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La cuadratura del círculo
Por Marco A. López Silva
Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus ... Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva (Leer más)
Una agenda micro para la Izquierda
La idea de una Izquierda moderna consiste en aceptar que (afortunadamente) no vivimos en una realidad maoísta, estalinista ni chavista, y que existen maneras muy concretas de aprovechar las características de una economía capitalista para implementar políticas que avancen una agenda de justicia social, de equidad.
Por Marco A. López Silva
3 de junio, 2014
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Desde hace como veinte años es lugar común decir que la izquierda mexicana está perdida. Que no colabora en la definición de un rumbo claro para el país y que, incluso, ha perdido la brújula en la Ciudad de México –su bastión tradicional. Que cómo va a hacer para competir en 2018, si no pudo aprovechar la coyuntura de un gobierno federal timorato, frívolo y hasta bufónico (en 2006) ni una fragilidad evidente en la seguridad y la economía del país (en 2012). Que si su salvación pasa por unirse detrás de uno u otro caudillo (como si las opciones fueran presentables); que si es imprescindible que se decida por voto o por consenso cupular.

Todos los anteriores ángulos implican discusiones interesantes. Pero, al concentrarse en detalles, se ha perdido lo que considero es el punto central: más allá de un discurso genérico de igualdad y justicia social, a la izquierda mexicana le falta definir líneas concretas de política económica y social que le permitan, simultáneamente, avanzar en sus objetivos conceptuales y presentarse como una opción atractiva para el electorado. Le hace falta pensar en soluciones prácticas para lo que a la gente le aqueja todos los días. En la principal entidad gobernada por el PRD, por ejemplo, se implementan más de 70 programas que incluso académicos de izquierda consideran opacos y dispersos, que no tienen detrás una concepción integral y lógica, que no han sido evaluados rigurosamente, y que cuando lo son, no se ven enriquecidos, porque sus operadores ignoran las sugerencias de los evaluadores. Pero la izquierda de la Ciudad de México sigue entretenida en tratar de revertir la reforma energética.

Pensar, promover e implementar políticas de izquierda que realmente toquen la vida de la gente no debería ser tan difícil: afortunadamente –y a diferencia de lo que ocurre en países como Estados Unidos– el espectro político mexicano está sesgado a la izquierda. A pesar de lo que puedan argumentar algunos analistas, en México no hay extrema derecha que –por tomar prestada la terminología técnica– sea estadísticamente diferente de cero. La expansión más importante de los esfuerzos de desarrollo social se dio bajo administraciones de “derecha”: el presupuesto total del Ramo 20 (que no incluye todos los fondos federales destinados al desarrollo social, pero que es un buen proxy) pasó de $25,472 millones en el año 2000 a $84,860 en 2012, a valores constantes de este último año; Oportunidades y el Programa de Apoyo Alimentario aumentaron su cobertura de 300 mil a 6.5 millones de hogares entre 1997 y 2012 (ver página 24 de este reporte). Por la razón que sea (¿herencia de la Revolución?) los mexicanos estamos muy acostumbrados a aceptar como válido el supuesto más esencial de la izquierda: que es deseable evitar los privilegios, y que ello justifica limitar ciertas libertades. Ningún actor político en este país argumenta (al menos públicamente) contra el enfoque de derechos; no hay, tampoco, quien defienda posiciones realmente libertarias (contra la irrenunciabilidad de los derechos laborales, por ejemplo). México es, naturalmente, campo fértil para la política de izquierda.

Desafortunadamente, los políticos y académicos de izquierda han desperdiciado esta oportunidad, enarbolando banderas que tienen, o un alcance inadecuado, o una escala irrelevante. Me explico: por alcance, me refiero a si una política de izquierda busca la igualdad de oportunidades (es decir, modificar las condiciones iniciales del juego), o la igualdad de resultados (el marcador final del mismo). Si lo que uno quiere, por ejemplo, es garantizar que cualquier persona que quiera salir adelante pueda lograr un ingreso monetario determinado, tendría que comenzar analizando qué factores explican un mayor o menor ingreso (¿Hay que contar con un determinado nivel de salud? ¿De educación? ¿Experiencia? ¿Ética laboral?) y luego proveer herramientas para que los interesados puedan contar con dichos factores, perseguir sus intereses y ser exitosos en el mercado (por ejemplo, proveer un sistema de aseguramiento de salud, garantizar oferta pública de educación y asegurarse de que ésta es de calidad, otorgar becas para educación tanto pública como privada, diseñar programas de capacitación alineados a las necesidades del mercado de trabajo). Pero si lo que uno quiere es que cualquier persona (independientemente de su esfuerzo) tenga un ingreso monetario determinado (es decir, si se quiere enfocar en el resultado del partido) saltará a la utilización de herramientas como la regulación salarial (incluyendo, por ejemplo, el salario mínimo, o la determinación de tarifas por tipo de trabajo). O pensará en transferencias económicas no-condicionales.

Me parece claro que el discurso de la izquierda mexicana ha estado obsesionado por los resultados y no por las oportunidades. Cuando los políticos de izquierda mexicana hablan de ingreso, por ejemplo, saltan a defender pensiones universales, tratan de empujar esquemas de “ingreso mínimo ciudadano”, o hablan de elevar el salario mínimo. Si hablan de educación, se concentran en decir (con razón) lo injusto que es que sólo el 16.5% de los mexicanos tengamos una licenciatura. Pero, por alguna razón (no sé si sea un sesgo ideológico, o flojera intelectual, o simplificación discursiva) prefieren no analizar qué habilidades laborales tendría que adquirir el 9% de los capitalinos que reporta tener ingresos de 1 salario mínimo, para poder ganar dos o tres veces esa cantidad (o, alternativamente, cómo haríamos para obligar a alguien a contratar a esas personas con un salario que no está justificado por su productividad). Pero hablar de asegurar igualdad de oportunidades es “tan de izquierda” como indignarse por la actual desigualdad de resultados. Y es mucho más consistente con un esquema metodológico/conceptual en que, para resolver un problema, hay que enfocarse en identificar y resolver sus causas, y no en paliar los efectos de éste. Y es que, si uno se enfoca en atender los efectos, nunca resuelve el problema.

En segundo lugar, decía, nuestros políticos de izquierda se enfocan en políticas que tienen una escala irrelevante. Desde hace 30 años estamos metidos en discusiones interminables sobre “el modelo económico”: que si es mejor abrir o cerrar la economía al comercio internacional; que si hay que permitir monopolios o no; que si el Estado debe intervenir más o menos en las decisiones de producción; que si se necesita una política industrial más activa, o inexistente. Esas son discusiones muy interesantes, pero si algo se ha aprendido en materia económica en las últimas dos o tres décadas, es que –salvo temas muy “macro”, como el manejo monetario– las políticas económico-sociales jalan (o no) en lo micro. Existen toneladas de estudios académicos relativos al éxito o fracaso de políticas de sustitución de importaciones, o de protección a industrias infantes, selección de industrias campeonas, clústers (you name it); la única conclusión incontrovertible es que, cuando estas políticas funcionan, son en casos muy específicos, concretos y explicados por cierta suerte. El éxito de Corea del Sur en seleccionar industrias campeonas, por ejemplo, se basó no tanto en identificar con clarividencia sectores industriales que tendrían éxito futuro, sino en apoyar a grupos empresariales “sospechosos” de ser capaces (y en darles apoyos que, en nuestro país, se considerarían un abuso). Si analizamos lo que dice el principal promotor de la teoría de clústers (Michael Porter), resulta que ningún gobierno ha podido crear clústers triunfadores de la nada –las “buenas prácticas” en la materia se han limitado a fomentar la competitividad en general, identificar clústers incipientemente exitosos y apoyarlos con la creación de instituciones colaborativas muy específicas (por ejemplo, el consejo de competitividad del clúster biomédico de Massachusetts). Y si lo anterior es cierto, ¿para qué seguir perdiendo taaaanto tiempo de nuestros políticos (que, por cierto, nos cuesta a todos) discutiendo las mismas cosas durante décadas? Sería un buen principio aceptar que, a nivel macro, no hay balas de plata; que se han intentado muchas cosas, y que es hora de voltear a lo “micro”.

Suficiente diagnóstico, creo. ¿En qué debería estar pensando la izquierda mexicana? En cosas como las siguientes:

  1. Para empezar bien: un esquema de desarrollo infantil temprano

Hace tiempo que se sabe que lo que sucede entre el nacimiento y el cumplimiento de los seis años es crítico para el desarrollo de un ser humano. Durante este periodo –y, sobre todo, de los 0 a los 3 años– el cerebro tiene una plasticidad importante; es decir, puede cambiar en respuesta a distintos estímulos, creando y fortaleciendo conexiones neuronales, y debilitando y eliminando otras. Además de las estrictamente cognitivas, una multitud de capacidades biológicas (las motrices, por ejemplo) se desarrollan durante esa etapa. Lo anterior implica que es clave invertir en que nuestros niños y niñas tengan salud, alimentación y estimulación adecuada antes de entrar a la primaria. Como lo expresa la siguiente gráfica (ver panel de la derecha) el retorno a las inversiones realizadas durante este período es mucho más alto que el de gastos efectuados en edades subsecuentes.

Gráfica La cuadratura del círculo 02jun14

¿Y qué estamos haciendo en México en la materia? Como se expresa con toda claridad en este reporte de Mexicanos Primero –en cuyo capítulo 6 tuve oportunidad de colaborar– y como detallará próximamente una investigación de Fundación IDEA, casi no estamos haciendo nada. No hay en este país una instancia que se dedique a diseñar una estrategia de Desarrollo Infantil Temprano adecuada. que coordine a distintas secretarías, que fije objetivos, indicadores y metas, y que les dé seguimiento. Hay algunas acciones importantes (como los talleres de Estimulación Temprana de Oportunidades, o algunas cosas que hacen CONAFE y la Secretaría de Salud) pero nada cercano, por ejemplo, a Chile Crece Contigo. Este programa chileno incluye la entrega de un paquete “de nacimiento” a cada madre chilena, que incluye insumos básicos para el cuidado infantil (como pañales), pero también instructivos y aditamentos de estimulación temprana que les permiten saber qué cosas debería poder hacer su bebé a qué edad, y qué tipo de juegos ir practicando. Incluye también un foro electrónico en que las madres y padres chilenos intercambian experiencias y reciben orientación profesional. Y un sistema de seguimiento de su salud.

Y lo anterior es por poner ejemplos cercanos. Pero, si abrimos el rango geográfico de análisis, resulta que desde hace más de 75 años todas las madres finlandesas reciben, al nacimiento de sus bebés, una caja de cartón que sirve como cuna inicial, y un paquete de ropa, sábanas y juguetes. Prácticamente todos los finlandeses inician su vida de la misma forma, en la misma cajita. ¿Por qué no empujar algo así en México? Sinceramente, se me ocurren pocas cosas más “de izquierda” que asegurarnos de que todos los mexicanos comencemos la vida en iguales condiciones; con iguales oportunidades.

  1. Para aumentar la productividad: un esquema para financiar el aprendizaje continuo

Ya en otras colaboraciones hemos visto que el efecto de la educación sobre el ingreso es incontrovertible: la gente más educada gana más. También hay consenso en que no toda la educación es igual: necesitamos mayor calidad, no sólo más años de educación.

Pero, desgraciadamente, en nuestro país no se habla mucho de dos cosas clave: la educación se traduce en mayor ingreso sólo a través de una mayor productividad, y la educación debe ser parte de un proceso de aprendizaje continuo, que debe existir a todo lo largo de la vida laboral. Si los mexicanos no contamos con mecanismos que nos permitan seguir adquiriendo nuevas (o mejores) habilidades todo el tiempo, no vamos a tener incrementos sostenidos en la productividad –y, con ello, de nuestros ingresos. Además, las habilidades que se requieren para tener éxito en el mercado no son estáticas en el tiempo. Pensemos en un ingeniero civil estructurista, por ejemplo. Lo que estos profesionistas saben (sabemos) hacer es lo mismo desde hace por lo menos cuatro décadas: diseñar estructuras que aguanten cierto uso. Las fórmulas para eso son las mismas; los materiales, casi idénticos. Lo que ha cambiado mucho es la técnica de cálculo: mi papá lo hacía a mano, con regla de cálculo (o dejaba computadoras corriendo durante días); yo aprendí a utilizar cálculo matricial en una calculadora, y posteriormente, mediante software especializado. Lo que hace 40 años mi papá hacía en un mes, yo hace 20 (porque ya no me dedico a eso) lo podía hacer en un par de días. Si hoy quisiera retomar esa faceta profesional, tendría que capacitarme en el software que venga al caso hoy, o sería relativamente poco productivo –y por tanto ganaría una bicoca.

Desgraciadamente, no hay ningún mecanismo formal eficiente, en nuestro país, para lograr que los trabajadores (y sus empleadores) puedan financiar capacitación/entrenamiento continuo –a pesar de que ello tendría todo el sentido del mundo, desde el punto de vista social, económico, o de “democratizar la productividad”. Si ya íbamos a abrir la posibilidad de utilizar en otras cosas las aportaciones patronales que antes se dedicaban exclusivamente a financiar vivienda, ¿por qué a la izquierda no se le ocurrió que los empleados utilizaran parte de esos fondos en pagar capacitación, entrenamiento o educación formal? Creo que éste sería un uso mucho más eficiente de los recursos propios, que financiar un seguro de desempleo que, en cierta medida, se duplica con el requerimiento actual de indemnización por “despido injustificado”. Y no es que nos falten ejemplos para la idea que estoy proponiendo: en Honduras los patrones depositan en un fondo que el gobierno utiliza para financiar capacitación (aunque allá todo se va a un fondo común, y creo que sería mejor idea que los fondos se mantuvieran en cuentas individualizadas). Y me consta que a lo largo y ancho del país hay oferta de capacitación y entrenamiento seria y alineada con las necesidades del sector productivo, tanto pública como privada (pienso en el CENALTEC chihuahuense, por ejemplo).

Una ventaja adicional de esta idea es que –siendo esencialmente “de izquierda”– estaría alineada con el discurso de la derecha, así como con las necesidades de los principales promotores de la segunda. ¿O algún empresario estaría en contra de que sus empleados –¡con sus propios recursos!– pudieran ser cada vez más productivos? Que la izquierda promoviera la productividad individual sería, pues, una estrategia “ganar-ganar” (disculparán ustedes la terminología tecdemonterrey).

  1. Para trabajar mejor: más cuidado infantil

Dejemos a un lado, por un segundo, la discusión relativa a si el cuidado infantil es una tarea del varón, de la mujer, o de ambos. Porque es obvio que es de ambos. Pero, en el contexto de las construcciones sociales actuales en nuestro país, si queremos que los hogares mexicanos incrementen sus ingresos, es clave que las madres que quieran trabajar puedan hacerlo.

En los últimos 7 años se han tenido logros muy importantes en la materia –el Programa de Estancias Infantiles de SEDESOL permitió duplicar la oferta pública de cuidado infantil. Sin embargo, este programa tiene un área de oportunidad importante: solamente atiende a los niños durante 8 horas, cada día. ¿Cuál es el problema? Que las madres también trabajan 8 horas, sin contar con los tiempos de traslado de su casa a la Estancia, al trabajo, y de vuelta a la Estancia. Todo el tiempo andan corriendo, y el estrés derivado de lo anterior no fomenta ni su calidad de vida, ni su productividad.

Una solución que me parece obvia, y que le facilitaría mucho la existencia a las madres, es proveer recursos para que estas Estancias abrieran, digamos, otras tres horas al día (hora y media antes, y hora y media después del horario actual). Si la SEDESOL otorga hoy un apoyo mensual de $900 por 8 horas, ¿qué tal si los gobiernos estatales de izquierda aportaran unos $300 adicionales, para cubrir tres horas más? Vamos viendo: en el tercer trimestre de 2013, había 610 Estancias Infantiles en el DF, que atendían a 17,081 niños –si a cada una el GDF le entregara $300 pesos por niño al mes, requeriría $5,124 millones de pesos. En Guerrero –también gobernado por el PRD– había 289 Estancias, que atendiendo a 8,166 niños, requerirían $2,450 millones. No es tanto dinero; a los gobiernos estatales correspondientes les permitiría “colgarse” de un programa federal (poniendo probablemente menos de un quinto de lo que pone ese ámbito de gobierno), y sería una política claramente de izquierda.

  1. Para financiarnos: un impuesto a las herencias

Hace mucho se sabe que una de las principales fuentes de desigualdad en el mundo son las herencias que dejamos a nuestros sucesores. No hay mayor injusticia que ver a dos personas con las mismas capacidades, talentos, ganas y esfuerzo –pero con distintos niveles iniciales de riqueza– terminar en puntos radicalmente distintos de la vida. Pero en México es así, todos los días. Y no tiene que ser así: muchos países desarrollados y de renta media del mundo tienen distintas versiones de impuestos a las herencias. La lista incluye a Bélgica, Brasil, República Checa, Dinamarca, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Japón, Luxemburgo, Países Bajos, Noruega, Polonia, Sudáfrica y Corea del Sur, entre muchos otros. La idea es sencilla: cuando transmites propiedad (inmuebles, acciones, efectivo) a alguien, tienes que pagar un impuesto alto (digamos, el 30%) adicional a cualquier otro que aplique (ISR, por ejemplo). A diferencia de impuestos al ingreso (como el ISR) los impuestos a las herencias no tienen mucho efecto sobre la propensión a trabajar de la gente (es decir, a las “ganas que le vas a echar en el trabajo”), porque la relación entre el producto de tu trabajo hoy y el tamaño de la herencia que vas a transmitir al final de tu vida, es indirecta.

Para hacer más justo este impuesto, podríamos definir un monto mínimo, relativamente alto, para que aplique. ¿Cuántos mexicanos le dejan más de, digamos, $5 millones de pesos a sus sucesores? Probablemente no muchos. ¿Y por qué no lo hacemos, entonces? (Se me ocurre una pregunta relacionada: ¿será que nuestros dignos políticos de izquierda, como los señores René Bejarano y Dolores Padierna, tienen herencias planeadas superiores a dicha cifra?).

Lo que planteo, es cierto, constituye un esquema lejano a la perfección. Como pasa en todos los países en que este impuesto existe, la gente seguro encontraría algunas maneras de darle la vuelta (al menos parcialmente). Pero aún en ese caso, el esquema tendría ventajas: una de las principales razones por las cuales las organizaciones de la sociedad civil estadounidenses reciben tanto financiamiento privado es justo porque las donaciones a ciertas OSCs son deducibles del impuesto a las herencias. Obviamente, muchos gringos prefieren dejarle lana a una fundación a su nombre, que al gobierno. Y, de nuevo ¿qué política puede ser más “de izquierda” que reducir una de las principales fuentes de inequidad económico-social?

Pero bueno. Mi punto es que no es tan difícil imaginarse políticas micro, perfectamente de izquierda, que mejoren la vida diaria de los mexicanos. Y creo que en esto consiste la idea de una izquierda moderna –no en una “izquierda modosita”, como quieren entender los señores López Obrador o Fernández Noroña cuando escuchan críticas al respecto– sino en aceptar que (afortunadamente) no vivimos en una realidad maoísta, estalinista ni chavista, y que existen maneras muy concretas de aprovechar las características de una economía capitalista para implementar políticas que avancen una agenda de justicia social, de equidad. De garantía efectiva de los derechos.

¿Saldrán nuestros políticos de izquierda de su obsesión por lo macro? ¿Se fijarán algún día en lo que realmente le afecta a la gente en su vida diaria? No sé. Tal vez sea más divertido para ellos andar peleándose por los puestos (y los dineros) de dirección de los partidos políticos, o armar nuevos, o andar moviendo masas a favor o en contra de políticas macro con impacto vago en la vida de la gente, que sentarse a pensar en cómo traducir sus conceptos ideológicos en programas concretos. Y para los académicos de izquierda, tal vez sea más entretenido andar alegando que si Monsieur Piketty llenó bien su Excel o no.

A pesar de que decidí escribir este artículo en un estado de frustración ante lo que considero es una incapacidad generalizada de la Izquierda, no quisiera cerrar este artículo con una nota pesimista. Me esperanza ver a políticos que considero modernos como Armando Ríos Píter, Vidal Llerenas, Salomón Chertorivski, Mario Delgado o Fernando Turner tratar de mover a una anquilosada izquierda mexicana. Ojalá lo logren, porque lo que está claro es que (a diferencia de sus hermanos europeos) el PRD, MORENA, PT, Movimiento Ciudadano y demás agrupaciones políticas de izquierda, nos quedan debiendo –y mucho– a los mexicanos.

 

@marcolopezsilva

 

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