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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
A recuperar la hija que la adolescencia dejó
Llego a mis 47 más tranquila porque una de las cosas que me dejó la vacación escolar de las hijas fue entender que lo que he hecho en estos 16 años respecto a mi maternidad hecho está, y que nada puedo hacer para cambiarlo, para bien y para mal.
Por Mala Madre
1 de septiembre, 2015
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Regreso de una larga pausa vacacional, impulsada por el recuento anual de mi vida. Hoy es mi cumpleaños, momento ideal junto con la navidad y año nuevo para ponerme filosófica, así que ustedes disculparán. Verán, entro a mis 47 más sabia, pero sobre todo más tranquila. Sé que la corrupción legalizada del gobierno en turno (@armando_regil dixit) no está como para que nadie ande presumiendo de ir por la vida en estado zen, pero estoy convencida de que si podemos con la adolescencia de nuestros hijos, qué nos dura la casa blanca y la de Malinalco y las donaciones del erario a “emprendedores” que caravanean con dinero público del cual no rinden cuentas (porque nadie se las exige) y la rotación en el gabinete presidencial y paremos de contar.

Llego a mis 47 más tranquila porque una de las cosas que me dejó la vacación escolar de las hijas fue entender que lo que he hecho en estos 16 años respecto a mi maternidad hecho está, y que nada puedo hacer para cambiarlo, para bien y para mal. Esa canasta de la que hablaba la psicóloga de la guardería, en la que los padres poco a poco ponemos los principios, las vivencias, las convicciones, los amores, pero también los odios, las manías y los traumas en la vida de los hijos, fue volteada por mis adolescentes hace un rato ya. Ahora las veo recoger y apropiarse de esos trozos de enseñanzas de las que me siento muy orgullosa, pero no me hago tonta con esa lista de pendientes que han doblado cuidadosamente en ese lugar especial de su mente y de su corazón, y que luego me cobrarán. Porque lo harán.

Así que ahora en vez de encorajinarme porque la adolescente mayor se la pase buscando fiesta con tal de no estar en casa, me dedico a ensayar mi mejor cara a la Emily Gilmore y ya me veo en un futuro negociando con ella alguna de las tres razones por las que los hijos buscan a los padres luego que se van de casa: por dinero, porque se van a arrejuntar o porque quieren regresar. Si es que se va de casa, claro está, aunque confío en que San Juditas Tadeo no me fallará.

Porque otra cosa que pasó en esta vacación fue una Epifanía: tuve un atisbo del fin de la pubertad de la big sister que me permitió ver en su esplendor la arrolladora personalidad de mi niña, simpática toda ella, encantadora como nunca y hasta paciente con la hermana. No sé si Nueva York y las compras hayan contribuido, pero me niego a tentar a mi suerte y me doy por bien servida. Descubrí a una compañera de viaje a la que pienso cultivar para que vuele a otros lares, que en mi futuro de ensueño ya me urge irla a visitar.

Mala madre y buena hija

Se cosecha lo que se siembra, me dijeron antes del viaje y después del penúltimo desplante adolescente tras el “no” que le brindé, luego de sietes solicitudes de permisos a los que contesté que sí. Pues yo sembré paciencia y esta vacación me deja con la sensación de que hay futuro, buen futuro. No porque crea que he hecho bien las cosas, no pretendo tanto, sino por haber corroborado que hay un fin para esa etapa horrible de la adolescencia en la que te arrepientes de no haberte comido a los hijos cuando tuviste la oportunidad.

Pues no me comí a las hijas y a mis 47, las hormonas adolescentes no me han derrotado y vivo para contarlo. Que venga el siguiente berrinche o el próximo azotón de puerta, que la rezadera de las maldiciones por lo bajito se me empieza a resbalar. Ya vislumbré de nueva cuenta a mi niña entre los estertores de la insolencia propios de la edad y no pienso soltarla. Pronto, muy pronto, nos volveremos a encontrar.

 

 

@malamadremx

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