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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
Otro puto artículo
Entiendo lo molesto – y hasta deprimente – que puede ser que la gente te bullee, y en particular, que a la gente gay le digan y le digan y le digan “puto”. Supongo que no es lo mismo que te lo digan un par de años, a que te lo digan durante 40. Pero no pienso que tenga sentido ni prohibir la palabrita en concentraciones públicas (censura ex-ante), ni multar a quien la usa para ofender (censura ex-post).
Por Marco A. López Silva
24 de junio, 2014
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Siempre he sido un nerdazo. Esa naturaleza matadita me facilitó innumerables cosas, sobre todo durante la secundaria y la prepa: no sólo tenía que estudiar poco para los exámenes, sino que los maestros me tenían muchas consideraciones. Con frecuencia me exentaban de presentar exámenes finales. La maestra de mecanografía me dejaba faltar a su clase para irle a ayudar al maestro de computación a enseñarle a mis compañeros cómo programar (I know, I know… pero conste que comencé aceptando que soy un nerdazo).

Alguna maestra se hacía de la vista gorda cuando, en pleno examen, me ponía yo a contestar los exámenes de mis amigos. Si se me olvidaba una tarea, les inventaba alguna excusa idiota (“the dog ate myhomework”) y me dejaban presentarla después, sin penalización. En alguna ocasión, mi mejor amigo me pidió prestada una tarea; le puso copy-paste a los principales argumentos, y puso su nombre arriba; la maestra correspondiente simplemente asumió que el que había copiado era él, le puso cero y a mí un diez. Ni siquiera me preguntó nada. Cuando mis maestros estaban planeando la graduación de secundaria me dio por insistir en que había que presentar una obra de teatro acerca de la guerra fría; me dejaron hacerla (aunque, seguramente, más de uno hizo un eye-rolling). Era, en cierta medida, el Rey de la escuela.

Bueno, pues en una ocasión tomé ventaja indebida de esas consideraciones, y terminé pagándolo caro.

En la clase de biología de la prepa, el maestro nos asignó como proyecto final hacer algún “audiovisual” sobre alguno de los reinos en que se dividen los organismos vivos (para los lectores veinteañeros, en los early-90s no había PowerPoint –había que hacer diapositivas fotográficas, o filmar un video). Los compañeros que me asignaron no eran amigos míos y eran bastante flojos; cuando llegó la hora de ponernos de acuerdo, simplemente les dije: ustedes investiguen, me dan los datos y yo me encargo. Y pues nada, que me dio güeva el proyecto y terminé haciendo algo bastante chafita un día antes. Cuando lo presentamos el maestro se me quedó viendo con cara de “What The Fuck is This Shit?”; al final me pidió que me quedara a platicar y me preguntó qué había pasado. “Pues nada, que terminé haciéndolo todo yo ayer”, le dije. Obviamente, la implicación era que los demás no habían hecho nada –y no era estrictamente cierto, porque hicieron lo que yo les dije que hicieran. Pero a mí me valió madre: no pensé en nadie más.

Unos días después recibí mi boleta, y vi que el maestro me había puesto un nueve. Ese mismo día en la tarde me fue a buscar uno de los compañeros del equipo; en cuanto abrí la puerta de mi casa, me soltó un madrazo en el estómago que me dejó sin aire. Mientras yo trataba de recuperarme de la sorpresa –y del madrazo– él me reclamaba la putería que había hecho, y que le había llevado a reprobar la materia. Probablemente tenía razón. No sé si lo que le dije al maestro resultó directamente en que lo reprobaran o no, pero indiscutiblemente había yo tenido una actitud cobarde que me apena hasta la fecha. Entre la repentina vergüenza de entender lo que había yo hecho, y la sorpresa del madrazo que me puso, no pude ni reaccionar –el “chip” de años de clases de karate, e incluso un par de torneos ganados en la materia, no entró nunca en acción. Me quedé pasmado, mientras mi compañero se subía a su coche y se iba mentando madres.

Bueno, pues mi compañero se encargó de que su grupo de amigos (que era bastante amplio) no me bajara de puto durante un par de años. Supongo que, al principio, la acepción de puto que usaban era la de cobarde; sin embargo, pronto se transformó en una “acusación” de homosexualidad. Me hicieron sufrir, los culeros. Sobre todo porque la cosa comenzó por una putería (sorry) de mi parte, de la que era yo bastante consciente. Tuve la fortuna de tener un grupo de amigos y amigas muy solidarios y cariñosos, que me ayudaron a que muy pronto el asunto me valiera madres. También ayudó que, hacia el final de la prepa, algunos de los cuates de mi compañero entendieran que era conveniente venir con el ex-puto a que les explicara integrales y derivadas. Y que en ese contexto, no había que decirle puto.

¿Y por qué les platico la anécdota? Pues sí: por el putogate (no creo que hayan vivido la última semana en una cueva, pero más vale puntualizarlo: me refiero al “¡eeeeeeh, puuuuto!” en los estadios de fútbol). Creo que entiendo lo molesto – y hasta deprimente – que puede ser que la gente te bullee, y en particular, que a la gente gay le digan y le digan y le digan “puto”. Supongo que no es lo mismo que te lo digan un par de años, a que te lo digan durante 40. Pero no pienso que tenga sentido ni prohibir la palabrita en concentraciones públicas (censura ex-ante), ni multar a quien la usa para ofender (censura ex-post).

Para empezar, no creo que el Estado (o a una organización privada que tiene fines reglamentarios) deba tener la función de protegernos de los insultos. El primer mandato del Estado es asegurarnos el ejercicio libre de nuestros derechos, facilitarnos vivir nuestra vida como queramos. Y para ello es imprescindible que la libertad de expresarnos sea muy, muy amplia. En la anécdota que les platicaba, mi compañero de la prepa estaba en todo su derecho de expresar su opinión acerca de mi persona (que yo se lo haya aguantado –o que se lo aguantara hoy– es otra cosa) y mientras no afectara mi libre desarrollo, mis libertades, no veo qué habría que castigar (ojo: no estoy justificando el bullying –el episodio me afectó poco, pero sé que no todo caso es así). Yo hubiera tenido el derecho de contestarle. En materia de libertad de expresión, me adhiero a la escuela norteamericana, que considera casi absoluto el derecho a expresarse, y no a la escuela europea (que acepta la criminalización de ciertos discursos). ¿Por qué? Pues porque la escuela europea surgió de una necesidad muy atípica: extirpar de Europa el antisemitismo y el discurso nazi al final de la II Guerra Mundial (en el contexto del Holocausto). Ni nuestra historia es de genocidio, ni la resistencia a la “normalización de lo gay” llega en nuestro país a los extremos que vemos en los países africanos. (Por cierto, para una discusión muy sintética del tema, les recomiendo este post de Antonio Martínez).

Tampoco estoy de acuerdo con las voces que exigen callar o destituir al Senador panista José María Martínez (@ChemaMtzMtz), Presidente de la nueva Comisión para la Familia y el Desarrollo Humano, por afirmar que los matrimonios gay son una moda, o que éstos no constituyen familias, o que no deberían adoptar. Nos guste o no, el Senador representa la opinión de amplios sectores de nuestro país, y si hay un espacio público donde hay que debatir estas cosas, es justo en el Legislativo. Lo correcto no es gritar que el Senador se calle; es dejarlo que hable, y después demostrarle lo absurdo de su posición. Lo correcto es que otros Senadores (como ya lo está haciendo Roberto Gil) se paren a decirle: tu posición, querido Senador, es decimonónica; el Estado no tiene por qué apoyar una definición facciosa de “familia”; los estudios que se han hecho demuestran que los niños hijos de padres gay presentan el mismo desarrollo que los que crecen en familias heterosexuales; la ética, la moral y la ciencia dicen que estás mal. Lo correcto es aprovechar la tribuna legislativa para educar, a través de la discusión con el Senador Martínez, a los millones de mexicanos que están del lado equivocado de la historia.

¿Que si es homofóbico el “eeeeeeh, ¡puuuto!”? Por supuesto. Pretender lo contrario es francamente infantil. Pero de ahí a que gritárselo a un portero en un estadio sea discriminatorio, es ooootra cosa. Al portero, los gritones no le están coartando ningún derecho. Y el portero sí tiene manera de defenderse –de menos, como comenta este artículo– haciendo bien su trabajo.Y no se le grita “puto” para “tacharlo” de homosexual (la probabilidad es alta en el sentido de que no lo sea) sino para molestarlo. ¿Qué diríamos si el portero saliera después a decir, ante las cámaras, que está muy ofendido porque lo “tacharon de gay”? Seguramente lo tacharíamos a él de homofóbico.

Sinceramente, creo que el punto central acá es la percepción pública de que existe una correlación entre “gay” y “cobarde”, que se deriva (y al mismo tiempo, se expresa) en el hecho de que los mexicanos usamos una misma palabra para ambos conceptos. Y que, en ese contexto, cuatro de cada 10 mexicanos no estén dispuestos a vivir con una persona gay. Si lo que queremos es erradicar la homofobia discriminatoria de nuestro país, me parece que hay actuar en varios frentes.

En primer lugar, habría que avanzar en que las normas jurídicas reconozcan la total, absoluta, e irrestricta igualdad entre heterosexuales y homosexuales (bugas y gays) y de las familias que éstos (y/o éstas) deciden formar. Que ninguna ley estatal señale que el matrimonio sólo es “permisible” entre hombre y mujer. Que ninguna reglamentación impida que una mujer que enviuda de otra mujer, reciba su pensión. Que ninguna ley pretenda restringir la adopción a parejas gay. Que la posición del Senador Martínez sea públicamente derrotada, pues. Que la gente homosexual tenga manera de exigir jurídicamente el respeto a sus iguales derechos. Eso requiere de mantener la presión hacia los legisladores (sobre todo locales) por parte de activistas LGBT, de líderes de opinión y la prensa, de modo que éstos decidan tomar su rol de apoderados y no de estrictos representantes de opinión de sus votantes. En materia de derechos – lo siento – la clase política tiene que empujar al resto de la sociedad al avance. Así es la historia de la humanidad.

En segundo lugar, como bien lo comenta Genaro Lozano en su reciente columna en Reforma, existen muchas áreas de oportunidad para quienes tienen responsabilidades ejecutivas, a nivel federal o estatal. El Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, debería ya participar en el arranque de la Marcha del Orgullo Gay; con eso enviaría la señal pública y clara de que esa marcha es como cualquier otra. Una manifestación y celebración normal, pues. Diría que un hombre gay es igual a cualquier otro ciudadano. También haría bien el GDF en estudiar mejor el tema de la diversidad sexual en la capital. ¿Cuánta gente gay, lesbiana, bisexual, transexual hay en el DF? ¿Cómo viven? ¿Cómo se expresan? ¿Cuántos impuestos pagan?

En último (pero ciertamente no menos importante) lugar, creo que hay que empujar por un cambio en el currículum escolar, que ayude a disociar las actuales acepciones del término “puto”; a normalizar (porque así es, normal) el hecho de que existe gente gay, lesbiana, transexual, que hace su vida junto al resto, sin que ello deba ser mayormente relevante.Habría que buscar, por ejemplo, que al enseñar a nuestros niños historia universal, éstos entiendan que la homosexualidad era común en la Grecia antigua. Que sepan que Alejandro Magno era gay, bisexual, o pansexual. Que entiendan que la II Guerra Mundial se ganó, en buena parte, porque el matemático Alan Turing logró quebrar el sistema de cifrado de mensajes nazi (y que, después de la guerra, su propio gobierno lo llevó al suicidio, acusándolo y condenándolo por sodomía). Que entiendan que hay cantantes, deportistas, artistas, ingenieros, arquitectos y políticos LGBT. Que, para nuestros hijos –o para nuestros nietos– decir “fulanito es gay” tenga las mismas implicaciones que decir “fulanita tiene los ojos cafés”). (Por cierto, si creen que el currículum escolar no forma la cosmovisión de las personas, nomás piensen en cómo todos, a base de repetición, crecimos pensando que la no-reelección era un gran triunfo democrático). Estos cambios en el currículo escolar requerirían mucha valentía del Ejecutivo, y de que éste estuviera dispuesto a asumir costos políticos. Ojalá, porque es justo y necesario. Es parte del deber de quien asume el liderazgo máximo del país.

En fin. Me parece muy afortunado que la FIFA nos haya obligado a vernos en el espejo, y concluir que somos un país homofóbico (sí, lo somos; lo éramos antes de que se pusiera de moda gritar “eeeeh, ¡puuuto!” en el estadio, y lo seguiríamos siendo si la FIFA lo hubiera prohibido). Me parece también perfecto que nos haya forzado a tener esta discusión sobre libertad de expresión y derechos de las minorías. Aprovechemos la recta para plantear una agenda efectiva en la materia… de una puta vez.

 

@marcolopezsilva

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