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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
Oootro tiro al monte de analistas y políticos
Si queremos aumentar los ingresos de los mexicanos, tenemos que aumentar su productividad, facilitarles la negociación colectiva y aumentar la capacidad de movilidad laboral individual, de forma simultánea, mediante un uso extensivo de la capacitación.
Por Marco A. López Silva
11 de septiembre, 2014
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Dice la teoría neoclásica de la economía que el sueldo de un trabajador es igual al valor del producto marginal de su trabajo. El producto marginal del trabajo es la cantidad adicional del bien o servicio en cuya producción participa un trabajador, que se genera cuando éste trabaja una unidad de tiempo más. Por ejemplo: si un mes adicional de trabajo de un diseñador gráfico resulta en una página adicional de periódico, y esa página genera ingresos por $10,000 entonces el valor del producto marginal de su trabajo son $10 mil pesos. Y eso debería ganar el diseñador. Este concepto se diferencia del de productividad en que este último normalmente se define como un promedio; es decir, el valor del bien o servicio que, en promedio, produce un trabajador en una unidad representativa de tiempo (por ejemplo, un mes).

Una consecuencia del planteamiento anterior es que el ritmo de crecimiento de los ingresos laborales está atado a la tasa de crecimiento de la productividad. Visto de otra forma: si la productividad aumenta, entonces hay mayor espacio para que todos los factores de la producción (el trabajo, el capital, etc) reciban un mayor ingreso. Durante largos periodos en la historia de la humanidad, lo anterior ha sido cierto. Sin embargo, como se muestra en la siguiente gráfica (que corresponde al caso de los Estados Unidos – ver fuente original aquí), a partir de la década de 1980 las tendencias de la productividad y de los ingresos laborales se han separado considerablemente. Nótese que las tendencias fueron prácticamente iguales entre los 40 y los 70s del siglo pasado.

Gráfica1

Una versión algo modificada de esta misma gráfica (que pueden ver a continuación y cuya fuente es este interesante artículo) ha dado mucho de qué hablar a analistas de izquierda en México, a raíz de las recientes discusiones relativas a las reformas a la Ley Federal del Trabajo, y la posibilidad de aumentar el salario mínimo. En ella se muestra que los ingresos del 1% más rico de EU han aumentado de forma muy superior al incremento en la productividad, y a la tendencia de los ingresos laborales promedio en ese país.

Gráfica2

Adicionalmente, se ha utilizado mucho la siguiente gráfica, que muestra que los ingresos laborales en el sector manufacturero mexicano no han aumentado, a pesar de que la productividad sí lo ha hecho. Los analistas a que me refiero han pretendido usar estos dos hechos (que son incontrovertibles) para argumentar en contra de la idea de que, si se quiere que los ingresos de los trabajadores suban, hay que subir la productividad.

Gráfica3

Pretender desvincular la discusión sobre ingreso y productividad me parece bastante ocioso, por varias razones. En primer lugar, es absolutamente cierto que –en el largo plazo y por periodos muy largos– los ingresos laborales han estado atados a la productividad. Es decir: en términos generales, lo que dice la teoría es cierto. En segundo lugar, la situación que EU vive desde hace unas décadas (y que seguramente se repite en muchos países del mundo, como en el sector manufacturero mexicano) no es en realidad nueva: cada vez que se presentan innovaciones significativas que aumentan la productividad, el ingreso por retornos al capital (es decir, lo que ganan los patrones) sube mucho más que los ingresos de los trabajadores. Así fue durante las primeras décadas de la Revolución Industrial. A partir de finales de los 70s hemos visto innovaciones muy amplias en materia de informática, que a su vez han posibilitado innovaciones en la robótica y manufactura. Basta con que pensemos cuánto tiempo nos lleva hoy resolver algún problema usando Excel, y cuánto nos llevaba resolverlo a principios de los 80s, con calculadora, papel y lápiz.

En tercer lugar, los ingresos de los dueños del capital, y los ingresos laborales, están limitados por el valor de lo que juntos logran producir (de nuevo: por la productividad y el valor de los productos en el mercado). La riqueza que hay que repartir es finita, y si se quiere que a cada quien le toque una rebanada más grande, hay que hacer más grande el pastel (a menos, por supuesto, que se ponga uno comunista). Lo anterior se puede observar de forma clara (me parece) en la siguiente gráfica, que tomé del muy citado libro de Piketty: la fracción que los ingresos del capital y del trabajo representan del ingreso nacional británico han sido, desde 1770, casi un espejo.

Gráfica4

Por último, lo que la teoría neoclásica efectivamente no toma en cuenta es que el poder de negociación de los dueños del capital no es el mismo que el de los trabajadores. Para un trabajador, en lo individual, es difícil presionar por aumentos en su salario que se correspondan con incrementos observados en su productividad. Y los inversionistas tienen una ventaja enorme: pueden mover su capital de forma relativamente sencilla a otras regiones, u otros países. Lo anterior facilita que, cuando aparecen innovaciones significativas, los patrones se queden –durante algún tiempo– con más de lo que según la teoría les corresponde. Pero ya sabemos cómo contrarrestar lo anterior: mediante la sindicalización (agrupar a los trabajadores para que puedan exigir de forma más sencilla) y aumentando la movilidad de quienes trabajamos para vivir. El funcionamiento del primer mecanismo me parece claro y creo no amerita mayor discusión. En cuanto al segundo, la clave es lograr un aumento sostenido de las capacidades individuales: si una persona se mantiene actualizada en lo que hace, y si le resulta fácil demostrarlo, es más difícil para el patrón decidir correrlo, o pagarle menos de lo que su competencia le ofrecería.

Platico todo lo anterior para avanzar una conclusión parcial: si queremos aumentar los ingresos de los mexicanos, tenemos que hacer tres cosas, de forma simultánea: i) aumentar su productividad; ii) facilitarles la negociación colectiva y iii) aumentar la capacidad de movilidad laboral individual, mediante un uso extensivo de la capacitación. Para lo segundo es clave reformar (básicamente, democratizar y transparentar) los sindicatos; para lo tercero la clave es establecer un mecanismo que financie y facilite la capacitación continua y la certificación de lo aprendido. Si el lector o lectora no está seguro de la utilidad de la capacitación, probablemente le sirva analizar las siguientes gráficas, que indican dos cosas: la probabilidad de estar activo en el mercado laboral aumenta mucho –en todos los países– si se recibe capacitación; por otro lado, los países en que la capacitación se usa de forma extendida (como Alemania) presentan tasas de desempleo juvenil mucho menores.

Gráfica5

Esto me lleva al punto principal de esta colaboración: en materia de capacitación –y sobre todo la dirigida a los jóvenes, que son quienes más lo necesitan– en México estamos en el hoyo. Y no veo que ni los analistas, ni el gobierno federal, estén entendiendo esta parte del problema general de la productividad de nuestra economía.

La importancia de contar con herramientas para capacitar a los jóvenes es tan clara que muchos países tienen programas al respecto; por ejemplo: Estados Unidos (JobCorps, entre otras); el Reino Unido, Colombia (Jóvenes en Acción), Argentina (Programa Jóvenes con Más y mejor Trabajo) y Chile (Chile Joven, hoy Subsidio al Empleo Joven) y hasta Honduras, que tiene un nivel de desarrollo económico muy inferior al nuestro. Además, hay países en que existen mecanismos claros para financiar la capacitación privada; por ejemplo, en Honduras existe el Instituto Nacional de Formación Profesional (INFOP), que es financiado por contribuciones patronales como las que tenemos en México para financiar al Infonavit, el Sistema de Ahorro para el Retiro (SAR) y ahora el Seguro de Desempleo.

La evaluación rigurosa de las experiencias antes referidas han permitido entender que, si se quiere mejorar la inserción en el mercado, la permanencia en éste, y la recepción de ingresos apropiados en el caso de jóvenes, se requieren programas muy enfocados en éstos que proporcionen seis componentes:

a)      Una fuerte vinculación con el sector productivo local. De forma conjunta con los principales empleadores de una localidad (no del país, ni de un estado), se deben definir las áreas en que la industria requiereempleados; el currículum que es necesario adoptar para que un interesado recibacapacitación (tanto teórica como práctica), y acordar pasantías en las empresas.

b)     Servicios de Asesoría Social, consistentes en Mentoría y Entrenamiento Socioemocional. Bajo el primer subcomponente (Mentoría) un prestador de servicio social (un estudiante de psicología o áreas relacionadas) tiene asignado un grupo pequeño de jóvenes (digamos 20); discute con cada uno su situación personal, familiar e intereses profesionales, con el fin de determinar el mejor curso de acción (ya sea su inmersión en el programa de capacitación, o su retorno al sistema escolar) y lo auxilia en la solicitud y obtención de apoyos de programas sociales relevantes (como la obtención de becas para terminar la preparatoria, o la obtención de un espacio en Estancias Infantiles si la persona tiene niños a su cargo). Bajo el segundo subcomponente (Entrenamiento Socioemocional) los jóvenes reciben capacitación en habilidades matemáticas y de lectura/redacción básicas; materia de ética laboral, preparación de solicitudes de empleo, simulación de entrevistas laborales, y otros temas relevantes. La importancia de estos temas ha sido enfatizada por varios estudios; el último, éste de CIDAC.

c)      Capacitación en aula, e in situ (principalmente mediante pasantías en empresas);

d)     La emisión de un certificado por parte de una universidad o tecnológico local, validando que el joven logró aprobar los cursos y que cuenta con ciertas habilidades;

e)     Servicios de Intermediación Laboral (principalmente una Bolsa de Trabajo). Las empresas en las que los jóvenes realicen pasantías, deben comprometerse a contratar a al menos el 70% de éstos; y

f)       La entrega de apoyos (subsidios) para la subsistencia durante el programa, la adquisición de materiales y cubrir costos de transporte.

En Fundación IDEA (el centro de investigación que dirijo) hemos hecho análisis detallados que indican que brindar un programa como el descrito a un joven, con una duración de seis meses, tendría un costo de aproximadamente $22,500. Este importe puede parecer alto, hasta que uno cae en cuenta que el Estado mexicano invierte casi $600 mil pesos en cada joven en situación de pobreza, desde su nacimiento hasta su graduación de la prepa, en educación, salud y apoyos de Oportunidades. Con una inversión adicional realmente marginal, mejoraríamos sustancialmente su probabilidad de encontrar un buen empleo.

Tristemente, la intención de lograr la implementación de un programa como el que antes describí, se enfrenta con los siguientes obstáculos institucionales:

  1. El único programa que se parece a lo que describí anteriormente es el Programa de Apoyo al Empleo, y específicamente, su subprograma Bécate, que opera la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS). Bécate puede dar capacitación, vinculación y apoyos directos (los componentes primero, tercero y sexto que mencioné antes). Pero no otorga los demás, que son clave. Y, en conversaciones que he sostenido con altos funcionarios de la Secretaría, éstos me han manifestado que Bécate no es, ni pretende ser, ni será, un programa enfocado en los jóvenes, porque su población objetivo es mucho más amplia. Lo anterior, a pesar de reconocer que los jóvenes son la mayor parte de sus beneficiarios efectivos.
  2. Irónicamente, ahora que se presentó el nuevo programa insignia de formación de capacidades (Prospera, el heredero de Oportunidades) se informó que éste tendría un nuevo beneficio en materia de inserción laboral para jóvenes. De acuerdo con los documentos presentados por el Presidente, “Cuando los jóvenes de PROSPERA busquen un trabajo, tendrán prioridad en el Servicio Nacional de Empleo y en el Programa Bécate, que les brinda capacitación laboral. (Yo inmediatamente dije: pero si Bécate no cuenta con los componentes necesarios para atender apropiadamente a los jóvenes… ¬_¬)
  3. No hemos implementado, como país, un mecanismo para financiar de forma generalizada la capacitación que hoy el mercado ya ofrece. Como señalé en este artículo, en meses pasados el Legislativo abrió a discusión la posibilidad de cambiar los usos de las aportaciones patronales, buscando financiar el Seguro de Desempleo. Y digo yo: ¿por qué no se discutió el destinar una parte de estas aportaciones a financiar capacitación continua, si les convendría tanto a empleados como a empresarios? ¿No es claro que ello tendría efectos mucho mayores sobre la productividad, que financiar un Seguro para el Desempleo?

En fin. No quisiera ser pesimista, pero hay ocasiones en que, como se dice en mi tierra, el discurso, el ánimo y el enfoque de los actores políticos (incluida la izquierda, que naturalmente debería abanderar temas como éste) tira pa’l monte. La esperanza que hoy guardo es que, en el marco del Programa para Democratizar la Productividad, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público logre hacer pinza con SEDESOL para elevar la importancia de la capacitación para los jóvenes en la lista de prioridades de la STPS. También espero que esta última vea su nuevo vínculo con Prospera como una oportunidad, y no como un fastidio. ¿Se logrará? Tiempo al tiempo.

 

@marcolopezsilva

 

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