nuestro nombre -¿qué clase de explicación le daremos a nuestros hijos, ante atrocidades que en el futuro expliquen nuestra seguridad?

Pero tal vez el peligro mayor de negarnos a ver la realidad a los ojos, y aceptar que la religión es un instrumento que puede ser usado para el mal –tan seguido y en la misma magnitud en la que es usado para el bien– es que no buscamos soluciones apropiadas. Es claro que permitir que la religión dicte las normas públicas es lo más alejado posible a una solución –baste ver las condiciones de equidad de género en teocracias como Irán o Arabia Saudita para demostrarlo. Pero la laicidad a la francesa, en que están prohibidas las expresiones religiosas públicas (digamos, ir por la calle con la cara cubierta) tampoco está sirviendo como solución duradera: ha engendrado resentimiento en una parte de la población musulmana. Es urgente, pues, discutir aristas como las siguientes:

  • ¿Requerimos que el mundo musulmán participe en operaciones militares y de propaganda contra ISIS? Considero que sí: una intervención exclusivamente occidental seguramente generaría más resentimiento en el mundo árabe, y terminaría alimentando el problema del terrorismo religioso. Pero ¿cómo hacemos para que la participación de Irán (que ya ofreció su asistencia a Francia) o Arabia Saudita, no implique fortalecer a otros grupos radicales, que puedan resultar igual de peligrosos? ¿Estamos condenados a crear a nuestras propias némesis, como hizo Estados Unidos rescatando de la tumba a la Unión Soviética como única vía posible para derrotar a Hitler?
  • ¿Es tiempo de intentar un nuevo laicismo, en que toda expresión religiosa pública sea aceptable, previa construcción de un acuerdo social para que religión no se meta en política? ¿Qué tan factible es lograr que los religiosos (los líderes y sus creyentes) renuncien a colonizar la ley, si es algo que buscan con mucha frecuencia en todos los países del mundo?
  • ¿Qué posible solución puede encontrarse cuando –como argumenta el filósofo marxista Slavoj Zizek en este artículo– el respeto a las sensibilidades del otro no sirve; cuando la forma de vida misma de una comunidad es considerada blasfema o injuriosa por otra?
  • ¿Tendría que renunciar el mundo occidental a promover sus convicciones de libertad de mercado, equidad de género, diversidad sexual, prohibición de penas corporales, en regiones del mundo que parecen no estar interesadas en ellas? ¿Podemos aceptar la implicación evidente, que consiste en dejar a su suerte de cientos de millones de mujeres, gays, ateos, minorías étnicas y delincuentes menores?
  • ¿Requiere el Islam de una reforma como la que enfrentó el cristianismo en casi todo el mundo occidental? ¿De quién es responsabilidad promoverla? ¿Cómo lograr una reforma que tenga éxito sin ocasionar décadas de muertos… guerras como la cristera en nuestro país?
  • ¿Cómo hacemos para que nuestros pueblos no se desencanten con la seguridad que el Estado puede razonablemente proveerles, y que no puede ser absoluta? ¿Cómo logramos enfrentar la arremetida de los fascistas entre nosotros, que están ya aprovechando la coyuntura para coartarnos más libertades; para justificar la escucha constante de nuestras conversaciones, la vigilancia indiscriminada de nuestros correos? ¿Cómo protegemos las libertades que tanta sangre han costado?
  • ¿Qué requerimos para evitar regresiones francamente inhumanas, como el cierre de las puertas de Europa y Estados Unidos a los miles de sirios, mayoritariamente musulmanes, que vienen huyendo de ISIS y de Assad?

Me causa perplejidad que tantos de nosotros nos neguemos a aceptar que la religión no es una expresión cultural excepcional. Que, como en el caso de la ideología política o el nacionalismo, la religión puede ser usada para el bien o puede desencadenar las perversidades más grandes de que somos capaces. Tal vez no queremos reconocer la violencia en nosotros mismos. Pero al no reconocer nuestra ceguera, ponemos en riesgo el legado de nuestros abuelos y bisabuelos: las últimas dos o tres generaciones hemos sido las únicas, en varios siglos de historia, que no han conocido la guerra a gran escala y la devastación que ésta significa. Para lograr una paz duradera tenemos que reconocer nuestras tendencias; entender la naturaleza de nuestros dispositivos sociales, y ser proactivos en encontrar soluciones. Nos engañamos al asumir que la humanidad, de forma automática, natural –inercial– marcha camino a la paz. Ojalá logremos quitarnos el velo.

 

@marcolopezsilva

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