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La Gran Brecha
Por Ricardo Fuentes-Nieva
Ricardo Fuentes-Nieva es Director Ejecutivo de Oxfam México, que es parte de un movimiento globa... Ricardo Fuentes-Nieva es Director Ejecutivo de Oxfam México, que es parte de un movimiento global de 19 organizaciones luchando contra las desigualdades y la pobreza en más que 90 países. Es economista del CIDE y Pompeu Fabra, especializado en desigualdad y desarrollo. Antes dirigió el equipo de investigación de Oxfam Gran Bretaña. Lideró el primer Reporte de Desarrollo Humano en África y fue coautor de varios Informes Globales de Desarrollo Humano del PNUD. También fue coautor del informe \\\"World Development Report 2010\\\" del Banco Mundial sobre impactos del cambio climático en el desarrollo. Twitter: @rivefuentes (Leer más)
Por mi raza hablará la desigualdad
Necesitamos hablar de los beneficios que nos da, o las cargas que nos impone, el color de piel, el género, la lengua que habla nuestra familia, variables de nacimiento que nada tiene que ver con nuestras capacidades o la calidad de nuestro trabajo.
Por Ricardo Fuentes-Nieva
6 de agosto, 2019
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“Nació en tercera base y piensa que conectó un triple” dicen algunos al intentar describir los privilegios de origen, con una metáfora de béisbol, deporte ahora tan de moda en México. La imagen refleja todas las oportunidades “adicionales” de las que gozan aquellos que nacen con un color de piel que les da beneficios, y que provienen de familias que han podido acumular ventajas y transmitirlas. Es menester no olvidar que existe el otro lado: millones de personas que, en este país, en este momento, no tienen ni siquiera la oportunidad de presentarse a la caja de bateo; las mismas a quienes después se les juzga por su supuesta falta de contribución al juego.

Ya no podemos ignorar esta realidad tan dolorosamente mexicana. Necesitamos hablar de los beneficios que nos da, o las cargas que nos impone, el color de piel, el género, la lengua que habla nuestra familia, variables de nacimiento que nada tiene que ver con nuestras capacidades o la calidad de nuestro trabajo. Un nuevo documento de Oxfam México, escrito por Patricio Solís, Braulio Güémez Graniel y Virginia Lorenzo Holm nos muestra la realidad de discriminación histórica y actual de comunidades indígenas, y sobre todo de sus mujeres, en tres dimensiones: la educación, la ocupación laboral y la riqueza material.

Las estadísticas son claras: las tres dimensiones —la condición de hablar una lengua indígena, identificarse dentro de una comunidad indígena, negra o mulata, o tener el color de piel más oscuro— resultan en menos probabilidades de avanzar en el sistema educativo, progresar en el ámbito laboral, o pasar a la parte más alta de la distribución de la riqueza. Además, dentro de esta plétora de discriminación, el género contribuye de manera contundente, pues ser mujer, indígena es la combinación categórica que genera una marea en contra más fuerte.

La desigualdad de oportunidades, así como la desigualdad de ingreso, riqueza, entre hombres y mujeres y entre grupos con distintas características étnico-raciales son resultado de decisiones de políticas públicas y puede ser revertida de la misma forma. Así, las conclusiones que se desprenden de las estadísticas anteriores son evidentes: por un lado, México debe detener, por medio de políticas públicas, las prácticas discriminatorias actuales; por otro, también debe resarcir las desventajas que ya existen, aquellas creadas y perpetuadas históricamente, siendo que, en palabras de los autores del informe, “la desigualdad de oportunidades de hoy todavía se alimenta de la discriminación y el racismo del pasado”.

Un cambio en este sentido es urgente y no debería sonar utópico; otros países lo han logrado, tres sirven de ejemplo. El primero es Malasia, caso ampliamente documentado por Martin Ravallion, en donde la enorme desigualdad étnica —herencia de su experiencia colonial— ha disminuido radicalmente durante los últimos 50 años. Mediante la Nueva Política Económica (NPE), instaurada en 1971, el gobierno favoreció a los bumiputera (del grupo étnico históricamente discriminado) con políticas compensatorias de educación, vivienda, empleo en el sector público, y propiedad de capital, durante 20 años. Así, la NPE, y su influencia subsecuente en otras decisiones públicas, ha cerrado brechas entre grupos y así contribuido significativamente a la reducción de la pobreza en Malasia.

Segundo ejemplo es Nueva Zelanda, donde —además de varios tratados que aseguran el derecho de los maoríes a ser representados y consultados por el Ministerio de Conservación en cualquier decisión que afecte directamente sus territorios— el gobierno se ha dado a la tarea de apoyar la creación y desarrollo de empresas generadas por miembros de la etnia polinésica. Desde su implementación, la política ha sido exitosa: se han generado condiciones favorables para mantener una tasa de desempleo relativamente baja y ha aumentado sustantivamente la participación de los menores de edad en el sistema de educación.

Por último, llama la atención también Brasil, que desde la década de los ochenta, pero con mayor énfasis a inicios del siglo XXI, orientó progresivamente políticas públicas de no discriminación, pero también de acción afirmativa (es decir de resarcimiento) hacia la población afrodescendiente —particularmente con las quilombolas, comunidades descendientes de grupos esclavizados en el pasado. Incentivos financieros y administrativos, programas de salud para combatir epidemias de VIH y programas de inclusión de educación superior, son algunos ejemplos de las políticas públicas que se han implementado. Si bien es cierto que queda un largo camino, la brecha de desigualdad en educación, por ejemplo, se ha reducido de manera significativa en los últimos años.

Ha habido otros países que han buscado implementar políticas compensatorias similares; los primeros ejemplos que vienen a la mente suelen ser India y Estados Unidos. Sin embargo, al igual que algunas de las medidas que se han impulsado en Brasil, han sido poco exitosos, principalmente (además de por deficiencias en la implementación) debido a fuertes resistencias en la opinión pública. Parece entonces que uno de los mayores impedimentos para la disminución de las injusticias provocadas por privilegios de origen está en recaudar el sentido común suficiente que permita reconocer, en primer lugar, que definitivamente no todos nacemos en la misma base de la cancha: que la desigualdad de oportunidades en efecto sucede, de manera sistemática y difícilmente refutable.

De ahí que estudios como “Por mi raza hablará la desigualdad” sean tan relevantes. Son esfuerzos necesarios para que la implementación de estas políticas compensatorias sea cada vez más obvia. La responsabilidad consecuente está principalmente en los gobernantes, pero también en las empresas y la sociedad civil. Históricamente, tenemos una deuda con los grupos étnico-raciales que han sido secularmente discriminados en México. Es urgente pagarla.

@rivefuentes

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